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sábado, 13 de marzo de 2010

LLANTO

Solo un diminuto pájaro rojo volaba por entre las claras nubes de ese desengañado atardecer, recubierto por escarcha y serpentinas color escarlata. Sobre uno de los banquitos de aquel lejano parque, descansaba una reseca hoja café, que había caído lentamente durante eternos segundos desde la casi desnuda copa del mismo árbol abandonado de siempre, aquella imagen lejana de ciprés alto e infinito. No miraba nada más que los colores de su propia ceguera, el arcoíris secreto de las ilusiones de su mismo pensamiento, de sus mismas idealizaciones futuras, de aquellos amores fantásticos que solamente se concibieron en lo profundo de sus cavilaciones, en lo más hondo de sus infernales llantos. El corazón latía casi paralizado; por momentos, recordaba aquellas frases trilladas de las que pretendía vanamente ser autor; esa frase que repitió en su mente, tal cual una declaración de amor jamás pronunciada: los ojos son una representación externa de mi corazón, una manifestación sublime del interior de ese sentimiento incontenible que sale a la luz cuando el brillo de una estrella se opaca ante la incandescencia de una mirada, ante el suave crepitar de la garúa que aguardaba mi llegada. Sostuvo su respiración por un breve instante, empapándose con las primeras lágrimas tardías de su corazón, transformadas pronto en el inconsolable llanto de esos sueños que nunca se cumplieron, que solamente vagaron por las alcobas vacías de esas historias de falsa nostalgia, de hechos que jamás ocurrieron, que solamente rondaron su cabeza cuando los necesitó como refugio ante tormentas más desastrosas e hirientes. Cuando se preguntó las razones de sus desencuentros, simplemente halló la lágrima reseca de su corazón oprimido y apagado. Encontró la respuesta a la desidia de su alma, al cansancio de sus ilusiones, a la noche de sus atardeceres; a su ingenua soledad.

domingo, 7 de febrero de 2010

AÑICOS

A la larga, en lo profundo de sus pensamientos, en lo recóndito e inexpugnable de su alma, sabía que la culpa había sido suya; fue él quien, quizá ingenuamente, quizá inocentemente, expuso su corazón a las llamas incontenibles de un sentimiento abrazador, que incendió por completo todo aquello que podía haber quedado.


Abrió su pecho con dulzura y con pasión; no midió los alcances de su acción, ni midió las consecuencias de aquella decisión. Una mañana despertó, cuando aún la Luna no se escondía entre los rayos del Sol. Abrió la ventana con ánimo extraño, poco característico de su personalidad, y sintió la brisa helada de la mañana golpear con fuerza en sus pómulos, ingresar lenta pero decididamente por sus fosas nasales, y hacerle sentir el delicioso helor de un luminoso despertar. Ese fue el día en que abrió su corazón a los abismos, no sin cobardía, pero si con mucha ilusión.



Grave tropezón fue aquel que tuvo que afrontar a poco de iniciar la que creía, en esos instantes, su gran hazaña. La encontró sentada en una mesa de un cafetín a la luz de sus oscuridades, al clamor de sus encendidos sueños celestes; y sin embargo, cuando en sus manos entregó su corazón, con la cabeza gacha y los ojos llorosos de emoción, ella apenas si lo tomó y se lo devolvió.
De nuevo en sus manos, como si fuera un débil y húmedo rompecabezas de cartón, sintió y observó como se descomponía, pedazo a pedazo, en añicos de papel; y caía a sus pies, mientras sus ojos se nublaban y sus piernas tambaleaban. Percibió sus ojos convertirse en dos pequeñas fuentes de tristeza cayendo tal cual una cascada tormentosa y peregrina. Advirtió su corazón en un piso de cristal, junto a un resto de sentimientos desechos y maltrechos. Con un corazón nulo, maltratado y destrozado, empezó a andar por entre las tinieblas, sintiéndose capaz de mirar nuevamente la Luna, pero solo en las ciegas imágenes de sus pensamientos, alejados de una realidad demasiado real para vivirla más.



Y cuando al caminar, a su paso se encontró con una sonrisa gentil y fresca, que podría haber invadido sus entrañas de calor y alegría; solo continuó casi sin alzar la vista, haciendo que sus ennegrecidas ojeras permanecieran intactas y sin rubores ni insinuaciones. Perdió y fue irreversible. Es irreversible.


Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgGRutzem5qdTMr7RySsLlIAJSFJYBSTCGDtjBf_XmfEsVKrxEYHctOCA28SPBLAVsF1TiFqUcIkqE_3u6Psq3YOFypYr0iPMHlRCXGbXO9V2VwzB9HRKnFh_Pcr_xm7Zc4-irxW58OhWEa/s320/oscuridad.jpg

jueves, 24 de diciembre de 2009

ME PIENSES


“Lo más terrible se aprende enseguida, y lo hermoso nos cuesta la vida”.
S. Rodríguez.



Un cometa atravesaba el firmamento, mientras la luna aguardaba sigilosa detrás de un par de nubes. Una estrella que viajaba por entre constelaciones, fraguadas por el mágico encanto de una secreta diva. Giraba mi cabeza ante la lluvia de pirotecnia, que adornaba un cielo oscuro al contraste de sus estrellas. Me adentré hacia los suaves pastos de aquella alameda, que me conducía por entre árboles altivos y adormecidos. Seguía con fijeza el rumbo de mis pasos, con la intención de evitar cruzar por entre una línea, para así avanzar de manera precisa sobre cada uno de los bloques de esa avenida colorida, pero por la insolente oscuridad toda invadida. Sentí el goteo de un rocío, proveniente de algún árbol parapetado entre los dientes de la hierba en su bravura. Allí decidí sentarme a descansar mis manos aturdidas, mis ojos humedecidos por el llanto melancólico de una noche solitaria. Con mi mente anduve observando los paisajes de mis sueños, aquellos recónditos lugares donde una pintura surrealista se dibuja entre los astros de mi locura. Y cuando abrí los ojos, desconcertado ante la niebla de mis quimeras maltratadas, sublime encuentro mi mirada presenció ante la belleza de tus ojos, si supieras que te quise desde siempre, aunque nunca esperaste tú mi encuentro, yo en cambio si aguardé eternamente la llegada de la brisa, que los dedos de tus manos provocaron en mis días. Tomé tu mano como quien acepta su destino, y me levanté contemplando aquellos ojos; los tuyos solamente, en el momento en que a mi vida llegue, ese instante en que la muerte ya se olvide. Y caminamos los dos eternamente, de las manos sin temor íbamos tomados.


Aun seguiré esperando, porque he descubierto, nuevamente, la paciencia.
Te esperaré sin que lo pienses, aunque quizá a mi vida nunca llegues.