Detrás de una gris cortina, la luna. Sobre la repisa de los libros viejos, un gato. Bajo el coche recién llegado, otro gato. Junto al mueble antiguo de la cocina, un perro. En el patio trasero de la casa, la lluvia. La pertinaz e impertinente lluvia. El sol que cobija las mañanas, oculto. Las nubes que se arremolinan encima de la montaña, pérfidas. Ido el regocijo. Ido el contento. Ido el remordimiento. Ida la congoja.
Una gota se colaba por alguna gotera, y se deshacía sobre mi nariz. Mientras tanto, las páginas manchadas de café, de aquel libro que nunca acababa de leer. Las quise oler para constatar si aún retenían aquel olor particular, pero no. Cerré los ojos para sostener mis pensamientos y mis lágrimas, pero no pude. El llanto se hizo manantial, claridad que atestigua el final de la esperanza.
Recuerdo aquella vez en una cafetería de alguna estación de autobuses andaluza. Había pedido una caña, y me había quedado observando al vacío. Tras dos tragos largos, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, sin motivo aparente. Me invadía una triste ansiedad que me carcomía la razón. Debía tomar el siguiente bus, y pensaba trágicamente que quizás moriría en un accidente automovilístico. Entonces suponía que ése era mi último trago, uno amargo, lleno de desdicha y soledad. Recordé esos pasados sombríos en los que hundí mis pies en el pegajoso fango de la miseria y la degradación. Supuse que si escapé de aquellos infiernos podría hacerlo nuevamente de cualquier otro, por más tenaz que fuera.
Pero uno nunca sabe qué tipo de avernos se le pueden venir por delante.
Debajo de la sábana, el lecho. Ese lecho donde tantas cosas nunca sucedieron. Bajo la cobija, el deseo. Aquel deseo consumado, aquel deseo fantasmagórico que traslucía los avatares del tiempo y se presentaba prodigioso e intrépido. Mas, incompleto. Mas, imposible. La distancia de los años no era suficiente, y las heridas supuraban como serpientes purulentas que agitaban sus lenguas bajo una tenebrosa luna roja, ante la abisal amenaza de las ninfas de la muerte.
A medio camino de la madrugada, me sorprendió la novedad del olvido.
Pensaba que si uno era capaz de dominar sus emociones podía controlar las de otras personas. Entonces alguna vez lo intenté, pero primero quise probarlo con un gato; es decir, utilicé un minino como conejillo de indias. Fue así que primero acaricié su peludo lomo negro, como queriendo liberar todas mis sensaciones, fueran estas de temor, gusto, placer, necesidad, terror, u odio. Al poco tiempo percibí que su pelaje era suave, límpido, e incluso brillante. La sensación predominante fue de regocijo. Pasé a la siguiente etapa del reto, que era confrontarlo directamente a los ojos, y así lo hice. Miré en lo profundo de sus enigmáticas esferas color turquesa, y me empeñé lo más posible en mantener la ecuanimidad. Poco a poco se fue apoderando de mí el pavor, hasta que en cierto punto empecé a llorar de desesperación. En ese instante comprendí que debía acometer la tarea propuesta. Respiré hondo repetidamente, hasta que pude encontrar un cierto punto de equilibrio. Lo confronté nuevamente, procurando controlar mis emociones en su totalidad, pero eso sí, dejándolas fluir para que nada resultara forzado ni artificioso. A continuación, el gato maulló y se durmió.
Con ese test me convencí de que efectivamente era capaz de controlar a las personas en el instante en que lograra controlar mis propias emociones. Me sentí un ser poderoso e imbatible, un verdadero Jedi. Siendo consciente de mis nuevos e ilimitados poderes, me acerqué a la barra para ponerme a prueba. Entonces primero identifiqué mis emociones, las encasillé, las definí, y finalmente las controlé. Hecho eso, me centré en la idea fija de conseguir que el café que pediría me saliera gratis. El empleado se acercó y me preguntó qué quería, y le indiqué que un americano. Lo preparó con cierto desdén, sin demora, y me lo sirvió. En ese preciso momento le miré a los ojos con detenimiento, dejando fluir mis emociones pero al mismo tiempo dominándolas, sintiéndome el monarca de mis debilidades. El señor sonrió levemente y me dijo que era un euro y medio.
Tras constatar que mis poderes eran inexistentes y que no era más que un vil y rastrero mortal, me hundí en un llanto silencioso y secreto, hasta que llegara la hora de salida.
No tenía sentido seguir refugiándose en un pasado inasible. En mi memoria permanecían indelebles aquellas emociones ficticias que construí en tantas tardes impolutas, de soles anaranjados, de aguas luminosas. Una idea utópica que surcaba las mareas como un bote libre de ataduras. Todo eso no era más que una parodia de mis propios anhelos.
Bien dice la canción, quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá.
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jueves, 24 de agosto de 2017
sábado, 10 de junio de 2017
Sombras
El humo de los cigarrillos revoloteaba por los aires. A lo lejos,
podría haber parecido un denso halo de neblina que difuminaba las
siluetas de la gente. Mientras atravesaba el callejón, escuchaba
temeroso los roncos susurros de los concurrentes. Enormes vasos llenos
de cerveza se alzaban y sacudían. Percibía penetrante el asqueroso aroma
de la decadencia, de fluidos corporales de todo tipo. Miraba aquí y
allá, y encontraba tan solo ojos siniestros, talantes grises y sombríos,
carcajadas desquiciantes, pulsaciones desapacibles. Trataba de apartar
mi vista, pero me era imposible, porque toda esa podredumbre me rodeaba
sin escapatoria.
Me detuve un instante para aparentar que me interesaba alguna de las múltiples sustancias que se expendían a la sombra, y tuve quizás la fortuna de que me brindaran de inmediato una copa de un vodka barato. Un sombrero marrón viejo y con hilachas deshaciéndose desde su ancha ala. Gafas oscuras, bigotes sucios, desparramándose en torno de sus resecos labios. Un gabán gris, sucio, atizado con un profundo olor a tabaco y alcohol. Sentía que me miraba, pero no podía distinguir sus ojos detrás de las gafas. Aun así, me lo imaginaba como un ciego sobrevenido, presa de alguna desagracia inconfesable, como todos los ahí presentes.
Me sirvió el vodka de una botella que guardaba al interior de su abrigo. Hizo una ligera mueca de sonrisa, y me preguntó si buscaba a Alondra. Le negué, no tenía idea de a quien se refería, pero él al parecer me había confundido con alguien distinto. Insistí en que estaba equivocado, pero se mantuvo inquirente, queriendo averiguar a cuál de todas ellas venía a buscar. Me repitió infinitos nombres de mujeres, pero no conocía a ninguna. No estaba allí en busca de nadie, o al menos eso es lo que pensaba cuando fui. Aunque la verdad, ya ni recordaba ni recuerdo cómo llegué allí. Cuando uno cae en desgracia, cuando ya se encuentra empapado de desidia y podredumbre, encontrar un factor causal es inútil. Todo lo ha conducido a uno allí, aunque con cierto esfuerzo se puede eventualmente elucidar algún evento desencadenante.
Me terminé el vodka y me brindó un puro. Yo nunca había fumado, no tenía idea de cómo se hacía, pero me sentí más que tentado a probarlo, temeroso de que mis continuas negativas lo molestaran. Presentía que llevaba algún tipo de arma al cinto, y que de llegar a irritarse podría bien emplearla sin resquemores ni vergüenzas. Total, cadáveres habían esparcidos por doquier en aquel callejón, mimetizados, adheridos a las veredas, ya parte del paisaje, crueles ornamentos de realidades perdidas.
Me aconsejó que usara sombrero, que mis ojos llamaban mucho la atención y que pronto algún verdugo comedido podría encararme y hacerse mejor cargo de mis desdichas. Ante tal advertencia, no pude menos que pensar que él mismo podría ser mi verdugo. Como leyendo mis pensamientos, sonrió ligeramente y me aclaró que no lo era, que, si bien en sus tiempos libres también se dedicaba al oficio de la guadaña, no estaba yo en su lista. Sin embargo, no sé si en son de broma o en serio, guardó silencio un momento, buscó en sus bolsillos y sacó una hoja, la revisó, me miró de reojo, y la volvió a guardar. Corroboró que no estaba en su lista.
El puro no lo pude fumar, porque al primer intento empecé a toser sonoramente, y eso a este peculiar verdugo le causó mucha irritación porque detestaba llamar la atención. Lo arrebató de mi boca, y me dijo severamente que era hora de que continuara, que me fuera. Le pregunté si tenía algún sombrero, o que donde lo podía conseguir. Me dijo que todavía no era momento, porque primero tenía que encontrarme con aquella a quien había ido a ver. Le insistí, ya con cierto enojo, que no había ido a buscar a absolutamente nadie. Sonrió, pero con firmeza y un dejo de amenaza, me alertó que eso era lo que yo creía, pero que alguien me esperaba.
Seguí mi camino, pero caviloso, pensando en lo que me había dicho el siniestro personaje. Entre tantas sombras, resbalaban de los postes tenebrosas tarántulas, que hacían ruidos grotescos antes de posarse sobre los inertes cuerpos que yacían en el piso. No podía ver más, porque me daba la sensación que les succionaban sus vísceras o sus ojos, y las engullían de no sé qué desalmada manera. Me repetía una y otra vez que mejor era mantener mi mirada gacha, en dirección a la empedrada calle, pero también me resultaba desquiciante. Por uno y otro lado, incesantemente, corrían ríos de sangre, ríos de semen, ríos de lágrimas, ríos de saliva, ríos de todo tipo de excrementos. Hacía tiempo que me había resignado a que ninguna luz aparecería para reconfortarme. Caminé y caminé por aquel infinito callejón.
Entré finalmente a un bar que tenía una apariencia algo más acogedora. Me acerqué a la barra y un barman de barbas raídas y canas, de mirada indescifrable, y de aroma a colonia fermentada, me daría finalmente algunas pistas de lo que no buscaba, pero supuestamente sí.
Miré nuevamente al barman, notó mi cara de nausea, y soltó una serie de exageradas carcajadas que desencaban su mandíbula y lo hacían ver aún más desagradable. Por un momento pensé que se trataba de mi verdugo, pero finalmente se calló y me volvió a mirar a los ojos.
Las maderas de las escaleras crujían ruidosamente, por lo que supuse que quien me esperaba arriba ya era consciente de que estaba llegando. Ya a lo alto, todo seguía igual de oscuro, o hasta más, y frente a mí encontré nada más que una mesa con un candelabro en el centro consumiéndose lentamente. No había nadie. Miré alrededor varias veces, pero nada. Sorbí algo más de vino y me senté a aguardar si aparecía a quien supuestamente venía a ver.
…
Escuchaba esa canción de Snow Patrol, Run, y me preguntaba sobre su significado. Leí que en una entrevista el compositor había explicado las circunstancias terribles en las que la había escrito. La analicé y la interioricé. En principio parece una canción en la que dialoga con alguien más, presumiblemente con un ser querido. La interpretación más explícita o simple es que se trata de una canción sobre la ruptura de una pareja y su despedida. Sin embargo, tras considerar las circunstancias en las que la escribió el autor, luego de haber estado cerca de la muerte fruto de sus excesos, en razón de alguna desdicha más profunda, empecé a especular que la letra alude a algo más insondable y metafísico.
En realidad, la letra de la canción está dedicada a sí mismo. Está dialogando con su propio yo, pero un yo de otra dimensión, un yo nítido, limpio, pulcro, inocente, y brillante. Quizás habla consigo mismo de niño. Pero quien habla en la letra de la canción no es él, sino ese otro yo, ese niño, ese ente que es él mismo pero libre de tachas, libre de culpas, libre de cualquier rezago de miseria. Pero en esa circunstancia en la que se encuentran, saben que tienen que despedirse, que cada cual tiene que seguir su propio camino, y que ese ser etéreo y puro tiene que dejarlo ir. Entonces le empieza a cantar, le recuerda que en el fondo él es lo mejor que ha hecho en su vida, que en espíritu estará ahí siempre a su lado. Que, aunque le cueste mirarlo a los ojos, cuando lo hace, tiene la certeza de que podrán salir adelante en cualquier circunstancia. Que, la idea de su propia destrucción le provoca dolor y tristeza. Y entonces le insiste que tiene que levantarse, animarse y seguir, porque tampoco tiene otra alternativa. Que, aunque no pueda escuchar su voz, estará siempre ahí a su lado…
I’ll sing it one last time for you,
Then we really have to go,
You’ve been the only thing that’s right,
In all I’ve done.
And I can barely look at you,
But every single time I do,
I know we’ll make it anywhere,
Away from here.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
To think I might not see those eyes,
Makes it so hard not to cry,
And as we say our long goodbye,
I nearly do.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
Slower, slower,
We don’t have time for that,
All I want’s to find an easy way,
To get out of our little heads.
Have heart, my dear,
We’re bound to be afraid,
Even if it’s just for a few days,
Making up for all this mess.
Me detuve un instante para aparentar que me interesaba alguna de las múltiples sustancias que se expendían a la sombra, y tuve quizás la fortuna de que me brindaran de inmediato una copa de un vodka barato. Un sombrero marrón viejo y con hilachas deshaciéndose desde su ancha ala. Gafas oscuras, bigotes sucios, desparramándose en torno de sus resecos labios. Un gabán gris, sucio, atizado con un profundo olor a tabaco y alcohol. Sentía que me miraba, pero no podía distinguir sus ojos detrás de las gafas. Aun así, me lo imaginaba como un ciego sobrevenido, presa de alguna desagracia inconfesable, como todos los ahí presentes.
Me sirvió el vodka de una botella que guardaba al interior de su abrigo. Hizo una ligera mueca de sonrisa, y me preguntó si buscaba a Alondra. Le negué, no tenía idea de a quien se refería, pero él al parecer me había confundido con alguien distinto. Insistí en que estaba equivocado, pero se mantuvo inquirente, queriendo averiguar a cuál de todas ellas venía a buscar. Me repitió infinitos nombres de mujeres, pero no conocía a ninguna. No estaba allí en busca de nadie, o al menos eso es lo que pensaba cuando fui. Aunque la verdad, ya ni recordaba ni recuerdo cómo llegué allí. Cuando uno cae en desgracia, cuando ya se encuentra empapado de desidia y podredumbre, encontrar un factor causal es inútil. Todo lo ha conducido a uno allí, aunque con cierto esfuerzo se puede eventualmente elucidar algún evento desencadenante.
Me terminé el vodka y me brindó un puro. Yo nunca había fumado, no tenía idea de cómo se hacía, pero me sentí más que tentado a probarlo, temeroso de que mis continuas negativas lo molestaran. Presentía que llevaba algún tipo de arma al cinto, y que de llegar a irritarse podría bien emplearla sin resquemores ni vergüenzas. Total, cadáveres habían esparcidos por doquier en aquel callejón, mimetizados, adheridos a las veredas, ya parte del paisaje, crueles ornamentos de realidades perdidas.
Me aconsejó que usara sombrero, que mis ojos llamaban mucho la atención y que pronto algún verdugo comedido podría encararme y hacerse mejor cargo de mis desdichas. Ante tal advertencia, no pude menos que pensar que él mismo podría ser mi verdugo. Como leyendo mis pensamientos, sonrió ligeramente y me aclaró que no lo era, que, si bien en sus tiempos libres también se dedicaba al oficio de la guadaña, no estaba yo en su lista. Sin embargo, no sé si en son de broma o en serio, guardó silencio un momento, buscó en sus bolsillos y sacó una hoja, la revisó, me miró de reojo, y la volvió a guardar. Corroboró que no estaba en su lista.
El puro no lo pude fumar, porque al primer intento empecé a toser sonoramente, y eso a este peculiar verdugo le causó mucha irritación porque detestaba llamar la atención. Lo arrebató de mi boca, y me dijo severamente que era hora de que continuara, que me fuera. Le pregunté si tenía algún sombrero, o que donde lo podía conseguir. Me dijo que todavía no era momento, porque primero tenía que encontrarme con aquella a quien había ido a ver. Le insistí, ya con cierto enojo, que no había ido a buscar a absolutamente nadie. Sonrió, pero con firmeza y un dejo de amenaza, me alertó que eso era lo que yo creía, pero que alguien me esperaba.
Seguí mi camino, pero caviloso, pensando en lo que me había dicho el siniestro personaje. Entre tantas sombras, resbalaban de los postes tenebrosas tarántulas, que hacían ruidos grotescos antes de posarse sobre los inertes cuerpos que yacían en el piso. No podía ver más, porque me daba la sensación que les succionaban sus vísceras o sus ojos, y las engullían de no sé qué desalmada manera. Me repetía una y otra vez que mejor era mantener mi mirada gacha, en dirección a la empedrada calle, pero también me resultaba desquiciante. Por uno y otro lado, incesantemente, corrían ríos de sangre, ríos de semen, ríos de lágrimas, ríos de saliva, ríos de todo tipo de excrementos. Hacía tiempo que me había resignado a que ninguna luz aparecería para reconfortarme. Caminé y caminé por aquel infinito callejón.
Entré finalmente a un bar que tenía una apariencia algo más acogedora. Me acerqué a la barra y un barman de barbas raídas y canas, de mirada indescifrable, y de aroma a colonia fermentada, me daría finalmente algunas pistas de lo que no buscaba, pero supuestamente sí.
- Eh, otro nuevo por acá, ¿whisky o aguardiente? El de bienvenida va por la casa.
- ¿Cómo sabes que soy nuevo por aquí?
- Podría darte miles de razones, trabajo aquí ya muchos siglos, pero la más fácil es que a este bar entran únicamente los que aún no están tan acostumbrados al callejón, porque supuestamente este sitio es algo más acogedor.
- Es verdad, pero solo algo más.
- Esto sigue siendo el callejón.
Miré nuevamente al barman, notó mi cara de nausea, y soltó una serie de exageradas carcajadas que desencaban su mandíbula y lo hacían ver aún más desagradable. Por un momento pensé que se trataba de mi verdugo, pero finalmente se calló y me volvió a mirar a los ojos.
- Andas absorto como negando a lo que viniste, y ella ya te está esperando mucho tiempo.
- ¿Te refieres a la muerte?
- No, nunca he sido ni soy poético, soy bastante básico y directo. Una mujer te espera hace tiempo, aunque tú te hagas el que no lo sepas.
- No me hago, no lo sé, no tengo idea de qué me hablas.
- ¿Para qué has venido aquí?
- ¿Se lo preguntas a todos?
- No, todos o casi todos saben bien por qué han venido. Tú pareces negarte a aceptarlo.
- Sólo tengo la noción de que por algún motivo caí en desgracia.
- Venir acá no quiere decir necesariamente que hayas caído en desgracia. Eso ya es cómo tú lo asumas.
- ¿Es éste el infierno? ¿He muerto ya?
- No lo puedo saber, yo sólo sé por qué vine aquí, y que alguien te espera a ti.
- ¿Por qué viniste aquí?
- Por las mismas razones por las que tú lo has hecho.
- ¡Dime! No sé bien por qué vine aquí, ya te dije.
- Quizás ella te lo aclare.
- ¿Cuál ella?
- Sube al segundo piso, sólo hay una mesa, allí está ella.
Las maderas de las escaleras crujían ruidosamente, por lo que supuse que quien me esperaba arriba ya era consciente de que estaba llegando. Ya a lo alto, todo seguía igual de oscuro, o hasta más, y frente a mí encontré nada más que una mesa con un candelabro en el centro consumiéndose lentamente. No había nadie. Miré alrededor varias veces, pero nada. Sorbí algo más de vino y me senté a aguardar si aparecía a quien supuestamente venía a ver.
- Hasta que por fin has venido.
- No te veo.
- No hace falta.
- Quiero verte, no sé quién eres, temo que seas mi verdugo.
- No lo soy, y si lo fuera, tampoco importaría, igual todos vamos a morir tarde o temprano, y estarías muy contento de que yo sea la causa de tu final.
- No estoy seguro de ello, ni siquiera te conozco.
- Eso es lo que piensas ahora que estás tan aturdido, o que pretendes estarlo, negando aceptar las razones por las que has venido aquí.
- No he tenido tiempo de pensarlo, todo es tan repulsivo.
- No hace falta pensarlo demasiado, tú lo sabes bien, es nada más que lo niegas.
- No voy a abrirme ni decirle algo tan íntimo a alguien que ni tengo idea quién es.
- Escucha bien mi voz, tú sabes bien quién soy, escúchala nada más.
- Veo que ya te has dado cuenta.
- Sí, y ahora entiendo por qué lo negaba, pero era inconscientemente.
- Bueno, eso puede ser discutible, a veces uno mantiene intencionalmente bajo cerrojo ciertas memorias, y lo hace tanto tiempo, que luego cree que es inconscientemente que no las recuerda.
- Puede que tengas que razón, no son los recuerdos más felices.
- No es tiempo ahora de reproches ni victimizaciones, quiero que me digas ya si sabes por qué estás aquí.
- ¿Cómo sabes cuándo has caído en desagracia?
- Insistes con eso de haber caído en desgracia, y ésa es sólo una forma lastimera y autocomplaciente de verlo.
- Me niego a aceptar que sea así, yo no soy así, no es mi esencia.
- Está dentro de ti, no puedes evitarlo.
- Pero debo alcanzar el equilibrio, el balance, no puedo permitir que una fuerza oscura me domine, no soy así.
- ¿No quieres aceptar lo que eres?
- ¡No soy así!
- No te alteres, vamos a tomarlo con calma.
- No estoy seguro cuándo empezó todo esto, quizás pueda hablar de algún factor desencadenante, pero no sería del todo claro. ¿Qué y si ya nací así? Eso del libre albedrío no me lo trago, es basura religiosa, quizás ya estamos todos determinados y no hay ninguna escapatoria. Como bien dices, así soy, y a esto estuve predeterminado.
- ¿A alimentarte de tu propia miseria? ¿A llorar ante tu propia desdicha? ¿A encerrarte en una espiral absurda de penuria, tristeza, maldad? No creo en basuras religiosas de ningún tipo, pero no puedes rehuir de tu propia voluntad.
- ¿Y qué si no quise rehuir, pero ya estaba predestinado a fracasar y hundirme en mi propia podredumbre, en mi propio abandono?
- Al final también es una decisión tuya, en mayor o menor medida. Además, tus circunstancias te adjudican mayor libertad. Sino mira esos desdichados esnifando en la mesa de abajo, pobres diablos que mendigaban en alcantarillas, en túneles de la ciudad, sin un centavo, que de niños empezaron con el cemento de contacto, obligados por sus padres, tíos, abuelos, o el que sea, a robar, a sacarle los teléfonos del bolsillo de los transeúntes. ¿Acaso tú eres una de esos? No lo eres, no me vengas con tus palabrerías autocomplacientes, debes aceptarlo.
- No seas tan dura, sé lo que dices, estoy tratando nada más de ponerle algo de razón a todo esto. Sé que he caído en este callejón por mis propias decisiones, pero una vez que se entra al callejón ya no se sale, y las decisiones, y la voluntad, pasan a segundo plano, ya no tienen relevancia.
- ¿Cuánto tiempo llevas en el callejón?
- No lo sé, no lo sé, creo que he estado apenas hoy, unas horas, unos instantes, pero luego miro todo y pienso que siempre he estado aquí, que simplemente estaba negándome, asomando la cabeza hacia la luz por alguna claraboya.
- Yo tampoco sé cuánto tiempo llevo aquí.
- ¿También eres parte de esto, o estás de pasada?
- ¿Crees de verdad que se puede estar de pasada por aquí?
- Quiero creerlo, no logro aceptar que esto sea definitivo.
- Yo no he podido salir, y lo he intentado.
- ¿De verdad lo has intentado? Yo creo que no.
- ¡Cómo te atreves! ¿De verdad estás insinuando que disfruto estar aquí, que disfruto hundirme en mi propia ignominia y podredumbre, de verdad lo crees?
- Es lo que has sugerido de mí anteriormente.
- Estás equivocado. He intentado salir, pero, pero…
- Estás predestinada a quedarte aquí.
- No, no… no quiero decir eso, no quiero contradecirme… pero no puedo evitarlo, también creo que he estado predestinada, que no tengo voluntad… pero no puedo aceptarlo tampoco, no puedo aceptar que yo misma me haya conducido a este callejón.
- Siempre lo negaremos, o quizás es que aún somos muy novatos aquí.
- Puede ser, tampoco ya recuerdo cuánto tiempo llevo aquí.
- ¿Importa aquí el tiempo?
- Creo que ya no importa, porque simplemente nunca amanece, todo siempre está oscuro, todo es desquiciante todo el tiempo. Tampoco he visto nunca un reloj.
- Pensaba el otro día que uno no escoge nacer, y por tanto, tampoco escoger en qué lugar, y con quién nacer. O sea, te vienen impuestos tus padres, tus hermanos, la casa, la ciudad. ¿Qué puedes hacer con eso? Eso te marca el resto de la vida.
- No es ningún descubrimiento, también lo he pensado muchas veces.
- ¿No revela eso que nuestro margen de voluntad es ínfimo?
- Yo también lo he pensado. He pensado hasta qué punto nos marcan nuestras experiencias, hasta qué punto estamos limitados por lo vivido, por las marcas de nuestros padres, de nuestra niñez. Porque uno apenas logra una verdadera consciencia a una edad ya muy avanzada.
- Sí, yo hasta ahora creo que no puedo ser tan consciente de todo, y eso que pienso y analizo todo demasiado, tengo ese problema, por eso mismo creo que he venido aquí.
- Pero aun tienes esa mirada brillante que recordaba, todavía no te has consumido.
- Yo aún no te puedo ver, pero puedo presentir por tu voz que ya no eres la misma de antes.
- Si no me ves es porque no quieres verme. Estoy aquí, ahora, sentada frente a ti, y sé que no me ves, pero es porque tú mismo has puesto una cortina de sombras entre tú y yo. Creo que temes ver algo que ya no quieres ver nunca más.
- No, lo que realmente me atormenta es que ya nada será como fue. Que ya nunca seremos los mismos, que lo que un día fue ya no será, porque es irrepetible, es algo que quedó suspendido en el tiempo, inalcanzable ya. Creo que eso es realmente lo que temo. Y eso se perdió para siempre, ya no volverá nunca más. Como la niñez que se ha ido.
- Como dice esa canción de Sabina, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.
- O como esa de Silvio, mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se me fue, no sé si se extravió, y yo no tenía más que un unicornio azul.
- Y aun así has venido a buscarme.
- Temía que hubieras muerto ya.
- Las memorias no mueren.
- No es cierto, por enfermedad, o por cualquier cosa, de repente, las memorias se pueden borrar para siempre.
- Tienes razón, es que me he puesto nerviosa.
- Te entiendo, pero no hay motivos, ya te he dicho que tan sólo había un unicornio azul, uno solo, y se perdió, se fue, se extravió, o más probablemente, murió.
- Siempre puede haber otros unicornios, azules, morados, rosados, verdes.
- Si he venido aquí, o si he caído aquí, es porque probablemente me he resignado a que ya no hay más unicornios, de cualquier color.
…
Escuchaba esa canción de Snow Patrol, Run, y me preguntaba sobre su significado. Leí que en una entrevista el compositor había explicado las circunstancias terribles en las que la había escrito. La analicé y la interioricé. En principio parece una canción en la que dialoga con alguien más, presumiblemente con un ser querido. La interpretación más explícita o simple es que se trata de una canción sobre la ruptura de una pareja y su despedida. Sin embargo, tras considerar las circunstancias en las que la escribió el autor, luego de haber estado cerca de la muerte fruto de sus excesos, en razón de alguna desdicha más profunda, empecé a especular que la letra alude a algo más insondable y metafísico.
En realidad, la letra de la canción está dedicada a sí mismo. Está dialogando con su propio yo, pero un yo de otra dimensión, un yo nítido, limpio, pulcro, inocente, y brillante. Quizás habla consigo mismo de niño. Pero quien habla en la letra de la canción no es él, sino ese otro yo, ese niño, ese ente que es él mismo pero libre de tachas, libre de culpas, libre de cualquier rezago de miseria. Pero en esa circunstancia en la que se encuentran, saben que tienen que despedirse, que cada cual tiene que seguir su propio camino, y que ese ser etéreo y puro tiene que dejarlo ir. Entonces le empieza a cantar, le recuerda que en el fondo él es lo mejor que ha hecho en su vida, que en espíritu estará ahí siempre a su lado. Que, aunque le cueste mirarlo a los ojos, cuando lo hace, tiene la certeza de que podrán salir adelante en cualquier circunstancia. Que, la idea de su propia destrucción le provoca dolor y tristeza. Y entonces le insiste que tiene que levantarse, animarse y seguir, porque tampoco tiene otra alternativa. Que, aunque no pueda escuchar su voz, estará siempre ahí a su lado…
I’ll sing it one last time for you,
Then we really have to go,
You’ve been the only thing that’s right,
In all I’ve done.
And I can barely look at you,
But every single time I do,
I know we’ll make it anywhere,
Away from here.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
To think I might not see those eyes,
Makes it so hard not to cry,
And as we say our long goodbye,
I nearly do.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
Slower, slower,
We don’t have time for that,
All I want’s to find an easy way,
To get out of our little heads.
Have heart, my dear,
We’re bound to be afraid,
Even if it’s just for a few days,
Making up for all this mess.
sábado, 15 de abril de 2017
Apócope
Bajo el triste viento de una primavera desteñida, recordé aquellos
ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las gotas
de un nuevo chubasco resbalar sobre mi frente, recordé aquellos brotes
dorados de una ondulada cabellera. Lejana percibí mi vida, como
desarraigada de mi propio espíritu, presa de hirientes ráfagas de
incesante melancolía. La lluvia de lleno atería el vacío, aturdía sin
refreno la sed de mis derrotas.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
sábado, 23 de abril de 2016
Entre nubes
Ese curioso y reconfortante sonido. Un vaivén de infinitas armonías,
acompasado por el aleteo incesante de unas gaviotas arremolinadas al
unísono. Mis ojos cerrados; el recuerdo a flote sobre la marea
aletargada de pensamientos, atizada por virtud del amaderado elixir de
un antiguo licor. La oscuridad fulminante de la noche; de todas maneras,
ignorada por mis sentidos ante el destierro espontáneo al abandono de
mi habitación. Notas volátiles que se esconden detrás de oscuras
memorias.
Una boca. El recorrido fantasmagórico sobre un ombligo deslumbrante. Transito sutilmente, como un tibio reguero, el estrecho desvarío de las formas. Por una ruta inconcebible, encuentra la húmeda extensión de mi paladar, el fulgurante nido del estremecimiento. Un puente de dulces sensaciones me permite alcanzar los labios del regocijo. Una boca.
Abrir los ojos ante la soberbia, ante la realidad impertinente. Es inútil evadirse. Es absurdo rehuir. La escapatoria es un espejismo, al que crees aproximarte para comprobar que el final es el inicio del dolor. Atajar con todas las fuerzas una razón para respirar, y sin embargo negarse a tomar aire en medio del agotamiento del corazón. Una luz que se atenúa con el paso de los segundos; el tiempo se diluye al contemplarse en el renegrido espejo de la soledad.
Aprieto con mi mano izquierda la botella de champagne. Me he atado bien los cordones de los zapatos, aunque aun así lo vuelvo a comprobar antes de girar la llave de la puerta. Confirmo que voy olvidando mi música y mis audífonos; los encuentro en el cajón y salgo raudamente. Tres de la mañana. Me llama el mar. El vaivén de las olas requiere mi presencia. La oscilación de mis latidos exige mi partida. Voy rumbo a la playa, aunque en el fondo nunca sepa de verdad el destino al que me conduce mi intuición. Olvido por un segundo eterno mi futuro, y perdono por un instante fecundo mi pasado.
Las calles abandonadas. El alumbrado público difuminado por el espectral efecto de la neblina. El frío se ha desvanecido; la madrugada es abrigada, como si fuera el momento más propicio para la redención de las memorias trasegadas. El planeta quizás rota porque no soporta que el sol le contemple tan desvergonzadamente; en la claridad muestra lo sublime, mientras en el lado que aparta hacia la oscuridad desfoga su maledicencia. La oscuridad se revela más auténtica.
El mar me encuentra finalmente. Los zapatos y los calcetines están de más; los pies anhelan el roce gélido del agua salada. La luna no existe aquella noche. Un abigarrado espectáculo neblinoso y oscuro sublima mis sentidos. La música circula por mis oídos y estremece mis entrañas, deslumbra mis emociones, desencadena efluvios de placer a través de los intersticios de mi deseo. Me recuesto sobre la arena y destapo la botella. Me bebo del pico un par de sorbos dulces, y cierro los ojos rendido ante una extrema lucidez.
Sin quererlo, unos dedos extraños rozan los míos. Evito dejarme llevar por los miedos, y en cambio atajo la tibiez de su entrañable y suave textura. Abro ligeramente los ojos y la veo en silencio; los suyos cerrados, y una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Un peculiar brillo me permite notar sus facciones en medio de la neblinosa oscuridad. La luna se ha aparecido de la nada y la ha iluminado. Es un hada. En el clímax delirante de mi enajenación, finalmente ella abre los ojos. Su sonrisa alcanza la plenitud. Por su nívea tez resbalan lágrimas inmaculadas.
El sol empieza a aparecer en el horizonte. La oscuridad empieza a tornarse púrpura. Ella no dejar que cese el roce de las yemas de sus dedos con las mías. Le brindo de mi champagne y se bebe dos profundos tragos, como si saciase una prolongada y misteriosa sed. El alba nos sonríe temprano. Me mira con la dulzura de sus pensamientos. Tomo uno de los extremos de mis audífonos; se lo paso y se lo pone en su pequeña oreja. Fluye la música en los dos. Me pasa su cigarrillo, le doy una pitada y se lo devuelvo. Cerramos los ojos; sonreímos.
«Entre nubes, voy».
Una boca. El recorrido fantasmagórico sobre un ombligo deslumbrante. Transito sutilmente, como un tibio reguero, el estrecho desvarío de las formas. Por una ruta inconcebible, encuentra la húmeda extensión de mi paladar, el fulgurante nido del estremecimiento. Un puente de dulces sensaciones me permite alcanzar los labios del regocijo. Una boca.
Abrir los ojos ante la soberbia, ante la realidad impertinente. Es inútil evadirse. Es absurdo rehuir. La escapatoria es un espejismo, al que crees aproximarte para comprobar que el final es el inicio del dolor. Atajar con todas las fuerzas una razón para respirar, y sin embargo negarse a tomar aire en medio del agotamiento del corazón. Una luz que se atenúa con el paso de los segundos; el tiempo se diluye al contemplarse en el renegrido espejo de la soledad.
Aprieto con mi mano izquierda la botella de champagne. Me he atado bien los cordones de los zapatos, aunque aun así lo vuelvo a comprobar antes de girar la llave de la puerta. Confirmo que voy olvidando mi música y mis audífonos; los encuentro en el cajón y salgo raudamente. Tres de la mañana. Me llama el mar. El vaivén de las olas requiere mi presencia. La oscilación de mis latidos exige mi partida. Voy rumbo a la playa, aunque en el fondo nunca sepa de verdad el destino al que me conduce mi intuición. Olvido por un segundo eterno mi futuro, y perdono por un instante fecundo mi pasado.
Las calles abandonadas. El alumbrado público difuminado por el espectral efecto de la neblina. El frío se ha desvanecido; la madrugada es abrigada, como si fuera el momento más propicio para la redención de las memorias trasegadas. El planeta quizás rota porque no soporta que el sol le contemple tan desvergonzadamente; en la claridad muestra lo sublime, mientras en el lado que aparta hacia la oscuridad desfoga su maledicencia. La oscuridad se revela más auténtica.
El mar me encuentra finalmente. Los zapatos y los calcetines están de más; los pies anhelan el roce gélido del agua salada. La luna no existe aquella noche. Un abigarrado espectáculo neblinoso y oscuro sublima mis sentidos. La música circula por mis oídos y estremece mis entrañas, deslumbra mis emociones, desencadena efluvios de placer a través de los intersticios de mi deseo. Me recuesto sobre la arena y destapo la botella. Me bebo del pico un par de sorbos dulces, y cierro los ojos rendido ante una extrema lucidez.
Sin quererlo, unos dedos extraños rozan los míos. Evito dejarme llevar por los miedos, y en cambio atajo la tibiez de su entrañable y suave textura. Abro ligeramente los ojos y la veo en silencio; los suyos cerrados, y una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Un peculiar brillo me permite notar sus facciones en medio de la neblinosa oscuridad. La luna se ha aparecido de la nada y la ha iluminado. Es un hada. En el clímax delirante de mi enajenación, finalmente ella abre los ojos. Su sonrisa alcanza la plenitud. Por su nívea tez resbalan lágrimas inmaculadas.
El sol empieza a aparecer en el horizonte. La oscuridad empieza a tornarse púrpura. Ella no dejar que cese el roce de las yemas de sus dedos con las mías. Le brindo de mi champagne y se bebe dos profundos tragos, como si saciase una prolongada y misteriosa sed. El alba nos sonríe temprano. Me mira con la dulzura de sus pensamientos. Tomo uno de los extremos de mis audífonos; se lo paso y se lo pone en su pequeña oreja. Fluye la música en los dos. Me pasa su cigarrillo, le doy una pitada y se lo devuelvo. Cerramos los ojos; sonreímos.
«Entre nubes, voy».
domingo, 10 de abril de 2016
Irse
El sol era demasiado brillante. Más que el sol, eran las nubes,
demasiado blancas, que reflejaban la luz solar con exasperante
brillantez. Apenas sí podía mantener abiertos los ojos, y por el
esfuerzo sentía como fruncía el ceño exageradamente. Inútilmente ubicaba
mi mano como visera sobre mi frente, para tratar de aplacar la
irritación que sentía. Un imponente acantilado se enfrentaba a mi
presencia. Era un abismo claro y límpido, repleto de enormes rocas en su
base, contra las que chocaban las incontenibles olas del mar; se
generaba así, en el fondo, una espléndida espuma blanca que recordaba
los bordes acaramelados de la torta de matrimonio de mi hermana.
El sonido de las olas era magnífico. No tenía nada más que cerrar los ojos para transportarme hasta la profundidad de la nada y evadirme así de la absurda pesadez del todo. A mi lado, tomando mi mano, la gran y primigenia hacedora de mi destino. Aquel ser maravilloso que me tuvo en su vientre durante los meses más cálidos y fabulosos de mi existencia; la primera imagen que mis ojos contemplaron, y la memoria más intangible que mis recuerdos atesorarían para la eternidad. Sus brillantes ojos azules estaban cerrados, y por debajo de sus párpados corrían irrefrenables lágrimas. De mis ojos también brotaba el llanto, aunque más contenido, o quizás más agotado.
Una lejana mañana floreciente, el aroma del pan caliente me había despertado el hambre. Me encontraba recostado terminando una de las Ficciones de Borges, cuando comprendí que era hora de alistarme para salir al trabajo. Escuché desde la cocina la voz de mi hermana; al parecer discutía algo con mi madre. Cuando me senté para desayunar, sonreían con total autenticidad, lo que me tranquilizó. Probé el pan y resultó tan o más delicioso de lo que su aroma prometía. Caí en un repentino embelesamiento: es que el café cargadito, el pancito suave y caliente, y los huevos revueltos en su punto.
En cierta noche del pasado cercano, empecé a temblar. No recuerdo si desperté de una pesadilla, o si no había podido conciliar el sueño y había caído en una especie de letargo indefinible, un trance de esos en los cuales resulta imposible saber a ciencia cierta si se está medio despierto, medio dormido, o medio muerto. La cosa es que de repente temblaba. Miré al techo y lo veía exactamente igual que siempre. Quise tornar un poco la mirada, pero no pude. Quise respirar con más tranquilidad, pero fue inútil. Quise abrazar a mi ser amado, pero no existía. Entonces comprendí que estaba solo.
Existe una tierra donde hay mariposas con cabeza de unicornio. Es decir, son seres minúsculos que vuelan, y cuyas alas pueden adquirir los colores más variopintos. Sin embargo, tienen la cabeza como la de un pony, y les adorna un cuerno de cristal transparente y gelatinoso. Dichos seres son inofensivos, al menos con los que nos hacemos llamar humanos, porque vaya a saber si son unos predadores fulminantes con otros bichos. En esa tierra me encontré una vez, y precisamente se posaron sobre mis hombros decenas de dichas mariposas. Intenté descifrar los ruidos que hacían, pero eran ininteligibles. Anhelé permanecer mucho más tiempo en aquel mundo, pero de un momento a otro aparecí sentado en un restaurante esperando el plato del almuerzo. El sitio estaba lleno, y el ruido de las conversaciones se manifestaba como un incesante zumbido que aturdía mis oídos. Miré por aquí y por allá: el señor de la corbata azul, la mujer del peinado feo, la niña del vestido rosa, los hermanos peleándose por boberías, y la dulce muchacha de lentes y suéter colorido. Busqué su mirada, la de la dulce muchacha, hasta que la encontré. Por milésimas de segundo nos vimos, hasta que finalmente tornó su mirada y continuó en lo suyo. Me encontré entonces de camino a casa, observando el interminable correteo de la masa, y sufriendo en silencio su bullicio.
Te quedas en medio de una conversación que no te interesa en lo más mínimo. Pretendes interesarte, haces algún comentario suelto, te ríes por seguir la corriente. Caminas por la calle solo, y te imaginas acompañado. Caminas con compañía, y te imaginas en la comodidad de tu sillón, escuchando la música que más te llena, llorando de gusto por el placer de las melodías. Un buen libro y un café en su punto, junto al amor de tu vida, los dos en silencio, leyendo; a ratos rozan los dedos de sus pies, a ratos se ríen sin razón, a ratos se miran con pasión. A ratos hacen el amor, y a ratos amanecen con un beso. Te imaginas todo ello, y luego duermes. Te despiertas temblando. No sabes si estás medio despierto, medio dormido, o medio muerto.
Me miró finalmente con sus ojos azules y me sonrió. Los dos lloramos al unísono. Nos abrazamos. Habíamos comprendido que vivíamos el uno para el otro, habíamos comprendido que éramos nuestra razón de vivir. Así que juntos, tomados de la mano, saltamos al acantilado.
El sonido de las olas era magnífico. No tenía nada más que cerrar los ojos para transportarme hasta la profundidad de la nada y evadirme así de la absurda pesadez del todo. A mi lado, tomando mi mano, la gran y primigenia hacedora de mi destino. Aquel ser maravilloso que me tuvo en su vientre durante los meses más cálidos y fabulosos de mi existencia; la primera imagen que mis ojos contemplaron, y la memoria más intangible que mis recuerdos atesorarían para la eternidad. Sus brillantes ojos azules estaban cerrados, y por debajo de sus párpados corrían irrefrenables lágrimas. De mis ojos también brotaba el llanto, aunque más contenido, o quizás más agotado.
Una lejana mañana floreciente, el aroma del pan caliente me había despertado el hambre. Me encontraba recostado terminando una de las Ficciones de Borges, cuando comprendí que era hora de alistarme para salir al trabajo. Escuché desde la cocina la voz de mi hermana; al parecer discutía algo con mi madre. Cuando me senté para desayunar, sonreían con total autenticidad, lo que me tranquilizó. Probé el pan y resultó tan o más delicioso de lo que su aroma prometía. Caí en un repentino embelesamiento: es que el café cargadito, el pancito suave y caliente, y los huevos revueltos en su punto.
En cierta noche del pasado cercano, empecé a temblar. No recuerdo si desperté de una pesadilla, o si no había podido conciliar el sueño y había caído en una especie de letargo indefinible, un trance de esos en los cuales resulta imposible saber a ciencia cierta si se está medio despierto, medio dormido, o medio muerto. La cosa es que de repente temblaba. Miré al techo y lo veía exactamente igual que siempre. Quise tornar un poco la mirada, pero no pude. Quise respirar con más tranquilidad, pero fue inútil. Quise abrazar a mi ser amado, pero no existía. Entonces comprendí que estaba solo.
Existe una tierra donde hay mariposas con cabeza de unicornio. Es decir, son seres minúsculos que vuelan, y cuyas alas pueden adquirir los colores más variopintos. Sin embargo, tienen la cabeza como la de un pony, y les adorna un cuerno de cristal transparente y gelatinoso. Dichos seres son inofensivos, al menos con los que nos hacemos llamar humanos, porque vaya a saber si son unos predadores fulminantes con otros bichos. En esa tierra me encontré una vez, y precisamente se posaron sobre mis hombros decenas de dichas mariposas. Intenté descifrar los ruidos que hacían, pero eran ininteligibles. Anhelé permanecer mucho más tiempo en aquel mundo, pero de un momento a otro aparecí sentado en un restaurante esperando el plato del almuerzo. El sitio estaba lleno, y el ruido de las conversaciones se manifestaba como un incesante zumbido que aturdía mis oídos. Miré por aquí y por allá: el señor de la corbata azul, la mujer del peinado feo, la niña del vestido rosa, los hermanos peleándose por boberías, y la dulce muchacha de lentes y suéter colorido. Busqué su mirada, la de la dulce muchacha, hasta que la encontré. Por milésimas de segundo nos vimos, hasta que finalmente tornó su mirada y continuó en lo suyo. Me encontré entonces de camino a casa, observando el interminable correteo de la masa, y sufriendo en silencio su bullicio.
Te quedas en medio de una conversación que no te interesa en lo más mínimo. Pretendes interesarte, haces algún comentario suelto, te ríes por seguir la corriente. Caminas por la calle solo, y te imaginas acompañado. Caminas con compañía, y te imaginas en la comodidad de tu sillón, escuchando la música que más te llena, llorando de gusto por el placer de las melodías. Un buen libro y un café en su punto, junto al amor de tu vida, los dos en silencio, leyendo; a ratos rozan los dedos de sus pies, a ratos se ríen sin razón, a ratos se miran con pasión. A ratos hacen el amor, y a ratos amanecen con un beso. Te imaginas todo ello, y luego duermes. Te despiertas temblando. No sabes si estás medio despierto, medio dormido, o medio muerto.
Me miró finalmente con sus ojos azules y me sonrió. Los dos lloramos al unísono. Nos abrazamos. Habíamos comprendido que vivíamos el uno para el otro, habíamos comprendido que éramos nuestra razón de vivir. Así que juntos, tomados de la mano, saltamos al acantilado.
miércoles, 30 de marzo de 2016
Fue
El pesado aroma salino del puerto mediterráneo era ya ampliamente
perceptible entre las estrechas callejuelas de la ciudad fenicia. El
tempranero brote primaveral atizaba la ya de por sí etérea e invisible
manifestación de los reflujos marinos. El cielo lucía incólumemente
azul, y pacientemente pintarrajeado con unos suaves trazos de
blanquecino pastel, que adquirían formas de un esplendor tan solo
apreciable por los espíritus más inocentes. Mi mirada se hallaba posada
en el ir y venir de los desgastados dedos de un guitarrista árabe, que
había llegado hace muchísimos años a tierras andaluzas, y que pronto
había alcanzado la fama como uno de los mejores en el requinto flamenco.
Sus días de gloria, sin embargo, hace poco habían terminado, y ahora
dedicaba sus ratos libres a complacer a los turistas -la mayoría de
ellos absolutamente incapaces de apreciar su talento, pero lo
suficientemente esnobistas como para sacarle fotografías y cruzarle unos
pocos pesos- con sus maravillosos arpegios. Me conocía ya de varios
meses, por la costumbre mía de pasar siempre por la callejuela donde
solía instalarse. En una ocasión, cuando uno de los cuatro aguaceros que
caen al año en la ciudad nos sorprendió desprevenidos, juntos nos
acomodamos sentados bajo un breve tejado a guarecernos de las aguas. Por
alguna incuestionable casualidad, justamente venía yo de comprar un
whisky de esos de etiqueta, pero ni tan barato ni tan caro. Con el
espectáculo del alboroto de transeúntes enloquecidos corriendo de un
lado a otro frente a nosotros, decidimos acabarnos ahí mismo toda la
botella, al ritmo de sus impecables notas y de mi espantosa voz. Las
últimas gotas de lluvia nos encontraron ebrios, y riéndonos como dos
niños. Como la noche ya empezaba a caer, nos despedimos con un abrazo
sincero de borrachos; y al alzarle mi mano a la distancia, claramente
recuerdo que me dijo, “cuando ‘ella’ cruce por esta calle, yo estaré
tocando tu canción, palabra”. Dicha frase se quedó incrustada en el
fondo de mi pensamiento, como un recuerdo escondido. Sin embargo, no
dejaba de ser más absurda que enigmática, pues lejos estaba yo de tener
una “ella” en esas épocas. Por eso supuse que fue nada más que un último
resoplo de la algarabía embriagante que habíamos vivido durante la hora
previa.
Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.
Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.
Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.
Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.
Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.
Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.
domingo, 14 de febrero de 2016
Noches perdidas
Entonces estuvimos aquella vez pensando en los pormenores de nuestros
planes. Cada cual iba a tomar una determinación específica, que en principio
nada tendría que ver con la otra, pero que ineludiblemente, por los azares de
la costumbre y la rutina, se entremezclarían sin remedio. Empezamos, pues, con
un buen trago de vino cada uno, que con buen criterio habías servido
previamente 'por si acaso'. Dos generosas copas, de un vino nada despreciable;
aunque como era común en ti, seguramente apenas lo catarías con la punta de tu
lengua, mientras me dejarías a mí emborracharme hasta empezar a contar
historias fantásticas de dudosa ocurrencia, pero que te divertían de formas que
yo nunca de verdad llegué a comprender. Con el lápiz que te había regalado tu madre hace dos
años, y que nunca habías osado usar hasta ese momento, iniciaste la
diagramación de tus planes para el fin de semana. Pensé que como siempre, ibas
a hacer una lista punto por punto de cada cosa: 8h00: Poner el café a pasar por
la máquina. 8h15: tomar la pastilla con el té de manzanilla. 8h30: comer el
desayuno: galleta integral, jugo de naranja, huevo cocido, café. 9:00: baño y
aseo... Todo eso pensé que programarías, pero me equivoqué. Cuando me percaté, al
cabo de unos minutos de estar vanamente intentando precisar mis propios planes,
observé que en realidad estabas haciendo un dibujo de esos que no hacías hace
años. Con el rabillo del ojo, pues no quería que te dieras cuenta de mi
espionaje, seguí atentamente los trazos y coloreadas que hacías, y al mismo
tiempo me perdía en las minucias: el zigzagueo de tu mano derecha con el lápiz
apretado, los ruidos apenas perceptibles que hacías con tus labios por la
concentración, el armonioso ir y venir de tu mirada, tus respiraciones a un
tiempo aceleradas a otro tiempo pausadas. Todo ese proceso maravilloso me
inquietaba hasta la médula, pues presentía que en él se escondía toda la
autenticidad de tu ser, toda la magnificencia de tu imponente espíritu, de tus
ocultas inquietudes. Me convencí a mí mismo, durante esos eternos instantes,
que eras tú misma manifestándote en toda tu magnitud, en todo tu portento, en
toda la cadencia de tu alma. Posiblemente no eran más que absurdas cavilaciones
de mi imaginación, pero lo cierto es que no podía perder pista ni por un
segundo de aquella partitura en ejecución que constituía el movimiento de tus
dedos y de tus manos. Estuve así durante un tiempo que difícilmente podría
definir, pero que sin duda debió ser sumamente extenso puesto que permitió que
prácticamente terminaras tu dibujo, o al menos desde mi perspectiva. Sin
embargo, lo que más me llamó la atención de toda esa extraña configuración, no
fue en sí el que te hubieras decidido repentinamente a hacer algo que no habías
hecho en muchos años, ni tampoco el que hubieras escogido para ello el regalo
tan preciado que te había hecho tu madre por uno de tus cumpleaños -que
recuerdo perfectamente, pero que omitiré por una licencia inconsulta de inusual
cortesía-. Nada de ello. Lo que en realidad me dejó casi estupefacto fue tu
final decisión de aparentar no haber hecho nada, esconder tu dibujo tras el
impulsivo trance que te trajo de vuelta a la realidad, y fingir que ya habías
hecho tus planes y preguntarme si ya había hecho yo los míos. Entonces te miré
a los ojos con acertado gesto inquisitorio, lo mantuve con suficiencia durante
el tiempo adecuado, y finalmente con medida timidez, pero con poco meditada
decisión, te inquirí sobre el dibujo que habías hecho. Ante tal afrenta a tu privacidad,
no pudiste menos que mirarme con cierta modulada ira; sin embargo, al darte
cuenta del despropósito de tu actitud, cambiaste poco a poco de semblante hasta
terminar carcajeándote de una manera espeluznante y francamente irreconocible.
Seguramente por constatar que mi reacción fue de total estupefacción,
retornaste de inmediato a tu estado natural de trabajada calma, y me miraste
con ternura y hasta afección. Sonreíste con sinceridad durante unos segundos, y
finalmente sacaste de entre los papeles el dibujo y me lo mostraste
directamente, sin precauciones ni detalles.
Me serviste una copa más de vino, luego ya de haberme terminado la primera, y me pasaste una servilleta para que me limpiara los labios. Recordé finalmente aquella vez en que me habías dicho que harías un dibujo de algo siniestro y complicado de entender, que sucedería algún día de la nada, que sería como un trance, que lo tenías por seguro ya que lo habías soñado con extrema claridad en alguna siesta de tu niñez, y que no podías asegurarme lo que sucedería después de eso. Que si tenía suerte -o mala suerte- estaría aún contigo para verlo, y que luego de eso no aceptarías ningún reproche a cualquiera de las decisiones que tomaras. Pues bien, aquel momento llegó y entonces, tras acabarme la segunda copa de vino, esperé a que saliera de tu boca alguna palabra que me condujera al túnel oscuro e inédito de la decisión que tomarías, una a la que de por sí sabía que no estaría preparado para afrontar ni asimilar. Me miraste a los ojos, te acercaste a mi boca con la tuya, apretaste mis labios con el pulgar y el índice de tu mano izquierda, me soltaste un beso loco y pegajoso, y me dijiste que habías decidido enamorarte de mí y que, por lo tanto, podía muy bien empacar mis cosas y largarme, pues aquello no funcionaría sin alguna promesa incumplida.
¿Cuál promesa era aquella que habría de incumplir?
- ¿Que nunca me separaría de ti?
- No, que nunca me dejarías enamorarme de ti.
Me levanté de la mesa y me comí la última tostada que aún quedaba, y me dijiste que no me fuera, y aún no sé, hasta el día de hoy, lo que de verdad te respondí.
Me serviste una copa más de vino, luego ya de haberme terminado la primera, y me pasaste una servilleta para que me limpiara los labios. Recordé finalmente aquella vez en que me habías dicho que harías un dibujo de algo siniestro y complicado de entender, que sucedería algún día de la nada, que sería como un trance, que lo tenías por seguro ya que lo habías soñado con extrema claridad en alguna siesta de tu niñez, y que no podías asegurarme lo que sucedería después de eso. Que si tenía suerte -o mala suerte- estaría aún contigo para verlo, y que luego de eso no aceptarías ningún reproche a cualquiera de las decisiones que tomaras. Pues bien, aquel momento llegó y entonces, tras acabarme la segunda copa de vino, esperé a que saliera de tu boca alguna palabra que me condujera al túnel oscuro e inédito de la decisión que tomarías, una a la que de por sí sabía que no estaría preparado para afrontar ni asimilar. Me miraste a los ojos, te acercaste a mi boca con la tuya, apretaste mis labios con el pulgar y el índice de tu mano izquierda, me soltaste un beso loco y pegajoso, y me dijiste que habías decidido enamorarte de mí y que, por lo tanto, podía muy bien empacar mis cosas y largarme, pues aquello no funcionaría sin alguna promesa incumplida.
¿Cuál promesa era aquella que habría de incumplir?
- ¿Que nunca me separaría de ti?
- No, que nunca me dejarías enamorarme de ti.
Me levanté de la mesa y me comí la última tostada que aún quedaba, y me dijiste que no me fuera, y aún no sé, hasta el día de hoy, lo que de verdad te respondí.
domingo, 20 de junio de 2010
JUGARRETA
Empecé a dudar de aquella primera jugada cuando, estando rodeado por un alfil y dos peones, me encontraba a pocos pasos de perder a mi reina; haber sacado al caballo de rey hacia una aventura prometedora pero riesgosa, no parecía haber sido la mejor estrategia. Sin embargo, el juego estaba a medias y debía continuar, esperando encontrar alguna posibilidad de retomar el control.La luna, mientras tanto, aguardaba observando a través de la ventana el tocadiscos apagado y abandonado entre el polvo y la desidia. Su tenue luz se encaramaba por entre las sombras que formaban los sillones y el antiguo bargueño de madera apolillada. Sigilosamente, una mariposa negra aguardaba colgada en las cercanías de una lámpara que apenas permanecía levemente encendida.
Moví mi caballo de rey, el que inicialmente saqué y que ahora podía, si mi rival caí en la celada, darme una vía expedita para acercarme a un jaque que salvara la jornada. Pero sería cuestión de paciencia y algo de fortuna o, en todo caso, de desprevención por parte de quien frente a mí se encontraba, al otro lado del tablero. Alcé por un instante mi mirada y observé a los ojos de mi contrincante, quien esquivó cualquier resquicio de duda y prefirió resguardarse en la oscuridad de sus cavilaciones.
La lluvia comenzaba a manifestarse sobre las hojas secas del patio de la casa. Sonidos crepitantes y apacibles, que adornaban el solemne silencio establecido en la habitación. Las telarañas continuaban inmóviles ante el siguiente pensamiento de esta noche diáfana y fantástica; una noche de remembranzas pero, quizá paradójicamente, quizá coincidentemente, de nostálgica melancolía.
Uno de mis peones cayó, abatido por el alfil que lo amenazaba. Presentí que mi celada podría dar resultado, aunque no tal y como lo había esperado. Me emocioné al constatar que mi jugada había sido más eficaz y peligrosa de lo esperado, pues con un paso más me enfilaría hasta las cercanías de una torre indefensa y de un rey abandonado. Pero de todas maneras, preferí esperar unos segundos, con la intención de generar esa sensación de ansiedad y preocupación inentendible.
Moví levemente mi cabeza hacia un costado, solamente como un gesto de intencional distracción. Mis ojos no buscaban nada en especial, solamente fijarse en la pared blanca y rígida, alzada allí sin ornamentos ni fisuras. Mis ojos se llenaron repentinamente de humedad, y por mis entrañas atravesó la descarga de memorias que renacían desde sarcófagos empotrados al interior de embrujadas pirámides de olvido. Un viejo girasol de hojas tristes y tallo débil emergía desde el interior de un solitario florero de cristal.
Un recuerdo como el hielo que se diluye ante las llamaradas de un sentimiento escondido pero vivo, acompañaron el paso del ingenuo caballo enamorado, que avanzó abriendo su corazón a un ansioso cielo rosado y luminoso. La jugarreta no fue mía, pues desprotegí la sabiduría de mi razón y dejé en soletas la libertad de mis ilusiones. Jaque y mate en dos jugadas que no esperé, cayendo en el abismo de la soledad y confirmando que casi todo seguía intacto, al fijar mi incomprensible mirada en los ojos de la dueña del tablero, de las piezas y de mi eterna derrota
domingo, 16 de mayo de 2010
SOMBRAS MELANCÓLICAS
La noche cobija mis tristes pensamientos, mientras la luna, oculta y escondida detrás de antifaces de artificio, no ilumina más mis ilusiones. Me acuesto sobre un baúl de decepciones y recuerdo las intransigencias de mi espíritu orgulloso, traicionado por sus propios vericuetos. Me compadezco inútilmente y me pongo de acólito a las justificadas razones de otros, a quienes no solo autorizo, sino que patrocino como orgulloso pelele, ocupen mi lugar en el altar de un amor que se ha hecho ya imposible. Me olvidaré de las melancolías anteriores, solo para abrir paso a las que van llegando a raudales. Esperé una respuesta en tu mirada, una sonrisa en tus palabras, una clave sincera en tus inquietantes gestos; pero descubrí que mi juego estaba perdido, bastándome solamente la paradójica complacencia por la felicidad ajena.domingo, 7 de febrero de 2010
AÑICOS
A la larga, en lo profundo de sus pensamientos, en lo recóndito e inexpugnable de su alma, sabía que la culpa había sido suya; fue él quien, quizá ingenuamente, quizá inocentemente, expuso su corazón a las llamas incontenibles de un sentimiento abrazador, que incendió por completo todo aquello que podía haber quedado. Abrió su pecho con dulzura y con pasión; no midió los alcances de su acción, ni midió las consecuencias de aquella decisión. Una mañana despertó, cuando aún la Luna no se escondía entre los rayos del Sol. Abrió la ventana con ánimo extraño, poco característico de su personalidad, y sintió la brisa helada de la mañana golpear con fuerza en sus pómulos, ingresar lenta pero decididamente por sus fosas nasales, y hacerle sentir el delicioso helor de un luminoso despertar. Ese fue el día en que abrió su corazón a los abismos, no sin cobardía, pero si con mucha ilusión.
Grave tropezón fue aquel que tuvo que afrontar a poco de iniciar la que creía, en esos instantes, su gran hazaña. La encontró sentada en una mesa de un cafetín a la luz de sus oscuridades, al clamor de sus encendidos sueños celestes; y sin embargo, cuando en sus manos entregó su corazón, con la cabeza gacha y los ojos llorosos de emoción, ella apenas si lo tomó y se lo devolvió.
De nuevo en sus manos, como si fuera un débil y húmedo rompecabezas de cartón, sintió y observó como se descomponía, pedazo a pedazo, en añicos de papel; y caía a sus pies, mientras sus ojos se nublaban y sus piernas tambaleaban. Percibió sus ojos convertirse en dos pequeñas fuentes de tristeza cayendo tal cual una cascada tormentosa y peregrina. Advirtió su corazón en un piso de cristal, junto a un resto de sentimientos desechos y maltrechos. Con un corazón nulo, maltratado y destrozado, empezó a andar por entre las tinieblas, sintiéndose capaz de mirar nuevamente la Luna, pero solo en las ciegas imágenes de sus pensamientos, alejados de una realidad demasiado real para vivirla más.
Y cuando al caminar, a su paso se encontró con una sonrisa gentil y fresca, que podría haber invadido sus entrañas de calor y alegría; solo continuó casi sin alzar la vista, haciendo que sus ennegrecidas ojeras permanecieran intactas y sin rubores ni insinuaciones. Perdió y fue irreversible. Es irreversible.
Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgGRutzem5qdTMr7RySsLlIAJSFJYBSTCGDtjBf_XmfEsVKrxEYHctOCA28SPBLAVsF1TiFqUcIkqE_3u6Psq3YOFypYr0iPMHlRCXGbXO9V2VwzB9HRKnFh_Pcr_xm7Zc4-irxW58OhWEa/s320/oscuridad.jpg
jueves, 24 de diciembre de 2009
ME PIENSES

“Lo más terrible se aprende enseguida, y lo hermoso nos cuesta la vida”.
S. Rodríguez.
S. Rodríguez.
Un cometa atravesaba el firmamento, mientras la luna aguardaba sigilosa detrás de un par de nubes. Una estrella que viajaba por entre constelaciones, fraguadas por el mágico encanto de una secreta diva. Giraba mi cabeza ante la lluvia de pirotecnia, que adornaba un cielo oscuro al contraste de sus estrellas. Me adentré hacia los suaves pastos de aquella alameda, que me conducía por entre árboles altivos y adormecidos. Seguía con fijeza el rumbo de mis pasos, con la intención de evitar cruzar por entre una línea, para así avanzar de manera precisa sobre cada uno de los bloques de esa avenida colorida, pero por la insolente oscuridad toda invadida. Sentí el goteo de un rocío, proveniente de algún árbol parapetado entre los dientes de la hierba en su bravura. Allí decidí sentarme a descansar mis manos aturdidas, mis ojos humedecidos por el llanto melancólico de una noche solitaria. Con mi mente anduve observando los paisajes de mis sueños, aquellos recónditos lugares donde una pintura surrealista se dibuja entre los astros de mi locura. Y cuando abrí los ojos, desconcertado ante la niebla de mis quimeras maltratadas, sublime encuentro mi mirada presenció ante la belleza de tus ojos, si supieras que te quise desde siempre, aunque nunca esperaste tú mi encuentro, yo en cambio si aguardé eternamente la llegada de la brisa, que los dedos de tus manos provocaron en mis días. Tomé tu mano como quien acepta su destino, y me levanté contemplando aquellos ojos; los tuyos solamente, en el momento en que a mi vida llegue, ese instante en que la muerte ya se olvide. Y caminamos los dos eternamente, de las manos sin temor íbamos tomados.
Aun seguiré esperando, porque he descubierto, nuevamente, la paciencia.
Te esperaré sin que lo pienses, aunque quizá a mi vida nunca llegues.
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