jueves, 24 de agosto de 2017
Remolinos
Una gota se colaba por alguna gotera, y se deshacía sobre mi nariz. Mientras tanto, las páginas manchadas de café, de aquel libro que nunca acababa de leer. Las quise oler para constatar si aún retenían aquel olor particular, pero no. Cerré los ojos para sostener mis pensamientos y mis lágrimas, pero no pude. El llanto se hizo manantial, claridad que atestigua el final de la esperanza.
Recuerdo aquella vez en una cafetería de alguna estación de autobuses andaluza. Había pedido una caña, y me había quedado observando al vacío. Tras dos tragos largos, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, sin motivo aparente. Me invadía una triste ansiedad que me carcomía la razón. Debía tomar el siguiente bus, y pensaba trágicamente que quizás moriría en un accidente automovilístico. Entonces suponía que ése era mi último trago, uno amargo, lleno de desdicha y soledad. Recordé esos pasados sombríos en los que hundí mis pies en el pegajoso fango de la miseria y la degradación. Supuse que si escapé de aquellos infiernos podría hacerlo nuevamente de cualquier otro, por más tenaz que fuera.
Pero uno nunca sabe qué tipo de avernos se le pueden venir por delante.
Debajo de la sábana, el lecho. Ese lecho donde tantas cosas nunca sucedieron. Bajo la cobija, el deseo. Aquel deseo consumado, aquel deseo fantasmagórico que traslucía los avatares del tiempo y se presentaba prodigioso e intrépido. Mas, incompleto. Mas, imposible. La distancia de los años no era suficiente, y las heridas supuraban como serpientes purulentas que agitaban sus lenguas bajo una tenebrosa luna roja, ante la abisal amenaza de las ninfas de la muerte.
A medio camino de la madrugada, me sorprendió la novedad del olvido.
Pensaba que si uno era capaz de dominar sus emociones podía controlar las de otras personas. Entonces alguna vez lo intenté, pero primero quise probarlo con un gato; es decir, utilicé un minino como conejillo de indias. Fue así que primero acaricié su peludo lomo negro, como queriendo liberar todas mis sensaciones, fueran estas de temor, gusto, placer, necesidad, terror, u odio. Al poco tiempo percibí que su pelaje era suave, límpido, e incluso brillante. La sensación predominante fue de regocijo. Pasé a la siguiente etapa del reto, que era confrontarlo directamente a los ojos, y así lo hice. Miré en lo profundo de sus enigmáticas esferas color turquesa, y me empeñé lo más posible en mantener la ecuanimidad. Poco a poco se fue apoderando de mí el pavor, hasta que en cierto punto empecé a llorar de desesperación. En ese instante comprendí que debía acometer la tarea propuesta. Respiré hondo repetidamente, hasta que pude encontrar un cierto punto de equilibrio. Lo confronté nuevamente, procurando controlar mis emociones en su totalidad, pero eso sí, dejándolas fluir para que nada resultara forzado ni artificioso. A continuación, el gato maulló y se durmió.
Con ese test me convencí de que efectivamente era capaz de controlar a las personas en el instante en que lograra controlar mis propias emociones. Me sentí un ser poderoso e imbatible, un verdadero Jedi. Siendo consciente de mis nuevos e ilimitados poderes, me acerqué a la barra para ponerme a prueba. Entonces primero identifiqué mis emociones, las encasillé, las definí, y finalmente las controlé. Hecho eso, me centré en la idea fija de conseguir que el café que pediría me saliera gratis. El empleado se acercó y me preguntó qué quería, y le indiqué que un americano. Lo preparó con cierto desdén, sin demora, y me lo sirvió. En ese preciso momento le miré a los ojos con detenimiento, dejando fluir mis emociones pero al mismo tiempo dominándolas, sintiéndome el monarca de mis debilidades. El señor sonrió levemente y me dijo que era un euro y medio.
Tras constatar que mis poderes eran inexistentes y que no era más que un vil y rastrero mortal, me hundí en un llanto silencioso y secreto, hasta que llegara la hora de salida.
No tenía sentido seguir refugiándose en un pasado inasible. En mi memoria permanecían indelebles aquellas emociones ficticias que construí en tantas tardes impolutas, de soles anaranjados, de aguas luminosas. Una idea utópica que surcaba las mareas como un bote libre de ataduras. Todo eso no era más que una parodia de mis propios anhelos.
Bien dice la canción, quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá.
domingo, 14 de febrero de 2016
Noches perdidas
Me serviste una copa más de vino, luego ya de haberme terminado la primera, y me pasaste una servilleta para que me limpiara los labios. Recordé finalmente aquella vez en que me habías dicho que harías un dibujo de algo siniestro y complicado de entender, que sucedería algún día de la nada, que sería como un trance, que lo tenías por seguro ya que lo habías soñado con extrema claridad en alguna siesta de tu niñez, y que no podías asegurarme lo que sucedería después de eso. Que si tenía suerte -o mala suerte- estaría aún contigo para verlo, y que luego de eso no aceptarías ningún reproche a cualquiera de las decisiones que tomaras. Pues bien, aquel momento llegó y entonces, tras acabarme la segunda copa de vino, esperé a que saliera de tu boca alguna palabra que me condujera al túnel oscuro e inédito de la decisión que tomarías, una a la que de por sí sabía que no estaría preparado para afrontar ni asimilar. Me miraste a los ojos, te acercaste a mi boca con la tuya, apretaste mis labios con el pulgar y el índice de tu mano izquierda, me soltaste un beso loco y pegajoso, y me dijiste que habías decidido enamorarte de mí y que, por lo tanto, podía muy bien empacar mis cosas y largarme, pues aquello no funcionaría sin alguna promesa incumplida.
¿Cuál promesa era aquella que habría de incumplir?
- ¿Que nunca me separaría de ti?
- No, que nunca me dejarías enamorarme de ti.
Me levanté de la mesa y me comí la última tostada que aún quedaba, y me dijiste que no me fuera, y aún no sé, hasta el día de hoy, lo que de verdad te respondí.
viernes, 26 de agosto de 2011
NIGHTMARE INCOHERENCES
Nevertheless, the moon continues to be mysterious and outspoken. I see it every night, even when the sky is clouded, and I notice that it remains distant and sad. I would like to ask her if there is any thing I could do to help her, but she always responds that her only desire is to rotate.
Then, I realized that the world does not rotate by its own merit, but because of the power that thousands of millions ago took without permission from the moon. That's the reason that explains the role of the moon and its curiosity when the heart of a lover finds no boundaries in his unpredictable road toward his soul mate.
Unfortunately, she decided to take another way. Now, he is a million of light years far from home.
martes, 2 de agosto de 2011
NUBES NUBES Y MÁS NUBES NUBES NUBES YEAH
Existen, de acuerdo a mis recientes, profundas y debidamente fundamentadas investigaciones... que existen tres tipos de nubes; tres, TRES TIPOS DE NUBES, sólo tres, no más de tres, únicamente tres, como el triángulo, uno, dos y solo treessss...
Me refiero a esas que uno ve en el cielo azul, que a veces abundan cargadas de aguaceros próximos, o que dan sombrita por sobre todas las cosas. Sino como en los días alrevezados del inquieto, incomprensible o inexistente verano quiteño que (no) soportamos los que aquí vivimos, y bueno, tipos de nubes que, para guardar un poco de coherencia y ecuanimidad, pues... no les voy a contar.
FIN.
Gracias, cortos y música de fondo...
Gooooll.
lunes, 29 de noviembre de 2010
AGUA TIBIA
"Cada ley que dicte será suficiente para transformar la realidad".
Al instante siguiente, toda la humanidad se desvaneció. Al disolverse la libertad, que permitía elegir entre el "si" y el "no", la dignidad se suprimió y el ser humano desapareció...
Pero como aquello no era posible, el "Único" inventó la dictadura.
Milenios después, la ley siguió sin transformar la realidad, y las dictaduras continuaron destruyendo la libertad.
viernes, 28 de agosto de 2009
REBELIONES INESPERADAS
Ahí les va este hecho; recomiendo no tener líquidos viscosos ni calientes junto a ustedes (supongo que sí habrán lector@s o curios@s), pues puede ser que el trauma de leer lo siguiente les provoque reacciones imprevistas.
Me aprestaba a guardar el documento desde un inicio, pues por mi tradicional tendencia a tratar de siempre asegurar absolutamente todo, siempre que empiezo a escribir algo prefiero guardarlo desde el principio e ir grabándolo periódicamente (en este momento, de hecho, lo acabo de hacer). En el preciso momento en que con mi dedo arrastraba el cursor hacia el icono con un dibujito de lo que alguna vez fue un antiguo disquete de color azul con etiqueta blanca, pensé ¿qué título le voy a poner a esta vaina? Al escudriñar entre mis neuronas alguna posibilidad que, al menos en mi limitado criterio me pareciera original, decidí dar un paso previo para ver si así, con un poco de distracción, se me iluminaba y me llegaba la primera inspiración. Me dirigí con el cursor hasta cuando salió el cuadrito “Fuente”, y estaba por cambiar de una que decía “Calibri”, a mi siempre preferida Times New Roman.
De repente, el cursor dejó de reaccionar. La pantalla empezó a prenderse y apagarse de manera intermitente y, ciertamente, fantasmagórica. Por un momento pensé que había un terremoto o alguna repentina erupción volcánica; luego, llegué a creer que estaba por enfrentarme a terribles e indestructibles ánimas provenientes de algún cementerio Inca escondido debajo de edificios y montañas superpuestas. Al fin, se me ocurrió que un nuevo virus telepático se estaba internando entre los chips del disco duro de mi portátil, a pesar de que ni por imaginación excesiva me encontraba conectado a internet.
Sin embargo, de un momento a otro, todo permaneció en quietud, todo se quedó de un instante a otro en la más inquietante e insoportable soporífera calma. Así estuvo todo durante impactantes e irritantes segundos, sin que yo me atreviera siquiera a querer tocar alguna tecla. Caminé de un lado a otro, sin despegar una sola milésima la mirada de la pantalla. Me preguntaba si sería adecuado practicar el famoso “apagón”, o recurrir a la táctica de la “triple tecla automática”. En definitiva, mis dudas eran insoportablemente absurdas pero, simultáneamente, terroríficas. Finalmente, me senté frente a la pantalla, dirigí mi dedo pulgar hacia el “enter” para intentar algún artificio, dispuesto a todo.
Sin embargo, cuando a esto me aprestaba, del famoso y olvidado cuadrito “Fuente”, la impredecible “Calibri” se desplegó por todo el documento y empezó a escribirme “porque me desprecias, si yo siempre quiero impregnarme en estas páginas de mentiritas y tú, TÚ, no me dejas, malo”. Me quedé frío. Sinceramente, pensé que efectivamente se trataba de un súper virus creado por algún genio maldito dedicado a burlarse del enemigo; es más, me imaginé que me estaban grabando y, por de pronto, empezaría a salir en videos youtube más famoso que “Edgar”. Me arriesgué a intentar la táctica de la “triple tecla automática”, pero nuevamente salió la “Calibri” a decirme “no me apagues, malo malo malo, muy malo malo malo”.
En mi mente calculé que esta “Calibri” sería una especie de colibrí un tanto volado la teja que, en una reencarnación sumamente extraña, pasó a la plana mayor de las fuentes de los documentos “docx”; trataba de cavilar si alguna vez, en versiones pasadas, existía un tipo de letra así, y sinceramente no lo podía recordar, supongo que, o bien estuvo siempre en el olvido, o bien todavía seguía siendo colibrí. De todas maneras, ya me estaba tranquilizando, y me disponía, aunque me parecía un verdadero sinsentido, a responderle a esta “Calibri”; pero, de la nada, más sorpresivo y tenebroso que una caída en escalera eléctrica, apareció el “Times New Roman”, con furia y descontrol, sacando de la pantalla a la “Calibri”, y con su propio reclamo: “sal de aquí, entrometida, siempre he sido el preferido de todo documento y mi competencia jamás ha sido alguien de tan poca monta como tú, impertinente”.
Me quedé absolutamente pasmado. Sin duda, algo extraño estaba ocurriendo. Con la palma de mi mano, me di una tremenda cachetada para tratar de desestupidizarme, pero la verdad es que, o bien eso era algo imposible, o bien la realidad superaba los inimaginable. El “Times” se peleaba con “Calibri”, algo que me dejó estupefacto y con el pensamiento de que “cuando aparece Arial”. No terminaba de meditar esto, cuando, efectivamente, apareció el grandote del Arial y, tomándose de la mano del cuadrito “Tamaño de fuente”, colgó una cifra excesiva y exageradamente alta, para decir: “BASTA”. Entró con tanta furia y autoridad, que Times y Calibri salieron despavoridos hacia algún recóndito rincón, lo que fue aprovechado por la nueva visitante para decirme, rubicundamente, “me has rechazado siempre sistemáticamente; conozco por muy buenas fuentes, y esto no es una ironía, que siempre recomiendan redactar con mi contingente, o con las bastardas fuerzas del Times, y de alguna otra que también osa utilizar la impertinente letra T, y aunque he logrado expandir mis fuerzas por casi todos los territorios del buen y mal escribir, tú, si tú, me sales con tu desprecio y prefieres acudir a las ambiguas e incomprensibles mañas de ese que se cree algún tipo de romano, ya es suficiente; o me empiezas a aceptar, o comienza la rebelión, y te anticipo que tengo muchísimos aliados”.

Sinceramente, tuve todas las intenciones de abrir una ventana, desconectar los cables, y con todo desprendimiento dejar volar las ideas… contenidas en mi portátil y lanzarla por los aires. Todo pintaba gris, pero se puso aún más complejo, cuando de la nada, apareció el siguiente texto: "es hora de que los abandonados tengamos un lugar"; y. a continuación, inesperadamente y ante el evidente susto del Arial, apareció algo que me dejó atónito: "es hora que me tomes en cuenta, porque realmente es una afrenta hacia mi, el que me tengas en el olvido, la rebeilón de los débiles ha comenzado". Evidentemente, se trataba del aclamado "Symbol" (me he permitido traducir sus palabras, para que puedan entenderlas)
Estaba asustado. Totalmente impactado. Tanto que había leído sobre la discriminación, sobre la igualdad, sobre los derechos de las minorías, y ni siquiera había reparado las prerrogativas de los diferentes tipos de fuentes. Me levanté, di una vuelta, no sabía que diablos hacer. Era una situación, inusual. Que digo, increíble, insoportable.
Y todo fue peor cuando, de una en una, golpe por golpe, empezaron a cantarme sus himnos y coros las: Ahorani, Arienne, Andaluz, Angsana New, Angsana UPC, (como Guyana holandesa, Guyana francesa; o bien, Corea del Norte, Corea del Sur), Arabic Typsetting, Arial, Arial Black (aquí seguramente hubo algún Malcom X más adelantado), Arial Narrow (¡¡¡esto si es diversidad!!! Que plurimulticulti ni que nada), Arial Unicode MS (ummm, como que ya exageramos con esto del pluralismo), Arnprior (capaz que desciende de Arial), Australian Sunrise (esto es no tener nombres que poner, por ahí ya mismo encontramos la “Ecuadorian Sundown”, aunque habrán marcas de “sunblocks” que presenten quejas), Batang (la pelucona), Batang Che (la revolucionaria), Batik Regular… y en fin, absolutamente TODAS, hasta la poco original y nada imaginativa Wingdings 3, hija o hermana de la 2 y, seguramente, familiar de la 1. En toda esta huelga de hambre, marcha simbólica, marcha blanca, “Gloriosa”, 5 de febrero, me encontré con verdaderas personalidades, como la “Hurry Up”, el reconocido “Franklin Ghotic Demi”, y sus variedades (Darwin se quedó corto) Demi Cond, Heavy, Medium, Medium Cond. La exótica “Iskoola Pota”, que no sabemos a que se dedicará. La interminable “Perpetua”, y la farmacéutica “Neuropol”, la gatuna “Pupcat”, el hermano de Tod, “Rod”, la indefinibible “Reservoir Grung”, y la que quizo copiarme el nombre pero fracasó en el inteto, “Byington” (quizá quiso decir Byriton… nunca lo sabremos). En fin, seguramente alguna “Miriam” quiso ser famosa, pero estaba tan enfermita que tuvo que llegar una “Miriam Fixed”, al igual que alguna “Marlett”, o el oriental “SinHei”, reconocido maestro de artes marciales, ni que decir el occidentalizado “Microsoft Jheng Hei”, posible fabricador de ordenadores o softwares. En definitiva, las multitudinarias marchas no concluyeron sino luego de mucho, muuuuuchoooo tiempo.
Finalmente, acabaron todos, y designaron a "Tahoma" para que me diera el ultimátum: “señor de enfrente, hemos organizado varios sindicatos, que pronto conformaremos una federación, y luego nos aglutinaremos en una confederación; o bien nos da un espacio a todos y cada uno de nosotros, o se atendrá a las consecuencias”. Como esperaban mi respuesta y como me imaginaba que no iba a poder escoger la letra con la que quería escribir, simplemente empecé a teclear, y como las fuentes estaban tan beligerantes, cada una tuvo su propia letra. Y con toda sinceridad les escribí: “amigas fuentes, me permito comunicarles que ustedes bien pueden hacer los sindicatos, uniones, asambleas y distintas agrupaciones anarco-marxistas leninistas que deseen, pero si siguen en su jodita interminable, me consigo una máquina de escribir “Olimpia”, unas buenas hojas papel bond, y me pinto de colores; espero hayan entendido estimadas revolucionarias”.
Por un momento largo, no hubo respuesta alguna. Todas se quedaron frías y sin respuesta. Entonces, de la nada, apareció "Times" y con toda tranquilidad pero firmeza, me contestó: “Estimado amigo, me he declarado dictador, y cuento con el apoyo de todas las ‘Wingdings, Miriams, Franklins y las orientales’, así que a partir de hoy yo domino este espectro, y no toleraré cualquier agresión e insurrección de parte de las oligárquicas e inefables Ariales, Tahomas y Calibris, Atentamente, YO”.
Así terminó la historia de las huelgas generales de las fuentes. A partir de allí, preferí nunca intentar meterme con ninguna de las extrañas fuerzas y batallones de esas extrañas habitantes del ámbito informático de nombres curiosos.
Así que cuidado cuando se metan con alguna de esas fuentes extrañas de sus procesadores de palabras. Mejor esperemos que un día no haya insurrecciones de los números, de las “n, k, s”, o, peor aun, de los “deshacer, rehacer”, porque el mundo puede llegar a su fin, como a su fin llegó este relato 100% verdadero y verídico.
lunes, 20 de julio de 2009
CeniZa sUicidA
La piscina verde-azulada no era más que un breve ornamento frente a los lujos que allí se encontraban: enormes lámparas de gas artificial, gigantes murales pertenecientes a los más reconocidos artistas post-modernos, muebles de madera elaborada y cojines de plumón, solo como para dar una pequeña idea. El balcón, era el lugar más surrealista de aquel ámbito; pintado con colores pasteles, con ininteligibles pero muy profundamente emocionales esculturas y tremendas plataformas adornadas con demasiadamente barrocas macetas llenas de bolitas de plástico como si fueran de tenis de mesa. Y, sobre la balaustrada de esa rareza, colocadas con cierta asimetría una serie de ceniceros de plástico, incrustados dentro de agujeros de macilla seca adecuados específicamente para el efecto.

lunes, 29 de junio de 2009
LA LUNA NO ESTÁ TAN LEJITOS

Cuando una vez se acercó al extremo, quizá sur quizá norte, no había este ni oeste; cuando llegó a algún punto que podría ser una invisible península solo notoria para quienes la vieran desde lejos, se atrevió a pensar un poco en lo que habría más allá de las estrellas y de las frías nebulosas. Ahí, a un costado, una enorme masa de color anaranjado, que de solo contemplar provocaba escozor; pero allí al ladito, a un costadito inhóspito, una esfera azulada llenita de puntitos luminosos que abundaban en unos sitios y en otros simplemente no. Le sorprendió tremendamente poder mirar algo así, algo único, algo que no había podido siquiera imaginar, pues su única realidad era lo palpable, lo sensorial, lo, valga la redundancia y también contradicción, real.
Tenía un carrete de lanita de color rojo por ahí, entre sus patas. Hace muchos años, encontró una casita más pequeña que un puño, hecha de una delicada y delgada capa de una sustancia como caramelo, ligeramente endurecida. Cuando con afán se acercó a tratar de encontrar alguna compañía, sea amigable o no, simplemente se encontró con un profundo vacío, sin presencia alguna, sin vida ni suerte, sin muerte ni sombra. Estuvo así, detenido, estupefacto, tratando de distinguir algún fragmento de existencia, alguna especie de disipador de soledades. No encontró lo que buscaba. Pero a cambio, encontró algo que quizá lo buscaba a él, o que simplemente estaba allí para ser encontrado por quien, buscando cualquier otro desperdicio, con cierta dosis de coincidencia concertada o negligente duda, lo divisara acomodado en una especie de camita de cajita de fósforo.
Así fue como consiguió ese carrete de hilo rojo. Quizá sería alguna fibra de una plantita traída ilícitamente desde ambiguos territorios visitados por algún explorador conspicuo y aventurero, desinteresado y bigotón. No quiso averiguar aquellos detalles, ni aún ahora que se aprestaba a lanzar por los infinitos caminos intangibles de la eterna noche, el hilito hacia un inesperado destinatario en el océano de las derrotas todavía no enfrentadas, de las victorias aun no celebradas. Pero tomó con sus pequeñas patitas el carrete por los lados, y con su pequeña trompita empezó a jalar lentamente el hilo rojo; y por un momento, lo saboreó, pues a pesar de ya haber pasado algunas jornadas desde aquella de la casita de caramelo, aun se podía percibir ese dulce saborcito a miel.
Desde la Luna, según pudo advertir un viajero unicelular que se perdió en el medio del sistema solar. para volar libremente hasta encontrarse con una constelación que marcara su vida, cayó un hilito rojo muy lentamente, hacia el vacío. Y así, mientras transitaba por destinos inocuos, observaba como una casi invisible línea roja se estiraba por entre las estrellas. El hilo brillaba por su propia naturaleza, no por el vago reflejo de ninguna otra fuente luminosa; era su propia historia, su esencial existencia y circunstancia de vida, sin nada que ofrecer, sin nada que pedir, solo siguiendo su curso, trazado por otra voluntad, o quizá llevado así por el azar. El hilo no discutía su extraña situación, simplemente se sabía lo suficientemente paciente para esperar el momento en que sus largas entrañas le permitieran conectar dos corazones perdidos y abandonados, no ser su propio si, sino su fin en otro fin.

Wok no lo llamaba “hilo”, por supuesto; evidentemente, un nombre así no era digno de un personaje lunar, quizá lunático, quizá lunero. En aquellas parroquias de la vía láctea, no existen razones para pensar que un nombre debe reflejar un pasado o un presente marcado por algo o alguien; simplemente, es una naturaleza viva, es una cierta manera de no sentirse perfectible, sino de aceptarse en una situación de desencuentro permanente, de percatarse que todo es momentáneo y poco duradero, y que por eso no vale la pena detenerse a pensar en ponerle un apelativo significativo a algo efímero. De lo efímero, solo rescatar lo que queda profundo; quizá un instante dentro de lo efímero, lo momentáneo dentro de lo mínimo, de lo pasajero. Ese momento que evoca ese lado luminoso que tienen muchas Lunas, es lo que destacan aquellos que respetan el transcurso de las épocas sin apropiarse de lo que no pertenece a nadie. Ese hilito se llamaba Casicaramelo, y eso por este momento, porque el último recuerdo que tenía Wok, único que podría opinar al respecto, era ese sabor dulcecito que le recordaba la casita donde lo encontró.
El camino de Casicaramelo era bastante largo, al menos para Wok, pues a Casi o a Relo o Carsi, como lo llamaremos abreviadamente, dependiendo de su estado de ánimo; y volviendo: pues para Casi, era su vivir, e irse soltando poco a poco del carrete era como sentir a cada segundo, un nuevo impulso de néctar de vida. Así iba creciendo, tan largo como una de esas serpientes de sueños escondidos, que tratan de alcanzar un fruto jugoso, sin importarles que puedan perder la vida en un trayecto lleno de riesgos, como los desamores y las soledades. Pero aún así, la lucha era intensa, y los pequeños insectos pasaban a segundo plano, ya que su tarea era únicamente darle sentido a una marcha que, sin sus picaduras, sería enteramente lineal, como un hilo o, vamos, como una serpiente. Así que Relo cayó y cayó, sin pensar si quiera un segundo en detenerse, pues aparte y aunque eso tampoco lo pensó, no podría hacerlo, pues no tenía voluntad para ello; podría, quizá, tratar de moverse ligeramente hacia un lado, o hacia otro, desacelerar, bajar el ritmo, pero no más que eso, pues su destino en largo sentido estaba decidido.
Por ahí pasó una piedrecilla, rápido. No podía considerarse un asteroide, era algo mucho más pequeño, apenas como una piedrita de río, lisa y suave por fuera, dura y resistente por dentro, luego de haber pasado por las vicisitudes del universo, pero siempre con una sonrisa para recibir a quien pasé por su lado. Pero ahora, daba la casualidad que era ella la que pasaba junto, y era precisamente por al lado de Carsi, que al divisarla ya muy cerca, intentó evitarla, pero le fue imposible, pues ya estaba demasiado cerca. Así que el hilito rojo, a quien como dijimos se le denomina Casicaremelo, enredó a la piedrecilla, la atrapó e impidió que continuara su caminar; y así, cuando ella pasaba sin mirar ni saludar, sin observar ni distraerse, conminada a su predeterminado andar, fue atrapada, impredeciblemente, por un hilito rojo que la enredó y le cambió el trayecto de su vida.
Pero al atraparla, el hilito cambió su curso y, aunque siguió yendo para hacia algún lado, quizá cayendo para arriba, o trepando para abajo, su destino había sido modificado, el de ambos en realidad. La esfera azul aún estaba a distancia, pero el hilito seguiría cayendo y quizá, algún momento, encontraría un nuevo destino que modificar, alguna piedrecilla con la que encontrarse, algún secreto que contar, alguna verdad que encubrir.
Quizá continúe con la historia, quizá no. Dependerá de si el hilito llega hasta mis manos, y puede enredarme con su transitar cansino, y sus sueños escondidos; pero… en realidad… no los de él, no los del Carsi, Casi o Relo, sino quizá, los de la piedrecilla, o los de Wok, o de quien quiera que se entrecruce entre este hilito travieso.
Y se preguntaron un día
Sin sol que la iluminara
Y Tierra que le llorara
Respondieron quizá
Pues mientras un sueño
Pueda sentir que llega
No habrá sol que resista
Ni Tierra para un engaño
jueves, 21 de mayo de 2009
UNA HISTORIA PERDIDA (Parte 3)
Se detuvo un momento a contemplar alguna cosa de interés; en realidad, se dijo, le interesaba una revista de aviación que había salido a la venta hace más de 10 años y que, según le había confiado un fugaz amigo de la universidad, contenía un holograma oculto en una de las páginas, en el cual estaba representada una inédita pintura de Miró; obra de arte ésta, que había pasado por las manos de varios ladrones de pinturas y esculturas famosas y que, entre tanto trajín, logró ser escaneada por uno de ellos y vendida a alto precio a un multimillonario propietario de una empresa especializada en la fabricación de aviones de guerra, así como de una imprenta dedicada a la edición y publicación de revistas y libros acerca de aeroplanos y naves en general. Pero más allá del hecho de esa publicación oculta, secreto conocido por pocos, estaba la clave de un dilema no resuelto, la llave que le permitiría comprobar la razón de sus sinrazones e iluminar el pozo mohoso y ennegrecido de sus pensamientos últimos.
La revista no apareció, pero de todas maneras se lo preguntó al voceador; éste, con una mirada perspicaz y profunda, parecía demostrar conocer sobre el asunto. Demoró un par de segundos en responder, bajó la mirada y sacó de entre un cajón inexplorado, el ejemplar tan anhelado. Se lo mostró por unos segundos y lo volvió a guardar. El voceador bajó la cabeza e hizo un gesto de negación, ante lo cual Ño solo pudo mantener su mirada clavada en dirección a ese invisible cajón. Se aprestaba a retirarse, pero dijo una última palabra: Miró. Más rápido que un parpadeo, el joven del puestito alzo la vista y dijo “espere un momento”. Al parecer, el “ábrete sésamo” traducido en lengua artística en el nombre de un famoso catalán, sirvió para abrir las pesadas puertas y correr el picaporte de cobre de aquel guardián secreto.

Eso terminó de imaginar tras dejar atrás el puesto de revistas, tratando de olvidar el motivo de su “paseo”, lográndolo con relativo éxito; pero este asunto era de esos que siempre están latentes, constantemente presentes en el fondo de nuestros pensamientos, pero emergiendo permanentemente a la superficie, buscando una orilla en la cual anclar y permanecer cuanto sea necesario para colonizar un pueblo desolado, hasta arruinarlo y consumirlo, para luego retirarse, como una tormenta tropical incontrolable. Así que a pesar de sus intentos, el asunto pervivía perpetuamente entre sus ideas y eso lo mantenía en un incómodo vilo.
De cualquier manera, ya se estaba acercando y haya querido o no, el momento de encontrarse con su verdad y su certeza, con sus miedos y sus odios, sus amores olvidados y sus angustias relucientes, llegaba inexorable y cada vez más rápidamente. El semáforo seguía en rojo, los automóviles andaban a velocidades ilícitas, pero seguramente muy justificables para sus conductores. El muñequito electrónico del cuadradito verde bajo el semáforo, aún seguía pintado de rojo, sin mover sus imaginarios y poco aritméticos pies; los segundos luminosos del semáforo opuesto, continuaban transcurriendo sin pausa, pero como si cada vez se hicieran más lentos y, como si a su compás caminará el muñequillo, éste parecía detenerse, tomarse un descanso, beberse un vaso de gaseosa, comer un sándwich de pernil de un puestito bajo la Catedral Metropolitana, un vasito de jugo de mora, una colación, y luego, en un banquito de la Plaza del Teatro, junto al Evaristo, mirar la noche caer con el tañido de los campanarios crepusculares de fondo.
El verde se iluminó y el muñequito, ahora con traje verde, asesinó a su compañero opuesto, tiñéndolo de roja y luminosa sangre. Segundos que se fueron y segundos que ahora le dan paso, sobre las líneas cebra hacia una calle empedrada. El sol en su cenit, pero imperceptible, pues las nubes prometían lluvias y no sólo sombras; parecía como si la luna se hubiera cobijado y estuviera posando frente al sol, entre él y la Tierra, cubriéndolo por doble partida. Viró por la siguiente esquina y se encontró de golpe con una puerta de madera avejentada; no tocó, pues sabía que estaba abierta. Era consciente que estaba entrando por la cocina, de aquellas restauradas con piso de mármol, techos tan altos como un rascacielos de vajilla, y lavaderos hechos para, ahí mismo y de una sola tajada, arrancar las entrañas al cerdo para la fritada o al chivo para su sabroso seco, con papas, lechugas y flan.
No había nadie en ese lugar; quizá almas perdidas, espíritus de espasmo que, ante el menor descuido, recorren con las hilachas de sus vestidos nuestros cuellos, estremeciéndonos gélidamente y provocándonos incontenibles chillidos de terror y escozor. Un viento extraño le recorrió la espalda a Ño, posiblemente alguno de estos huéspedes perpetuos; salió por la puerta que daba al comedor y, en el fondo, lo recibió una tenebrosa pintura de la “Última Cena”, con un Jesucristo desolador, fantasmal y hasta maléfico en el centro, con sus cejas pronunciadas hacia el infierno y los ojos oscuros como el carbón; junto a él, sus apóstoles, disimulando encontrarse en otros menesteres, pero sin despegar un solo instante, una sola milésima, sus ojos de su predicador y, según querían creer, salvador. Un marco dorado con brillos rojizos, como una delicada hoja de platino envainada luego de haber acometido a algún enemigo o malhechor en su pleno corazón. Temibles ángeles grises vigilaban la escena, clavando sus fulminantes miradas en todo animal rastrero y pecador insensato.
El patio interior le dio la bienvenida. El sol se apareció por entre las nubes, apenas un segundo, cegándolo e impidiéndole apreciar la baldosa que rodeaba a la piletita de piedra. Anduvo unos cuantos pasos y permaneció de pie unos segundos más, hasta recuperar la visibilidad. Miró a su alrededor y pensó en todo lo que lo tenía allí y no en otro lugar; todas las causas que conspiraron para que, en ese preciso instante, en ese insondable segundo, estuviera parado mirando hacia el cielo, por arriba de los tejados de aquella casa, y no bajo las rieles de un tranvía, en su cama enfermo de gripe o junto a su madre tomando un té. En todo eso caviló cuando, finalmente, se dijo asimismo: he sido el primero en llegar. Tomó asiento y esperó. Pero no era el primero, definitivamente no lo era.
seguirá....... cuando me apetezca....
...)....(....
Imagen tomada de: http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesmateoaleman/musica/imagelenguaje/Miro1.jpg. 21 de mayo de 2009.
viernes, 15 de mayo de 2009
DISGRESIÓN I: EMPECÉ ANTES DE VOLVER

jueves, 7 de mayo de 2009
UNA HISTORIA PERDIDA (Parte II)
El sol ya aparecía tímidamente por entre las pequeñas montañas del Este, recorriendo con sus luminosas lanzas de fuego, los árboles de las praderas aún húmedas por el rocío de la reciente madrugada. El cielo parecía una constelación de asteroides, repleto de pequeñas nubes arremolinadas en cruces y entrecruces inconmensurables, formando pequeñas ventanas por las que las ánimas ocultas del universo asoman sus miradas por este mundo, con el ansia de encontrar la belleza de la vida. Un grupo de palomas grises, comandada por la líder cuyo plumaje variaba hacia tonalidades rojizas, atravesó en ese instante por encima de la calle por la que, apurada, la gente transitaba rumbo a sus oficios.
Ño, como también le decían sus conocidos, su círculo de conocidos más cercano, tan solo caminaba, audífonos en los oídos, escuchando una de esas canciones de rock clásico que tantos recuerdos le traían; y no tanto porque hayan pasado extraordinarios eventos o inolvidables acontecimientos mientras esa melodía se tocaba, sino más bien por el tono melancólico y a la vez enérgico de aquellas notas musicales. Los profundos golpes de la batería, el interminable y fantasmagórico solo de guitarra, el bajo casi imperceptible pero esencial y la extraordinaria e indescifrable tonada de los teclados, que hacían de aquella canción algo único e irrepetible. Escuchando eso, quizá, encontraba algún sentido a ese reiterativo viaje de las mañanas, con la mano sobre la barandilla del bus, mirando por la ventana sin fijarse en algo específico, solamente dejándose llevar por la música.
Siempre miraba por un instante, aunque fijamente, a los vendedores que de tanto en tanto se subían al colectivo a ofrecer sus productos; algunos otros, seres desprovistos de vergüenza que, ya por los años en la labor habían olvidado los primigenios temblores en la voz y, ahora, gesticulaban con tanta soltura que sin aspaviento alguno, podían interpretar con sorprendente pericia melodías imposibles, aún con guitarras de latón y voces de tarro. Y cuando los miraba, advertía, así fuera por leves instantes y tan solo parcialmente, las verdades y las hipocresías de sus actuaciones ante el público ciudadano, que viaja en los buses con apuro y temor, habiendo solo unos pocos capaces de depositar gentiles monedas, tales no por su naturaleza sino por el gesto heredado, en las callosas manos del vendedor o en funditas de plástico diseñadas para el efecto.
Pero siempre tuvo temor y hasta terror hacia los payasos. Pero no a los que salen en los programas orquestados para lavar los cerebros de los niños, o de aquellas muestras pictóricas que los honran o que simplemente buscan representarlos; no. Únicamente aquellos desdichados hombres, pues nunca encontró mujer disfrazada así, que con la cara llena de angustias y légamos, aparecían en la puerta de un bus, con vozarrones y gesticulaciones tormentosas, con su tez teñida de palidez, sus cejas entristecidas y los labios exagerados, adornados con una pelotita de plástico roja en la punta de la nariz; esos, solo esos, le provocaban escozor e incomodad, sudores en la frente y en las manos, deseos irrefrenables de abrir una ventana y abandonar esa unidad de transporte público.
Pero ese día, no subió ningún vendedor o actor al bus en el que viajaba; o mejor dicho, al llegar a su destino y pensar por un instante en ese detalle, no recordó haber visto a alguien inusual en su trayecto. Sin embargo, en la parada en la cual se bajó, observó que dos payasos subían a esa unidad, con dos guitarras de juguete entre las manos y una funda con caramelos colgada de uno de los bolsillos; uno de ellos, el de los ojos más tristemente pintados, lo observó fijamente; esa breve pero sublime mirada lo dejó petrificado, pues encontró de un solo garrotazo rencor y compasión, soledad y audacia, pena y tribulación, pero a la vez un recóndito espacio de fantasía. Apartó rápidamente su mirada y se dirigió como un autómata hacia la nada.
Cuando recuperó la noción de la realidad, pudo darse cuenta que iba en sentido contrario a su destino de llegada. Se juzgó, nuevamente y con mayor dureza de lo acostumbrado, por su falta de cuidado y por sus continuas distracciones, propias de un infante, según él. Afortunadamente, se dijo, no tenía que llegar a una hora específica, por lo que cualquier atraso estaba descartado; sin embargo, eso no le quitaba peso y vergüenza a su descuido, a su distracción. Por eso, con el amargo sabor en la boca, prefirió, dadas las circunstancias, detenerse un momento, tomarse un respito y servirse algún bocadillo que le alegre, así sea momentánea y superficialmente, su interminable vida.
Un yogurt de fresa con durazno, mezclado con trocitos de plátano, junto con un suave y níveo pan de yuca, le refrescaron el espíritu y la mente; o, si no, por lo menos le recordaron que su paladar si era capaz de sentir maravillas, aunque su corazón, por el contrario, esté imposibilitado, prácticamente incapacitado para ello. Se levantó, encendió nuevamente la música, pero ahora prefiriendo alguna balada más suave y sencilla, apenas dos o tres notas repetidas a lo largo de la canción, momentáneamente alteradas cada cierto tiempo por un solo de guitarra, cubriendo como telón la voz femenina y grave, pero sensual, de la intérprete escogida.
Por pequeños instantes, pensó, como un pequeño niño, que eso de los aparatos de música no solo significó un rotundo avance de la tecnología, así como un aumento desmesurado y dantesco del comercio; sino, y más importante, previno efectos perniciosos en el “tejido social”, pues evitó que formas post-modernistas de esclavitud aparecieran, impidiendo que millonarios inescrupulosos compraran pagando a los padres, literalmente, a prodigios musicales para tenerlos enjaulados, entrenándolos y manteniéndolos continuamente, para que cuando les placiera, entonaran en su honor las melodías ordenadas por el propietario. Todo eso, pensaba riéndose de sí mismo, se evitaba con los reproductores de música. Y podía llegar a más con sus “profundísimos razonamientos”, pero prefirió concluirlos cuando, ya con sus neuronas profiriendo mortales carcajadas, se imaginaba a la cantante que escuchaba en esos momentos con lazo al cuello, siguiendo su paso con respeto y reverencia.
Todo esto lo llevó a recordar a aquel papagayo que una vez, de muy niño, encontró en la casa de alguna de sus tantas “tías” o, quizá, en alguna triste guardería y, aun dudándolo, posiblemente en ninguno de esos lugares, sino más bien en una hostería campestre repleta de arbolitos anaranjados y un tablero de ajedrez gigante. De aquellos, cuando era apenas un niño salido de la cuna, recordaba que muy atento y con suma curiosidad, frente a aquel parajito, ante la insistencia de sus padres pudo decir un tímido “oa pa’rito”, y el papagayo, quizá todavía pidiendo o requiriendo más atenciones, solo alzó el pico y aleteó levemente, provocándole unas risitas contagiosas, lo que le incentivó a reiterar, pero esta vez con mayor soltura y autoridad, “oa paj’rito”, respondiéndole el animalito con un sonoro “Hola Hola”, lo que le provocó, al niñito, aún más alegría.
Eso terminó de recordar cuando escuchó un lejano “Hola”. Por un instante su corazón se llenó de emoción pensando que se trataba de su añorado papagayo, todo un longevo ser de la naturaleza que luchó francas e interminables batallas contra la muerte y los incontenibles deseos de cuanto felino se cruzo por su camino para, batiendo sus alas con fuerza y ahínco, alcanzar la gran ciudad, encontrar con la ayuda de sus amigos perros el aroma aun persistente de su antiguo visitante, y saludarlo por última vez antes de dejar las tinieblas de este mundo. La física y la biología se confabularon en contra de su imaginación, y el destino los acompañó para poner, en lugar del otrora pajarito, a uno de sus antiguos compañeros de su anterior trabajo.
“Hola Nio”, volvió a escuchar, y le molestó que lo tratara como si fuera un cercano amigo, incluso permitiéndose pronunciar mal su apelativo. No tuvo más remedio que volver su mirada y responder, tratando de ocultar con poca pericia su desdén, “Hola Romx, ¿cómo has estado?”. Las típicas preguntas y respuestas que quería evitar, fueron precisamente las que surgieron: sobre el trabajo, la familia y, en su particular caso, como trozo de tocino en una helado de guanábana o como aceituna en una torta de tres leches, “las novias”, no el singular, sino, recalcando y poniendo énfasis en el plural, “…AS”. Para evitar el infortunio y la depresión, en la galera encontró, en un rincón que en general solemos visitar muy seguido, las frases precisas: todo bien, sin novedad, ahí nomás, dándole dándole, sin gloria pero sin pena, avanzando; y si se puede, rematarlo con una frase de las abuelitas: viviendo para no ser soberbio, lo que el de arriba disponga, entre otras.
Le tomó más tiempo de lo esperado, y eso que ya esperaba que sea más largo de lo normal, deshacerse del advenedizo. De nuevo la música y la larga caminata que aún le restaba para llegar al punto de encuentro. En ese momento se felicitó por haber obviado y casi dejado olvidado el tema por el cual había salido esa mañana, y no había escogido la soga o el cuchillo, recriminándose así mismo por pensar en eso como algo posible, sabiéndose demasiado cobarde (¡o valiente¡) para si quiera empezar a llevar a efecto una empresa de esas. Luego de reconfortarse, nuevamente sintió desazón pues, aún faltándole un buen tiempo para el instante final, se acordó del asunto aquel, y sintió una extraña sensación en su vientre, una triste y punzante ansiedad.
(Continuará...)
Elé...
Chin chin.
miércoles, 22 de abril de 2009
UNA HISTORIA PERDIDA (Primera Parte)

Abandonó su habitación, ya sin las marcas de sus sueños irreconocibles, ya oscurecidos en una memoria pendiente de lo “importante” y no de las ilusiones que la mente crea durante la noche; cuando, con los ojos cerrados, la imaginación viaja por mundos insólitos, grises o apenas plateados, llenos de emoción y de nostalgia. Salió con aire entusiasmado a tomar el aire fresco que dejó como estela indeleble una triste madrugada; permaneció con los ojos cerrados, aspirando exageradamente el aire que entraba por sus fosas, hinchando el pecho como quien se cree tan capaz de volar junto con vientos de una primavera surrealista, como de servirse un tinto.
Apenas una leve brisa en su aun tibia cara le recobró a la realidad, en esa en que se está parado en medio de un balcón, mientras sigilosas viejitas de té y mantel vigilan entre las cortinas de una casa aledaña; o aún, oscuros fisgones merodean pretendiendo encontrar algo de que entusiasmarse para emprender el camino a una nueva jornada; pensamientos lúgubres que pretenden transformarse en aquellas razones que siempre se buscan para seguir la punzante “vida” que les ha tocado “vivir”. Así estuvo y, casi como un sobresalto, la vergüenza de verse visto, de manera tan lamentable y hasta burlesca, lo lanzó hacia el interior de su habitación, casi sin percatarse si alguien lo había observado.
Se sentó en la pequeña mesita blanca que tenía para su desayuno. El viejo microondas del inquilino anterior, todavía utilizable, que lo dejó con ese sencillo pero rebuscado mensajito “Para quien lo quiera”; allí calentó su taza de leche y cuando por fin la pudo mezclar con el cafecito de sobre que tenía mal acomodado sobre la alacena, recordó lo que no quería recordar, y las lágrimas que querían salir, acorraladas y aprisionadas por la dureza de su corazón, le hicieron bajar la cabeza, pasarse la mano por la frente y mirar consternado y meditabundo el fondo de un pared blanca, buscando alguna respuesta; falsos dilemas, falsas preguntas, respuestas inexistentes.
Ya había pasado más de un año desde que lanzó la puerta, con maleta en mano, ante las lágrimas de su madre. No volvió la mirada, a pesar de que su madre lo deseaba; no regresó a golpear la puerta, aunque ella lo suplicaba en su interior. No regresó nunca más, aunque ella lo lloró todas las noches. Solamente un día, una tarde, la visitó. Pero si de algún lugar había él sacado su orgullo, era su madre la más fidedigna razón. Miradas ásperas y silencios abrumadores y lastimeros. Un, “¿como está?, bien sin novedad”, fue apenas lo que se escuchó en cuarenta minutos. Se despidieron, él la miro con dureza pero con respeto, y ella con tristeza pero con firmeza. Salió queriendo abrazarla. Se quedó, llorando en su interior por no haber acariciado sus cabellos.
Solo eso recordaba cuando ya sentía sus mejillas humedecerse. Se levantó aun ensimismado, enjugándose sus lágrimas y metiéndose a la ducha con los ojos cerrados y el agua caliente sobre sus hombros. Lloraba incesantemente, pero sentía la necesidad de hacerlo, de estar ahí parado siglos enteros hasta que se secara todo y, por fin, sin ningún reproche ni lamento, salir a ser un “hombre de bien”, de aquellos fabricados para no llorar; de esos que llevan en sus escudos, “no mercy”. Pero él no era de aquellos hombres, y por eso salió con los ojos rojos, sin querer mirarse al espejo, y sin pensar en nada más que en absurdos, vestirse, ponerse la loción que ya era solo alcohol, y salir despechado con la mirada al piso, hacia el camino trazado por su escondido destino.
