Mostrando entradas con la etiqueta desperté pero sigo dormido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desperté pero sigo dormido. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de junio de 2017

Sombras

El humo de los cigarrillos revoloteaba por los aires. A lo lejos, podría haber parecido un denso halo de neblina que difuminaba las siluetas de la gente. Mientras atravesaba el callejón, escuchaba temeroso los roncos susurros de los concurrentes. Enormes vasos llenos de cerveza se alzaban y sacudían. Percibía penetrante el asqueroso aroma de la decadencia, de fluidos corporales de todo tipo. Miraba aquí y allá, y encontraba tan solo ojos siniestros, talantes grises y sombríos, carcajadas desquiciantes, pulsaciones desapacibles. Trataba de apartar mi vista, pero me era imposible, porque toda esa podredumbre me rodeaba sin escapatoria.

Me detuve un instante para aparentar que me interesaba alguna de las múltiples sustancias que se expendían a la sombra, y tuve quizás la fortuna de que me brindaran de inmediato una copa de un vodka barato. Un sombrero marrón viejo y con hilachas deshaciéndose desde su ancha ala. Gafas oscuras, bigotes sucios, desparramándose en torno de sus resecos labios. Un gabán gris, sucio, atizado con un profundo olor a tabaco y alcohol. Sentía que me miraba, pero no podía distinguir sus ojos detrás de las gafas. Aun así, me lo imaginaba como un ciego sobrevenido, presa de alguna desagracia inconfesable, como todos los ahí presentes.

Me sirvió el vodka de una botella que guardaba al interior de su abrigo. Hizo una ligera mueca de sonrisa, y me preguntó si buscaba a Alondra. Le negué, no tenía idea de a quien se refería, pero él al parecer me había confundido con alguien distinto. Insistí en que estaba equivocado, pero se mantuvo inquirente, queriendo averiguar a cuál de todas ellas venía a buscar. Me repitió infinitos nombres de mujeres, pero no conocía a ninguna. No estaba allí en busca de nadie, o al menos eso es lo que pensaba cuando fui. Aunque la verdad, ya ni recordaba ni recuerdo cómo llegué allí. Cuando uno cae en desgracia, cuando ya se encuentra empapado de desidia y podredumbre, encontrar un factor causal es inútil. Todo lo ha conducido a uno allí, aunque con cierto esfuerzo se puede eventualmente elucidar algún evento desencadenante.

Me terminé el vodka y me brindó un puro. Yo nunca había fumado, no tenía idea de cómo se hacía, pero me sentí más que tentado a probarlo, temeroso de que mis continuas negativas lo molestaran. Presentía que llevaba algún tipo de arma al cinto, y que de llegar a irritarse podría bien emplearla sin resquemores ni vergüenzas. Total, cadáveres habían esparcidos por doquier en aquel callejón, mimetizados, adheridos a las veredas, ya parte del paisaje, crueles ornamentos de realidades perdidas.

Me aconsejó que usara sombrero, que mis ojos llamaban mucho la atención y que pronto algún verdugo comedido podría encararme y hacerse mejor cargo de mis desdichas. Ante tal advertencia, no pude menos que pensar que él mismo podría ser mi verdugo. Como leyendo mis pensamientos, sonrió ligeramente y me aclaró que no lo era, que, si bien en sus tiempos libres también se dedicaba al oficio de la guadaña, no estaba yo en su lista. Sin embargo, no sé si en son de broma o en serio, guardó silencio un momento, buscó en sus bolsillos y sacó una hoja, la revisó, me miró de reojo, y la volvió a guardar. Corroboró que no estaba en su lista.

El puro no lo pude fumar, porque al primer intento empecé a toser sonoramente, y eso a este peculiar verdugo le causó mucha irritación porque detestaba llamar la atención. Lo arrebató de mi boca, y me dijo severamente que era hora de que continuara, que me fuera. Le pregunté si tenía algún sombrero, o que donde lo podía conseguir. Me dijo que todavía no era momento, porque primero tenía que encontrarme con aquella a quien había ido a ver. Le insistí, ya con cierto enojo, que no había ido a buscar a absolutamente nadie. Sonrió, pero con firmeza y un dejo de amenaza, me alertó que eso era lo que yo creía, pero que alguien me esperaba.

Seguí mi camino, pero caviloso, pensando en lo que me había dicho el siniestro personaje. Entre tantas sombras, resbalaban de los postes tenebrosas tarántulas, que hacían ruidos grotescos antes de posarse sobre los inertes cuerpos que yacían en el piso. No podía ver más, porque me daba la sensación que les succionaban sus vísceras o sus ojos, y las engullían de no sé qué desalmada manera. Me repetía una y otra vez que mejor era mantener mi mirada gacha, en dirección a la empedrada calle, pero también me resultaba desquiciante. Por uno y otro lado, incesantemente, corrían ríos de sangre, ríos de semen, ríos de lágrimas, ríos de saliva, ríos de todo tipo de excrementos. Hacía tiempo que me había resignado a que ninguna luz aparecería para reconfortarme. Caminé y caminé por aquel infinito callejón.

Entré finalmente a un bar que tenía una apariencia algo más acogedora. Me acerqué a la barra y un barman de barbas raídas y canas, de mirada indescifrable, y de aroma a colonia fermentada, me daría finalmente algunas pistas de lo que no buscaba, pero supuestamente sí.
  • Eh, otro nuevo por acá, ¿whisky o aguardiente? El de bienvenida va por la casa.
  • ¿Cómo sabes que soy nuevo por aquí?
  • Podría darte miles de razones, trabajo aquí ya muchos siglos, pero la más fácil es que a este bar entran únicamente los que aún no están tan acostumbrados al callejón, porque supuestamente este sitio es algo más acogedor.
  • Es verdad, pero solo algo más.
  • Esto sigue siendo el callejón.
Eso de algo más acogedor, en efecto, era realmente una exageración. El ambiente del lugar era deplorable y maloliente, oscuro. En una mesa por la izquierda, cuatro zarrapastrosos inhalaban alguna sustancia, mientras lloraban inconsolablemente. En otra mesa más allá, dos hombres y una mujer, sudorosos, evaporados, cuyos rostros parecían estar difuminados naturalmente, tenían sexo, mecánicamente, sin apenas convicción. En otra mesa por allá, con algún artefacto demoníaco que producía una intensa luz, tres enormes señores en sus trajes, con cara de niño, jugaban a quemar enormes cucarachas, ayudados con una lupa. En otra mesa más allá, simplemente colgaban telarañas, sobre las cuales yacían agonizantes un sinnúmero de insectos de horrible apariencia, lentamente desmembrados y devorados por tarántulas escarlata.

Miré nuevamente al barman, notó mi cara de nausea, y soltó una serie de exageradas carcajadas que desencaban su mandíbula y lo hacían ver aún más desagradable. Por un momento pensé que se trataba de mi verdugo, pero finalmente se calló y me volvió a mirar a los ojos.
  • Andas absorto como negando a lo que viniste, y ella ya te está esperando mucho tiempo.
  • ¿Te refieres a la muerte?
  • No, nunca he sido ni soy poético, soy bastante básico y directo. Una mujer te espera hace tiempo, aunque tú te hagas el que no lo sepas.
  • No me hago, no lo sé, no tengo idea de qué me hablas.
  • ¿Para qué has venido aquí?
  • ¿Se lo preguntas a todos?
  • No, todos o casi todos saben bien por qué han venido. Tú pareces negarte a aceptarlo.
  • Sólo tengo la noción de que por algún motivo caí en desgracia.
  • Venir acá no quiere decir necesariamente que hayas caído en desgracia. Eso ya es cómo tú lo asumas.
  • ¿Es éste el infierno? ¿He muerto ya?
  • No lo puedo saber, yo sólo sé por qué vine aquí, y que alguien te espera a ti.
  • ¿Por qué viniste aquí?
  • Por las mismas razones por las que tú lo has hecho.
  • ¡Dime! No sé bien por qué vine aquí, ya te dije.
  • Quizás ella te lo aclare.
  • ¿Cuál ella?
  • Sube al segundo piso, sólo hay una mesa, allí está ella.
El barman desapareció entre las sombras, y frente a mí quedó nada más que una enorme copa de vino tinto, que no sé en qué momento me la había servido. La olfateé un poco y me pareció que era bueno; lo probé apenitas, y confirmé que en efecto era un buen vino. Me sorprendió, porque era el primer trago no amargo que, figuradamente, había probado desde que llegué a ese callejón. Me levanté y caminé con sigilo, para no encontrarme con ninguna mirada indeseable, ni con ninguna criatura asquerosa.

Las maderas de las escaleras crujían ruidosamente, por lo que supuse que quien me esperaba arriba ya era consciente de que estaba llegando. Ya a lo alto, todo seguía igual de oscuro, o hasta más, y frente a mí encontré nada más que una mesa con un candelabro en el centro consumiéndose lentamente. No había nadie. Miré alrededor varias veces, pero nada. Sorbí algo más de vino y me senté a aguardar si aparecía a quien supuestamente venía a ver.
  • Hasta que por fin has venido.
Escuché finalmente su voz, aunque aún no la podía ver. Fijé mis ojos en su dirección, pero nada más que sombras. Aguardé en silencio algunos segundos, hasta que finalmente no tuve más que responder.
  • No te veo.
  • No hace falta.
  • Quiero verte, no sé quién eres, temo que seas mi verdugo.
  • No lo soy, y si lo fuera, tampoco importaría, igual todos vamos a morir tarde o temprano, y estarías muy contento de que yo sea la causa de tu final.
  • No estoy seguro de ello, ni siquiera te conozco.
  • Eso es lo que piensas ahora que estás tan aturdido, o que pretendes estarlo, negando aceptar las razones por las que has venido aquí.
  • No he tenido tiempo de pensarlo, todo es tan repulsivo.
  • No hace falta pensarlo demasiado, tú lo sabes bien, es nada más que lo niegas.
  • No voy a abrirme ni decirle algo tan íntimo a alguien que ni tengo idea quién es.
  • Escucha bien mi voz, tú sabes bien quién soy, escúchala nada más.
Entonces se puso a cantar. Era una melodía en alguna lengua extranjera, o incluso extraterrestre, porque no la podía descifrar. Aunque no la veía, podía percibir que mientras cantaba ella sonreía, aunque no sabría decir si de felicidad o macabramente. Escuché su dulce voz durante varios minutos, el tiempo que cantó aquella melodía, hasta que finalmente me di cuenta que sí la conocía, que sí sabía quién era, y me quedé estupefacto. Ella, como presintiendo que ya me había dado cuenta, se detuvo y empezó a hablarme nuevamente.
  • Veo que ya te has dado cuenta.
  • Sí, y ahora entiendo por qué lo negaba, pero era inconscientemente.
  • Bueno, eso puede ser discutible, a veces uno mantiene intencionalmente bajo cerrojo ciertas memorias, y lo hace tanto tiempo, que luego cree que es inconscientemente que no las recuerda.
  • Puede que tengas que razón, no son los recuerdos más felices.
  • No es tiempo ahora de reproches ni victimizaciones, quiero que me digas ya si sabes por qué estás aquí.
  • ¿Cómo sabes cuándo has caído en desagracia?
  • Insistes con eso de haber caído en desgracia, y ésa es sólo una forma lastimera y autocomplaciente de verlo.
  • Me niego a aceptar que sea así, yo no soy así, no es mi esencia.
  • Está dentro de ti, no puedes evitarlo.
  • Pero debo alcanzar el equilibrio, el balance, no puedo permitir que una fuerza oscura me domine, no soy así.
  • ¿No quieres aceptar lo que eres?
  • ¡No soy así!
  • No te alteres, vamos a tomarlo con calma.
  • No estoy seguro cuándo empezó todo esto, quizás pueda hablar de algún factor desencadenante, pero no sería del todo claro. ¿Qué y si ya nací así? Eso del libre albedrío no me lo trago, es basura religiosa, quizás ya estamos todos determinados y no hay ninguna escapatoria. Como bien dices, así soy, y a esto estuve predeterminado.
  • ¿A alimentarte de tu propia miseria? ¿A llorar ante tu propia desdicha? ¿A encerrarte en una espiral absurda de penuria, tristeza, maldad? No creo en basuras religiosas de ningún tipo, pero no puedes rehuir de tu propia voluntad.
  • ¿Y qué si no quise rehuir, pero ya estaba predestinado a fracasar y hundirme en mi propia podredumbre, en mi propio abandono?
  • Al final también es una decisión tuya, en mayor o menor medida. Además, tus circunstancias te adjudican mayor libertad. Sino mira esos desdichados esnifando en la mesa de abajo, pobres diablos que mendigaban en alcantarillas, en túneles de la ciudad, sin un centavo, que de niños empezaron con el cemento de contacto, obligados por sus padres, tíos, abuelos, o el que sea, a robar, a sacarle los teléfonos del bolsillo de los transeúntes. ¿Acaso tú eres una de esos? No lo eres, no me vengas con tus palabrerías autocomplacientes, debes aceptarlo.
  • No seas tan dura, sé lo que dices, estoy tratando nada más de ponerle algo de razón a todo esto. Sé que he caído en este callejón por mis propias decisiones, pero una vez que se entra al callejón ya no se sale, y las decisiones, y la voluntad, pasan a segundo plano, ya no tienen relevancia.
  • ¿Cuánto tiempo llevas en el callejón?
  • No lo sé, no lo sé, creo que he estado apenas hoy, unas horas, unos instantes, pero luego miro todo y pienso que siempre he estado aquí, que simplemente estaba negándome, asomando la cabeza hacia la luz por alguna claraboya.
  • Yo tampoco sé cuánto tiempo llevo aquí.
  • ¿También eres parte de esto, o estás de pasada?
  • ¿Crees de verdad que se puede estar de pasada por aquí?
  • Quiero creerlo, no logro aceptar que esto sea definitivo.
  • Yo no he podido salir, y lo he intentado.
  • ¿De verdad lo has intentado? Yo creo que no.
  • ¡Cómo te atreves! ¿De verdad estás insinuando que disfruto estar aquí, que disfruto hundirme en mi propia ignominia y podredumbre, de verdad lo crees?
  • Es lo que has sugerido de mí anteriormente.
  • Estás equivocado. He intentado salir, pero, pero…
  • Estás predestinada a quedarte aquí.
  • No, no… no quiero decir eso, no quiero contradecirme… pero no puedo evitarlo, también creo que he estado predestinada, que no tengo voluntad… pero no puedo aceptarlo tampoco, no puedo aceptar que yo misma me haya conducido a este callejón.
  • Siempre lo negaremos, o quizás es que aún somos muy novatos aquí.
  • Puede ser, tampoco ya recuerdo cuánto tiempo llevo aquí.
  • ¿Importa aquí el tiempo?
  • Creo que ya no importa, porque simplemente nunca amanece, todo siempre está oscuro, todo es desquiciante todo el tiempo. Tampoco he visto nunca un reloj.
  • Pensaba el otro día que uno no escoge nacer, y por tanto, tampoco escoger en qué lugar, y con quién nacer. O sea, te vienen impuestos tus padres, tus hermanos, la casa, la ciudad. ¿Qué puedes hacer con eso? Eso te marca el resto de la vida.
  • No es ningún descubrimiento, también lo he pensado muchas veces.
  • ¿No revela eso que nuestro margen de voluntad es ínfimo?
  • Yo también lo he pensado. He pensado hasta qué punto nos marcan nuestras experiencias, hasta qué punto estamos limitados por lo vivido, por las marcas de nuestros padres, de nuestra niñez. Porque uno apenas logra una verdadera consciencia a una edad ya muy avanzada.
  • Sí, yo hasta ahora creo que no puedo ser tan consciente de todo, y eso que pienso y analizo todo demasiado, tengo ese problema, por eso mismo creo que he venido aquí.
  • Pero aun tienes esa mirada brillante que recordaba, todavía no te has consumido.
  • Yo aún no te puedo ver, pero puedo presentir por tu voz que ya no eres la misma de antes.
  • Si no me ves es porque no quieres verme. Estoy aquí, ahora, sentada frente a ti, y sé que no me ves, pero es porque tú mismo has puesto una cortina de sombras entre tú y yo. Creo que temes ver algo que ya no quieres ver nunca más.
  • No, lo que realmente me atormenta es que ya nada será como fue. Que ya nunca seremos los mismos, que lo que un día fue ya no será, porque es irrepetible, es algo que quedó suspendido en el tiempo, inalcanzable ya. Creo que eso es realmente lo que temo. Y eso se perdió para siempre, ya no volverá nunca más. Como la niñez que se ha ido.
  • Como dice esa canción de Sabina, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.
  • O como esa de Silvio, mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se me fue, no sé si se extravió, y yo no tenía más que un unicornio azul.
  • Y aun así has venido a buscarme.
  • Temía que hubieras muerto ya.
  • Las memorias no mueren.
  • No es cierto, por enfermedad, o por cualquier cosa, de repente, las memorias se pueden borrar para siempre.
  • Tienes razón, es que me he puesto nerviosa.
  • Te entiendo, pero no hay motivos, ya te he dicho que tan sólo había un unicornio azul, uno solo, y se perdió, se fue, se extravió, o más probablemente, murió.
  • Siempre puede haber otros unicornios, azules, morados, rosados, verdes.
  • Si he venido aquí, o si he caído aquí, es porque probablemente me he resignado a que ya no hay más unicornios, de cualquier color.
Parado frente a nosotros, de espaldas a la escalera, apareció un niño. Sonreía, nos miraba con curiosidad, quería jugar. Era como si de repente todo se hubiera inundado de luz, como si toda la destrucción nunca hubiera sucedido, como si todo retornara a su estado original. Quizás me había asomado por alguna claraboya, o quizás en realidad sí existían más unicornios.



Escuchaba esa canción de Snow Patrol, Run, y me preguntaba sobre su significado. Leí que en una entrevista el compositor había explicado las circunstancias terribles en las que la había escrito. La analicé y la interioricé. En principio parece una canción en la que dialoga con alguien más, presumiblemente con un ser querido. La interpretación más explícita o simple es que se trata de una canción sobre la ruptura de una pareja y su despedida. Sin embargo, tras considerar las circunstancias en las que la escribió el autor, luego de haber estado cerca de la muerte fruto de sus excesos, en razón de alguna desdicha más profunda, empecé a especular que la letra alude a algo más insondable y metafísico.

En realidad, la letra de la canción está dedicada a sí mismo. Está dialogando con su propio yo, pero un yo de otra dimensión, un yo nítido, limpio, pulcro, inocente, y brillante. Quizás habla consigo mismo de niño. Pero quien habla en la letra de la canción no es él, sino ese otro yo, ese niño, ese ente que es él mismo pero libre de tachas, libre de culpas, libre de cualquier rezago de miseria. Pero en esa circunstancia en la que se encuentran, saben que tienen que despedirse, que cada cual tiene que seguir su propio camino, y que ese ser etéreo y puro tiene que dejarlo ir. Entonces le empieza a cantar, le recuerda que en el fondo él es lo mejor que ha hecho en su vida, que en espíritu estará ahí siempre a su lado. Que, aunque le cueste mirarlo a los ojos, cuando lo hace, tiene la certeza de que podrán salir adelante en cualquier circunstancia. Que, la idea de su propia destrucción le provoca dolor y tristeza. Y entonces le insiste que tiene que levantarse, animarse y seguir, porque tampoco tiene otra alternativa. Que, aunque no pueda escuchar su voz, estará siempre ahí a su lado…

I’ll sing it one last time for you,
Then we really have to go,
You’ve been the only thing that’s right,
In all I’ve done.

And I can barely look at you,
But every single time I do,
I know we’ll make it anywhere,
Away from here.

Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.

Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.

To think I might not see those eyes,
Makes it so hard not to cry,
And as we say our long goodbye,
I nearly do.

Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.

Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.

Slower, slower,
We don’t have time for that,
All I want’s to find an easy way,
To get out of our little heads.

Have heart, my dear,
We’re bound to be afraid,
Even if it’s just for a few days,
Making up for all this mess.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Fue

El pesado aroma salino del puerto mediterráneo era ya ampliamente perceptible entre las estrechas callejuelas de la ciudad fenicia. El tempranero brote primaveral atizaba la ya de por sí etérea e invisible manifestación de los reflujos marinos. El cielo lucía incólumemente azul, y pacientemente pintarrajeado con unos suaves trazos de blanquecino pastel, que adquirían formas de un esplendor tan solo apreciable por los espíritus más inocentes. Mi mirada se hallaba posada en el ir y venir de los desgastados dedos de un guitarrista árabe, que había llegado hace muchísimos años a tierras andaluzas, y que pronto había alcanzado la fama como uno de los mejores en el requinto flamenco. Sus días de gloria, sin embargo, hace poco habían terminado, y ahora dedicaba sus ratos libres a complacer a los turistas -la mayoría de ellos absolutamente incapaces de apreciar su talento, pero lo suficientemente esnobistas como para sacarle fotografías y cruzarle unos pocos pesos- con sus maravillosos arpegios. Me conocía ya de varios meses, por la costumbre mía de pasar siempre por la callejuela donde solía instalarse. En una ocasión, cuando uno de los cuatro aguaceros que caen al año en la ciudad nos sorprendió desprevenidos, juntos nos acomodamos sentados bajo un breve tejado a guarecernos de las aguas. Por alguna incuestionable casualidad, justamente venía yo de comprar un whisky de esos de etiqueta, pero ni tan barato ni tan caro. Con el espectáculo del alboroto de transeúntes enloquecidos corriendo de un lado a otro frente a nosotros, decidimos acabarnos ahí mismo toda la botella, al ritmo de sus impecables notas y de mi espantosa voz. Las últimas gotas de lluvia nos encontraron ebrios, y riéndonos como dos niños. Como la noche ya empezaba a caer, nos despedimos con un abrazo sincero de borrachos; y al alzarle mi mano a la distancia, claramente recuerdo que me dijo, “cuando ‘ella’ cruce por esta calle, yo estaré tocando tu canción, palabra”. Dicha frase se quedó incrustada en el fondo de mi pensamiento, como un recuerdo escondido. Sin embargo, no dejaba de ser más absurda que enigmática, pues lejos estaba yo de tener una “ella” en esas épocas. Por eso supuse que fue nada más que un último resoplo de la algarabía embriagante que habíamos vivido durante la hora previa.

Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.

Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.

Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.

viernes, 19 de febrero de 2016

Simultaneidad

Aquella vez te encontré contemplando un gato gris a la distancia. Unos minutos antes ya te había visto afuera de tu departamento, en la vereda, frente a la calle, arrimada a la puerta negra de metal que no he borrado de mi memoria. Fumabas con desgano uno de esos cigarrillos cuyo aroma me producía dolores de cabeza, algo que tú muy bien sabías. Tu mirada parecía perdida, como si hubieras estado oteando un horizonte de brillantes y fantásticas constelaciones, uno que para tu desgracia -o quizás contento- solo tú y nadie más podía ver. Sin embargo, conforme me fui acercando, pude pronto darme cuenta que en realidad no tenías fija tu mirada en algo sobrenatural, sino en aquel gato pusilánime.

Es que a mí la verdad en un inicio me pareció un felino cualquiera, sin ninguna gracia especial, sin ningún atributo fantástico, sin ninguna magia. Y mira que eso para mí es mucho decir, pues yo mismo te he manifestado en innumerables ocasiones, con distintas palabras y metáforas, que para mí los gatos son seres nebulosos y trans-dimensionales, que simultáneamente habitaban varios mundos y, por ello, capaces de mantener una irreverente perspicacia que muchos humanos rasos envidiamos con todas nuestras fuerzas. Tú siempre tomabas esas explicaciones como una superflua estratagema para llamar tu atención, o en el mejor de los casos, como un mal chiste. Pero ahí estabas esa vez, observando ese gato como hubiera querido yo que me observes la primera vez que nos vimos; vaya que me hubiera ahorrado tantos dilemas y esfuerzos inútiles.

Como quise analizar esa escena a profundidad, me escondí de costado detrás de un poste de luz, y contemplé desde allí todo lo que pude. En un principio me resultó francamente imposible concentrarme, ya que lucías impecable: con tus rizos castaños, y tu extraña e insólita mirada de estricto y solemne compungimiento; con esos curiosos rubores rosados en tus mejillas; con tu vieja bufanda dorada; con tu presencia impoluta a pesar del añejamiento de tus ropas; y con esa mueca característica de tu boca, siempre notoria en todas tus fotos. Cada que te veía, a pesar de los años y las distancias transcurridas, me quedaba embelesado, como un niño que por primera vez prueba un helado y no quiere que se acabe nunca, aunque con cada lamida de hecho contribuya inexorablemente a su fin.

Así estuve yo durante varios minutos, o quizás siglos de algún otro universo, hasta que finalmente recordé la razón por la que estaba allí, y me fijé nuevamente en aquel extraño felino. Mas, por algún indescifrable encantamiento, aquella criatura de repente me dejó de parecer nimia y medrosa; de repente, me empezó a parecer inquietante y poderosa, milenaria y sobrecogedora, curiosa y eterna. Por ese extraño encantamiento por el que posiblemente tu mirada también se centró tan fecundamente en él, en ese instante yo también caía adormecido y conquistado por la presencia de aquel gris gato.

Estaba sin remedio ahí, como atrapado en un sueño soporífero, como si lo que vieran mis ojos estuviera enmarcado en una fantasmagórica neblina, en una cuadrícula vaporosa; como si de una fotografía difuminada se tratase. Observé como el gato caminaba a pasos excesivamente lentos y descuidados, sin refinamiento, sin elegancia; una cadencia impropia para un animal que presumía sagaz, ágil y atlético. Pero ese irreverente micifuz no podía dejar de generarme una extraña sensación de desasosiego y necesidad, de atracción desmedida y temor incontrolable; como si estuviera espiando y casi tocando al objeto más deseado que, al mismo tiempo, era de por sí el más inalcanzable.

Sin embargo, de la nada, de un instante a otro, sus profundos y temibles ojos bicolores, turquesa y verde fosforescente, se posaron sobre los míos con aguda temeridad. El felino tenía una mirada fulminante, un espectro desquiciante, una presencia exasperante. Luché con todas mis fuerzas para no dejar caer mi mirada, para no tornar los ojos ni lucir extraviado, como en efecto estaba. El gato continuó contemplándome a la distancia, y presentía con toda fuerza como me aniquilaba con sus pensamientos, como me tenía por un papanatas, por un ser desdichado y vacuo. Fue entonces que me di cuenta del infortunio en el que me encontraba, o mejor dicho en el vil conjuro en el que había caído más por inercia que por otra cosa. Como una gota helada y terrorífica de esas que le cae a uno en el cuello en el momento menos esperado, intuí lo que estaba ocurriendo, y torné enseguida mi mirada hacia el poste de luz en el que debía estar yo escondido. Y en efecto, me encontré a mí mismo de costado, con la mirada en mi dirección, pero oscurecido por la tímida sombra que generaba el poste.

Como ves, ya no era más yo, sino que era tú. Y la verdad, no sé si tú fuiste yo en esos instantes, o compartimos en esos segundos la misma corporeidad. Pero lo más tenebroso fue que precisamente no fue solamente corporeidad, pues pude ir más allá. Me sentí tú, en todo el tamaño de la palabra; fui tú por unos instantes, fui tú y sentí lo que tú sientes, y percibí lo que tú percibes, y olí lo que hueles; y me encontré con tu corazón latiendo dentro de mí, o quizás a mí latiendo dentro de tu corazón, o quizás a nuestros corazones al unísono latiendo al mismo tiempo, en la misma sinfonía, con la misma orquesta, en el mismo escenario, y con el mismo público. Entonces me aterré, porque pronto me di cuenta que tenía un poder devastador: podía saber lo que de verdad sentías.

Pero no. Sabemos bien, tú y yo, que estas cosas no son unívocas. Sabemos bien, tú y yo, que estas cosas no son homogéneas. Sabemos bien, tú y yo, muy bien, para bien y para mal, mucho más que bien, que estamos llenos de equívocos y ambigüedades. Así que cuando miré con toda mi fuerza y sin ningún escrúpulo hacia mi dirección, justo detrás del poste en donde me encontraba, y justo a los ojos que pretendía esconder en las sombras, no encontré nada más que esa simbiosis absurda de emociones, tan intensas ellas, tan incólumes ellas, que en la confrontación permanente en la que se hallan, terminan por anularse.

Traté de encontrar al gato con mi mirada, pero ya no estaba más. Te traté de encontrar a ti, y ahí estabas, pisando ya con tu bota derecha el cigarrillo, y sonriéndome con sincera pero bien trabajada empatía. Recordé entonces lo que había sentido cuando las direcciones de nuestras miradas estaban intercambiadas, y comprendí que no estabas tan cerca como deseaba, ni tan lejos como pensaba.

Así que, como el niño ese del helado, fijé mis ojos en los tuyos, y te encontré.

Pero tú, si llegas a encontrar a aquel contumaz micifuz, míralo a los ojos; sólo ahí me encontrarás.

domingo, 25 de julio de 2010

MADRUGA LA NOCHE

El sol salió y la noche no terminó. La madrugada había sido olvidada, cuando Juana salió de su dormitorio y se echó casi desnuda sobre la alfombra de su sala; los brazos extendidos y sus piernas alargadas, con la ligera manta que apenas cobijaba sus inquietantes formas. El frío abrumó sus pensamientos dejándola sin respiración por unos breves instantes, mientras el tímido calor de la mañana apenas se colaba por entre los dedos de sus manos. El olor del chocolate caliente proveniente desde algún rincón del viejo edificio donde residía, le hizo incorporarse y salir apenas vestida hacia las afueras de la suite en la que habitaba, la que le había cedido temporalmente un olvidadizo amigo suyo. Con los pies descalzos sintió lo áspero del mal limpiado piso del corredor, y caminó dejándose llevar por el tentador aroma que percibía su olfato. Llegó hasta el departamento 4-A, frente a cuya puerta se detuvo y permaneció unos cuantos instantes sin reaccionar; cerró los ojos y en lo que fue más un acto de apariencia que una verdadera manera de afinar sus sentidos, elevó levemente su quijada y expandió sus fosas nasales, solo con el objeto de intentar que el olor de aquel chocolate dulzón y penetrante llegara hasta el interior de su espíritu, llevándola a sentir la ausencia de la soledad que la tenía sepultada entre las sábanas dominicales de su mal arreglada y poco a poco apolillada cama. La puerta se abrió, de repente, pero nadie apareció inmediatamente; pensó que se trataba de uno más de aquellos fantasmas que la solían merodear en los nocturnos viernes abandonados de las más largas semanas de un abril insoportable. Abrió sus párpados y se encontró frente a la presencia de un inesperado, pero de apariencia insolente, desarreglado y no muy interesante vecino-transeúnte. Las palabras que debían haberse pronunciado, los versos que pudieron haber sido cantados, y las sensaciones que tuvieron que haber sido experimentadas, quedaron guardadas y añejadas en el cajón de los olvidos y las melancolías. La puerta se cerró y ella, caminando ya de regreso a su morada, sintió dos lágrimas brotar desde sus ojos, bajar por sus mejillas sonrojadas y descansar en las cercanías de las comisuras de sus labios, momentos cuando se sentó en el maltrecho sofá de su pieza, y cerró los ojos confirmando que la noche se prolongaba, pero acompañada del inclemente frío de la madrugada infinita.

lunes, 15 de marzo de 2010

LUNA MENGUANTE

Cuna eterna de silencios infinitos, oscura morada de estrellas olvidadas, y altiva señora de los grises desencuentros; así te observó, hoy, luna menguante, lejana entre los entretelones de una constelación ambigua, repleta de noches y madrugadas a la intemperie, absurda de razones e impertinente de melancolías. Asaltas mi ventana como atrevida intrusa, aunque desengañado siempre me hallas, pues quizá en el fondo de mi alma, deseo intensamente tu presencia en mi posada. Ya no te veo en la temprana amargura, ahora que en mis ilusiones vagamente tu deambulas, sin oprobio ni recato, esperando ansiosa la llegada de la niebla.

En la eterna permanencia de tu luz, apenas diminuta si tus ojos me confiesan las certezas del olvido. No espero encontrar una respuesta; no espero encontrar esa respuesta anhelada en tu mirada. Simplemente me resguardo en el extraño resquicio de la aurora que te espanta. Es posible que jamás te vuelva a ver, pues en este instante planeo mi partida, perpetua despedida de mis labios derrotados. Pero aunque no te vuelva a presentir cercana a mí, ni tú me encuentres buscándote en mis sueños, el olvido hará su parte y en mi juego de escondite, al final de la ventana me asomaré a tu alegoría.


Imagen tomada de:
http://www.consumer.es/fotografias/uploaded/medio-ambiente/2007/05/17/0931708001179429192.jpg. Acceso: hoy.

lunes, 1 de marzo de 2010

ONE DAY THE SUN WILL COME OUT

Quise escribir, pero no tuve inspiración suficiente; estos días han sido bastante indescifrables y no he podido hallar motivos y argumentos para escribir algo que salga verdaderamente del fondo de mi corazón o del a veces llamativo ingenio de mi mente. Así que me he limitado a transcribir el texto de una canción que estaba escuchando a propósito de… y que bueno, me agrada para ciertos momentos, como este justamente.

Lovers in Japan
Coldplay

Lovers, keep on the road you are,
runners, until the race is run,
soldiers, you’ve got to sold your own
sometimes even the right is wrong

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day, we’re gonna get out

Tonight maybe we’re gonna run
dreaming of the Osaka sun
Oh, oh
Dreaming of when the morning comes

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day the sun will come out

I truly believe: one day, the sun will come out. For sure.

jueves, 14 de enero de 2010

BÚSQUEDA PERPETUA

Mientras pisaba unas hojas secas arremolinadas bajo un zigzag de enormes árboles verduzcos y otoñales, mis pensamientos despertaban de su profundo y aletargado descanso, para reparar un poco en las sutilezas de una naturaleza perpetua y sublime. Empecé a contemplar las altas copas de aquellos viejos eucaliptos, adornados por la suave presencia de los multicolores colibríes que se agitaban animosamente por entre las gruesas ramas de los verdes señores del bosque.


Mis piernas se adelantaron a mis órdenes y, como si solas quisieran saciar su curiosidad, empezaron a moverse una delante de la otra por un estrecho camino. Miraba al cielo, sin concentrarme demasiado en lo que delante de mí aparecía; no quería preocuparme por lo que me hacía entristecer o divagar; solamente deseaba dejarme llevar por el frío viento de ese invierno seco y perpetuo que inundaba las montañas de mi pequeña ciudad.


De repente, ante la sorpresa de mis ojos, me encontré abrumado por un silencio profundo. No era capaz de captar ni los más sonoros ruidos del bosque; todo era quietud y permanente silencio. Giré alrededor mío varias veces, con la pretensión de descubrir alguna explicación, algún sonido delator; pero nada, únicamente sorda parsimonia. Decidí entonces sentarme hasta percibir alguna mínima melodía, algún breve canto que inundara mis oídos.


Afortunadamente, no tardé mucho tiempo en empezar a escuchar la música que luego llenaría mi alma. Una suave voz inconfundible, que viajaba tímidamente atravesando troncos, hojas, ramas, pájaros y vientos; viajaba opacando otros sonidos, otros ruidos, otras canciones. Llenaba por completo todo el horizonte, no dejaba espacio para nada más; no era egoísmo, sin embargo; era plenitud, profundidad, era pureza y fuerza incontenible.


No pasó mucho tiempo hasta encontrarme frente a frente con la música de mis pensamientos. Por instantes, llegué a pensar que era yo mismo quien componía, en lo más profundo de mi ser, aquellas melodías llenas de altivez y pulcritud; plenas de sensaciones apasionantes y puras. Al cerrar y abrir los ojos en un instante de oscuridad y luminosidad encontrados, hallé tu mirada que hasta ahora retengo sin dudarlo. El aliento quizá lo perdí al momento de encontrarte, pero mis latidos continúan vivos gracias tu llegada.


Pero, ¿cuándo llegarás?

Imagen tomada de:
http://www.galeriade.com/pozuelo/data/media/7/bosque.jpg

jueves, 12 de noviembre de 2009

RECORDARTE EN LAS TINIEBLAS

La puerta se abrió lentamente, como si no fuera yo quien la estuviera empujando. No había luz detrás de ella, ni siquiera se podían distinguir las sombras ni los rincones; era la oscuridad total, la penumbra en medio de una nada inhóspita y lúgubre. Quise abrirme paso, andar aunque sea unos pocos metros por entre las tinieblas; sin embargo, ese aire cargado de densidades insoportables, esa sensación de sentirse atosigado y a la vez amenazado, no me permitía dar un solo paso más. Estaba completamente paralizado, mirando hacia la profundidad de algo que ni siquiera era ni podía ser capaz de divisar. Permanecí de manera insólita, parado en la entrada sin mover una sola parte de mi débil anatomía; tal era la sensación de desasosiego, que no me permitía respirar del todo bien, y, en tales circunstancias, el desmayo parecía algo cercano y hasta deseable.

A pesar de esto, logré mantenerme atado a mis pensamientos y a cuestionarme mi actitud ante esta situación adversa. No quería imaginarme absolutamente nada, no quería pensar en nada, no quería saber de nada ni enterarme de nada nuevo; únicamente deseaba mirar larga y pesadamente a la profundidad de esa galaxia insoportable, de eso agujero impenetrable que requería mi presencia en su interior, pero que por desgracia, de manera simultánea, mediante fuerzas irreconocibles e invisibles, me impedía todo movimiento. Así que me resigné; me resigné a permanecer imperturbable hasta que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y, así a lo mejor, pudiera encontrar un momento de lucidez en el cual adaptar mi desgraciada situación al incontrastable entorno que surgía a mi alrededor. Al parecer, mi estrategia empezó a funcionar, si bien no de una forma completamente satisfactoria, si bastante aceptable como empezar a soportar el pesado ambiente que allí se terminaba de establecer.

Al cabo de unos segundos, quise dar el primer paso, quise avanzar unos cuantos centímetros; y, así, levanté con parsimonia mi mano derecha, tratando de orientarla hacia adelante. Luego, pestañé forzadamente varias veces, pretendiendo representarme que con esa acción lograría enfocar mejor mi vista y percibir las cosas con mayor claridad; no obstante, no llegué a percibir algo nuevo, porque todo seguía siendo igual: tinieblas. De todas formas, mi brazo derecho, hacia al frente, ya estaba perpendicular a mi cuerpo, por lo que traté a avanzar un poco, levantando con bastante desatino mi pie izquierdo y tratando de calzarlo en el siguiente espacio disponible; por un momento, que quizá fue un segundo, pensé que no habría nada más que un abismo delante de mí, un profundo hoyo que me llevaría a las catacumbas de un templo abandonado y lleno de podredumbre. Para mi fortuna, debajo de mí solo había piso, firme y aparentemente seguro, lo que me dio más confianza para dar el siguiente paso.

Ahora, me encontraba en una posición distinta. Había dado un par de pasos y eso significaba que había abandonado la quietud, para avanzar y enfrentarme a posibles adversidades, lo que ciertamente me llenó a más valor y ánimo. En ese momento, cerré los ojos y empecé a respirar con más tranquilidad y concentración, al tiempo que elevé mis brazos hacia los costados, de modo que mis manos estuvieran equidistantes una de la otra. Sentí mis inspiraciones y exhalaciones con toda claridad, sin pensar en nada más que en mi respiración, sin abrir un solo instante mis ojos. De repente, percibí que una sombra se aproximaba, una sombra que solo podía distinguir cuando cerraba los ojos, pues apenas los abría, desaparecía. Me pregunté si era conveniente mantener los ojos cerrados, porque quizá podría ser peligroso; o si, por el contrario, al mantenerlos abiertos, me perdería de algún fenómeno capaz de cambiar mi vida. Opté por mantener mis párpados cerrados y esperar sin angustia ni ansiedad.

Seguía con mis manos extendidas hacia los costados de mi cuerpo, perpendiculares y equidistantes. De repente, una suave brisa recorrió mis orejas, y percibí un leve sonido armonioso pero ambiguo y casi inaudible. No abrí los ojos, no quería interrumpir el transe que estaba experimentando y, de todas maneras, ya no estaba seguro de la verdadera realidad de las cosas. La brisa se acentuó, y ahora percibí a la sombra mucho más cerca de mí, casi palpando mi nariz; y luego, un estremecimiento recorrió mi cuerpo, cuando una suave superficie indescifrable recorrió mi rostro. Me mantuve pasmado por al menos varios segundos, quizá minutos; sentía que era una suave piel, y tenía un aroma indescifrable pero, a la vez, dulce y capaz de provocar la calma en medio de una tenaz tormenta eléctrica. Sentía los dedos de una delicada mano, aunque no podía ni quería abrir los ojos para asegurarme de ello.

Volví a respirar muy pausadamente, tratando de olvidar un poco aquella mano que ahora ya no me tocaba más. Pensé inmediatamente que todo había sido una impresión causada por mi peculiar nerviosismo ante una situación de anormal oscuridad. Pero nunca sospeché que un nuevo estremecimiento recorrería todas mis entrañas; estaba lejos de imaginar que sentiría el shock de una corriente inexplicable por todo mi sistema nervioso. De manera inesperada, quizá insensata, me percaté que mis labios estaban siendo invadidos; no era la mano aquella de hacer unos momentos, eran otros labios, dulces como el agua en medio del desierto. Solo permanecí inmóvil, sin querer pensar en nada más, ni divagar sobre asuntos metafísicos, como solía hacer; ahora, estaba sintiendo la fuerza de la vida en mi propia alma, el corazón infinito de todo el universo latiendo dentro de mi cuerpo de manera incontenible, como si en cualquier momento miles de haces de luz empezaran a emerger insaciables desde mi interior.

El encuentro de mis labios con aquellos, no duró por mucho tiempo, pero sí lo suficiente para sentir el éxtasis de ese perfume que uno percibe solo de manera muy leve, pero que ya nunca podrá olvidar y recordará hasta volver a encontrarlo. Ella no volvió con sus labios, que se habían alejado; pero volvió con sus manos. Mis brazos bajaron lentamente, ante el ímpetu de los de aquella presencia insospechada; y mis dedos, empezaron a entrecruzarse con los de ella, como si olas irrefrenables se batieran incontenibles en un océano de artificios. De repente, sentí un calor ascendente acercándose a mí, como si lentamente una fogata distante se trasladara hasta mi lugar, sin que yo moviera un solo músculo, a pesar de desear su cercanía como nada más en el mundo. Escuché su susurro en mi oído izquierdo; sentí su mano cerca de mi oreja derecha, nuevamente sus labios acercándose, mis manos recorriendo sus brazos y mis ojos cerrados, deseando no abrirse nunca más, deseando no volver a contemplar la luz ni las sombras, porque con la quietud y la oscuridad me conformaba, porque con la quietud y la oscuridad era feliz por primera vez.

domingo, 11 de octubre de 2009

SILENCIO PERDIDO

No eran cenizas de esas que, en las calles húmedas, reposan luego de una madrugada de silencios y dudas.

Una banda de perros callejeros andaba con cautela por entre las hojas secas desperdigadas a lo largo del sendero de adoquines, de ese parquecito de barrio viejo. Los árboles despertaban y respiraban de las primeras brisas de olor a pétalo de noche triste. Ahí estaba el paso de las lunas oscuras por entre las nebulosas de esa galaxia de nostalgias escondidas. Ese tenue rosado de las nubes intimidadas por la tempranera alba de las soledades silenciosas. Eran esas hojas de un diario escrito a medias, apesadumbrado por las gotas saladas provenientes de los olvidados ojos responsables de una mirada no correspondida, espectadores de una traición no consumada, de un artificio de fuego azul que devino en una hálito de pólvora marrón contagiada por la fulgurosa llama de un corazón incomprendido, de una noche atrapada por las lágrimas de un planeta oscuro. Pero las cenizas no eran de esas que cualquiera hace con un candelabro y la leña de una melancolía errante.


Al levantarse una mañana de insólito granizo, no encontró razones para recoger los retazos de sus lágrimas perdidas. No era tiempo de distraerse en conversaciones íntimas de su propia autoría; de esas charlas con la absurda conciencia que solo aparecía cuando todo estaba consumado y no había marcha atrás. Eran esos los momentos precisos en que hubiera preferido encontrarse sentado frente al convento de campanarios imponentes y aldabas forradas de pan de oro; ahí, tomando un cafecito que le quemara la lengua y le recordara la vida. Pero no lo era, no era ese el escenario, no era la situación, ni el ideal; no era el momento cumbre, ni la expresión máxima de sus anhelados sueños trastornados pero transformados en gloriosa aunque breve y poco parsimoniosa realidad. Se conformó con permanecer atónico ante el óleo de ese árbol rojizo clavado en mitad del lienzo, con las raíces profundas y dolorosas, luchando incesantemente por llegar al encuentro final, a la ceguera fatal, a la sublimación total.


El paso de las noches no alivió el ardor de las cenizas. Las madrugadas fueron pretextos de lunas llenas, de grises encuentros entre pensamientos inexplicables y utópicos. El canto de las luciérnagas invisibles no llegaba hasta el corazón de los envilecidos, que únicamente se limitaban a buscar la frívola luminosidad. Lo triste fue que, poco a poco, las pocas luciérnagas se mimetizaron a una realidad que las atrapó, escondiendo la dulzura de su canto, para dar primacía al impacto de su luz. Así fue que un caminante de madrugadas solitarias, aguzando el oído cuando el instinto provocaba sus latidos, no pudo descifrar el cántico que provenía de la belleza sublime de lo no evidente, del verdadero encuentro con ese amor desengañado aunque esperanzado. Esas falsas luces le aturdían; pero más que eso, le entristecían y le decepcionaban. Buscó la proyección de esa verdadera belleza oculta, de ese sentimiento que hace temblar las cúspides de la razón. Pero no lo encontró, porque la superficie se interpuso sobre la profundidad; porque su corazón latió, cuando no fue correspondido. Porque su mente soñó, cuando era tiempo de aferrarse a la realidad para caminar. Y lloró.

viernes, 11 de septiembre de 2009

TRANSPORTES COMUNES


El viajero tomó el primer trole que pasó, en esa parada denominada “El Florón”. Por la ventana, aún podía divisar al grupo de mayores petrificadas, canturreando eterna pero silentemente el “de mis manos ya pasó”. La ventana estaba cómodamente abierta, permisiva con la suave brisa de una luminosa mañana de esta ciudad de hierbas y pavimento; así, disfrutaba de la libertad de poder escaparse de los molestos calores e irritables olores propios de un colectivo medianamente abarrotado.

En un momento determinado, en que recuperó la consciencia sobre aquello que debía estar a su alrededor cuando dejó por unos largos momentos la realidad, se encontraba por “Santa Clara”, justo para escuchar el inusitado –para él lo era- aunque permanente –para siempre del lado del trole- mensaje de llegada, arribo y salida, reiterados a cada instante. Las puertas abrirse y cerrarse, cotidiana tortura para esos mecanismos lentamente deteriorados por el transcurso indetenible de los años y las sombras.

(…)

¿Quién fue, pues, el que ideó esto del trole? Se cuestionó en un aletargado momento de ensimismamiento. Sin duda, la respuesta era poco importante, porque para él era autoevidente, siempre la había tenido y la tenía presente, en su mente; sin duda, no olvidaba aquellas épocas en que navegar en la zona articulada constituía toda una aventura y genialidad; o la adivinanza de las paradas devenía en señal de respeto y conocimiento de la ciudad, aun cuando se ignoraban otros datos trascendentales.

Pero si embargo, antes de siquiera intentar narrarse a si mismo todas las paradas del transporte que recurría a la electricidad para funcionar, pensó en mejor, recordar las de su transporte más utilizado y no menos añorado, aunque simplemente fuera una total puerilidad: la ecovía. Y así, jipijapa, los sauces, 24 de mayo, naciones unidas, benalcázar, eloy alfaro… hasta ahí llegó, pero no podía recordar la siguiente; a su mente venía la idea de “no puedo saltarme a la del libertador argentino, debo lograr recordar la que me toca”. Pero ni por casualidad se le ocurría, ni por mérito propio o ajeno, le llegaba la iluminación. Así que decidió continuar, pues pensó que era mejor seguir y no decaer.

San Martín, La Paz, Orellana, Baca Ortiz… y se detuvo a pensar que ahora dibujaba en su mente los títulos con mayúsculas en las primeras letras, por lo que volvió a recorrer todo el circuito, ahora si puntuando adecuadamente cada parada; aun así, no logró recordar la que le faltaba entre los históricos Eloy Alfaro y San Martín, a parte claro está de los más de 80 años. Siguió luego de Baca Ortiz la Manuela Cañizares, luego la Leonidas Plaza, Casa de la Cultura, Alameda, Simón Bolívar y La Marín, pues las siguientes hacia el sur, se dijo modestamente, no las había visitado.

En eso se encontraba, cuando se percató que estaba en la “Banco Central” del trolecito, y mirando el parqueadero de “San Blas”, pensó en aquella vez que recorrió, con corazón aventurero, los recónditos tejados, si es que así los podía denominar, de la imponente y al mismo tiempo tenebrosa Basílica; y, desde ahí, tomar las fotos del panecillo, rodeado por esas tenues nubes de un inusual Abril despejado y azul. Llegó hasta “Plaza Grande” cuando precisó recurrir a algún trucho semántico para recordar la parada de la ecovía que le faltaba, aquella pieza del rompecabezas que no le cuadraba y que dejaba un espacio vacío en el tablero.

Mirando la hermosura y la belleza de ese centro histórico congelado en un pasado modernizado; ansiando verse caminando por los empedrados, tomado del brazo de su “vieja”, y sonriendo al alzar con delicado gesto su boina a cuadros y con tonos cafés. Vibró en la parada “Recoleta”, cuestionándose por no haberse percatado de que, al parecer, la recordada “Cumandá” había desaparecido.

(…)

Regresaba ya en un bus a su casa, por la noche, preguntándose sobre la realidad de sus pensamientos. Observó unos ojos increíbles, una mirada penetrante pero sublime; la figura de la dama que lo miraba con interés pero, simultáneamente, con extrañeza. Era la belleza para él, era contemplar la belleza y mirarla, verla en ese instante perpetuo, en esa mágica miel que se agotaba como una agonía deseada e incesante. Y ahí fue, que como una ráfaga, se dijo asimismo bella vista, bella-vista, “Bellavista”, esa es la parada.

Pd.: Muchas Amandas se despidieron de sus Manueles aquel siniestro 1973. La calle mojada, corriendo a la fábrica... Nunca más.

viernes, 28 de agosto de 2009

REBELIONES INESPERADAS

Hace aproximadamente una semana, ya ni me acuerdo con exactitud, abrí el programa “Microsoft Word”, de esa versión que, de manera sumamente sospechosa tiene una “x” cuando se graba uno de sus documentos, luego del ya conocido “doc”; en fin, me disponía a redactar algún documento de esos que, generalmente, son leídos de corrido y luego arrojados vilmente a un absurdo y solitario basurero de plástico de una esquinita llena de polvo. En esas me hallaba, cuando ocurrió algo inusitado, algo nunca antes visto, un suceso realmente fantástico pero, al mismo tiempo, tenebroso; y, como me gusta compartir, me apresto a darles a conocer este hecho, este acontecer, esta situación que, realmente y sin lugar a dudas, os dejara perplejos, anonadados o, en todo caso, les hará dudar de, nuevamente, querer utilizar un procesador de textos o, quizá, extrañar a ese recordado y siempre infalible “Word Perfect” de las épocas de los “disquetes” negros, delgados, maleables y rellenos de un disco cubierto de kleenex.



Ahí les va este hecho; recomiendo no tener líquidos viscosos ni calientes junto a ustedes (supongo que sí habrán lector@s o curios@s), pues puede ser que el trauma de leer lo siguiente les provoque reacciones imprevistas.



Me aprestaba a guardar el documento desde un inicio, pues por mi tradicional tendencia a tratar de siempre asegurar absolutamente todo, siempre que empiezo a escribir algo prefiero guardarlo desde el principio e ir grabándolo periódicamente (en este momento, de hecho, lo acabo de hacer). En el preciso momento en que con mi dedo arrastraba el cursor hacia el icono con un dibujito de lo que alguna vez fue un antiguo disquete de color azul con etiqueta blanca, pensé ¿qué título le voy a poner a esta vaina? Al escudriñar entre mis neuronas alguna posibilidad que, al menos en mi limitado criterio me pareciera original, decidí dar un paso previo para ver si así, con un poco de distracción, se me iluminaba y me llegaba la primera inspiración. Me dirigí con el cursor hasta cuando salió el cuadrito “Fuente”, y estaba por cambiar de una que decía “Calibri”, a mi siempre preferida Times New Roman.


De repente, el cursor dejó de reaccionar. La pantalla empezó a prenderse y apagarse de manera intermitente y, ciertamente, fantasmagórica. Por un momento pensé que había un terremoto o alguna repentina erupción volcánica; luego, llegué a creer que estaba por enfrentarme a terribles e indestructibles ánimas provenientes de algún cementerio Inca escondido debajo de edificios y montañas superpuestas. Al fin, se me ocurrió que un nuevo virus telepático se estaba internando entre los chips del disco duro de mi portátil, a pesar de que ni por imaginación excesiva me encontraba conectado a internet.


Sin embargo, de un momento a otro, todo permaneció en quietud, todo se quedó de un instante a otro en la más inquietante e insoportable soporífera calma. Así estuvo todo durante impactantes e irritantes segundos, sin que yo me atreviera siquiera a querer tocar alguna tecla. Caminé de un lado a otro, sin despegar una sola milésima la mirada de la pantalla. Me preguntaba si sería adecuado practicar el famoso “apagón”, o recurrir a la táctica de la “triple tecla automática”. En definitiva, mis dudas eran insoportablemente absurdas pero, simultáneamente, terroríficas. Finalmente, me senté frente a la pantalla, dirigí mi dedo pulgar hacia el “enter” para intentar algún artificio, dispuesto a todo.


Sin embargo, cuando a esto me aprestaba, del famoso y olvidado cuadrito “Fuente”, la impredecible “Calibri” se desplegó por todo el documento y empezó a escribirme “porque me desprecias, si yo siempre quiero impregnarme en estas páginas de mentiritas y tú, TÚ, no me dejas, malo”. Me quedé frío. Sinceramente, pensé que efectivamente se trataba de un súper virus creado por algún genio maldito dedicado a burlarse del enemigo; es más, me imaginé que me estaban grabando y, por de pronto, empezaría a salir en videos youtube más famoso que “Edgar”. Me arriesgué a intentar la táctica de la “triple tecla automática”, pero nuevamente salió la “Calibri” a decirme “no me apagues, malo malo malo, muy malo malo malo”.


En mi mente calculé que esta “Calibri” sería una especie de colibrí un tanto volado la teja que, en una reencarnación sumamente extraña, pasó a la plana mayor de las fuentes de los documentos “docx”; trataba de cavilar si alguna vez, en versiones pasadas, existía un tipo de letra así, y sinceramente no lo podía recordar, supongo que, o bien estuvo siempre en el olvido, o bien todavía seguía siendo colibrí. De todas maneras, ya me estaba tranquilizando, y me disponía, aunque me parecía un verdadero sinsentido, a responderle a esta “Calibri”; pero, de la nada, más sorpresivo y tenebroso que una caída en escalera eléctrica, apareció el “Times New Roman”, con furia y descontrol, sacando de la pantalla a la “Calibri”, y con su propio reclamo: “sal de aquí, entrometida, siempre he sido el preferido de todo documento y mi competencia jamás ha sido alguien de tan poca monta como tú, impertinente”.


Me quedé absolutamente pasmado. Sin duda, algo extraño estaba ocurriendo. Con la palma de mi mano, me di una tremenda cachetada para tratar de desestupidizarme, pero la verdad es que, o bien eso era algo imposible, o bien la realidad superaba los inimaginable. El “Times” se peleaba con “Calibri”, algo que me dejó estupefacto y con el pensamiento de que “cuando aparece Arial”. No terminaba de meditar esto, cuando, efectivamente, apareció el grandote del Arial y, tomándose de la mano del cuadrito “Tamaño de fuente”, colgó una cifra excesiva y exageradamente alta, para decir: “BASTA”. Entró con tanta furia y autoridad, que Times y Calibri salieron despavoridos hacia algún recóndito rincón, lo que fue aprovechado por la nueva visitante para decirme, rubicundamente, “me has rechazado siempre sistemáticamente; conozco por muy buenas fuentes, y esto no es una ironía, que siempre recomiendan redactar con mi contingente, o con las bastardas fuerzas del Times, y de alguna otra que también osa utilizar la impertinente letra T, y aunque he logrado expandir mis fuerzas por casi todos los territorios del buen y mal escribir, tú, si tú, me sales con tu desprecio y prefieres acudir a las ambiguas e incomprensibles mañas de ese que se cree algún tipo de romano, ya es suficiente; o me empiezas a aceptar, o comienza la rebelión, y te anticipo que tengo muchísimos aliados”.


Sinceramente, tuve todas las intenciones de abrir una ventana, desconectar los cables, y con todo desprendimiento dejar volar las ideas… contenidas en mi portátil y lanzarla por los aires. Todo pintaba gris, pero se puso aún más complejo, cuando de la nada, apareció el siguiente texto: "es hora de que los abandonados tengamos un lugar"; y. a continuación, inesperadamente y ante el evidente susto del Arial, apareció algo que me dejó atónito: "es hora que me tomes en cuenta, porque realmente es una afrenta hacia mi, el que me tengas en el olvido, la rebeilón de los débiles ha comenzado". Evidentemente, se trataba del aclamado "Symbol" (me he permitido traducir sus palabras, para que puedan entenderlas)


Estaba asustado. Totalmente impactado. Tanto que había leído sobre la discriminación, sobre la igualdad, sobre los derechos de las minorías, y ni siquiera había reparado las prerrogativas de los diferentes tipos de fuentes. Me levanté, di una vuelta, no sabía que diablos hacer. Era una situación, inusual. Que digo, increíble, insoportable.


Y todo fue peor cuando, de una en una, golpe por golpe, empezaron a cantarme sus himnos y coros las: Ahorani, Arienne, Andaluz, Angsana New, Angsana UPC, (como Guyana holandesa, Guyana francesa; o bien, Corea del Norte, Corea del Sur), Arabic Typsetting, Arial, Arial Black (aquí seguramente hubo algún Malcom X más adelantado), Arial Narrow (¡¡¡esto si es diversidad!!! Que plurimulticulti ni que nada), Arial Unicode MS (ummm, como que ya exageramos con esto del pluralismo), Arnprior (capaz que desciende de Arial), Australian Sunrise (esto es no tener nombres que poner, por ahí ya mismo encontramos la “Ecuadorian Sundown”, aunque habrán marcas de “sunblocks” que presenten quejas), Batang (la pelucona), Batang Che (la revolucionaria), Batik Regular… y en fin, absolutamente TODAS, hasta la poco original y nada imaginativa Wingdings 3, hija o hermana de la 2 y, seguramente, familiar de la 1. En toda esta huelga de hambre, marcha simbólica, marcha blanca, “Gloriosa”, 5 de febrero, me encontré con verdaderas personalidades, como la “Hurry Up”, el reconocido “Franklin Ghotic Demi”, y sus variedades (Darwin se quedó corto) Demi Cond, Heavy, Medium, Medium Cond. La exótica “Iskoola Pota”, que no sabemos a que se dedicará. La interminable “Perpetua”, y la farmacéutica “Neuropol”, la gatuna “Pupcat”, el hermano de Tod, “Rod”, la indefinibible “Reservoir Grung”, y la que quizo copiarme el nombre pero fracasó en el inteto, “Byington” (quizá quiso decir Byriton… nunca lo sabremos). En fin, seguramente alguna “Miriam” quiso ser famosa, pero estaba tan enfermita que tuvo que llegar una “Miriam Fixed”, al igual que alguna “Marlett”, o el oriental “SinHei”, reconocido maestro de artes marciales, ni que decir el occidentalizado “Microsoft Jheng Hei”, posible fabricador de ordenadores o softwares. En definitiva, las multitudinarias marchas no concluyeron sino luego de mucho, muuuuuchoooo tiempo.


Finalmente, acabaron todos, y designaron a "Tahoma" para que me diera el ultimátum: “señor de enfrente, hemos organizado varios sindicatos, que pronto conformaremos una federación, y luego nos aglutinaremos en una confederación; o bien nos da un espacio a todos y cada uno de nosotros, o se atendrá a las consecuencias”. Como esperaban mi respuesta y como me imaginaba que no iba a poder escoger la letra con la que quería escribir, simplemente empecé a teclear, y como las fuentes estaban tan beligerantes, cada una tuvo su propia letra. Y con toda sinceridad les escribí: “amigas fuentes, me permito comunicarles que ustedes bien pueden hacer los sindicatos, uniones, asambleas y distintas agrupaciones anarco-marxistas leninistas que deseen, pero si siguen en su jodita interminable, me consigo una máquina de escribir “Olimpia”, unas buenas hojas papel bond, y me pinto de colores; espero hayan entendido estimadas revolucionarias”.


Por un momento largo, no hubo respuesta alguna. Todas se quedaron frías y sin respuesta. Entonces, de la nada, apareció "Times" y con toda tranquilidad pero firmeza, me contestó: “Estimado amigo, me he declarado dictador, y cuento con el apoyo de todas las ‘Wingdings, Miriams, Franklins y las orientales’, así que a partir de hoy yo domino este espectro, y no toleraré cualquier agresión e insurrección de parte de las oligárquicas e inefables Ariales, Tahomas y Calibris, Atentamente, YO”.


Así terminó la historia de las huelgas generales de las fuentes. A partir de allí, preferí nunca intentar meterme con ninguna de las extrañas fuerzas y batallones de esas extrañas habitantes del ámbito informático de nombres curiosos.


Así que cuidado cuando se metan con alguna de esas fuentes extrañas de sus procesadores de palabras. Mejor esperemos que un día no haya insurrecciones de los números, de las “n, k, s”, o, peor aun, de los “deshacer, rehacer”, porque el mundo puede llegar a su fin, como a su fin llegó este relato 100% verdadero y verídico.

lunes, 20 de julio de 2009

CeniZa sUicidA

Desde el trigésimo cuarto piso del edificio "Alcanfor 3", el vértigo era bastante insoportable como para lograr permanecer más de diez segundos al borde de la ventana; sin embargo, en el pent house, doce pisos más arriba, esa sensación se transformaba en una atracción que se sobreponía al temor y, así, la osadía trastornaba incluso a los espíritus poco inflamados y bastante parcos. Esto se debía, según algunos, a la forma romboideal de la construcción; otros, a los efectos de la altura y, otros no menos audaces, a los cálidos vientos del Pacífico que invadían las alturas. En fin, como quiera que sea, acceder a ese último y único departamento del piso más alto, era realmente algo que pocos podían asegurar haber tenido el honor.

La piscina verde-azulada no era más que un breve ornamento frente a los lujos que allí se encontraban: enormes lámparas de gas artificial, gigantes murales pertenecientes a los más reconocidos artistas post-modernos, muebles de madera elaborada y cojines de plumón, solo como para dar una pequeña idea. El balcón, era el lugar más surrealista de aquel ámbito; pintado con colores pasteles, con ininteligibles pero muy profundamente emocionales esculturas y tremendas plataformas adornadas con demasiadamente barrocas macetas llenas de bolitas de plástico como si fueran de tenis de mesa. Y, sobre la balaustrada de esa rareza, colocadas con cierta asimetría una serie de ceniceros de plástico, incrustados dentro de agujeros de macilla seca adecuados específicamente para el efecto.


En la madrugada de esa noche anterior, como todas las de los días viernes, mientras las pelotitas provenientes de las macetas reboloteaban por el piso y el ambiguo sol apenas aparecía por entre las montañas de oriente, los ceniceros se encontraban repletos y se veían seriamente atacados por los fulgurosos vientos del alba. Ese mismo viento, que andaba perdido por entre nubes desconcertantes, tomó con sus invisibles brazos un copito de ceniza de cigarrillo, lo amarró sobre sí, y lo transportó por entre las tinieblas que empezaban a disiparse.


La brisa se apropió del copito y, como si se aferrara a la llama de su propia existencia, no lo soltaba ni ante los más tenaces embates de lejanas ventizcas montañosas. Así apretó el copito, como si se tratara de su propio vástago, a quien debía alimentar y mantener con vida, ya que de ello dependía su absoluta felicidad. Así, se aferró de la ceniza aquella y no pretendía soltarlo hasta la eternidad.


Pero el destino es hostil con los que no tienen oscuridades en sus entrañas y, con una distracción de esas que se piensa que jamás nos llegará, la brisa se despreocupó de su copito un instante, y al siguiente ya éste se encontraba cayendo libremente hacia su propia realidad. Desde lo alto de aquel edificio, lentamente el copito de ceniza descendió con rumbo a la tierra que la esperaba con ansia. La brisita, que muy tarde se dio cuenta, trató de atrapar nuevamente a su llama de vida, pero ya el copito había dejado su despedida eterna y melancólica, pero llena de resignación.


Cayó y cayó con tranquilidad, sin apuro y sin temor. Esperando que llegue lo que tenga que llegar.


Un petirrojo que paseaba por ahí, encontró en su pico una poca de algo como un polvito gris. Quiso desacerse de él, pero antes de moverse abruptamente, como tenía pensado en un principio, aguardó y esperó a ver que sucedía; aunque no detuvo su vuelo. La luna se encontraba en el fondo de esa oscura amanecida, todavía las tinieblas apenas se empezaban a disipar y el pajarillo continuaba su transitar. El camino no estaba trazado, pero la intención era encontrar algo en donde depositar ese copito hecho polvillo, y poder examinarlo, quizá hasta saborearlo.


Pero nuevamente, apareció la brisa que, al encontrar una nueva posibilidad, no dudó en aprovechar un descuido de nuestro amigo el petirrojo, y de un solo zarpaso, ¡zas!, se llevó consigo al copito que, entendía, le pertenecía a ella y a nadie más.


Nuevamente, entre sus brazos, detentaba a aquel copito y, ahora, lo apretaba con mucha más fuerza que antes, atenta a cualquier intento, por más mísero que aparentara ser, de llevárselo de su poder. Así, la brisa se llevó al copito por lugares lejanos, lugares a los que pudo llegar hasta convertirse en un fuerte viento, cada vez más fortalecido; ya en un punto, había llegado tan talto y se había hecho tan fuerte que descuidó al copito, y este empezó a volar por otros rumbos, quizá en manos de otras brisas o de otros vientos.


Fue encontes que, cayendo lentamente desde las niveas nubes veraniegas, llegó hasta las cercanías del pueblito aquel que dejó hace mucho tiempo; no podía controlar sus propios movimientos, pero quizá los recuerdos del pasado se conspiraron con alguna brisa nueva, y lo llevaron hasta aquel cenicero del que partió; y cayó con sumo cuidado, hasta posarse complemente. Pero ahora, ya no habían más copitos junto a sí; era el único y así, con su espacio disponible, esperó gustoso a la próxima jornada, en la que llegarían otros copitos y a quienes contaría sus historias y rememoraría las travesías que, estando así atrapados, los demás envidiarían y, si alguno tenía suerte, lo repetiría.


Feeeennn.

lunes, 29 de junio de 2009

LA LUNA NO ESTÁ TAN LEJITOS


El suelo de la Luna era realmente agreste y muy irregular; la única certeza posible, consistía en que al menor descuido, lo siguiente era una fuerte caída. Encontrarse con cráteres de todos los tamaños, no era nada fuera de la rutina para Wok; simplemente, andar con sus cuatro patas y sus tres antenas, por cada camino sin sentido de un gris montón de arena endurecida, toparse con esas fosas o huecos grandes, pequeños, enormes, inconmensurables, infinitos, mínimos, minúsculos o normales. El transcurso por esos lares, no trascendía más allá del caminar cansino de aquellos que olvidaron que no hay tiempo posible, porque este simplemente no existe, o está encapsulado en un hoyo negro fabricado por el sentimiento sublime e indescifrable que pocos han logrado intentar entender, y muchos han creído entender intentarlo.

Cuando una vez se acercó al extremo, quizá sur quizá norte, no había este ni oeste; cuando llegó a algún punto que podría ser una invisible península solo notoria para quienes la vieran desde lejos, se atrevió a pensar un poco en lo que habría más allá de las estrellas y de las frías nebulosas. Ahí, a un costado, una enorme masa de color anaranjado, que de solo contemplar provocaba escozor; pero allí al ladito, a un costadito inhóspito, una esfera azulada llenita de puntitos luminosos que abundaban en unos sitios y en otros simplemente no. Le sorprendió tremendamente poder mirar algo así, algo único, algo que no había podido siquiera imaginar, pues su única realidad era lo palpable, lo sensorial, lo, valga la redundancia y también contradicción, real.

Tenía un carrete de lanita de color rojo por ahí, entre sus patas. Hace muchos años, encontró una casita más pequeña que un puño, hecha de una delicada y delgada capa de una sustancia como caramelo, ligeramente endurecida. Cuando con afán se acercó a tratar de encontrar alguna compañía, sea amigable o no, simplemente se encontró con un profundo vacío, sin presencia alguna, sin vida ni suerte, sin muerte ni sombra. Estuvo así, detenido, estupefacto, tratando de distinguir algún fragmento de existencia, alguna especie de disipador de soledades. No encontró lo que buscaba. Pero a cambio, encontró algo que quizá lo buscaba a él, o que simplemente estaba allí para ser encontrado por quien, buscando cualquier otro desperdicio, con cierta dosis de coincidencia concertada o negligente duda, lo divisara acomodado en una especie de camita de cajita de fósforo.

Así fue como consiguió ese carrete de hilo rojo. Quizá sería alguna fibra de una plantita traída ilícitamente desde ambiguos territorios visitados por algún explorador conspicuo y aventurero, desinteresado y bigotón. No quiso averiguar aquellos detalles, ni aún ahora que se aprestaba a lanzar por los infinitos caminos intangibles de la eterna noche, el hilito hacia un inesperado destinatario en el océano de las derrotas todavía no enfrentadas, de las victorias aun no celebradas. Pero tomó con sus pequeñas patitas el carrete por los lados, y con su pequeña trompita empezó a jalar lentamente el hilo rojo; y por un momento, lo saboreó, pues a pesar de ya haber pasado algunas jornadas desde aquella de la casita de caramelo, aun se podía percibir ese dulce saborcito a miel.

Desde la Luna, según pudo advertir un viajero unicelular que se perdió en el medio del sistema solar. para volar libremente hasta encontrarse con una constelación que marcara su vida, cayó un hilito rojo muy lentamente, hacia el vacío. Y así, mientras transitaba por destinos inocuos, observaba como una casi invisible línea roja se estiraba por entre las estrellas. El hilo brillaba por su propia naturaleza, no por el vago reflejo de ninguna otra fuente luminosa; era su propia historia, su esencial existencia y circunstancia de vida, sin nada que ofrecer, sin nada que pedir, solo siguiendo su curso, trazado por otra voluntad, o quizá llevado así por el azar. El hilo no discutía su extraña situación, simplemente se sabía lo suficientemente paciente para esperar el momento en que sus largas entrañas le permitieran conectar dos corazones perdidos y abandonados, no ser su propio si, sino su fin en otro fin.

Wok no lo llamaba “hilo”, por supuesto; evidentemente, un nombre así no era digno de un personaje lunar, quizá lunático, quizá lunero. En aquellas parroquias de la vía láctea, no existen razones para pensar que un nombre debe reflejar un pasado o un presente marcado por algo o alguien; simplemente, es una naturaleza viva, es una cierta manera de no sentirse perfectible, sino de aceptarse en una situación de desencuentro permanente, de percatarse que todo es momentáneo y poco duradero, y que por eso no vale la pena detenerse a pensar en ponerle un apelativo significativo a algo efímero. De lo efímero, solo rescatar lo que queda profundo; quizá un instante dentro de lo efímero, lo momentáneo dentro de lo mínimo, de lo pasajero. Ese momento que evoca ese lado luminoso que tienen muchas Lunas, es lo que destacan aquellos que respetan el transcurso de las épocas sin apropiarse de lo que no pertenece a nadie. Ese hilito se llamaba Casicaramelo, y eso por este momento, porque el último recuerdo que tenía Wok, único que podría opinar al respecto, era ese sabor dulcecito que le recordaba la casita donde lo encontró.

El camino de Casicaramelo era bastante largo, al menos para Wok, pues a Casi o a Relo o Carsi, como lo llamaremos abreviadamente, dependiendo de su estado de ánimo; y volviendo: pues para Casi, era su vivir, e irse soltando poco a poco del carrete era como sentir a cada segundo, un nuevo impulso de néctar de vida. Así iba creciendo, tan largo como una de esas serpientes de sueños escondidos, que tratan de alcanzar un fruto jugoso, sin importarles que puedan perder la vida en un trayecto lleno de riesgos, como los desamores y las soledades. Pero aún así, la lucha era intensa, y los pequeños insectos pasaban a segundo plano, ya que su tarea era únicamente darle sentido a una marcha que, sin sus picaduras, sería enteramente lineal, como un hilo o, vamos, como una serpiente. Así que Relo cayó y cayó, sin pensar si quiera un segundo en detenerse, pues aparte y aunque eso tampoco lo pensó, no podría hacerlo, pues no tenía voluntad para ello; podría, quizá, tratar de moverse ligeramente hacia un lado, o hacia otro, desacelerar, bajar el ritmo, pero no más que eso, pues su destino en largo sentido estaba decidido.

Por ahí pasó una piedrecilla, rápido. No podía considerarse un asteroide, era algo mucho más pequeño, apenas como una piedrita de río, lisa y suave por fuera, dura y resistente por dentro, luego de haber pasado por las vicisitudes del universo, pero siempre con una sonrisa para recibir a quien pasé por su lado. Pero ahora, daba la casualidad que era ella la que pasaba junto, y era precisamente por al lado de Carsi, que al divisarla ya muy cerca, intentó evitarla, pero le fue imposible, pues ya estaba demasiado cerca. Así que el hilito rojo, a quien como dijimos se le denomina Casicaremelo, enredó a la piedrecilla, la atrapó e impidió que continuara su caminar; y así, cuando ella pasaba sin mirar ni saludar, sin observar ni distraerse, conminada a su predeterminado andar, fue atrapada, impredeciblemente, por un hilito rojo que la enredó y le cambió el trayecto de su vida.

Pero al atraparla, el hilito cambió su curso y, aunque siguió yendo para hacia algún lado, quizá cayendo para arriba, o trepando para abajo, su destino había sido modificado, el de ambos en realidad. La esfera azul aún estaba a distancia, pero el hilito seguiría cayendo y quizá, algún momento, encontraría un nuevo destino que modificar, alguna piedrecilla con la que encontrarse, algún secreto que contar, alguna verdad que encubrir.

Quizá continúe con la historia, quizá no. Dependerá de si el hilito llega hasta mis manos, y puede enredarme con su transitar cansino, y sus sueños escondidos; pero… en realidad… no los de él, no los del Carsi, Casi o Relo, sino quizá, los de la piedrecilla, o los de Wok, o de quien quiera que se entrecruce entre este hilito travieso.

Y se preguntaron un día
Si la Luna existiría
Sin sol que la iluminara
Y Tierra que le llorara

Respondieron quizá

Pues mientras un sueño
Pueda sentir que llega
No habrá sol que resista
Ni Tierra para un engaño


Finito.



jueves, 18 de junio de 2009

UN CHOCOLATITO CALIENTE

Sin duda aquella vez fue de recuerdo -ya meses de ello realmente- pues no planifiqué intentar una travesía posiblemente de apariencia corta y poco aventurera, pero sin duda muy interesante, bastante curiosa. Salir del trabajo sin saber que hacer no es algo, diríamos con algo de ironía, muy normal; y, es irónico, porque uno pensaría que siempre se puede hacer alguna cosa, así sea respirar mientras recorre con la mirada las fantásticas figuras dibujadas en un conjunto melodioso y sinfónico de nubes anaranjadas en los albores de un tibio atardecer.

Caminé unos cuantos pasos tratando de descubrir –descubrirme- la naturaleza de mi inmediato y momentáneo interés; y así indagué un buen rato, mientras me adentraba por las rutas perdidas de “El Ejido”, sin siquiera reparar mucho en el destino escogido. Anduve observando las muestras expuestas de esas artes populares, destinadas con afán a los turistas extranjeros; unos lindos ajedreces que uno pensaría solo encontrar en ciudades de lo que en otros países llaman “el interior”, pero que acá no es más algo que creemos olvidado sin recordar lo olvidados que somos todos, hasta lo olvidadizos; por instantes, solo unas pocas personas, inolvidables.

La “Benjamín Carrión” era un destino encontrado, cruzado en medio del sendero, para adentrarse amigablemente pero, indudablemente, con curiosidad. La mirada rebuscando los resquicios de lo inolvidable; las anécdotas públicas de personajes soñadores y resguardados en la memoria de unos pocos, aun vivos, aun muertos. No permanecí inmutable; quizá, algo extrañado, quizá, quien lo sabrá, algo pensativo o, menos aún lo podré adivinar, nostálgico.

Ya lo había conocido antes, me había adentrado años atrás, casi sin recordarlo, en su fantástico mundo lleno de matices y encuentros lastimeros. Sin duda a mi mente las imágenes se hacían familiares, aunque ese tipo de familiaridad del rostro sublime que alguna vez miramos y nunca olvidaremos. Así fue ese, digamos, reencuentro con Carlos Monsalve, al entrar en sus pinturas, al transportarme a un mundo complejo y fantasmagórico, pero al mismo tiempo lleno de perfeccionismo e imaginación.

Los ferrocarriles trajeron recuerdos más profundos, más indelebles pero asimismo más tristes. No me decidí a mantener un momento de incolumidad ante aquellos recuerdos, sino, más bien, me dejé llevar por lo que mi corazón decidiera arbitrariamente. Y así fue, aunque a la larga las lágrimas que quizá hubieran querido brotar, permanecieron escondidas entre los nubarrones de una tormenta impredecible que nunca se permitió desembocar en algún paraje misterioso y tranquilo. Quizá por mi cara de sublimación, quizá por mi asombro o, quien sabe, por el interés ciego que mis grandes ojos demostraban, no fui ajeno a la pregunta de si mi vida tenía relación con el estudio de las artes, transluciendo mi sonrisa al contestas que tenía que ver con algo más pueril y menos luminoso, el espectro de las leyes.

Entiendo quizá que mi espíritu soñador me permitirá siempre tener la anécdota como certera, más allá de si haya o no sido un truquillo publicitario; por ser el último, pues ya cerraban y eso si es objetivamente real, dado que hasta las luces artificiales empezaron a disiparse, un pequeño obsequio se me entregaría, como para distraerme entre tanto y tanto en la lectura de alguna novela de aquellas que quizá leo con demasiada frecuencia, al separar las páginas y detenerme a contemplar el crepúsculo.

Finalmente, caminé con mi música alargándome la fantasía, recuperando en mi memoria las imágenes que podrían perderse, esas agraviantes señales de unicornios de colores, árboles con pájaros hechos humanos, los rostros de divas escondidas y guiadas por tenebrosos faunos. Así llegué a tomarme un capuchino a ese sitio donde también te dan chochos con chulpi y un vasito de agua. Y recordé que, quizá, no hubiera caído mal y quizá hasta hubiera sido mejor, tomarse un chocolatito caliente; y no porque el café haya sido maluco o no haya complacido a mi paladar; sino porque uno, muchas veces, debería luchar por mantener viva la contradicción, vivo el sabor agridulce de la vida en todo su esplendor, en su caminar complejo. Luego pensé y me respondí: no, el sabor amargo del cafecito era necesario, pues el chocolate ya me lo había bebido.
Y luego salí, y caminé, y me fui.


jueves, 21 de mayo de 2009

UNA HISTORIA PERDIDA (Parte 3)

III
Pasó junto a un puesto de ventas; allí, un joven voceador tenía a la venta ejemplares de las más variadas revistas y periódicos. Por ahí se podía encontrar la de crucigramas, aquella otra con caricaturas, la del diminutivo de cóndor, otra de un autor cuyo nombre le recordaba la quinua; y, también, las de adultos y, por ser un puestito “pluralista y democrático”, de adultas; magacines con provocativas fotografías de sensuales muchachas y de esbeltos jóvenes en ropa interior. Por último, también habían las de cocina y tejido.

Se detuvo un momento a contemplar alguna cosa de interés; en realidad, se dijo, le interesaba una revista de aviación que había salido a la venta hace más de 10 años y que, según le había confiado un fugaz amigo de la universidad, contenía un holograma oculto en una de las páginas, en el cual estaba representada una inédita pintura de Miró; obra de arte ésta, que había pasado por las manos de varios ladrones de pinturas y esculturas famosas y que, entre tanto trajín, logró ser escaneada por uno de ellos y vendida a alto precio a un multimillonario propietario de una empresa especializada en la fabricación de aviones de guerra, así como de una imprenta dedicada a la edición y publicación de revistas y libros acerca de aeroplanos y naves en general. Pero más allá del hecho de esa publicación oculta, secreto conocido por pocos, estaba la clave de un dilema no resuelto, la llave que le permitiría comprobar la razón de sus sinrazones e iluminar el pozo mohoso y ennegrecido de sus pensamientos últimos.

La revista no apareció, pero de todas maneras se lo preguntó al voceador; éste, con una mirada perspicaz y profunda, parecía demostrar conocer sobre el asunto. Demoró un par de segundos en responder, bajó la mirada y sacó de entre un cajón inexplorado, el ejemplar tan anhelado. Se lo mostró por unos segundos y lo volvió a guardar. El voceador bajó la cabeza e hizo un gesto de negación, ante lo cual Ño solo pudo mantener su mirada clavada en dirección a ese invisible cajón. Se aprestaba a retirarse, pero dijo una última palabra: Miró. Más rápido que un parpadeo, el joven del puestito alzo la vista y dijo “espere un momento”. Al parecer, el “ábrete sésamo” traducido en lengua artística en el nombre de un famoso catalán, sirvió para abrir las pesadas puertas y correr el picaporte de cobre de aquel guardián secreto.


Eso terminó de imaginar tras dejar atrás el puesto de revistas, tratando de olvidar el motivo de su “paseo”, lográndolo con relativo éxito; pero este asunto era de esos que siempre están latentes, constantemente presentes en el fondo de nuestros pensamientos, pero emergiendo permanentemente a la superficie, buscando una orilla en la cual anclar y permanecer cuanto sea necesario para colonizar un pueblo desolado, hasta arruinarlo y consumirlo, para luego retirarse, como una tormenta tropical incontrolable. Así que a pesar de sus intentos, el asunto pervivía perpetuamente entre sus ideas y eso lo mantenía en un incómodo vilo.

De cualquier manera, ya se estaba acercando y haya querido o no, el momento de encontrarse con su verdad y su certeza, con sus miedos y sus odios, sus amores olvidados y sus angustias relucientes, llegaba inexorable y cada vez más rápidamente. El semáforo seguía en rojo, los automóviles andaban a velocidades ilícitas, pero seguramente muy justificables para sus conductores. El muñequito electrónico del cuadradito verde bajo el semáforo, aún seguía pintado de rojo, sin mover sus imaginarios y poco aritméticos pies; los segundos luminosos del semáforo opuesto, continuaban transcurriendo sin pausa, pero como si cada vez se hicieran más lentos y, como si a su compás caminará el muñequillo, éste parecía detenerse, tomarse un descanso, beberse un vaso de gaseosa, comer un sándwich de pernil de un puestito bajo la Catedral Metropolitana, un vasito de jugo de mora, una colación, y luego, en un banquito de la Plaza del Teatro, junto al Evaristo, mirar la noche caer con el tañido de los campanarios crepusculares de fondo.

El verde se iluminó y el muñequito, ahora con traje verde, asesinó a su compañero opuesto, tiñéndolo de roja y luminosa sangre. Segundos que se fueron y segundos que ahora le dan paso, sobre las líneas cebra hacia una calle empedrada. El sol en su cenit, pero imperceptible, pues las nubes prometían lluvias y no sólo sombras; parecía como si la luna se hubiera cobijado y estuviera posando frente al sol, entre él y la Tierra, cubriéndolo por doble partida. Viró por la siguiente esquina y se encontró de golpe con una puerta de madera avejentada; no tocó, pues sabía que estaba abierta. Era consciente que estaba entrando por la cocina, de aquellas restauradas con piso de mármol, techos tan altos como un rascacielos de vajilla, y lavaderos hechos para, ahí mismo y de una sola tajada, arrancar las entrañas al cerdo para la fritada o al chivo para su sabroso seco, con papas, lechugas y flan.

No había nadie en ese lugar; quizá almas perdidas, espíritus de espasmo que, ante el menor descuido, recorren con las hilachas de sus vestidos nuestros cuellos, estremeciéndonos gélidamente y provocándonos incontenibles chillidos de terror y escozor. Un viento extraño le recorrió la espalda a Ño, posiblemente alguno de estos huéspedes perpetuos; salió por la puerta que daba al comedor y, en el fondo, lo recibió una tenebrosa pintura de la “Última Cena”, con un Jesucristo desolador, fantasmal y hasta maléfico en el centro, con sus cejas pronunciadas hacia el infierno y los ojos oscuros como el carbón; junto a él, sus apóstoles, disimulando encontrarse en otros menesteres, pero sin despegar un solo instante, una sola milésima, sus ojos de su predicador y, según querían creer, salvador. Un marco dorado con brillos rojizos, como una delicada hoja de platino envainada luego de haber acometido a algún enemigo o malhechor en su pleno corazón. Temibles ángeles grises vigilaban la escena, clavando sus fulminantes miradas en todo animal rastrero y pecador insensato.

El patio interior le dio la bienvenida. El sol se apareció por entre las nubes, apenas un segundo, cegándolo e impidiéndole apreciar la baldosa que rodeaba a la piletita de piedra. Anduvo unos cuantos pasos y permaneció de pie unos segundos más, hasta recuperar la visibilidad. Miró a su alrededor y pensó en todo lo que lo tenía allí y no en otro lugar; todas las causas que conspiraron para que, en ese preciso instante, en ese insondable segundo, estuviera parado mirando hacia el cielo, por arriba de los tejados de aquella casa, y no bajo las rieles de un tranvía, en su cama enfermo de gripe o junto a su madre tomando un té. En todo eso caviló cuando, finalmente, se dijo asimismo: he sido el primero en llegar. Tomó asiento y esperó. Pero no era el primero, definitivamente no lo era.

seguirá....... cuando me apetezca....

...)....(....

Imagen tomada de: http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesmateoaleman/musica/imagelenguaje/Miro1.jpg. 21 de mayo de 2009.