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martes, 24 de octubre de 2017

Mar

Atravesando las tinieblas de la habitación, retumbaban los truenos. El endeble silencio se veía matizado también por los repentinos relámpagos de una interminable tormenta. Ellas preferían la total oscuridad, pero adoraban aún más los aguaceros electrizados. Con todas las luces apagadas, apenas se notaban las rojizas puntas quebradizas de los inciensos. Ardían tanto como las punzantes sombras que se formaban en la pared tras cada centelleo. Figuras esféricas y puntiagudas se arremolinaban en torno de las húmedas sábanas. El goteo se tornaba cada vez más infernal, y en poco se transformaba en copioso manantial. La languidez habitual del órgano gustativo se nublaba al recorrer los erizados contornos de una quebrada, a su vez precedida por un ligero bosque oscuro y podado. Refluía el elixir de unos gemidos inconsolables, de un placer insensato y turbio.

En sus formas más contorneadas y pálidas, poseía demencialmente a aquella más delgada y morena. Se entrecruzaban cabellos castaños y grisáceos, en un deleite inconmensurable de necesidades excesivas y embriagantes. Se trataba en suma de una felinidad escabrosa e inquietante, de dos cuerpos etéreos y perpetuos, dos seres poseídos por la lascivia. Dientes que recorrían erguidos monumentos, labios que provocaban y seguidamente arrasaban cataratas de surrealista pasión. Miradas que se sostenían en una prolongación trapezoidal, de dos danzantes que andaban sin resquemores sobre una cuerda floja. Pupilas dilatadas, dilataciones persistentes a lo largo de una sublimación sombría y conspicua. Enseguida florecieron mirándose a los ojos, en medio de cientos de aguaceros confabulados al unísono. Caía ya la noche cuando el último gemido resonó como un eco infinito.

Sus ojos gris claros observaban el techo. Pensativa, taciturna, esperaba que su amante se apiadara de su necesidad. Pero ella no estaba para cuentos de hadas. Acariciando sus cabellos grisáceos, medio turquesas, medio pelirrojos, finalmente no se pudo contener más.

-Simplemente me has hecho el amor y te has puesto a fumar.

-No me interrumpas.

Apenas en ese instante se ocupó en mirarla de reojo, mientras con su boca consumía con un gusto insoportable aquel tabaco barato que tanto le gustaba. Sus cabellos castaños, su piel pálida, su mirada inquietante, sus gestos pedantes. Estaba realmente irritada por la interrupción. Quería estar a solas con su cigarrillo, jugar con él, imaginar que estaba siendo filmada y que debía ejecutar su papel de la manera más pueril posible, como si no le importara absolutamente nada más en el mundo que consumir aquel cigarro. Y sin embargo, no pudo permanecer más tiempo en esa especie de ensimismamiento, por culpa de esa pelirroja, o peliturquesa, o pelivieja.

-Así no es como deben ser las cosas. Deberías estar aquí a mi lado, durmiendo conmigo, acariciando mi rostro, mientras yo beso tu frente.

-No soy tu proveedora oficial de cariño. Simplemente me gusta tu sexo.

-No seas tan dura, a mí también me gusta el tuyo.

-¿Entonces de qué te quejas?

-No lo sé, es que, no sé, es raro que después de haberme hecho gozar tanto de repente te hayas ido a contemplar ese estúpido cuadro mientras fumas ese asqueroso porro.

-Jajaja, esto no es un porro, no sabes nada del mundo mi pequeña Dulcinea.

-Ya sé que no es un porro, y no me digas nombres raros que ya sabes que me disgusta.

El humo del cigarrillo justamente oscurecía aquel cuadro. Era una obra de un autor desconocido, sin mayor fama, aunque la pintura en sí tenía su gracia. Era una mujer completamente desnuda, algo rolliza, pero con una mirada seductora y posesiva. Fumaba un puro desproporcionado, no se sabe si por error o por intencionalidad deformadora del artista.

-Tienes mucho que aprender, ni siquiera sabes quién es Dulcinea. Mejor entonces te llamaré Violeta, o, quizás mejor Alfonsina, serás Alfonsina y yo seré el mar.

-Siempre me tratas como una idiota, a veces puedes ser muy cruel.

-En realidad la historia es muy reconfortante. Bueno, desde un punto de vista más literario.

-Eres cruel, pero esa crueldad me excita más, es mi condena, porque yo no te quiero querer, pero esa cualidad tuya me enloquece y me hace adicta a ti.

-No seas tan básica, y déjame explicarte la historia.

-Sé a qué Violeta te refieres.

-Tú sólo calla, que yo dirigiré la orquesta. Además, me gusta verte así semidesnuda, cubierta apenas por las sábanas, dejando rebosantes tus pechos rosados.

-Eres una voyeur, siempre supe que en los camerinos me quedabas viendo mientras me cambiaba de ropa.

-Son ideas tuyas, no eres de mi tipo ni de mi gusto, pero la tentación a veces puede más.

-No mientas.

Por la frialdad de su mirada y el quemeimportismo de sus gestos, era difícil saber si estaba realmente mintiendo, o si en el fondo siempre albergó algún tipo de deseo por ella. De todas maneras, en ese momento guardó silencio por algunos minutos, mientras su mente divagaba en esa lúgubre idea de un mar asesino y vil, que se tragaba a su víctima sin importarle las consecuencias. Se sintió tan aprisionada por aquellas imágenes, por aquellos pensamientos, que pronto se sintió consternada. Cerró sus ojos por unos instantes y percibió una luna roja en el horizonte, escabulléndose por detrás de las olas, refrescándose en el agua oceánica.

-No miento. Pero la verdad es que te llamaré de aquí en adelante Alfonsina.

-No me gusta ese nombre, suena muy como que te estuvieras compadeciendo de mi debilidad. Es muy diminutivo, en todo caso sería mejor Alfonsa y punto.

-Vas a ser mi Alfonsina, y yo seré el mar. Punto.

Tras haber pronunciado esas palabras, encendió un nuevo cigarrillo. Tuvo cierta dificultad, no se prendió de golpe, y debió esforzarse un poco, hasta que se dibujó en el aire una humareda excesiva. En ese instante se puso a tararear muy sutilmente, como si estuviera susurrándole algo importante a alguien al oído. Y entonces empezó a esbozar unos versos.

-Por la blanda arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más…

-¿Me estás cantando algo?

-Si mi querida Alfonsina, yo soy tu mar, y entonces tú te transmutas en esa blanda arena, y ese mar, que soy yo, lame tu ser, y mientras lo hago, hundes tu huella en mí.

-Suena muy poético, y sensual también.

-Sí, es verdad, pero en realidad es muy oscuro todo.

Afuera el aguacero había recrudecido, luego de un breve interludio de garúa y atardecer anaranjado. Truenos centelleantes nuevamente se delineaban sobre la ciudad, y a través del ventanal inspiraban deseos perversos.

-Transmutada en arena, con tu huella atravesando mis leves aguas, de repente ya no vuelves más. Te hundes en mi agua profunda, hasta sumergirte en un sendero de penas mudas y espuma. ¿Sientes angustia?

-Siento deseo, me excita todo lo que dices.

-Um, no es ese es el propósito, pero antes dijiste que te encendía mi crueldad. Supongo que eres de aquellas que disfrutan con el dolor.

-No lo pongas en esas palabras, no soy una masoquista tampoco, y además sólo me pasa contigo, con nadie más.

-¿Te excita la idea de la muerte?

-No me agrada pensar en eso.

-No me refiero a morirte a secas, sino a morirte en medio de un placer indescriptible. No debe haber muerte más deliciosa, satisfactoria e impoluta que la producida por un orgasmo. Llegas al zénit del placer, y ya no vuelves más. La paradójica condena del sexo es que el placer no es infinito, y luego muchas veces toca lidiar con la superficialidad, o con el sentimentalismo. Si uno se muriera al segundo siguiente del espasmo definitivo, evitarías todo eso.

-Ya ves, eres cruel nuevamente.

-No quise serlo, se me salió, pero es verdad, no me gustan esos sentimentalismos. Además, depende del momento, a veces si me apetece que me acicalen como a una gata mimada, y a veces me irrita como una gata roñosa. Pero no es nada personal, tú dentro de todo me caes bien, y además eres buena en la cama.

-Supongo que debo agradecerte.

-Sabe dios qué angustia te acompañó, qué dolores viejos callan tu voz. ¿Te gusta recostarte en el canto de las caracolas marinas?

-No sé de qué estás hablando.

-Puedo ir a buscarte unos poemas nuevos, quizás en el fondo del mar, encontraras la caracola aquella. Oh, sí, una voz antigua de viento y de sal.

-Estás delirando.

-Es lo que parece, pero no. Más bien, te quería contar que vienen visitas.

-¿Visitas? No que íbamos a pasar toda la noche juntas, pedir una pizza, contemplar el atardecer, mirar alguna película o serie juntas. Y quien sabe, tú sabes…

-Pues no, te mentí, en realidad vienen visitas. Bueno, no varias, sólo una.

-No me digas que lo invitaste a él.

-No lo invité, él viene por su propia voluntad.

-Ah sí, y tú lo dejarás entrar como si nada. Eso en el fondo es una invitación. Y de seguro tú misma le escribiste para que viniera. Si te aburro o solo me querías para un momento bien me lo podías haber dicho.

-Si te lo hubiera dicho seguramente no hubieras venido.

-Um, puede ser. Pero no es justo, yo quería estar contigo nada más, sin interrupciones, sin intrusos.

-¿Te vas Alfonsina con tu soledad?

-¿De qué estás hablando? Yo no soy ninguna Alfonsina.

-Igual no sé a qué hora vendrá él. Puede venir hoy, como en dos meses, o en diez años. No lo sé. Él es muy impredecible, a veces me visita en sueños, a veces en realidades. A veces está de buen humor, a veces sólo quiere matarme. Nunca le llegué a comprender.

-¿Lo amas?

-Jajaja, qué ocurrida Dulcinea.

-Otra vez me cambias de nombre, no te entiendo.

-Yo no amo a nadie, no puedo amar a nadie. Bueno, a veces quizás un poquito, pero no sé si llamarle amor. Todo eso es tan esencial, tan profundo, pero por eso mismo tan vacuo. Prefiero las emociones más precisas y explícitas, así uno tiene la certeza de a qué se atiene.

-¿Entonces vendrá o no vendrá?

-Como te digo, no lo sé.

-¿Podemos entonces pedir una pizza? Te conozco y sé que también tienes hambre, y que te gusta mucho la pizza.

-Bueno Alfonsina, creo que estás ahora sí hablando racionalmente, y entendiendo mis verdaderas pulsaciones, mis verdaderas intenciones contigo.

Pidieron la pizza y se sentaron juntas frente al ventanal a observar el atronador diluvio. Siguieron igual en tinieblas, tan solo iluminadas de rato en rato por los relámpagos. Bebían en sendas copas un vino rojo exquisito, mientras guardaban un silencio apacible y dichoso.

-Sabes Alfonsina, un día cinco sirenitas te llevarán, por caminos de algas y de coral.

-Y fosforescentes caballos marinos harán una ronda a mi lado.

-¿Te la sabías? Me estabas engañando eh, creo que la cruel eres tú y no yo.

-Te conozco ya lo suficiente como para saber por dónde transitar tus sinuosos caminos.

-Entonces bájame la lámpara un poco más y déjame que duerma nodriza, en paz, y si llama él no le digas nunca que estoy, di que me he ido.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Fue

El pesado aroma salino del puerto mediterráneo era ya ampliamente perceptible entre las estrechas callejuelas de la ciudad fenicia. El tempranero brote primaveral atizaba la ya de por sí etérea e invisible manifestación de los reflujos marinos. El cielo lucía incólumemente azul, y pacientemente pintarrajeado con unos suaves trazos de blanquecino pastel, que adquirían formas de un esplendor tan solo apreciable por los espíritus más inocentes. Mi mirada se hallaba posada en el ir y venir de los desgastados dedos de un guitarrista árabe, que había llegado hace muchísimos años a tierras andaluzas, y que pronto había alcanzado la fama como uno de los mejores en el requinto flamenco. Sus días de gloria, sin embargo, hace poco habían terminado, y ahora dedicaba sus ratos libres a complacer a los turistas -la mayoría de ellos absolutamente incapaces de apreciar su talento, pero lo suficientemente esnobistas como para sacarle fotografías y cruzarle unos pocos pesos- con sus maravillosos arpegios. Me conocía ya de varios meses, por la costumbre mía de pasar siempre por la callejuela donde solía instalarse. En una ocasión, cuando uno de los cuatro aguaceros que caen al año en la ciudad nos sorprendió desprevenidos, juntos nos acomodamos sentados bajo un breve tejado a guarecernos de las aguas. Por alguna incuestionable casualidad, justamente venía yo de comprar un whisky de esos de etiqueta, pero ni tan barato ni tan caro. Con el espectáculo del alboroto de transeúntes enloquecidos corriendo de un lado a otro frente a nosotros, decidimos acabarnos ahí mismo toda la botella, al ritmo de sus impecables notas y de mi espantosa voz. Las últimas gotas de lluvia nos encontraron ebrios, y riéndonos como dos niños. Como la noche ya empezaba a caer, nos despedimos con un abrazo sincero de borrachos; y al alzarle mi mano a la distancia, claramente recuerdo que me dijo, “cuando ‘ella’ cruce por esta calle, yo estaré tocando tu canción, palabra”. Dicha frase se quedó incrustada en el fondo de mi pensamiento, como un recuerdo escondido. Sin embargo, no dejaba de ser más absurda que enigmática, pues lejos estaba yo de tener una “ella” en esas épocas. Por eso supuse que fue nada más que un último resoplo de la algarabía embriagante que habíamos vivido durante la hora previa.

Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.

Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.

Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.

sábado, 6 de marzo de 2010

UNA PALABRA PERDIDA

Las lejanas constelaciones siempre habían sido compañeras inseparables y agradables, presentes permanentemente en aquellos momentos solitarios en que solo tenía en mi mente los profundos recuerdos de aquellas tardes de abril en que miraba a tus ojos y mi corazón se sublimaba. Pero este día había neblina, había mucha neblina; y las estrellas, si todavía estaban ahí, se encontraban escondidas y tapadas, como tímidas doncellas aladas que prefieren guarecerse por entre las esquinas de una habitación sombría y olvidada.

Ahora observaba hacia el techo gris de mis párpados adormecidos, guardianes insufribles de las irrefrenables lágrimas que se desvanecían al llegar a mis pómulos y perderse en su llegada a las comisuras de mis secos labios. Pensaba en la amplitud de mi memoria, consciente testigo de la pesadumbre de mis olvidos y de la tristeza de mis remembranzas; era la escolta fantasma de las alegorías de aquellos pensamientos de lejanía entre las multitudes arrebatadas al griterío del aleteo de los colibríes. Era tu imagen la que a mi mente venía, como heladas gotas de témpanos colgados entre los hilos de la partitura de ese piano que solamente un dichoso violinista pudo alguna vez interpretar, apartándose un instante de los suaves murmullos de la música predestinada, al anclarse en el contrasentido de encontrarse obligado a tocar un instrumento equivocado.



Por eso te empecé a escribir una pequeña carta, en la que no quería expresarte mis verdaderos sentimientos, porque aparte de mi absurda y contradictoria hipócrita timidez, tenía la certeza de que siempre y toda la vida sabrías que mi corazón se deshacía ante tu insoportable presencia, al tiempo que mis ojos derramaban ilusiones a través del canto de la luciérnaga escondida en el interior de mis ideas. En esa carta, que decidí hacerla manuscrita con ese tonto tono escolástico que únicamente pudo haber nacido de mi insensata intuición, solamente quería enseñarte los caminos que seguí para encontrarte, y la manera en que me enfrenté al profundo abismo que abrieron las palabras que nunca dijiste y esperé absurdamente que pronunciaras, mirándome a los ojos y con tus manos en las mías.



Cuando hube terminado de escribirte aquella carta, decidí encender un candelabro y salir hacia la calle, como si en estado de sonámbulo estuviera; con sutileza y sin bullicio entreabrí la puerta de mi casa, y salí caminando hacia el pasillo que permanecía oscuro y en tinieblas. La carta aún entre mis dedos, y la cera caliente que por un instante dolorida a mi piel ponía; me dirigí hacia las gradas que todavía más oscuras se notaban y allí me senté por un momento. Cerré los ojos con mis lágrimas ardientes y solamente te miré en lo profundo de ese vacio que la noche me ocultaba; tomé entre mis manos esa carta, la puse por sobre el candelabro, y mientras las cenizas caían en remolinos de añoranza, regresaba de mis sueños a esa realidad agónica y vacía, ansiosa de encuentros y necesitaba de ilusiones.






Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEg3g9ot0DAxwtCY6cf6uc5ilbMwSRo3i-Z0J-V7RX5GwwJEnR48osZdRb37O7yK_9W2Ppbxesd8TIe-HxM5ngj5B_uymSpvMvAhhs10ez1GJvY4OtQoYv6DwlBcIQGAgqOgTGVfxcD9HeXK/s400/vela+oscura.jpg

lunes, 1 de marzo de 2010

ONE DAY THE SUN WILL COME OUT

Quise escribir, pero no tuve inspiración suficiente; estos días han sido bastante indescifrables y no he podido hallar motivos y argumentos para escribir algo que salga verdaderamente del fondo de mi corazón o del a veces llamativo ingenio de mi mente. Así que me he limitado a transcribir el texto de una canción que estaba escuchando a propósito de… y que bueno, me agrada para ciertos momentos, como este justamente.

Lovers in Japan
Coldplay

Lovers, keep on the road you are,
runners, until the race is run,
soldiers, you’ve got to sold your own
sometimes even the right is wrong

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day, we’re gonna get out

Tonight maybe we’re gonna run
dreaming of the Osaka sun
Oh, oh
Dreaming of when the morning comes

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day the sun will come out

I truly believe: one day, the sun will come out. For sure.

jueves, 14 de enero de 2010

BÚSQUEDA PERPETUA

Mientras pisaba unas hojas secas arremolinadas bajo un zigzag de enormes árboles verduzcos y otoñales, mis pensamientos despertaban de su profundo y aletargado descanso, para reparar un poco en las sutilezas de una naturaleza perpetua y sublime. Empecé a contemplar las altas copas de aquellos viejos eucaliptos, adornados por la suave presencia de los multicolores colibríes que se agitaban animosamente por entre las gruesas ramas de los verdes señores del bosque.


Mis piernas se adelantaron a mis órdenes y, como si solas quisieran saciar su curiosidad, empezaron a moverse una delante de la otra por un estrecho camino. Miraba al cielo, sin concentrarme demasiado en lo que delante de mí aparecía; no quería preocuparme por lo que me hacía entristecer o divagar; solamente deseaba dejarme llevar por el frío viento de ese invierno seco y perpetuo que inundaba las montañas de mi pequeña ciudad.


De repente, ante la sorpresa de mis ojos, me encontré abrumado por un silencio profundo. No era capaz de captar ni los más sonoros ruidos del bosque; todo era quietud y permanente silencio. Giré alrededor mío varias veces, con la pretensión de descubrir alguna explicación, algún sonido delator; pero nada, únicamente sorda parsimonia. Decidí entonces sentarme hasta percibir alguna mínima melodía, algún breve canto que inundara mis oídos.


Afortunadamente, no tardé mucho tiempo en empezar a escuchar la música que luego llenaría mi alma. Una suave voz inconfundible, que viajaba tímidamente atravesando troncos, hojas, ramas, pájaros y vientos; viajaba opacando otros sonidos, otros ruidos, otras canciones. Llenaba por completo todo el horizonte, no dejaba espacio para nada más; no era egoísmo, sin embargo; era plenitud, profundidad, era pureza y fuerza incontenible.


No pasó mucho tiempo hasta encontrarme frente a frente con la música de mis pensamientos. Por instantes, llegué a pensar que era yo mismo quien componía, en lo más profundo de mi ser, aquellas melodías llenas de altivez y pulcritud; plenas de sensaciones apasionantes y puras. Al cerrar y abrir los ojos en un instante de oscuridad y luminosidad encontrados, hallé tu mirada que hasta ahora retengo sin dudarlo. El aliento quizá lo perdí al momento de encontrarte, pero mis latidos continúan vivos gracias tu llegada.


Pero, ¿cuándo llegarás?

Imagen tomada de:
http://www.galeriade.com/pozuelo/data/media/7/bosque.jpg

viernes, 11 de septiembre de 2009

TRANSPORTES COMUNES


El viajero tomó el primer trole que pasó, en esa parada denominada “El Florón”. Por la ventana, aún podía divisar al grupo de mayores petrificadas, canturreando eterna pero silentemente el “de mis manos ya pasó”. La ventana estaba cómodamente abierta, permisiva con la suave brisa de una luminosa mañana de esta ciudad de hierbas y pavimento; así, disfrutaba de la libertad de poder escaparse de los molestos calores e irritables olores propios de un colectivo medianamente abarrotado.

En un momento determinado, en que recuperó la consciencia sobre aquello que debía estar a su alrededor cuando dejó por unos largos momentos la realidad, se encontraba por “Santa Clara”, justo para escuchar el inusitado –para él lo era- aunque permanente –para siempre del lado del trole- mensaje de llegada, arribo y salida, reiterados a cada instante. Las puertas abrirse y cerrarse, cotidiana tortura para esos mecanismos lentamente deteriorados por el transcurso indetenible de los años y las sombras.

(…)

¿Quién fue, pues, el que ideó esto del trole? Se cuestionó en un aletargado momento de ensimismamiento. Sin duda, la respuesta era poco importante, porque para él era autoevidente, siempre la había tenido y la tenía presente, en su mente; sin duda, no olvidaba aquellas épocas en que navegar en la zona articulada constituía toda una aventura y genialidad; o la adivinanza de las paradas devenía en señal de respeto y conocimiento de la ciudad, aun cuando se ignoraban otros datos trascendentales.

Pero si embargo, antes de siquiera intentar narrarse a si mismo todas las paradas del transporte que recurría a la electricidad para funcionar, pensó en mejor, recordar las de su transporte más utilizado y no menos añorado, aunque simplemente fuera una total puerilidad: la ecovía. Y así, jipijapa, los sauces, 24 de mayo, naciones unidas, benalcázar, eloy alfaro… hasta ahí llegó, pero no podía recordar la siguiente; a su mente venía la idea de “no puedo saltarme a la del libertador argentino, debo lograr recordar la que me toca”. Pero ni por casualidad se le ocurría, ni por mérito propio o ajeno, le llegaba la iluminación. Así que decidió continuar, pues pensó que era mejor seguir y no decaer.

San Martín, La Paz, Orellana, Baca Ortiz… y se detuvo a pensar que ahora dibujaba en su mente los títulos con mayúsculas en las primeras letras, por lo que volvió a recorrer todo el circuito, ahora si puntuando adecuadamente cada parada; aun así, no logró recordar la que le faltaba entre los históricos Eloy Alfaro y San Martín, a parte claro está de los más de 80 años. Siguió luego de Baca Ortiz la Manuela Cañizares, luego la Leonidas Plaza, Casa de la Cultura, Alameda, Simón Bolívar y La Marín, pues las siguientes hacia el sur, se dijo modestamente, no las había visitado.

En eso se encontraba, cuando se percató que estaba en la “Banco Central” del trolecito, y mirando el parqueadero de “San Blas”, pensó en aquella vez que recorrió, con corazón aventurero, los recónditos tejados, si es que así los podía denominar, de la imponente y al mismo tiempo tenebrosa Basílica; y, desde ahí, tomar las fotos del panecillo, rodeado por esas tenues nubes de un inusual Abril despejado y azul. Llegó hasta “Plaza Grande” cuando precisó recurrir a algún trucho semántico para recordar la parada de la ecovía que le faltaba, aquella pieza del rompecabezas que no le cuadraba y que dejaba un espacio vacío en el tablero.

Mirando la hermosura y la belleza de ese centro histórico congelado en un pasado modernizado; ansiando verse caminando por los empedrados, tomado del brazo de su “vieja”, y sonriendo al alzar con delicado gesto su boina a cuadros y con tonos cafés. Vibró en la parada “Recoleta”, cuestionándose por no haberse percatado de que, al parecer, la recordada “Cumandá” había desaparecido.

(…)

Regresaba ya en un bus a su casa, por la noche, preguntándose sobre la realidad de sus pensamientos. Observó unos ojos increíbles, una mirada penetrante pero sublime; la figura de la dama que lo miraba con interés pero, simultáneamente, con extrañeza. Era la belleza para él, era contemplar la belleza y mirarla, verla en ese instante perpetuo, en esa mágica miel que se agotaba como una agonía deseada e incesante. Y ahí fue, que como una ráfaga, se dijo asimismo bella vista, bella-vista, “Bellavista”, esa es la parada.

Pd.: Muchas Amandas se despidieron de sus Manueles aquel siniestro 1973. La calle mojada, corriendo a la fábrica... Nunca más.

jueves, 18 de junio de 2009

UN CHOCOLATITO CALIENTE

Sin duda aquella vez fue de recuerdo -ya meses de ello realmente- pues no planifiqué intentar una travesía posiblemente de apariencia corta y poco aventurera, pero sin duda muy interesante, bastante curiosa. Salir del trabajo sin saber que hacer no es algo, diríamos con algo de ironía, muy normal; y, es irónico, porque uno pensaría que siempre se puede hacer alguna cosa, así sea respirar mientras recorre con la mirada las fantásticas figuras dibujadas en un conjunto melodioso y sinfónico de nubes anaranjadas en los albores de un tibio atardecer.

Caminé unos cuantos pasos tratando de descubrir –descubrirme- la naturaleza de mi inmediato y momentáneo interés; y así indagué un buen rato, mientras me adentraba por las rutas perdidas de “El Ejido”, sin siquiera reparar mucho en el destino escogido. Anduve observando las muestras expuestas de esas artes populares, destinadas con afán a los turistas extranjeros; unos lindos ajedreces que uno pensaría solo encontrar en ciudades de lo que en otros países llaman “el interior”, pero que acá no es más algo que creemos olvidado sin recordar lo olvidados que somos todos, hasta lo olvidadizos; por instantes, solo unas pocas personas, inolvidables.

La “Benjamín Carrión” era un destino encontrado, cruzado en medio del sendero, para adentrarse amigablemente pero, indudablemente, con curiosidad. La mirada rebuscando los resquicios de lo inolvidable; las anécdotas públicas de personajes soñadores y resguardados en la memoria de unos pocos, aun vivos, aun muertos. No permanecí inmutable; quizá, algo extrañado, quizá, quien lo sabrá, algo pensativo o, menos aún lo podré adivinar, nostálgico.

Ya lo había conocido antes, me había adentrado años atrás, casi sin recordarlo, en su fantástico mundo lleno de matices y encuentros lastimeros. Sin duda a mi mente las imágenes se hacían familiares, aunque ese tipo de familiaridad del rostro sublime que alguna vez miramos y nunca olvidaremos. Así fue ese, digamos, reencuentro con Carlos Monsalve, al entrar en sus pinturas, al transportarme a un mundo complejo y fantasmagórico, pero al mismo tiempo lleno de perfeccionismo e imaginación.

Los ferrocarriles trajeron recuerdos más profundos, más indelebles pero asimismo más tristes. No me decidí a mantener un momento de incolumidad ante aquellos recuerdos, sino, más bien, me dejé llevar por lo que mi corazón decidiera arbitrariamente. Y así fue, aunque a la larga las lágrimas que quizá hubieran querido brotar, permanecieron escondidas entre los nubarrones de una tormenta impredecible que nunca se permitió desembocar en algún paraje misterioso y tranquilo. Quizá por mi cara de sublimación, quizá por mi asombro o, quien sabe, por el interés ciego que mis grandes ojos demostraban, no fui ajeno a la pregunta de si mi vida tenía relación con el estudio de las artes, transluciendo mi sonrisa al contestas que tenía que ver con algo más pueril y menos luminoso, el espectro de las leyes.

Entiendo quizá que mi espíritu soñador me permitirá siempre tener la anécdota como certera, más allá de si haya o no sido un truquillo publicitario; por ser el último, pues ya cerraban y eso si es objetivamente real, dado que hasta las luces artificiales empezaron a disiparse, un pequeño obsequio se me entregaría, como para distraerme entre tanto y tanto en la lectura de alguna novela de aquellas que quizá leo con demasiada frecuencia, al separar las páginas y detenerme a contemplar el crepúsculo.

Finalmente, caminé con mi música alargándome la fantasía, recuperando en mi memoria las imágenes que podrían perderse, esas agraviantes señales de unicornios de colores, árboles con pájaros hechos humanos, los rostros de divas escondidas y guiadas por tenebrosos faunos. Así llegué a tomarme un capuchino a ese sitio donde también te dan chochos con chulpi y un vasito de agua. Y recordé que, quizá, no hubiera caído mal y quizá hasta hubiera sido mejor, tomarse un chocolatito caliente; y no porque el café haya sido maluco o no haya complacido a mi paladar; sino porque uno, muchas veces, debería luchar por mantener viva la contradicción, vivo el sabor agridulce de la vida en todo su esplendor, en su caminar complejo. Luego pensé y me respondí: no, el sabor amargo del cafecito era necesario, pues el chocolate ya me lo había bebido.
Y luego salí, y caminé, y me fui.


martes, 21 de octubre de 2008

LINDA CANCIÓN

Me dio ganas de escuchar esta canción... más que eso, de cantarla en mi mente con todas sus letras. Es muy bonita, inspiración pura de Silvio.


OLEO DE MUJER CON SOMBRERO

Una mujer se ha perdido
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura,
su breve cinturadebajo de mí.
Se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.



Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
con otra figuraque recuerda a mí.
Veo más: veo que no me halló.
Veo más: veo que se perdió.



La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias,
se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.



Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota
y apago el reloj.
Que me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.



Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno,
me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.


MARC CHAGALL