Atravesando las tinieblas de la habitación, retumbaban los truenos. El endeble silencio se veía matizado también por los repentinos relámpagos de una interminable tormenta. Ellas preferían la total oscuridad, pero adoraban aún más los aguaceros electrizados. Con todas las luces apagadas, apenas se notaban las rojizas puntas quebradizas de los inciensos. Ardían tanto como las punzantes sombras que se formaban en la pared tras cada centelleo. Figuras esféricas y puntiagudas se arremolinaban en torno de las húmedas sábanas. El goteo se tornaba cada vez más infernal, y en poco se transformaba en copioso manantial. La languidez habitual del órgano gustativo se nublaba al recorrer los erizados contornos de una quebrada, a su vez precedida por un ligero bosque oscuro y podado. Refluía el elixir de unos gemidos inconsolables, de un placer insensato y turbio.
En sus formas más contorneadas y pálidas, poseía demencialmente a aquella más delgada y morena. Se entrecruzaban cabellos castaños y grisáceos, en un deleite inconmensurable de necesidades excesivas y embriagantes. Se trataba en suma de una felinidad escabrosa e inquietante, de dos cuerpos etéreos y perpetuos, dos seres poseídos por la lascivia. Dientes que recorrían erguidos monumentos, labios que provocaban y seguidamente arrasaban cataratas de surrealista pasión. Miradas que se sostenían en una prolongación trapezoidal, de dos danzantes que andaban sin resquemores sobre una cuerda floja. Pupilas dilatadas, dilataciones persistentes a lo largo de una sublimación sombría y conspicua. Enseguida florecieron mirándose a los ojos, en medio de cientos de aguaceros confabulados al unísono. Caía ya la noche cuando el último gemido resonó como un eco infinito.
Sus ojos gris claros observaban el techo. Pensativa, taciturna, esperaba que su amante se apiadara de su necesidad. Pero ella no estaba para cuentos de hadas. Acariciando sus cabellos grisáceos, medio turquesas, medio pelirrojos, finalmente no se pudo contener más.
-Simplemente me has hecho el amor y te has puesto a fumar.
-No me interrumpas.
Apenas en ese instante se ocupó en mirarla de reojo, mientras con su boca consumía con un gusto insoportable aquel tabaco barato que tanto le gustaba. Sus cabellos castaños, su piel pálida, su mirada inquietante, sus gestos pedantes. Estaba realmente irritada por la interrupción. Quería estar a solas con su cigarrillo, jugar con él, imaginar que estaba siendo filmada y que debía ejecutar su papel de la manera más pueril posible, como si no le importara absolutamente nada más en el mundo que consumir aquel cigarro. Y sin embargo, no pudo permanecer más tiempo en esa especie de ensimismamiento, por culpa de esa pelirroja, o peliturquesa, o pelivieja.
-Así no es como deben ser las cosas. Deberías estar aquí a mi lado, durmiendo conmigo, acariciando mi rostro, mientras yo beso tu frente.
-No soy tu proveedora oficial de cariño. Simplemente me gusta tu sexo.
-No seas tan dura, a mí también me gusta el tuyo.
-¿Entonces de qué te quejas?
-No lo sé, es que, no sé, es raro que después de haberme hecho gozar tanto de repente te hayas ido a contemplar ese estúpido cuadro mientras fumas ese asqueroso porro.
-Jajaja, esto no es un porro, no sabes nada del mundo mi pequeña Dulcinea.
-Ya sé que no es un porro, y no me digas nombres raros que ya sabes que me disgusta.
El humo del cigarrillo justamente oscurecía aquel cuadro. Era una obra de un autor desconocido, sin mayor fama, aunque la pintura en sí tenía su gracia. Era una mujer completamente desnuda, algo rolliza, pero con una mirada seductora y posesiva. Fumaba un puro desproporcionado, no se sabe si por error o por intencionalidad deformadora del artista.
-Tienes mucho que aprender, ni siquiera sabes quién es Dulcinea. Mejor entonces te llamaré Violeta, o, quizás mejor Alfonsina, serás Alfonsina y yo seré el mar.
-Siempre me tratas como una idiota, a veces puedes ser muy cruel.
-En realidad la historia es muy reconfortante. Bueno, desde un punto de vista más literario.
-Eres cruel, pero esa crueldad me excita más, es mi condena, porque yo no te quiero querer, pero esa cualidad tuya me enloquece y me hace adicta a ti.
-No seas tan básica, y déjame explicarte la historia.
-Sé a qué Violeta te refieres.
-Tú sólo calla, que yo dirigiré la orquesta. Además, me gusta verte así semidesnuda, cubierta apenas por las sábanas, dejando rebosantes tus pechos rosados.
-Eres una voyeur, siempre supe que en los camerinos me quedabas viendo mientras me cambiaba de ropa.
-Son ideas tuyas, no eres de mi tipo ni de mi gusto, pero la tentación a veces puede más.
-No mientas.
Por la frialdad de su mirada y el quemeimportismo de sus gestos, era difícil saber si estaba realmente mintiendo, o si en el fondo siempre albergó algún tipo de deseo por ella. De todas maneras, en ese momento guardó silencio por algunos minutos, mientras su mente divagaba en esa lúgubre idea de un mar asesino y vil, que se tragaba a su víctima sin importarle las consecuencias. Se sintió tan aprisionada por aquellas imágenes, por aquellos pensamientos, que pronto se sintió consternada. Cerró sus ojos por unos instantes y percibió una luna roja en el horizonte, escabulléndose por detrás de las olas, refrescándose en el agua oceánica.
-No miento. Pero la verdad es que te llamaré de aquí en adelante Alfonsina.
-No me gusta ese nombre, suena muy como que te estuvieras compadeciendo de mi debilidad. Es muy diminutivo, en todo caso sería mejor Alfonsa y punto.
-Vas a ser mi Alfonsina, y yo seré el mar. Punto.
Tras haber pronunciado esas palabras, encendió un nuevo cigarrillo. Tuvo cierta dificultad, no se prendió de golpe, y debió esforzarse un poco, hasta que se dibujó en el aire una humareda excesiva. En ese instante se puso a tararear muy sutilmente, como si estuviera susurrándole algo importante a alguien al oído. Y entonces empezó a esbozar unos versos.
-Por la blanda arena que lame el mar, su pequeña huella no vuelve más…
-¿Me estás cantando algo?
-Si mi querida Alfonsina, yo soy tu mar, y entonces tú te transmutas en esa blanda arena, y ese mar, que soy yo, lame tu ser, y mientras lo hago, hundes tu huella en mí.
-Suena muy poético, y sensual también.
-Sí, es verdad, pero en realidad es muy oscuro todo.
Afuera el aguacero había recrudecido, luego de un breve interludio de garúa y atardecer anaranjado. Truenos centelleantes nuevamente se delineaban sobre la ciudad, y a través del ventanal inspiraban deseos perversos.
-Transmutada en arena, con tu huella atravesando mis leves aguas, de repente ya no vuelves más. Te hundes en mi agua profunda, hasta sumergirte en un sendero de penas mudas y espuma. ¿Sientes angustia?
-Siento deseo, me excita todo lo que dices.
-Um, no es ese es el propósito, pero antes dijiste que te encendía mi crueldad. Supongo que eres de aquellas que disfrutan con el dolor.
-No lo pongas en esas palabras, no soy una masoquista tampoco, y además sólo me pasa contigo, con nadie más.
-¿Te excita la idea de la muerte?
-No me agrada pensar en eso.
-No me refiero a morirte a secas, sino a morirte en medio de un placer indescriptible. No debe haber muerte más deliciosa, satisfactoria e impoluta que la producida por un orgasmo. Llegas al zénit del placer, y ya no vuelves más. La paradójica condena del sexo es que el placer no es infinito, y luego muchas veces toca lidiar con la superficialidad, o con el sentimentalismo. Si uno se muriera al segundo siguiente del espasmo definitivo, evitarías todo eso.
-Ya ves, eres cruel nuevamente.
-No quise serlo, se me salió, pero es verdad, no me gustan esos sentimentalismos. Además, depende del momento, a veces si me apetece que me acicalen como a una gata mimada, y a veces me irrita como una gata roñosa. Pero no es nada personal, tú dentro de todo me caes bien, y además eres buena en la cama.
-Supongo que debo agradecerte.
-Sabe dios qué angustia te acompañó, qué dolores viejos callan tu voz. ¿Te gusta recostarte en el canto de las caracolas marinas?
-No sé de qué estás hablando.
-Puedo ir a buscarte unos poemas nuevos, quizás en el fondo del mar, encontraras la caracola aquella. Oh, sí, una voz antigua de viento y de sal.
-Estás delirando.
-Es lo que parece, pero no. Más bien, te quería contar que vienen visitas.
-¿Visitas? No que íbamos a pasar toda la noche juntas, pedir una pizza, contemplar el atardecer, mirar alguna película o serie juntas. Y quien sabe, tú sabes…
-Pues no, te mentí, en realidad vienen visitas. Bueno, no varias, sólo una.
-No me digas que lo invitaste a él.
-No lo invité, él viene por su propia voluntad.
-Ah sí, y tú lo dejarás entrar como si nada. Eso en el fondo es una invitación. Y de seguro tú misma le escribiste para que viniera. Si te aburro o solo me querías para un momento bien me lo podías haber dicho.
-Si te lo hubiera dicho seguramente no hubieras venido.
-Um, puede ser. Pero no es justo, yo quería estar contigo nada más, sin interrupciones, sin intrusos.
-¿Te vas Alfonsina con tu soledad?
-¿De qué estás hablando? Yo no soy ninguna Alfonsina.
-Igual no sé a qué hora vendrá él. Puede venir hoy, como en dos meses, o en diez años. No lo sé. Él es muy impredecible, a veces me visita en sueños, a veces en realidades. A veces está de buen humor, a veces sólo quiere matarme. Nunca le llegué a comprender.
-¿Lo amas?
-Jajaja, qué ocurrida Dulcinea.
-Otra vez me cambias de nombre, no te entiendo.
-Yo no amo a nadie, no puedo amar a nadie. Bueno, a veces quizás un poquito, pero no sé si llamarle amor. Todo eso es tan esencial, tan profundo, pero por eso mismo tan vacuo. Prefiero las emociones más precisas y explícitas, así uno tiene la certeza de a qué se atiene.
-¿Entonces vendrá o no vendrá?
-Como te digo, no lo sé.
-¿Podemos entonces pedir una pizza? Te conozco y sé que también tienes hambre, y que te gusta mucho la pizza.
-Bueno Alfonsina, creo que estás ahora sí hablando racionalmente, y entendiendo mis verdaderas pulsaciones, mis verdaderas intenciones contigo.
Pidieron la pizza y se sentaron juntas frente al ventanal a observar el atronador diluvio. Siguieron igual en tinieblas, tan solo iluminadas de rato en rato por los relámpagos. Bebían en sendas copas un vino rojo exquisito, mientras guardaban un silencio apacible y dichoso.
-Sabes Alfonsina, un día cinco sirenitas te llevarán, por caminos de algas y de coral.
-Y fosforescentes caballos marinos harán una ronda a mi lado.
-¿Te la sabías? Me estabas engañando eh, creo que la cruel eres tú y no yo.
-Te conozco ya lo suficiente como para saber por dónde transitar tus sinuosos caminos.
-Entonces bájame la lámpara un poco más y déjame que duerma nodriza, en paz, y si llama él no le digas nunca que estoy, di que me he ido.
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martes, 24 de octubre de 2017
jueves, 24 de agosto de 2017
Remolinos
Detrás de una gris cortina, la luna. Sobre la repisa de los libros viejos, un gato. Bajo el coche recién llegado, otro gato. Junto al mueble antiguo de la cocina, un perro. En el patio trasero de la casa, la lluvia. La pertinaz e impertinente lluvia. El sol que cobija las mañanas, oculto. Las nubes que se arremolinan encima de la montaña, pérfidas. Ido el regocijo. Ido el contento. Ido el remordimiento. Ida la congoja.
Una gota se colaba por alguna gotera, y se deshacía sobre mi nariz. Mientras tanto, las páginas manchadas de café, de aquel libro que nunca acababa de leer. Las quise oler para constatar si aún retenían aquel olor particular, pero no. Cerré los ojos para sostener mis pensamientos y mis lágrimas, pero no pude. El llanto se hizo manantial, claridad que atestigua el final de la esperanza.
Recuerdo aquella vez en una cafetería de alguna estación de autobuses andaluza. Había pedido una caña, y me había quedado observando al vacío. Tras dos tragos largos, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, sin motivo aparente. Me invadía una triste ansiedad que me carcomía la razón. Debía tomar el siguiente bus, y pensaba trágicamente que quizás moriría en un accidente automovilístico. Entonces suponía que ése era mi último trago, uno amargo, lleno de desdicha y soledad. Recordé esos pasados sombríos en los que hundí mis pies en el pegajoso fango de la miseria y la degradación. Supuse que si escapé de aquellos infiernos podría hacerlo nuevamente de cualquier otro, por más tenaz que fuera.
Pero uno nunca sabe qué tipo de avernos se le pueden venir por delante.
Debajo de la sábana, el lecho. Ese lecho donde tantas cosas nunca sucedieron. Bajo la cobija, el deseo. Aquel deseo consumado, aquel deseo fantasmagórico que traslucía los avatares del tiempo y se presentaba prodigioso e intrépido. Mas, incompleto. Mas, imposible. La distancia de los años no era suficiente, y las heridas supuraban como serpientes purulentas que agitaban sus lenguas bajo una tenebrosa luna roja, ante la abisal amenaza de las ninfas de la muerte.
A medio camino de la madrugada, me sorprendió la novedad del olvido.
Pensaba que si uno era capaz de dominar sus emociones podía controlar las de otras personas. Entonces alguna vez lo intenté, pero primero quise probarlo con un gato; es decir, utilicé un minino como conejillo de indias. Fue así que primero acaricié su peludo lomo negro, como queriendo liberar todas mis sensaciones, fueran estas de temor, gusto, placer, necesidad, terror, u odio. Al poco tiempo percibí que su pelaje era suave, límpido, e incluso brillante. La sensación predominante fue de regocijo. Pasé a la siguiente etapa del reto, que era confrontarlo directamente a los ojos, y así lo hice. Miré en lo profundo de sus enigmáticas esferas color turquesa, y me empeñé lo más posible en mantener la ecuanimidad. Poco a poco se fue apoderando de mí el pavor, hasta que en cierto punto empecé a llorar de desesperación. En ese instante comprendí que debía acometer la tarea propuesta. Respiré hondo repetidamente, hasta que pude encontrar un cierto punto de equilibrio. Lo confronté nuevamente, procurando controlar mis emociones en su totalidad, pero eso sí, dejándolas fluir para que nada resultara forzado ni artificioso. A continuación, el gato maulló y se durmió.
Con ese test me convencí de que efectivamente era capaz de controlar a las personas en el instante en que lograra controlar mis propias emociones. Me sentí un ser poderoso e imbatible, un verdadero Jedi. Siendo consciente de mis nuevos e ilimitados poderes, me acerqué a la barra para ponerme a prueba. Entonces primero identifiqué mis emociones, las encasillé, las definí, y finalmente las controlé. Hecho eso, me centré en la idea fija de conseguir que el café que pediría me saliera gratis. El empleado se acercó y me preguntó qué quería, y le indiqué que un americano. Lo preparó con cierto desdén, sin demora, y me lo sirvió. En ese preciso momento le miré a los ojos con detenimiento, dejando fluir mis emociones pero al mismo tiempo dominándolas, sintiéndome el monarca de mis debilidades. El señor sonrió levemente y me dijo que era un euro y medio.
Tras constatar que mis poderes eran inexistentes y que no era más que un vil y rastrero mortal, me hundí en un llanto silencioso y secreto, hasta que llegara la hora de salida.
No tenía sentido seguir refugiándose en un pasado inasible. En mi memoria permanecían indelebles aquellas emociones ficticias que construí en tantas tardes impolutas, de soles anaranjados, de aguas luminosas. Una idea utópica que surcaba las mareas como un bote libre de ataduras. Todo eso no era más que una parodia de mis propios anhelos.
Bien dice la canción, quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá.
Una gota se colaba por alguna gotera, y se deshacía sobre mi nariz. Mientras tanto, las páginas manchadas de café, de aquel libro que nunca acababa de leer. Las quise oler para constatar si aún retenían aquel olor particular, pero no. Cerré los ojos para sostener mis pensamientos y mis lágrimas, pero no pude. El llanto se hizo manantial, claridad que atestigua el final de la esperanza.
Recuerdo aquella vez en una cafetería de alguna estación de autobuses andaluza. Había pedido una caña, y me había quedado observando al vacío. Tras dos tragos largos, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, sin motivo aparente. Me invadía una triste ansiedad que me carcomía la razón. Debía tomar el siguiente bus, y pensaba trágicamente que quizás moriría en un accidente automovilístico. Entonces suponía que ése era mi último trago, uno amargo, lleno de desdicha y soledad. Recordé esos pasados sombríos en los que hundí mis pies en el pegajoso fango de la miseria y la degradación. Supuse que si escapé de aquellos infiernos podría hacerlo nuevamente de cualquier otro, por más tenaz que fuera.
Pero uno nunca sabe qué tipo de avernos se le pueden venir por delante.
Debajo de la sábana, el lecho. Ese lecho donde tantas cosas nunca sucedieron. Bajo la cobija, el deseo. Aquel deseo consumado, aquel deseo fantasmagórico que traslucía los avatares del tiempo y se presentaba prodigioso e intrépido. Mas, incompleto. Mas, imposible. La distancia de los años no era suficiente, y las heridas supuraban como serpientes purulentas que agitaban sus lenguas bajo una tenebrosa luna roja, ante la abisal amenaza de las ninfas de la muerte.
A medio camino de la madrugada, me sorprendió la novedad del olvido.
Pensaba que si uno era capaz de dominar sus emociones podía controlar las de otras personas. Entonces alguna vez lo intenté, pero primero quise probarlo con un gato; es decir, utilicé un minino como conejillo de indias. Fue así que primero acaricié su peludo lomo negro, como queriendo liberar todas mis sensaciones, fueran estas de temor, gusto, placer, necesidad, terror, u odio. Al poco tiempo percibí que su pelaje era suave, límpido, e incluso brillante. La sensación predominante fue de regocijo. Pasé a la siguiente etapa del reto, que era confrontarlo directamente a los ojos, y así lo hice. Miré en lo profundo de sus enigmáticas esferas color turquesa, y me empeñé lo más posible en mantener la ecuanimidad. Poco a poco se fue apoderando de mí el pavor, hasta que en cierto punto empecé a llorar de desesperación. En ese instante comprendí que debía acometer la tarea propuesta. Respiré hondo repetidamente, hasta que pude encontrar un cierto punto de equilibrio. Lo confronté nuevamente, procurando controlar mis emociones en su totalidad, pero eso sí, dejándolas fluir para que nada resultara forzado ni artificioso. A continuación, el gato maulló y se durmió.
Con ese test me convencí de que efectivamente era capaz de controlar a las personas en el instante en que lograra controlar mis propias emociones. Me sentí un ser poderoso e imbatible, un verdadero Jedi. Siendo consciente de mis nuevos e ilimitados poderes, me acerqué a la barra para ponerme a prueba. Entonces primero identifiqué mis emociones, las encasillé, las definí, y finalmente las controlé. Hecho eso, me centré en la idea fija de conseguir que el café que pediría me saliera gratis. El empleado se acercó y me preguntó qué quería, y le indiqué que un americano. Lo preparó con cierto desdén, sin demora, y me lo sirvió. En ese preciso momento le miré a los ojos con detenimiento, dejando fluir mis emociones pero al mismo tiempo dominándolas, sintiéndome el monarca de mis debilidades. El señor sonrió levemente y me dijo que era un euro y medio.
Tras constatar que mis poderes eran inexistentes y que no era más que un vil y rastrero mortal, me hundí en un llanto silencioso y secreto, hasta que llegara la hora de salida.
No tenía sentido seguir refugiándose en un pasado inasible. En mi memoria permanecían indelebles aquellas emociones ficticias que construí en tantas tardes impolutas, de soles anaranjados, de aguas luminosas. Una idea utópica que surcaba las mareas como un bote libre de ataduras. Todo eso no era más que una parodia de mis propios anhelos.
Bien dice la canción, quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá.
sábado, 15 de abril de 2017
Apócope
Bajo el triste viento de una primavera desteñida, recordé aquellos
ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las gotas
de un nuevo chubasco resbalar sobre mi frente, recordé aquellos brotes
dorados de una ondulada cabellera. Lejana percibí mi vida, como
desarraigada de mi propio espíritu, presa de hirientes ráfagas de
incesante melancolía. La lluvia de lleno atería el vacío, aturdía sin
refreno la sed de mis derrotas.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
sábado, 16 de abril de 2016
Intermedio
La lluvia arreciaba con
insólita intensidad aquella tarde. Él se encontraba parado bajo el paraguas que
sostenía con su mano izquierda, mientras con la derecha jugaba con el teléfono
móvil. Había salido a tomarse un café y luego, en medio de un ataque de
nostalgia, se había negado a volver a su departamento; prefirió en esos
momentos la soledad de las multitudes que la de su desolador escritorio. Nunca
imaginó que, de repente, empezara a llover y todos sus planes se trastocaran desastrosamente.
Bueno, vamos, tampoco es que tenía grandes planes, como queda evidenciado; pero
al menos pretendía evadirse de su penosa rutina diaria.
En el pico del aguacero, con
las gotas nublándole un poco la visión, pudo sin embargo notar del otro lado de
la calle unos ojos inconfundibles. Al fijar un poco más la vista, enseguida
también confirmó la indubitable silueta que se había grabado indeleblemente en
su memoria. Al poco tiempo se pudo dar cuenta que también era el mismo caminar
acelerado y ligeramente nervioso que bien recordaba, ese que se veía
graciosamente atenuado por la cadencia barroca de unas notables caderas. Sus
cabellos castaños, la pálida tonalidad de su piel, y la insolente prominencia
de su afilada nariz. Igual. La vio en la vereda de enfrente, y al cabo de unos
segundos, ella notó que la miraban; regresó a ver, y se encontró con él.
Durante brevísimos instantes, que parecieron eternos, los dos se quedaron
suspendidos en un extraño momento de total aterimiento, que trastocó sus
espíritus y los condujo casi al unísono a sentirse frente a un abismo
insalvable.
Quizás por su carácter
más despabilado, o a lo mejor por los remordimientos que aún cargaba a su
espalda, de un momento a otro ella se echó a correr raudamente calle abajo. Él
reaccionó primero con estupor, quedándose como un poste, gélido y absorto. Pero
al poco tiempo comprendió que debía hacer algo, en parte por la necesidad de
verle a la cara luego de tantos años; y en parte también por un legítimo temor
a que se resbalara por correr tan descuidadamente sobre el empedrado, bajo la pertinaz
lluvia. Así que la persiguió, y en muy poco tiempo se encontró ya muy cerca de
ella. Le fue
bastante fácil darle alcance, pues ella no solo que se fatigó pronto, sino que
además lidiaba con la incomodidad de sus apretadas botas, y la pesadez de su
abultado abrigo. Al verse ya prácticamente acorralada, se metió de improviso
por la primera puerta que encontró. Él distinguió todo esto muy bien, y pronto
se encontró también en el interior al que conducía aquella puerta.
La oscuridad del lugar
era desquiciante. No se podía ver absolutamente nada, y a primera vista no se
podía percibir ni un mínimo resquicio de luz. Él quiso llamarla por su nombre,
pero se contuvo pensando que eso podía asustarla aún más y provocar que se
tropezara o lastimara, o que huyera. Estuvo un rato parado sin moverse, hasta
que finalmente sus ojos se acostumbraron un poco a la oscuridad, y pudo al fin
notar un ligero brillo hacia su costado derecho. Avanzó muy lentamente, dando
pasos muy cortos y medidos, y con las manos por delante por si se cruzaba algo
en su camino. Poco a poco se sintió un poco más habituado al ambiente oscuro
del lugar. Ya con más confianza, y también un poco asustado de que la hubiera
perdido o se le hubiera escapado, susurró su nombre. Dos o tres veces lo repitió,
pero nada, ninguna respuesta. Volvió a insistir, subiendo un poco el tono de
voz, pero nada. Entonces, repentinamente, sonó una estruendosa campanada.
Aterrado ante el ruido, se agachó hasta casi tocar el piso, y luego empezó a
arrastrarse como gateando. Así anduvo un par de metros hasta que su manó tocó
algo que, al siguiente instante, emitió un ligero y contenido chillido de
terror. Era ella sin duda, y le había provocado aquella reacción por haberle apretado
suavemente la pierna. Alzó la vista y pudo confirmar, gracias a la mínima luz
que emanaba desde lo alto, que en efecto se trataba de ella.
- - No corras más, por favor-le dijo él.
- - Shhh… silencio… siéntate allí. No hagas ruido… mierda… ya no hay nada qué hacer, no podemos ahora solucionar esto, ya ha sonado la última campanada… siéntate, es muy tarde… que estúpido eres…
- - ¿Qué? ¿Que me siente? Ya me insultas, veo que no has perdido la confianza…
- - Ashhh… no ahora, cállate, por fa.
Al cabo de unos segundos,
el juego de luces iluminó el escenario en donde se encontraban. Delante de
ellos, el graderío abarrotado de público. Él movió la cabeza de aquí para allá,
y pronto cayó en cuenta del gran entuerto en el que se encontraba. Ella estaba
sentada en una silla hacia la derecha, y él en otra, equidistante; los dos así
ubicados de frente al público, y con una ligera inclinación oblicua y cóncava, como
para representar el ambiente de una sala de estar. En la parte posterior se
extendía largo un telón de fondo absolutamente blanco. La escenografía era en
extremo minimalista. Al terminar de entender todo, él quiso inmediatamente
abandonar el lugar y desaparecer para siempre del mundo, pero ella le
interrumpió y, con un tono de voz potente y trabajado, empezó con el que él
imaginó era su diálogo.
- - Pues vaya manera de arruinar un monólogo. “Mono” y “logo”, palabra de una sola persona. No de dos, ni de tres, ni de cuatro. Pero vaya que no has dejado de ser insolente y petulante; has querido hacer de esto un diálogo nuevamente, cuando lo que estaba pactado era una conversación entre yo y… YO. ¡Qué hastío!
En un primer instante él
no supo qué decir. Pero enseguida notó que ella estaba improvisando. Además, cayó
en cuenta que ella estaba usando el momento para entablar una conversación de
verdad con él, pues no solamente era cierto que había arruinado su monólogo,
sino toda la obra en sí. De todos modos, a él le tranquilizó en algo saber que,
al ser un monólogo, solamente participaría ella, por lo que no corría peligro
de que de repente asomara algún otro personaje y se encontrara en una situación
mucho más comprometida; o, aún peor, que la obra tuviera que interrumpirse para
que un par de matones se encargaran de sacarle del recinto teatral. Ya un poco
más en confianza, y habiéndose dado cuenta que no tenía más que mantener el
diálogo que, de todas maneras, tenía planeado sostener con ella, aclaró bien la
voz, la proyectó hacia el público -recordando un poco lo que ella mismo le
había dicho años atrás al respecto- y respondió a sus palabras.
- - Pues ha sido tu culpa. Apenas haberme visto, has echado a correr como si fuese un asesino o un secuestrador.
- - ¡¿Ah, pero qué querías?! Vaya que sigues pensando que todo lo mío gira en torno a ti. Pensé que los años te harían cambiar, y me he equivocado. He tenido que correr para alcanzar y empezar la obra a tiempo. ¡No sé por qué pierdo el tiempo dándote explicaciones!
- - La que no ha cambiado nadita eres tú, que sigues atrasándote a las cosas importantes y se lo achacas a otros, a mí en este caso, para variar.
- - ¡Ah, pero qué descaro! Tú eras el que siempre llegaba tarde a todo, y te costaba esfuerzos sobrehumanos estar a tiempo en cualquier lugar. No me vengas a dar lecciones.
- - Pues mira que he llegado a tiempo a este monólogo.
- - Pues mira que ya no es monólogo, cabeza de chorlito.
- - Pues mira que de repente sacas frases cliché que nunca usas en tu vida.
- - Pues mira que estamos en una obra de teatro, en las que corresponde utilizar un lenguaje refinado y aquilatado, por respeto al público, ¡pendejo!
- Entonces el público estalló en una carcajada incontenible, de la que a él le costó mucho no contagiarse. Le ayudó a contenerse el verla a ella a sus ojos y notar que nada de esto le causaba ninguna gracia, sino más bien irritación y agobio, aunque no sabría decir si era una expresión auténtica o tan solo una técnica para evitar reírse. Continuó él entonces.
- - Ah que bien, me encanta lo bien que tratas al público, se nota tu don de gentes, tu sapiencia lingüística, tu bagaje cultural.
- - ¡Pamplinas! No lograrás aturdirme con tus estratagemas baratas que ya me las conozco de memoria. Pero ya que insistes, no he llegado con lo justo por gusto, sino porque a la perezosa de la escenógrafa, que justo se le ocurrió enfermarse hoy, se le escapó el pequeño detalle de colgar el telón de fondo; así que me tocó ir corriendo a buscar algo, pero como vez no encontré nada y me tocó volver a trancas y barrancas.
- - Yo pensé que esa sábana blanca de atrás estaba ahí a propósito.
- - No, la trajo la directora que, apenas media hora antes de la obra, se acordó que tenía que venir; y, por alguna providencia del destino, se le ocurrió traer la sábana en la que hace poco yacía con su amante de ocasión. Así que, como vez, el telón de fondo está recién salidito del horno.
- - Creo que por ende ya ha presenciado una obra más interesante que la de ahora.
- - No te creas, antes de salir al escenario la directora me ha dicho que ha sido un muy mal polvo.
- - ¿Y si él estuviera en el público? ¿No te importa que se entere de eso a través de ti y no de ella?
- - Tontito. ¿Cómo puedes estar seguro que es un “él” y no una “ella”? Pero es que, además, no lo has notado aún: yo misma soy la directora de esta obra. Y aunque no se lo dije antes, tarde o temprano lo iba a saber.
- - Así que en realidad has llegado con lo justo por estar de Sodoma y Gomorra minutos antes de la obra, y te ha importado un pepino el público, al punto que encima has venido a colgar la sábana en la que has copulado con algún miserable.
- - Vaya que te ha dolido, ¿eh? Ya lo llamas miserable. E insistes en que es un macho alfa al que le cuelga algo al frente.
- - Bah, es una forma de hablar… pero ya, sí y qué, lo primero que me viene a la mente es que haya sido con un hombre, pero al final poco importa. En uno u otro caso te has burlado del público.
- - ¿Y de ti?
- - De mí no, tú yo no tenemos ya nada que ver.
- - ¿Entonces por qué estás tan indignado y acalorado? Debo reconocer que no has perdido tu sentido del humor, aunque siempre te fue difícil entender que tus mejores bromas han sido y son esas que nacen del ridículo que causan tus poses de hombre de bien, pulcro, irritado e indignado.
- - Anda, síguete burlando de mí, sigue. En el fondo sabes que has llegado tarde a la obra y, con las justas, has logrado empezarla a tiempo.
- - La obra era un monólogo, y tú la has arruinado.
- - Eso poco importa, tú has huido de mí. Y no me refiero (únicamente) a hoy.
- - Yo no hui, tú lo hiciste.
- - Ves las cosas gramaticalmente, exegéticamente, al pie de la letra. Tienes que entender el verbo “huir” en un sentido amplio y hasta metafísico. Entenderlo como un abstraerse de una realidad, en este caso espléndida y magnífica, por las estúpidas dudas sembradas por prejuicios y ruido absurdo de lo que uno debe y no debe hacer en la vida.
- - Esperabas demasiado, y aún sigues haciéndolo, de un “yo” que no era más que una simple y llana persona, común y corriente, que se dedicaba a su vida y a lo suyo, como cualquier otra. Eso que aspirabas era propio de sueños esquizofrénicos. El mundo es una migaja frente a todo el universo que nos rodea, por lo tanto, los seres humanos no somos más que unas nimias partículas que cumplen destinos insignificantes. Eso que anhelabas conmigo pretendía ser más poderoso que un hoyo negro, y yo no era ni soy tan ambiciosa ni tan grandilocuente.
- - Te subestimas, y en el fondo no lo haces. En realidad, estás justificando tu gigantesco ego a través de una falsa retórica con la que pretendes mostrarte humilde, cuando en el fondo al hacerlo estás justamente colocándote en una posición de superioridad moral en la que está justificado todo y nada.
- - Ni tú mismo te entiendes.
- - Sí, en realidad no me entiendo ni a mí mismo. Pero lo que te digo es más claro que la luz de la luna en una despejada noche de agosto. Si en realidad somos tan insignificantes e intrascendentes, entonces poco importa lo que hagamos o no en el mundo. No hay nada etéreo ni ideal que nos conduzca en la realidad, y por ende lo único que nos ata al mundo es la nada, el vacío total, el abandono absoluto. Siendo así, entonces, todo está justificado. Matar, robar, destruirle el corazón al prójimo.
- - Vaya que enseguida empiezas con tus cursilerías cuando ya tenías un punto. Deja de lado esas estupideces. Sigue con lo tuyo que ibas bien, pero no me lances puyas, que tú solito te rompiste el corazón.
- - Vaya… en fin, dejaré esa discusión para después.
- - No habrá después, así como no hay ni habrá tal discusión. Eso lo debes tener muy clarito. Siempre fuiste partidario de asumir responsabilidades, y recalcabas tu desprecio por cualquier paradigma paternalista. Asume entonces tu responsabilidad y no me vengas a echar la culpa de tus penurias.
- - Sería bueno que tomáramos un vino, porque, así como vamos, las puyas van a seguir yendo y viniendo.
- - Acá el vino no es tan barato como piensas.
- - Te has olvidado que no estamos en tu supuesta tierra, que no lo es en realidad, entérense ustedes.
- - Yo nunca he renegado de mis raíces; eres tú el acomplejado que crees que por buscar mi destino en otro lar he llegado a despreciar mi verdadero terruño.
- - Bueno bueno, ya está. Estamos en esta tierra donde el vino es baratísimo. Así que aquí tienes.
Entonces él se sacó un
vino de no sé dónde, y sirvió dos copas que también aparecieron de la nada.
Cruzaron la pierna casi al mismo tiempo, dijeron salud, y él empezó murmullando
algo.
- Te has conservado bien.
- Ya vas.
- Sí voy… te ves bien.
- No has podido dejar de fijarte en mi cuerpo, vaya.
- No soy hipócrita, es todo. A poco tú tampoco te has fijado en el mío.
- Ja ja ja vaya que ha crecido tu ego.
- No es eso, estoy diciéndote la verdad nada más. Te cuesta admitir que aún me encuentras atractivo, y a mí no admitir que yo a ti sí.
- ¿Así que me encuentras atractiva? Supongo que esperas que te dé las gracias.
- No. Solo te lo comentaba porque sentí la necesidad de decirlo.
- Si lo dices es con algún propósito ulterior. Seguramente estás tanteando la posibilidad de llevarme a la cama, en el evento de que no puedas lograr nada más conmigo. Buen intento.
- Usas el ataque como tu mejor defensa, y eso revela que ocultas lo que verdaderamente piensas sobre mí en estos momentos.
- Acabé de acostarme con alguien hace minutos, no voy a pensar de nuevo en acostarme con otra persona inmediatamente, menos aún contigo.
- No veo porque lo uno puede ser óbice para lo otro. Además, tú mismo has dicho que fue un mal polvo.
- ¿O sea que un mal polvo se cura con uno bueno? También tuve muy malos polvos contigo, eh.
- Ahí vas de nuevo. Debiste decirlo en su momento, ahora no tiene ningún sentido porque ha pasado tanto tiempo de aquello que muy difícilmente puedes tener ya una idea fidedigna de esas vivencias.
- Aunque pasen siglos, uno siempre se puede acordar si algo fue bueno o malo.
- ¿A ver, entonces, dime, cuáles fueron los malos polvos? ¿O todos fueron malos?
- El primero, fue desastroso.
- Pero por favor, ¿a tanto vamos a llegar?
- Te lo concedo, no sé porque estoy tan agresiva.
- Yo ya te dije el porqué.
- No estoy ocultando mis verdaderos sentimientos…
- ¿Qué sientes por mí entonces?
- No sé… no sé qué siento por ti… no te he visto en mucho tiempo…
- ¿Sientes todo y nada?
- No me vas a arrancar nada ahora, no sé qué siento, y punto. Te veo y no sé qué siento, te escucho y no lo sé. Así de sencillo, no busques complicar más de la cuenta las cosas.
- ¿Por qué huiste?
- ¿No estamos todos constantemente huyendo de algo?
- Aunque pareciera que aceptas que lo hiciste, no respondes el porqué.
- ¡Qué afán tienes de siempre saber el porqué de las cosas! Muchas veces no hay explicación posible, las cosas pasan porque tienen que pasar, y punto. Entiendo que estemos por la vida buscándole el significado a cada cosa, pero qué si ese significado ya está ahí y no somos capaces de aprehenderlo con las limitadas capacidades que tenemos.
- Yo tampoco he podido explicármelo… Puede que tengas razón.
- Déjame acabarme el vino.
- Puedo retirarme ya y dejar que sigas con tu monólogo.
- No sería mala idea.
- Entonces me retiro.
- Está bien.
- Chao.
- …
- …
- Aguarda… quédate un rato más.
(Intermedio).
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miércoles, 30 de marzo de 2016
Fue
El pesado aroma salino del puerto mediterráneo era ya ampliamente
perceptible entre las estrechas callejuelas de la ciudad fenicia. El
tempranero brote primaveral atizaba la ya de por sí etérea e invisible
manifestación de los reflujos marinos. El cielo lucía incólumemente
azul, y pacientemente pintarrajeado con unos suaves trazos de
blanquecino pastel, que adquirían formas de un esplendor tan solo
apreciable por los espíritus más inocentes. Mi mirada se hallaba posada
en el ir y venir de los desgastados dedos de un guitarrista árabe, que
había llegado hace muchísimos años a tierras andaluzas, y que pronto
había alcanzado la fama como uno de los mejores en el requinto flamenco.
Sus días de gloria, sin embargo, hace poco habían terminado, y ahora
dedicaba sus ratos libres a complacer a los turistas -la mayoría de
ellos absolutamente incapaces de apreciar su talento, pero lo
suficientemente esnobistas como para sacarle fotografías y cruzarle unos
pocos pesos- con sus maravillosos arpegios. Me conocía ya de varios
meses, por la costumbre mía de pasar siempre por la callejuela donde
solía instalarse. En una ocasión, cuando uno de los cuatro aguaceros que
caen al año en la ciudad nos sorprendió desprevenidos, juntos nos
acomodamos sentados bajo un breve tejado a guarecernos de las aguas. Por
alguna incuestionable casualidad, justamente venía yo de comprar un
whisky de esos de etiqueta, pero ni tan barato ni tan caro. Con el
espectáculo del alboroto de transeúntes enloquecidos corriendo de un
lado a otro frente a nosotros, decidimos acabarnos ahí mismo toda la
botella, al ritmo de sus impecables notas y de mi espantosa voz. Las
últimas gotas de lluvia nos encontraron ebrios, y riéndonos como dos
niños. Como la noche ya empezaba a caer, nos despedimos con un abrazo
sincero de borrachos; y al alzarle mi mano a la distancia, claramente
recuerdo que me dijo, “cuando ‘ella’ cruce por esta calle, yo estaré
tocando tu canción, palabra”. Dicha frase se quedó incrustada en el
fondo de mi pensamiento, como un recuerdo escondido. Sin embargo, no
dejaba de ser más absurda que enigmática, pues lejos estaba yo de tener
una “ella” en esas épocas. Por eso supuse que fue nada más que un último
resoplo de la algarabía embriagante que habíamos vivido durante la hora
previa.
Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.
Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.
Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.
Entonces estaba ahí contemplándolo y recordando un poco todas las vivencias de aquellos meses, desde que había llegado a la ciudad. Se me escurrieron sin querer un par de lágrimas ante la evidencia del adiós, ante la infausta certeza de la partida. Y, sin embargo, aún estaba lejana, aún me quedaba un buen tiempo más allí, pero ya sentía la inminencia del desprendimiento, de la despedida. Meditándolo un poco, creo que quizás era más bien la sensación de vacío, de inconformidad, de insatisfacción por lo nunca acontecido; o quizás un breve brote de temor por la muerte. Es que uno muchas veces se pasa temporadas eternas esperando el suceso magnífico que cambiará el curso de la historia, aquel hecho inolvidable que doblará las campanas y nos aventurará hacia nuevas realidades. Pero el futuro al final termina siendo nada más que una proyección de un presente idealizado, pero de por sí ya frustrado; porque en definitiva, en las solitarias noches de nostalgia y reflexión, uno se ve a uno mismo en un ahora ficticio, pero que por las oscuras estratagemas de la esperanza, termina pareciéndonos un futuro posible. Eso nunca es así, ya que las expectativas siempre superan, y por mucho, las posibilidades. Entonces se cae en el juego tramposo de, o bien ponerse expectativas lo suficientemente amplias como para que lo alcanzable sea lo más ancho posible, o bien suficientemente estrechas como para no sobreilusionarse con futuros improbables. Cualquiera de los dos escenarios lleva en todo caso siempre a la depresión.
Volviendo a lo anterior, le sonreí y le hice una mueca de saludo, a la que él respondió con un casi imperceptible guiño de ojo. Caminé entonces rumbo a la playa, con el sol a mi costado escondiéndose detrás de los edificios, y con el par de lágrimas secas sobre mis mejillas. Miré hacia el cielo para asegurarme que no habría peligro de lluvias, en el instante preciso en que una gota aleatoria se aproximaba hacía mí; cayó sobre mi frente, casi justo en mitad de mis ojos. Me provocó una extraña frescura que se expandió por todo mi cuerpo. No me quedó más remedio que sonreír e imaginar que alguna nube quiso mandarme un saludo de cortesía. Volví mi mirada hacia el frente, aún un poco nublada, y de repente empecé a divisar una silueta familiar. Conforme las gotas se multiplicaban a mi alrededor, comencé a notar cada vez más los rasgos precisos de la personificación tantas veces anhelada de “ella”. Es que he mentido. Es que he abusado de las palabras para negar la verdad. Mi buen amigo el guitarrista no lo sabía, pues no se lo había contado, pero quizás lo había adivinado en mi mirada, en mi voz, en mi aura; no me sorprendería, ya que se trataba no solo de un profundo conocedor del espíritu humano, sino también de un alma imperecederamente sensible, a lo que habría que sumar sus ya abultados años de experiencia. Lo cierto es que ella apareció, porque ella sí existía. Entonces, conforme me iba empapando, sus inolvidables rizos dorados, en los que me podría perder para el resto de mis días, se iban marcando cada vez más en el espacio. Sus ojos claros y brillantes, en los que una tarde de algún mayo, durante unos segundos, fui acogido y rescatado del olvido, se dibujaban con inaudita perfección. Varias gotas traviesas ya se paseaban por las comisuras de sus invariables labios rosados, esos que casi siempre enmarcaban una extraña mueca que anhelé desdibujar con los míos desde que los vi por vez primera. Y asomó también su nariz, apenas fina y redondeada, en la que soñé innumerables ocasiones recorrer con la mía para abrirme paso y volar hasta encontrar su boca. Sonreía mientras se acercaba a mí. Se le escapaban algunas lágrimas, igual que a mí. Todo mi ser insistía en que aquellos instantes fueran eternos, que nunca terminaran, que permanecieran suspendidos en el tiempo. Su caminar pausado y homogéneo, el delicado zigzagueo de sus caderas; su vieja chompa de cuero y su eterna bufanda dorada. Era ella.
Llevaba la cuenta de cuatro aguaceros ese año, por lo que el cupo ya estaba cumplido. Un quinto resultaba inusual. Pero precisamente en el quinto aguacero de aquel año, mi amigo el guitarrista flamenco, ya más andaluz que árabe, o quizás por ello mismo tan lo uno como lo otro, tocó mi canción. La abracé, la miré a los ojos, nos tomamos de las manos, lloramos en un abrazo incandescente, y supimos que todo valió la pena; que valió la pena toda una vida, para tan solo encontrarnos esa vez. Y así, finalmente fuimos, lejos de la muerte.
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