Detrás de una gris cortina, la luna. Sobre la repisa de los libros viejos, un gato. Bajo el coche recién llegado, otro gato. Junto al mueble antiguo de la cocina, un perro. En el patio trasero de la casa, la lluvia. La pertinaz e impertinente lluvia. El sol que cobija las mañanas, oculto. Las nubes que se arremolinan encima de la montaña, pérfidas. Ido el regocijo. Ido el contento. Ido el remordimiento. Ida la congoja.
Una gota se colaba por alguna gotera, y se deshacía sobre mi nariz. Mientras tanto, las páginas manchadas de café, de aquel libro que nunca acababa de leer. Las quise oler para constatar si aún retenían aquel olor particular, pero no. Cerré los ojos para sostener mis pensamientos y mis lágrimas, pero no pude. El llanto se hizo manantial, claridad que atestigua el final de la esperanza.
Recuerdo aquella vez en una cafetería de alguna estación de autobuses andaluza. Había pedido una caña, y me había quedado observando al vacío. Tras dos tragos largos, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, sin motivo aparente. Me invadía una triste ansiedad que me carcomía la razón. Debía tomar el siguiente bus, y pensaba trágicamente que quizás moriría en un accidente automovilístico. Entonces suponía que ése era mi último trago, uno amargo, lleno de desdicha y soledad. Recordé esos pasados sombríos en los que hundí mis pies en el pegajoso fango de la miseria y la degradación. Supuse que si escapé de aquellos infiernos podría hacerlo nuevamente de cualquier otro, por más tenaz que fuera.
Pero uno nunca sabe qué tipo de avernos se le pueden venir por delante.
Debajo de la sábana, el lecho. Ese lecho donde tantas cosas nunca sucedieron. Bajo la cobija, el deseo. Aquel deseo consumado, aquel deseo fantasmagórico que traslucía los avatares del tiempo y se presentaba prodigioso e intrépido. Mas, incompleto. Mas, imposible. La distancia de los años no era suficiente, y las heridas supuraban como serpientes purulentas que agitaban sus lenguas bajo una tenebrosa luna roja, ante la abisal amenaza de las ninfas de la muerte.
A medio camino de la madrugada, me sorprendió la novedad del olvido.
Pensaba que si uno era capaz de dominar sus emociones podía controlar las de otras personas. Entonces alguna vez lo intenté, pero primero quise probarlo con un gato; es decir, utilicé un minino como conejillo de indias. Fue así que primero acaricié su peludo lomo negro, como queriendo liberar todas mis sensaciones, fueran estas de temor, gusto, placer, necesidad, terror, u odio. Al poco tiempo percibí que su pelaje era suave, límpido, e incluso brillante. La sensación predominante fue de regocijo. Pasé a la siguiente etapa del reto, que era confrontarlo directamente a los ojos, y así lo hice. Miré en lo profundo de sus enigmáticas esferas color turquesa, y me empeñé lo más posible en mantener la ecuanimidad. Poco a poco se fue apoderando de mí el pavor, hasta que en cierto punto empecé a llorar de desesperación. En ese instante comprendí que debía acometer la tarea propuesta. Respiré hondo repetidamente, hasta que pude encontrar un cierto punto de equilibrio. Lo confronté nuevamente, procurando controlar mis emociones en su totalidad, pero eso sí, dejándolas fluir para que nada resultara forzado ni artificioso. A continuación, el gato maulló y se durmió.
Con ese test me convencí de que efectivamente era capaz de controlar a las personas en el instante en que lograra controlar mis propias emociones. Me sentí un ser poderoso e imbatible, un verdadero Jedi. Siendo consciente de mis nuevos e ilimitados poderes, me acerqué a la barra para ponerme a prueba. Entonces primero identifiqué mis emociones, las encasillé, las definí, y finalmente las controlé. Hecho eso, me centré en la idea fija de conseguir que el café que pediría me saliera gratis. El empleado se acercó y me preguntó qué quería, y le indiqué que un americano. Lo preparó con cierto desdén, sin demora, y me lo sirvió. En ese preciso momento le miré a los ojos con detenimiento, dejando fluir mis emociones pero al mismo tiempo dominándolas, sintiéndome el monarca de mis debilidades. El señor sonrió levemente y me dijo que era un euro y medio.
Tras constatar que mis poderes eran inexistentes y que no era más que un vil y rastrero mortal, me hundí en un llanto silencioso y secreto, hasta que llegara la hora de salida.
No tenía sentido seguir refugiándose en un pasado inasible. En mi memoria permanecían indelebles aquellas emociones ficticias que construí en tantas tardes impolutas, de soles anaranjados, de aguas luminosas. Una idea utópica que surcaba las mareas como un bote libre de ataduras. Todo eso no era más que una parodia de mis propios anhelos.
Bien dice la canción, quién sabrá el valor de tus deseos, quién sabrá.
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jueves, 24 de agosto de 2017
sábado, 10 de junio de 2017
Sombras
El humo de los cigarrillos revoloteaba por los aires. A lo lejos,
podría haber parecido un denso halo de neblina que difuminaba las
siluetas de la gente. Mientras atravesaba el callejón, escuchaba
temeroso los roncos susurros de los concurrentes. Enormes vasos llenos
de cerveza se alzaban y sacudían. Percibía penetrante el asqueroso aroma
de la decadencia, de fluidos corporales de todo tipo. Miraba aquí y
allá, y encontraba tan solo ojos siniestros, talantes grises y sombríos,
carcajadas desquiciantes, pulsaciones desapacibles. Trataba de apartar
mi vista, pero me era imposible, porque toda esa podredumbre me rodeaba
sin escapatoria.
Me detuve un instante para aparentar que me interesaba alguna de las múltiples sustancias que se expendían a la sombra, y tuve quizás la fortuna de que me brindaran de inmediato una copa de un vodka barato. Un sombrero marrón viejo y con hilachas deshaciéndose desde su ancha ala. Gafas oscuras, bigotes sucios, desparramándose en torno de sus resecos labios. Un gabán gris, sucio, atizado con un profundo olor a tabaco y alcohol. Sentía que me miraba, pero no podía distinguir sus ojos detrás de las gafas. Aun así, me lo imaginaba como un ciego sobrevenido, presa de alguna desagracia inconfesable, como todos los ahí presentes.
Me sirvió el vodka de una botella que guardaba al interior de su abrigo. Hizo una ligera mueca de sonrisa, y me preguntó si buscaba a Alondra. Le negué, no tenía idea de a quien se refería, pero él al parecer me había confundido con alguien distinto. Insistí en que estaba equivocado, pero se mantuvo inquirente, queriendo averiguar a cuál de todas ellas venía a buscar. Me repitió infinitos nombres de mujeres, pero no conocía a ninguna. No estaba allí en busca de nadie, o al menos eso es lo que pensaba cuando fui. Aunque la verdad, ya ni recordaba ni recuerdo cómo llegué allí. Cuando uno cae en desgracia, cuando ya se encuentra empapado de desidia y podredumbre, encontrar un factor causal es inútil. Todo lo ha conducido a uno allí, aunque con cierto esfuerzo se puede eventualmente elucidar algún evento desencadenante.
Me terminé el vodka y me brindó un puro. Yo nunca había fumado, no tenía idea de cómo se hacía, pero me sentí más que tentado a probarlo, temeroso de que mis continuas negativas lo molestaran. Presentía que llevaba algún tipo de arma al cinto, y que de llegar a irritarse podría bien emplearla sin resquemores ni vergüenzas. Total, cadáveres habían esparcidos por doquier en aquel callejón, mimetizados, adheridos a las veredas, ya parte del paisaje, crueles ornamentos de realidades perdidas.
Me aconsejó que usara sombrero, que mis ojos llamaban mucho la atención y que pronto algún verdugo comedido podría encararme y hacerse mejor cargo de mis desdichas. Ante tal advertencia, no pude menos que pensar que él mismo podría ser mi verdugo. Como leyendo mis pensamientos, sonrió ligeramente y me aclaró que no lo era, que, si bien en sus tiempos libres también se dedicaba al oficio de la guadaña, no estaba yo en su lista. Sin embargo, no sé si en son de broma o en serio, guardó silencio un momento, buscó en sus bolsillos y sacó una hoja, la revisó, me miró de reojo, y la volvió a guardar. Corroboró que no estaba en su lista.
El puro no lo pude fumar, porque al primer intento empecé a toser sonoramente, y eso a este peculiar verdugo le causó mucha irritación porque detestaba llamar la atención. Lo arrebató de mi boca, y me dijo severamente que era hora de que continuara, que me fuera. Le pregunté si tenía algún sombrero, o que donde lo podía conseguir. Me dijo que todavía no era momento, porque primero tenía que encontrarme con aquella a quien había ido a ver. Le insistí, ya con cierto enojo, que no había ido a buscar a absolutamente nadie. Sonrió, pero con firmeza y un dejo de amenaza, me alertó que eso era lo que yo creía, pero que alguien me esperaba.
Seguí mi camino, pero caviloso, pensando en lo que me había dicho el siniestro personaje. Entre tantas sombras, resbalaban de los postes tenebrosas tarántulas, que hacían ruidos grotescos antes de posarse sobre los inertes cuerpos que yacían en el piso. No podía ver más, porque me daba la sensación que les succionaban sus vísceras o sus ojos, y las engullían de no sé qué desalmada manera. Me repetía una y otra vez que mejor era mantener mi mirada gacha, en dirección a la empedrada calle, pero también me resultaba desquiciante. Por uno y otro lado, incesantemente, corrían ríos de sangre, ríos de semen, ríos de lágrimas, ríos de saliva, ríos de todo tipo de excrementos. Hacía tiempo que me había resignado a que ninguna luz aparecería para reconfortarme. Caminé y caminé por aquel infinito callejón.
Entré finalmente a un bar que tenía una apariencia algo más acogedora. Me acerqué a la barra y un barman de barbas raídas y canas, de mirada indescifrable, y de aroma a colonia fermentada, me daría finalmente algunas pistas de lo que no buscaba, pero supuestamente sí.
Miré nuevamente al barman, notó mi cara de nausea, y soltó una serie de exageradas carcajadas que desencaban su mandíbula y lo hacían ver aún más desagradable. Por un momento pensé que se trataba de mi verdugo, pero finalmente se calló y me volvió a mirar a los ojos.
Las maderas de las escaleras crujían ruidosamente, por lo que supuse que quien me esperaba arriba ya era consciente de que estaba llegando. Ya a lo alto, todo seguía igual de oscuro, o hasta más, y frente a mí encontré nada más que una mesa con un candelabro en el centro consumiéndose lentamente. No había nadie. Miré alrededor varias veces, pero nada. Sorbí algo más de vino y me senté a aguardar si aparecía a quien supuestamente venía a ver.
…
Escuchaba esa canción de Snow Patrol, Run, y me preguntaba sobre su significado. Leí que en una entrevista el compositor había explicado las circunstancias terribles en las que la había escrito. La analicé y la interioricé. En principio parece una canción en la que dialoga con alguien más, presumiblemente con un ser querido. La interpretación más explícita o simple es que se trata de una canción sobre la ruptura de una pareja y su despedida. Sin embargo, tras considerar las circunstancias en las que la escribió el autor, luego de haber estado cerca de la muerte fruto de sus excesos, en razón de alguna desdicha más profunda, empecé a especular que la letra alude a algo más insondable y metafísico.
En realidad, la letra de la canción está dedicada a sí mismo. Está dialogando con su propio yo, pero un yo de otra dimensión, un yo nítido, limpio, pulcro, inocente, y brillante. Quizás habla consigo mismo de niño. Pero quien habla en la letra de la canción no es él, sino ese otro yo, ese niño, ese ente que es él mismo pero libre de tachas, libre de culpas, libre de cualquier rezago de miseria. Pero en esa circunstancia en la que se encuentran, saben que tienen que despedirse, que cada cual tiene que seguir su propio camino, y que ese ser etéreo y puro tiene que dejarlo ir. Entonces le empieza a cantar, le recuerda que en el fondo él es lo mejor que ha hecho en su vida, que en espíritu estará ahí siempre a su lado. Que, aunque le cueste mirarlo a los ojos, cuando lo hace, tiene la certeza de que podrán salir adelante en cualquier circunstancia. Que, la idea de su propia destrucción le provoca dolor y tristeza. Y entonces le insiste que tiene que levantarse, animarse y seguir, porque tampoco tiene otra alternativa. Que, aunque no pueda escuchar su voz, estará siempre ahí a su lado…
I’ll sing it one last time for you,
Then we really have to go,
You’ve been the only thing that’s right,
In all I’ve done.
And I can barely look at you,
But every single time I do,
I know we’ll make it anywhere,
Away from here.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
To think I might not see those eyes,
Makes it so hard not to cry,
And as we say our long goodbye,
I nearly do.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
Slower, slower,
We don’t have time for that,
All I want’s to find an easy way,
To get out of our little heads.
Have heart, my dear,
We’re bound to be afraid,
Even if it’s just for a few days,
Making up for all this mess.
Me detuve un instante para aparentar que me interesaba alguna de las múltiples sustancias que se expendían a la sombra, y tuve quizás la fortuna de que me brindaran de inmediato una copa de un vodka barato. Un sombrero marrón viejo y con hilachas deshaciéndose desde su ancha ala. Gafas oscuras, bigotes sucios, desparramándose en torno de sus resecos labios. Un gabán gris, sucio, atizado con un profundo olor a tabaco y alcohol. Sentía que me miraba, pero no podía distinguir sus ojos detrás de las gafas. Aun así, me lo imaginaba como un ciego sobrevenido, presa de alguna desagracia inconfesable, como todos los ahí presentes.
Me sirvió el vodka de una botella que guardaba al interior de su abrigo. Hizo una ligera mueca de sonrisa, y me preguntó si buscaba a Alondra. Le negué, no tenía idea de a quien se refería, pero él al parecer me había confundido con alguien distinto. Insistí en que estaba equivocado, pero se mantuvo inquirente, queriendo averiguar a cuál de todas ellas venía a buscar. Me repitió infinitos nombres de mujeres, pero no conocía a ninguna. No estaba allí en busca de nadie, o al menos eso es lo que pensaba cuando fui. Aunque la verdad, ya ni recordaba ni recuerdo cómo llegué allí. Cuando uno cae en desgracia, cuando ya se encuentra empapado de desidia y podredumbre, encontrar un factor causal es inútil. Todo lo ha conducido a uno allí, aunque con cierto esfuerzo se puede eventualmente elucidar algún evento desencadenante.
Me terminé el vodka y me brindó un puro. Yo nunca había fumado, no tenía idea de cómo se hacía, pero me sentí más que tentado a probarlo, temeroso de que mis continuas negativas lo molestaran. Presentía que llevaba algún tipo de arma al cinto, y que de llegar a irritarse podría bien emplearla sin resquemores ni vergüenzas. Total, cadáveres habían esparcidos por doquier en aquel callejón, mimetizados, adheridos a las veredas, ya parte del paisaje, crueles ornamentos de realidades perdidas.
Me aconsejó que usara sombrero, que mis ojos llamaban mucho la atención y que pronto algún verdugo comedido podría encararme y hacerse mejor cargo de mis desdichas. Ante tal advertencia, no pude menos que pensar que él mismo podría ser mi verdugo. Como leyendo mis pensamientos, sonrió ligeramente y me aclaró que no lo era, que, si bien en sus tiempos libres también se dedicaba al oficio de la guadaña, no estaba yo en su lista. Sin embargo, no sé si en son de broma o en serio, guardó silencio un momento, buscó en sus bolsillos y sacó una hoja, la revisó, me miró de reojo, y la volvió a guardar. Corroboró que no estaba en su lista.
El puro no lo pude fumar, porque al primer intento empecé a toser sonoramente, y eso a este peculiar verdugo le causó mucha irritación porque detestaba llamar la atención. Lo arrebató de mi boca, y me dijo severamente que era hora de que continuara, que me fuera. Le pregunté si tenía algún sombrero, o que donde lo podía conseguir. Me dijo que todavía no era momento, porque primero tenía que encontrarme con aquella a quien había ido a ver. Le insistí, ya con cierto enojo, que no había ido a buscar a absolutamente nadie. Sonrió, pero con firmeza y un dejo de amenaza, me alertó que eso era lo que yo creía, pero que alguien me esperaba.
Seguí mi camino, pero caviloso, pensando en lo que me había dicho el siniestro personaje. Entre tantas sombras, resbalaban de los postes tenebrosas tarántulas, que hacían ruidos grotescos antes de posarse sobre los inertes cuerpos que yacían en el piso. No podía ver más, porque me daba la sensación que les succionaban sus vísceras o sus ojos, y las engullían de no sé qué desalmada manera. Me repetía una y otra vez que mejor era mantener mi mirada gacha, en dirección a la empedrada calle, pero también me resultaba desquiciante. Por uno y otro lado, incesantemente, corrían ríos de sangre, ríos de semen, ríos de lágrimas, ríos de saliva, ríos de todo tipo de excrementos. Hacía tiempo que me había resignado a que ninguna luz aparecería para reconfortarme. Caminé y caminé por aquel infinito callejón.
Entré finalmente a un bar que tenía una apariencia algo más acogedora. Me acerqué a la barra y un barman de barbas raídas y canas, de mirada indescifrable, y de aroma a colonia fermentada, me daría finalmente algunas pistas de lo que no buscaba, pero supuestamente sí.
- Eh, otro nuevo por acá, ¿whisky o aguardiente? El de bienvenida va por la casa.
- ¿Cómo sabes que soy nuevo por aquí?
- Podría darte miles de razones, trabajo aquí ya muchos siglos, pero la más fácil es que a este bar entran únicamente los que aún no están tan acostumbrados al callejón, porque supuestamente este sitio es algo más acogedor.
- Es verdad, pero solo algo más.
- Esto sigue siendo el callejón.
Miré nuevamente al barman, notó mi cara de nausea, y soltó una serie de exageradas carcajadas que desencaban su mandíbula y lo hacían ver aún más desagradable. Por un momento pensé que se trataba de mi verdugo, pero finalmente se calló y me volvió a mirar a los ojos.
- Andas absorto como negando a lo que viniste, y ella ya te está esperando mucho tiempo.
- ¿Te refieres a la muerte?
- No, nunca he sido ni soy poético, soy bastante básico y directo. Una mujer te espera hace tiempo, aunque tú te hagas el que no lo sepas.
- No me hago, no lo sé, no tengo idea de qué me hablas.
- ¿Para qué has venido aquí?
- ¿Se lo preguntas a todos?
- No, todos o casi todos saben bien por qué han venido. Tú pareces negarte a aceptarlo.
- Sólo tengo la noción de que por algún motivo caí en desgracia.
- Venir acá no quiere decir necesariamente que hayas caído en desgracia. Eso ya es cómo tú lo asumas.
- ¿Es éste el infierno? ¿He muerto ya?
- No lo puedo saber, yo sólo sé por qué vine aquí, y que alguien te espera a ti.
- ¿Por qué viniste aquí?
- Por las mismas razones por las que tú lo has hecho.
- ¡Dime! No sé bien por qué vine aquí, ya te dije.
- Quizás ella te lo aclare.
- ¿Cuál ella?
- Sube al segundo piso, sólo hay una mesa, allí está ella.
Las maderas de las escaleras crujían ruidosamente, por lo que supuse que quien me esperaba arriba ya era consciente de que estaba llegando. Ya a lo alto, todo seguía igual de oscuro, o hasta más, y frente a mí encontré nada más que una mesa con un candelabro en el centro consumiéndose lentamente. No había nadie. Miré alrededor varias veces, pero nada. Sorbí algo más de vino y me senté a aguardar si aparecía a quien supuestamente venía a ver.
- Hasta que por fin has venido.
- No te veo.
- No hace falta.
- Quiero verte, no sé quién eres, temo que seas mi verdugo.
- No lo soy, y si lo fuera, tampoco importaría, igual todos vamos a morir tarde o temprano, y estarías muy contento de que yo sea la causa de tu final.
- No estoy seguro de ello, ni siquiera te conozco.
- Eso es lo que piensas ahora que estás tan aturdido, o que pretendes estarlo, negando aceptar las razones por las que has venido aquí.
- No he tenido tiempo de pensarlo, todo es tan repulsivo.
- No hace falta pensarlo demasiado, tú lo sabes bien, es nada más que lo niegas.
- No voy a abrirme ni decirle algo tan íntimo a alguien que ni tengo idea quién es.
- Escucha bien mi voz, tú sabes bien quién soy, escúchala nada más.
- Veo que ya te has dado cuenta.
- Sí, y ahora entiendo por qué lo negaba, pero era inconscientemente.
- Bueno, eso puede ser discutible, a veces uno mantiene intencionalmente bajo cerrojo ciertas memorias, y lo hace tanto tiempo, que luego cree que es inconscientemente que no las recuerda.
- Puede que tengas que razón, no son los recuerdos más felices.
- No es tiempo ahora de reproches ni victimizaciones, quiero que me digas ya si sabes por qué estás aquí.
- ¿Cómo sabes cuándo has caído en desagracia?
- Insistes con eso de haber caído en desgracia, y ésa es sólo una forma lastimera y autocomplaciente de verlo.
- Me niego a aceptar que sea así, yo no soy así, no es mi esencia.
- Está dentro de ti, no puedes evitarlo.
- Pero debo alcanzar el equilibrio, el balance, no puedo permitir que una fuerza oscura me domine, no soy así.
- ¿No quieres aceptar lo que eres?
- ¡No soy así!
- No te alteres, vamos a tomarlo con calma.
- No estoy seguro cuándo empezó todo esto, quizás pueda hablar de algún factor desencadenante, pero no sería del todo claro. ¿Qué y si ya nací así? Eso del libre albedrío no me lo trago, es basura religiosa, quizás ya estamos todos determinados y no hay ninguna escapatoria. Como bien dices, así soy, y a esto estuve predeterminado.
- ¿A alimentarte de tu propia miseria? ¿A llorar ante tu propia desdicha? ¿A encerrarte en una espiral absurda de penuria, tristeza, maldad? No creo en basuras religiosas de ningún tipo, pero no puedes rehuir de tu propia voluntad.
- ¿Y qué si no quise rehuir, pero ya estaba predestinado a fracasar y hundirme en mi propia podredumbre, en mi propio abandono?
- Al final también es una decisión tuya, en mayor o menor medida. Además, tus circunstancias te adjudican mayor libertad. Sino mira esos desdichados esnifando en la mesa de abajo, pobres diablos que mendigaban en alcantarillas, en túneles de la ciudad, sin un centavo, que de niños empezaron con el cemento de contacto, obligados por sus padres, tíos, abuelos, o el que sea, a robar, a sacarle los teléfonos del bolsillo de los transeúntes. ¿Acaso tú eres una de esos? No lo eres, no me vengas con tus palabrerías autocomplacientes, debes aceptarlo.
- No seas tan dura, sé lo que dices, estoy tratando nada más de ponerle algo de razón a todo esto. Sé que he caído en este callejón por mis propias decisiones, pero una vez que se entra al callejón ya no se sale, y las decisiones, y la voluntad, pasan a segundo plano, ya no tienen relevancia.
- ¿Cuánto tiempo llevas en el callejón?
- No lo sé, no lo sé, creo que he estado apenas hoy, unas horas, unos instantes, pero luego miro todo y pienso que siempre he estado aquí, que simplemente estaba negándome, asomando la cabeza hacia la luz por alguna claraboya.
- Yo tampoco sé cuánto tiempo llevo aquí.
- ¿También eres parte de esto, o estás de pasada?
- ¿Crees de verdad que se puede estar de pasada por aquí?
- Quiero creerlo, no logro aceptar que esto sea definitivo.
- Yo no he podido salir, y lo he intentado.
- ¿De verdad lo has intentado? Yo creo que no.
- ¡Cómo te atreves! ¿De verdad estás insinuando que disfruto estar aquí, que disfruto hundirme en mi propia ignominia y podredumbre, de verdad lo crees?
- Es lo que has sugerido de mí anteriormente.
- Estás equivocado. He intentado salir, pero, pero…
- Estás predestinada a quedarte aquí.
- No, no… no quiero decir eso, no quiero contradecirme… pero no puedo evitarlo, también creo que he estado predestinada, que no tengo voluntad… pero no puedo aceptarlo tampoco, no puedo aceptar que yo misma me haya conducido a este callejón.
- Siempre lo negaremos, o quizás es que aún somos muy novatos aquí.
- Puede ser, tampoco ya recuerdo cuánto tiempo llevo aquí.
- ¿Importa aquí el tiempo?
- Creo que ya no importa, porque simplemente nunca amanece, todo siempre está oscuro, todo es desquiciante todo el tiempo. Tampoco he visto nunca un reloj.
- Pensaba el otro día que uno no escoge nacer, y por tanto, tampoco escoger en qué lugar, y con quién nacer. O sea, te vienen impuestos tus padres, tus hermanos, la casa, la ciudad. ¿Qué puedes hacer con eso? Eso te marca el resto de la vida.
- No es ningún descubrimiento, también lo he pensado muchas veces.
- ¿No revela eso que nuestro margen de voluntad es ínfimo?
- Yo también lo he pensado. He pensado hasta qué punto nos marcan nuestras experiencias, hasta qué punto estamos limitados por lo vivido, por las marcas de nuestros padres, de nuestra niñez. Porque uno apenas logra una verdadera consciencia a una edad ya muy avanzada.
- Sí, yo hasta ahora creo que no puedo ser tan consciente de todo, y eso que pienso y analizo todo demasiado, tengo ese problema, por eso mismo creo que he venido aquí.
- Pero aun tienes esa mirada brillante que recordaba, todavía no te has consumido.
- Yo aún no te puedo ver, pero puedo presentir por tu voz que ya no eres la misma de antes.
- Si no me ves es porque no quieres verme. Estoy aquí, ahora, sentada frente a ti, y sé que no me ves, pero es porque tú mismo has puesto una cortina de sombras entre tú y yo. Creo que temes ver algo que ya no quieres ver nunca más.
- No, lo que realmente me atormenta es que ya nada será como fue. Que ya nunca seremos los mismos, que lo que un día fue ya no será, porque es irrepetible, es algo que quedó suspendido en el tiempo, inalcanzable ya. Creo que eso es realmente lo que temo. Y eso se perdió para siempre, ya no volverá nunca más. Como la niñez que se ha ido.
- Como dice esa canción de Sabina, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.
- O como esa de Silvio, mi unicornio azul ayer se me perdió, no sé si se me fue, no sé si se extravió, y yo no tenía más que un unicornio azul.
- Y aun así has venido a buscarme.
- Temía que hubieras muerto ya.
- Las memorias no mueren.
- No es cierto, por enfermedad, o por cualquier cosa, de repente, las memorias se pueden borrar para siempre.
- Tienes razón, es que me he puesto nerviosa.
- Te entiendo, pero no hay motivos, ya te he dicho que tan sólo había un unicornio azul, uno solo, y se perdió, se fue, se extravió, o más probablemente, murió.
- Siempre puede haber otros unicornios, azules, morados, rosados, verdes.
- Si he venido aquí, o si he caído aquí, es porque probablemente me he resignado a que ya no hay más unicornios, de cualquier color.
…
Escuchaba esa canción de Snow Patrol, Run, y me preguntaba sobre su significado. Leí que en una entrevista el compositor había explicado las circunstancias terribles en las que la había escrito. La analicé y la interioricé. En principio parece una canción en la que dialoga con alguien más, presumiblemente con un ser querido. La interpretación más explícita o simple es que se trata de una canción sobre la ruptura de una pareja y su despedida. Sin embargo, tras considerar las circunstancias en las que la escribió el autor, luego de haber estado cerca de la muerte fruto de sus excesos, en razón de alguna desdicha más profunda, empecé a especular que la letra alude a algo más insondable y metafísico.
En realidad, la letra de la canción está dedicada a sí mismo. Está dialogando con su propio yo, pero un yo de otra dimensión, un yo nítido, limpio, pulcro, inocente, y brillante. Quizás habla consigo mismo de niño. Pero quien habla en la letra de la canción no es él, sino ese otro yo, ese niño, ese ente que es él mismo pero libre de tachas, libre de culpas, libre de cualquier rezago de miseria. Pero en esa circunstancia en la que se encuentran, saben que tienen que despedirse, que cada cual tiene que seguir su propio camino, y que ese ser etéreo y puro tiene que dejarlo ir. Entonces le empieza a cantar, le recuerda que en el fondo él es lo mejor que ha hecho en su vida, que en espíritu estará ahí siempre a su lado. Que, aunque le cueste mirarlo a los ojos, cuando lo hace, tiene la certeza de que podrán salir adelante en cualquier circunstancia. Que, la idea de su propia destrucción le provoca dolor y tristeza. Y entonces le insiste que tiene que levantarse, animarse y seguir, porque tampoco tiene otra alternativa. Que, aunque no pueda escuchar su voz, estará siempre ahí a su lado…
I’ll sing it one last time for you,
Then we really have to go,
You’ve been the only thing that’s right,
In all I’ve done.
And I can barely look at you,
But every single time I do,
I know we’ll make it anywhere,
Away from here.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
To think I might not see those eyes,
Makes it so hard not to cry,
And as we say our long goodbye,
I nearly do.
Light up, light up,
As if you have a choice,
Even if you cannot hear my voice,
I’ll be right beside you dear.
Louder, louder,
And we’ll run for our lives,
I can hardly speak I understand,
Why you can’t raise your voice to say.
Slower, slower,
We don’t have time for that,
All I want’s to find an easy way,
To get out of our little heads.
Have heart, my dear,
We’re bound to be afraid,
Even if it’s just for a few days,
Making up for all this mess.
sábado, 15 de abril de 2017
Apócope
Bajo el triste viento de una primavera desteñida, recordé aquellos
ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las gotas
de un nuevo chubasco resbalar sobre mi frente, recordé aquellos brotes
dorados de una ondulada cabellera. Lejana percibí mi vida, como
desarraigada de mi propio espíritu, presa de hirientes ráfagas de
incesante melancolía. La lluvia de lleno atería el vacío, aturdía sin
refreno la sed de mis derrotas.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
Bajo la cálida brisa de una primavera colorida, recordé aquellos ojos que alguna vez brillaron frente a los míos. Sintiendo ya las últimas gotas de un ardiente aguacero, recordé aquella silueta que tan cara a mis suspiros había sido recreada. Atada a mis memorias, como adherida a un incierto destino, sujeta al vaivén de mis más inspiradas poesías. Cortinas de flores enjoyaban el vacío, embellecían de locura la sed de mis idilios.
Oteo el claro y sonrojado horizonte, renace entonces de mi memoria algún sueño enconfitado. De aquella ocasión que se me cruzó una cualquier cafetería, y tras de la puerta me encontré con tu sonrisa. Salimos tímidos por sobre alguno de esos infinitos puentes, y anduvimos arrebatados por entre los canales en nuestras bicicletas. El suave viento atizaba las llamas de tus eternos cabellos, mientras de reojo intercambiabas gustos con mi inocente sonrisa. Tanto pedalear hasta llegar a aquel parque, nos lanzamos sobre el pasto haciendo figuritas. Me preguntaste si pensaba que llovería, pero guardé silencio ante la duda de mi corazonada.
Aquella tarde en que el sol ya no nos rehuía, me acerqué a tu cuello sin que tan siquiera lo intuyeras. Aquel perfume fresco de otoño retraído, aquella textura incierta de indefinible complacencia. Mi aliento descargado sobre la nívea llanura de tus hombros, mientras sin duda sonreías, aunque no pudiera yo aún descifrarlo. Tornaste y me miraste con misteriosa persistencia, sin sonrisas ni sonrojos, tan solo con deseo. Nos observamos así, despacio, con la consciencia derretida por la canícula etérea de una dicha irreprimible.
Diría yo que aquellos sábados no fueron tristes. Diría yo que aquellas madrugadas se fueron sin desdicha. Más atesoro algún mayo que febriles agostos, o impertérritos abriles. Atestiguaron las nubes, alguna luna, lúcidas las estrellas, lastimeras hojarascas, tempraneras las lágrimas, el clímax de tu boca. Memorias imposibles, hechos insuficientes. Pero aquellos latidos me parecieron infalibles, perpetuos.
Un café más, un café menos. Sentada junto a mí te ideé aquella tarde. Afuera andabas aún, deshaciendo algún cigarro, sin percatarte que debía cruzársenos esa maldita cafetería. Y sin embargo así hubo de ocurrir, con un aire nocturno de maullidos inquietantes, de crepitaciones alucinógenas, de farolas anubladas.
Luego encuadraba mi cámara para recrear en un atardecer aquellos ojos entrañables. El sol entre nubes escarlatas, cuando percibía tus suaves brazos sofocando mis ansiedades. La luna se complacía sobre el espectro de nuestras sombras, y tu recuerdo sobrevenía de entre las mazmorras de una fatal alegoría. Ingenuamente aún percibo tus contornos en la soledad de mi lecho, aunque nunca hayas abierto el portal de mis oscuros secretos.
Caminos bifurcados, destinos abatidos. El cielo se despeja. Lejanía.
sábado, 23 de abril de 2016
Entre nubes
Ese curioso y reconfortante sonido. Un vaivén de infinitas armonías,
acompasado por el aleteo incesante de unas gaviotas arremolinadas al
unísono. Mis ojos cerrados; el recuerdo a flote sobre la marea
aletargada de pensamientos, atizada por virtud del amaderado elixir de
un antiguo licor. La oscuridad fulminante de la noche; de todas maneras,
ignorada por mis sentidos ante el destierro espontáneo al abandono de
mi habitación. Notas volátiles que se esconden detrás de oscuras
memorias.
Una boca. El recorrido fantasmagórico sobre un ombligo deslumbrante. Transito sutilmente, como un tibio reguero, el estrecho desvarío de las formas. Por una ruta inconcebible, encuentra la húmeda extensión de mi paladar, el fulgurante nido del estremecimiento. Un puente de dulces sensaciones me permite alcanzar los labios del regocijo. Una boca.
Abrir los ojos ante la soberbia, ante la realidad impertinente. Es inútil evadirse. Es absurdo rehuir. La escapatoria es un espejismo, al que crees aproximarte para comprobar que el final es el inicio del dolor. Atajar con todas las fuerzas una razón para respirar, y sin embargo negarse a tomar aire en medio del agotamiento del corazón. Una luz que se atenúa con el paso de los segundos; el tiempo se diluye al contemplarse en el renegrido espejo de la soledad.
Aprieto con mi mano izquierda la botella de champagne. Me he atado bien los cordones de los zapatos, aunque aun así lo vuelvo a comprobar antes de girar la llave de la puerta. Confirmo que voy olvidando mi música y mis audífonos; los encuentro en el cajón y salgo raudamente. Tres de la mañana. Me llama el mar. El vaivén de las olas requiere mi presencia. La oscilación de mis latidos exige mi partida. Voy rumbo a la playa, aunque en el fondo nunca sepa de verdad el destino al que me conduce mi intuición. Olvido por un segundo eterno mi futuro, y perdono por un instante fecundo mi pasado.
Las calles abandonadas. El alumbrado público difuminado por el espectral efecto de la neblina. El frío se ha desvanecido; la madrugada es abrigada, como si fuera el momento más propicio para la redención de las memorias trasegadas. El planeta quizás rota porque no soporta que el sol le contemple tan desvergonzadamente; en la claridad muestra lo sublime, mientras en el lado que aparta hacia la oscuridad desfoga su maledicencia. La oscuridad se revela más auténtica.
El mar me encuentra finalmente. Los zapatos y los calcetines están de más; los pies anhelan el roce gélido del agua salada. La luna no existe aquella noche. Un abigarrado espectáculo neblinoso y oscuro sublima mis sentidos. La música circula por mis oídos y estremece mis entrañas, deslumbra mis emociones, desencadena efluvios de placer a través de los intersticios de mi deseo. Me recuesto sobre la arena y destapo la botella. Me bebo del pico un par de sorbos dulces, y cierro los ojos rendido ante una extrema lucidez.
Sin quererlo, unos dedos extraños rozan los míos. Evito dejarme llevar por los miedos, y en cambio atajo la tibiez de su entrañable y suave textura. Abro ligeramente los ojos y la veo en silencio; los suyos cerrados, y una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Un peculiar brillo me permite notar sus facciones en medio de la neblinosa oscuridad. La luna se ha aparecido de la nada y la ha iluminado. Es un hada. En el clímax delirante de mi enajenación, finalmente ella abre los ojos. Su sonrisa alcanza la plenitud. Por su nívea tez resbalan lágrimas inmaculadas.
El sol empieza a aparecer en el horizonte. La oscuridad empieza a tornarse púrpura. Ella no dejar que cese el roce de las yemas de sus dedos con las mías. Le brindo de mi champagne y se bebe dos profundos tragos, como si saciase una prolongada y misteriosa sed. El alba nos sonríe temprano. Me mira con la dulzura de sus pensamientos. Tomo uno de los extremos de mis audífonos; se lo paso y se lo pone en su pequeña oreja. Fluye la música en los dos. Me pasa su cigarrillo, le doy una pitada y se lo devuelvo. Cerramos los ojos; sonreímos.
«Entre nubes, voy».
Una boca. El recorrido fantasmagórico sobre un ombligo deslumbrante. Transito sutilmente, como un tibio reguero, el estrecho desvarío de las formas. Por una ruta inconcebible, encuentra la húmeda extensión de mi paladar, el fulgurante nido del estremecimiento. Un puente de dulces sensaciones me permite alcanzar los labios del regocijo. Una boca.
Abrir los ojos ante la soberbia, ante la realidad impertinente. Es inútil evadirse. Es absurdo rehuir. La escapatoria es un espejismo, al que crees aproximarte para comprobar que el final es el inicio del dolor. Atajar con todas las fuerzas una razón para respirar, y sin embargo negarse a tomar aire en medio del agotamiento del corazón. Una luz que se atenúa con el paso de los segundos; el tiempo se diluye al contemplarse en el renegrido espejo de la soledad.
Aprieto con mi mano izquierda la botella de champagne. Me he atado bien los cordones de los zapatos, aunque aun así lo vuelvo a comprobar antes de girar la llave de la puerta. Confirmo que voy olvidando mi música y mis audífonos; los encuentro en el cajón y salgo raudamente. Tres de la mañana. Me llama el mar. El vaivén de las olas requiere mi presencia. La oscilación de mis latidos exige mi partida. Voy rumbo a la playa, aunque en el fondo nunca sepa de verdad el destino al que me conduce mi intuición. Olvido por un segundo eterno mi futuro, y perdono por un instante fecundo mi pasado.
Las calles abandonadas. El alumbrado público difuminado por el espectral efecto de la neblina. El frío se ha desvanecido; la madrugada es abrigada, como si fuera el momento más propicio para la redención de las memorias trasegadas. El planeta quizás rota porque no soporta que el sol le contemple tan desvergonzadamente; en la claridad muestra lo sublime, mientras en el lado que aparta hacia la oscuridad desfoga su maledicencia. La oscuridad se revela más auténtica.
El mar me encuentra finalmente. Los zapatos y los calcetines están de más; los pies anhelan el roce gélido del agua salada. La luna no existe aquella noche. Un abigarrado espectáculo neblinoso y oscuro sublima mis sentidos. La música circula por mis oídos y estremece mis entrañas, deslumbra mis emociones, desencadena efluvios de placer a través de los intersticios de mi deseo. Me recuesto sobre la arena y destapo la botella. Me bebo del pico un par de sorbos dulces, y cierro los ojos rendido ante una extrema lucidez.
Sin quererlo, unos dedos extraños rozan los míos. Evito dejarme llevar por los miedos, y en cambio atajo la tibiez de su entrañable y suave textura. Abro ligeramente los ojos y la veo en silencio; los suyos cerrados, y una ligera sonrisa dibujada en su rostro. Un peculiar brillo me permite notar sus facciones en medio de la neblinosa oscuridad. La luna se ha aparecido de la nada y la ha iluminado. Es un hada. En el clímax delirante de mi enajenación, finalmente ella abre los ojos. Su sonrisa alcanza la plenitud. Por su nívea tez resbalan lágrimas inmaculadas.
El sol empieza a aparecer en el horizonte. La oscuridad empieza a tornarse púrpura. Ella no dejar que cese el roce de las yemas de sus dedos con las mías. Le brindo de mi champagne y se bebe dos profundos tragos, como si saciase una prolongada y misteriosa sed. El alba nos sonríe temprano. Me mira con la dulzura de sus pensamientos. Tomo uno de los extremos de mis audífonos; se lo paso y se lo pone en su pequeña oreja. Fluye la música en los dos. Me pasa su cigarrillo, le doy una pitada y se lo devuelvo. Cerramos los ojos; sonreímos.
«Entre nubes, voy».
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