viernes, 26 de septiembre de 2008

viernes 18h05

En la parte inferior derecha de mi... de la computadora de mi... del trabajo,dice las 18h05 cuando empiezo a escribir esto. En la música, Sivio con Oleo de mujer con sombrero. Semana extraña, corta y larga a la vez, enrevesada, enredada, para suspirar y para respirar; para saltar, para llorar, para descansar y sobretodo para decir ¡¡¡fuccctaa que cansancio!!! Harto complicada. La semana se resume en: presenté mi tesis en la U y ya en unas dos semanas me gradúo, me van a premiar -nuevamente- por norio, mi jefa renunció -mi jefa es magistrada...- estuvo concluyendo mi laberintoso, poco recomendable y bien jugoso proceso gripal, resistiendo la insoportable campaña electoral y las absurdas (al menos así pensaba cuando maldecía a todo y a tod@s haciendo estúpidas estadísticas de juicios) encomiendas del secretario de mi sala, y ahora llego a este viernes con el mismo escepticismo de siempre, más preocupado de todo menos de lo que debería preocuparme, frescaso por todo lo que los demás se preocupan (al menos mis más cercan@s), con un asqueroso dolor de espalda (ya no seas llorón) y bueno, aquí nomasf, de nuevo nostálgico un viernes antes de salir de la chamba y con la panza demasiado llena por la despedida de mi jefaza. En feeennn. Así pues, el domingo ganará la opción que ya sabemos, lo que ya se hizo durante casi180 años de paisito, con cualquier papel higiénico llamado constitución (parecido al inglés constipated), se podrá volver a hacer y lo distinto no depende de nadie más que de nosotros. Reflexionaba que somos acostumbrados a la tiranía, porque p.ej. en las aulas de clase nadie (el 1% que es la honrosa excepción) hace bien los trabajos o deberes si el profesor no es un déspota, ergo no hay razón para cortarse tanto las venas y ser tan llorones porque haya mano dura desde arriba, si en fin somos mal acostumbrados y así lo ha querido la mayoría. Víctimas voluntarias de un juego, porque creemos que hacemos algo al decir SI o NO, pero la verdad es que no hacemos nada y contribuimos a que todo siempre siga igual o peor, sin que nos quede claro a nadie que mismo está bien y que mismo está mal... para todos. Bueah, ya voy saliendo, terminando de escribir todas estas bazoflas a las 18h19.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Invitado inesperado, ausencia desgastada


Lo llevaban en un automóvil de los años 60’s, probablemente un Volkswagen escarabajo, aunque para el caso esta curiosidad solo tiene importancia para darle un toque más de abandono al trasfondo de la historia. Por una calle empedrada, sin una señal que dirigiera el rumbo, lo trasladaban sin que supiera verdaderamente el lugar al que llegaría; sin embargo, su intuición era muy poderosa, y adivinar aquel lugar en el que pronto estaría, lo hacía estremecerse, hasta el punto de que el conductor preguntó si todo estaba bien, sin que llegara a escuchar una respuesta clara y convincente. Pero curvaron a la derecha, y se detuvieron junto a una vieja puerta restaurada con fisuras trucadas y una enorme aldaba dorada. Apenas se hubo bajado, el enorme portón se abrió lentamente, dejando traslucir un sitio adornado con una intrigante luz tenue, unas cuantas mesas disgregadas con elegancia sobre un piso de madera poblada de intrigantes y fantásticas figuras pintadas sutilmente. Lo dejaron sobre una mesa, en cuyo centro se ubicada fantasmagóricamente una gruesa vela, rodeada de lo que otrora fueran sus más orgullosos escalones y que hoy solo eran un extraño ornamento tributario de la solitaria gravedad. Frente a él, una dama, con el rostro cubierto de sombras, que haciéndose la distraída prestaba atención al invisible pianista del fondo y lo hizo estremecerse hasta provocar que la cuarteada mesa temblara. Se levantó, lo miró por un momento, y así como estaba, con un desdén rayano en el olvido, movió suavemente su brazo, cubierto por un largo guante negro de gamuza, y lo tiró al suelo como quien sopla a una abeja muerta hacia un infierno de lodo y perfidia. Cayó en el piso, sin todavía saber en donde se encontraba y temblando de frío como estaba, trató de ponerse de pié y levantarse, pero en ese momento dos damas jamás descubiertas, lo pisaron con ánimo de pena, y siguieron su camino de largo sin percatarse de nada más que de sus largos vestidos de cola. El difunto nunca fue enterrado, y flotando sobre un lago de soledad y sueños frustrados, a veces se asoma por debajo de un puente buscando ilusamente que la luna lo ilumine, pero la presencia de los nubarrones siempre conspiran a favor de su perpetua derrota. Ese ente, flotante; ese corazón, decadente.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Seamos sinceros y no cojudos

En un set de televisión, una afamada entrevistadora de CNN moderaría un debate entre los, supuestamente, cuatro primeros candidatos en las encuestas -que se supone la publicación de sus resultados ya estaba prohibida para esas épocas-; ahí estuvieron presentes Álvaro Noboa, Rafael Correa, Cynthia Viteri y León Roldós. El día de las elecciones, el candidato Gilmar Gutiérrez alcanzaba un tercer lugar, con importante distancia sobre el señor Roldós, y lo suficientemente cerca como para generar una preocupación al segundo, Correa. ¿Por qué luego de que una multitud de gentes quiteñas botara a su ñaño Lucio hace menos de dos años, el Mayor (r) Gutiérrez consiguiera una posición tan sorprendentemente incisiva?
En los actuales momentos, si un extranjero llegara a Ecuador, a Quito o a Guayaquil, y leyera los dos periódicos de mayor circulación en el país, observará los más importantes medios de comunicación televisiva y escuchará las radios aparentemente más representativas de la opinión pública nacional, llegaría a la conclusión de que el proyecto de Constitución que se someterá a referéndum el próximo 28 de septiembre, va a ser negado por una aplastante mayoría. Sin embargo, la verdad es muy distinta.
Así como los gobernantes a lo largo de la historia patria siempre se han olvidado o han dejado en el letargo del sueño estatal a los pueblos más desgraciados y miserables del país, ahora la denominada opinión pública, masa amorfa que aglutina todo lo que se quiere y excluye todo lo que se puede, representada por los que denominan medios de comunicación masiva, tiene verdades muy distintas y análisis completamente ajenos a una realidad absolutamente compleja y diversa, cuyos significados no se pueden simplificar con estudios y conclusiones vacuas y llenas de lugares comunes.
Luego de décadas y casi siglos de exclusión, opresión, olvido, denigración, discriminación y hostilidad, el pueblo más abandonado y pobre del Ecuador probablemente siente el más poderoso de los sentimientos de reivindicación y liberación cuando el presidente Correa pronuncia sus consabidas “momias cocteleras”, “gorditas horrorosas”, “enano”, “Pocito”, “vieja pelucona”, “ándate a la casa del mástil mayor del palo del velero”, entre otras. Mientras muchos se cuestionan y cuestionan el vocabulario peculiarmente florido del actual primer mandatario, las mayorías lo aplauden y lo sienten muy dentro, en el fondo de sus dolidas y oprimidas almas, como una liberación llena de revancha y amor propio.
Por eso es que en el Ecuador el sí va a ganar, a pesar de una cúpula curial ensimismada en una actitud que alimenta el sentimiento de exclusión de los más pobres, de aquellos que creen en un Dios que no se ha acordado de ellos, porque mientras apenas les alcanza para alimentar las cinco bocas que tienen en un hogar de caña y malaria, un curita de traje blanco y cuello almidonado duerme bajo un techo de concreto y un estómago más que satisfecho.
Por eso es que en el Ecuador el sí va a ganar, porque mientras unos hablan de las virtudes de la democracia, de la división de poderes, de la descentralización, del parlamento -parafraseando a Lope de Vega, quiso el castellano que entre lamento y parlamento hayan solo tres letras diferentes- otros solo piensan en conseguir el medio centavo para el día y no morir debajo de un puente mientras, como una paradoja, pasan por sobre ellos los Mercedes y los Be emes.
Por eso es que en el Ecuador el sí va a ganar, porque mientras unos hablan de que va a haber un matrimonio entre homosexuales, que se va a legalizar el aborto y que se van a permitir las drogas; otros se lamentan de no poder mantener un hogar y marcharse a buscar con que vivir fuera de su terruño, de dejar atrás el descontrol de los deseos y los instintos para luego no tener que sufrir por tener que traer una hambrienta boca más al mundo ante la testarudez de una Iglesia ciega ante el SIDA en África y América Latina, y de un país lleno de ebrios conductores y maltratadores que so pretexto de un sufrimiento incontrolable recurren al licor para aliviar sus penas, mientras los niños abandonados se “gomean” por sentir que sus tripas se llenan de aire o amebas por tener que comerse, si es que la “divina providencia” se acuerda de ellos, la primera porquería que se bota desde un Cherokee o de un Rodeo.
Ese es el país que tenemos, un país de gente que vive en otro mundo, que en la Navidad arma fundas de caramelos para regalarla a niños que duermen todo el año bajo cartones en la entrada de un edificio; o de niñas que se prostituyen con obesos extranjeros a cambio de una limosna para poder sobrevivir hasta morir de sífilis o diarrea. Ese es el país de ortices, veras, pachanos, pozos, yepeces, spurriers, paredeses, nebots, febres corderos, albornoces, e-gases, entre otros. Un paisito destrozado, en el que cantarle a una asambleísta el himno nacional de 5000 países, leído de una polla para la ocasión, demuestra la ignorancia de un pueblo para el que la educación es un mala palabra y la comida un atrevimiento.
Un país de gente que ha viajado todas sus vacaciones a Miami, Londres, L.A., Tokio, Curazao y Egipto, echando limosnas en los trastos de un indigente en la calle, y ahora gritan a los cuatro vientos que se vote No.
Quizá sea bueno que reflexionemos un poco. Quizá sea bueno que nos miremos a nosotros mismos y digamos: ¿qué hemos hecho por nuestro país antes, para que ahora le reclamemos una decisión determinada? Estoy harto de la hipocresía; estoy harto, de que se hable de moral cuando no somos capaces nosotros mismos de respetarnos y de respetar a quienes nos rodean. Estoy harto de la gente que solo vive para reclamar y no se la juega, y se la pasa disfrutando de una vida a costa de la muerte de otros. Estoy harto de tener que seguir sentado frente a un computador y no poder actuar y luchar por los ideales que alimentan un alma ensimismada. Pero estoy completamente harto de tener que constatar todos los días la mediocridad de gente que ahora piensa que es la adalid de la lucha contra la opresión y el totalitarismo, de la ignorancia y la ignominia, cuando en sus propias vidas no hacen más que derrochar mediocridad y demostraciones hirientes de lo que constituye la ley del menor esfuerzo.
No creo que el proyecto de Constitución que se votará el 28 de septiembre, vaya a ser la solución a nuestros problemas, ni tampoco creo que vaya a ser el inicio o el primer paso de esa solución, pues esa decisión la tomamos todos y todas en nuestras vidas, y no esperando que un grupo de burócratas y tecnócratas arreglen y solucionen aquello que deberíamos mejorar cada uno de nosotros. Pero todo lo supuestamente malo que dicen que se va a poder hacer con ese proyecto, ya se lo ha hecho con cualquier Constitución que ha habido, y si nos remontamos a la actualmente vigente, basta decir: tres cortes supremas, tres presidentes botados, un congreso destituido, un tribunal supremo electoral elegido y destituido a dedo más de una decena de veces, un tribunal constitucional utilizado, depuesto y repuesto casi como las veces que un perro se persigue la cola, organismos de control presididos por los subrogantes -elegidos a dedo por los titulares ya depuestos, renunciados, cesados y concluidos- durante años sin chistar, fiscales generales elegidos de acuerdo al malestar estomacal del momento, ministerios de estado que ganan el guinnes en cantidad de jefes durante un año, cambio arbitrario de moneda teniendo en cuenta que según la Constitución vigente nuestra “unidad monetaria es el sucre”, leyes y contraleyes, reglamentos y contrareglamentos, hacinamiento y centros de estudio superior en escatología y crimen organizado en “centros de rehabilitación social”, comisiones anticorrupción en galopantes coimas policiales, etc etc etc.
Por lo tanto, dejemos a un lado la hipocresía. ¿Que hoy estamos bien? Que vayan a contarle a otro esos cuentos groseros y patanes. ¿Qué se está destruyendo la democracia y el Estado de Derecho? Alguna vez conocimos o vivimos algo así, como para que se destruya, pues ni modo que se vaya a destruir lo que no existe. En el país, la cantidad de abortos que se cometen al día parecería que va en proporción directa con las relaciones sexuales que en igual periodo se realizan; y la cantidad de procesos penales por aborto, es casi equivalente al número de abogados petroleros honestos y patriotas que hay en nuestro país. Así que el curita del barrio puede nomás seguir diciendo a las fieles adolescentes que no usen jeanes de cadera porque incitan al diablo, mientras los inquietos espermatozoides de unos más inquietos anhelan fecundar cuanto óvulo encuentren en su camino.
El actual proceso constituyente, ha servido sobretodo para mostrar la gran hipocresía de nuestro país. Esa hipocresía y esa doble moral que no escatima esfuerzos para esconderse detrás de trajes de gamusa, para esconder la podredumbre de las almas egoístas, vendibles, embargables y negociables.
Yo creo que hoy en día es fácil decir voy a votar si, y más fácil decir voy a votar no. Pero quiero verles y vernos, a todos, gane el sí o gane el no, que vamos a hacer por el país. Hoy tan patriotas, mañana seguramente muy patriarcas; hoy muy luchadoras, mañana muy solapadoras de niños machistas.
Quizá muchos no se indignan por los que fueron masacrados por supuestamente querer quitarles sus cosas, sino que sienten ira y desprecio consigo mismos hacia gente que no tuvo medio de luchar por sus ideales y morir en su lid, pero sin venderse a nadie ni a nada. Un día se abrirán nuestros cuerpos y nuestras almas mostrarán su verdadera naturaleza, y en ese momento todo se cubrirá de tinieblas porque el sol no tendrá la suficiente fuerza para derretir la podredumbre y traernos la luz del nuevo día.

sábado, 6 de septiembre de 2008

No quise conocerte, pero era mentira

-Señor, le voy a contar lo sucedido, pero le ruego que no me interrumpa, por favor, quiero que me escuche con toda la atención posible y, de ser posible, entendiendo los mensajes ocultos entre líneas … sabrá usted que tengo yo una manera muy particular de hablar, de conversar, o en todo caso, de tratar o de referirme a estos temas.
-Lo escucharé, pierda cuidado, no soy periodista o cronista, así que cuénteme su historia, y a final de cuentas, lo que usted me cuente quizá me sirva para construir ese personaje que tanto he anhelado en los últimos siete meses, ocho semanas y … tres días, para mi novela … que parece que nunca acabaré; pero adelante, comience pues con su historia.
-Mi historia, o mi no-historia, porque es tan desventurada o, mejor dicho, algo tan peculiar que quizá no merezca empezar con esa majestuosa H … por eso pienso que el inglés tiene más recursos cuando se puede utilizar una S para referirse a algo no histórico, aunque tampoco creo que lo mío pueda hacerse acreedor inocente a una categoría así. Usted juzgará.
-No soy juez, una vez quise serlo pero soy demasiado sincero y me di cuenta que si dictaba mi tercera sentencia, probablemente mi iban a nombrar cardenal … sin opción a ser Papa por supuesto.
-Esta bien, comienzo con lo mío, pero permítame servirme un café mientras le comentó.
-Claro que si buen hombre, espere le digo a mi señora que le sirva uno …
(…)
-Perfecto, ahora si empiezo:
Recordará usted pues, aquella ocasión en que un grupo de amigos formó un equipo de fútbol profesional, parecía que iba a ser glorioso, tanto que ganó con sobra de méritos su primer campeonato, y eso que eran puros chiquilines esos jugadores, pero el corazón que ponían, usted no se puede imaginar … bueno, si lo puede, porque usted lo vio al igual que yo, aunque tengo perfecto conocimiento que usted hinchaba por los rojos … como todo en su vida … quizá lo poco que tenemos en común usted y yo, aunque obviamente menos en lo futbolístico, porque desde que los bujías descendieron decidí olvidarme del fútbol. Pero bueno, veo que se ha emocionado un poco …
-No, tranquilo buen hombre, quizá la expresión de mi mirada reprodujo algo de la nostalgia que emana de mi corazón, pero no se preocupe, la experiencia a uno no solo le genera las arrugas y las canas, sino también esa prudencia que la juventud no debería tener jamás. Pero siga usted.
-Verá, entre esos jóvenes esta Aristizabal, aquel amigo de años, tanto que parecía de guerras pasadas, de esos que a uno le pasan la alforja y la cantimplora, en los momentos más duros de la batalla. Ese amigo me invitó ese día a tomar unas cervezas. Yo para entonces trabajaba en la imprenta de Don Julio, que como usted recordará solo aparecía de improviso para cerciorarse de que todos trabajáramos … y claro, a vigilar las rentas y a pagarnos los sueldos. Don Julio era una buena persona, de mirada hostil, pero de manos francas. Bueno, la cuestión es que nos sentamos a tomar esas cervezas, un par quizá, porque pronto tendríamos que detenernos. Me conversó que minutos antes había fundado el equipo, al cual siempre acompañó, incluso cuando con lágrimas en los ojos tuvieron que cerrarlo por la crisis del 65’, ya sabe usted que grave fue esa hecatombe, pero no nos pongamos sentimentales, al menos no todavía, o al menos no por esas causas.
-Prosiga, aunque usted vea en mis ojos la lluvia de un ayer que quiere amanecer hoy, no se inquiete y continúe con su relato.
-Pues así lo haré. Hubimos conversado algunas cosas sobre el régimen, el gobierno, la escasez y la marcha del “ferrocarrilero”, como usted recordará eso fue todo un acontecimiento, hasta ahora no podemos imaginarnos como pudo ser …, así es la vida mi amigo. Pero bueno, así estábamos, y vale la pena aquí explicarle … bueno, recordarle que en esas épocas ver a una mujer entrar a una taberna o bar, pues, incluso hoy se ve raro, pero esas son cosas de viejos, hoy todo esta bien y cambalache se queda corto.
-Toda la razón buen hombre … permítame encenderme una pipa, me hace falta en estos momentos que abaten mi alma, pero por favor, no se detenga.
-No se preocupe, siga nomás, le pediría una para mi pero hace cuatro años dejé de fumar porque empecé a llorar mucho por las noches luego de hacerlo, usted comprenderá.
-Si si, le entiendo, pero yo todavía quiero tener mis domingos tristes.
-Bueno, continúo. Así entonces, como le decía, ver una dama entrar al lugar, era algo imposible, era como si Fernández decidiera renunciar al gobierno y nombrar a Peralta su reemplazo, usted ya sabe como eran esos berracos, pero para entender bien la situación.
-Tiene toda la razón buen hombre, y ya le contaré en otra ocasión como mi primera esposa la encontré y la perdí asimismo en una taberna … pero prosiga.
-Pues sentados estábamos, y ya habrá adivinado usted lo que sucedió. Yo estaba con la mirada en el piso y primero escuché dos tacos en el piso, y luego miré dos botas negras en las maderas viejas de ese sitio, que debo decir era de los más tradicionales pero a su vez de los más antiguos, por lo que usted podrá ya imaginarse lo desgastado de los maderos, aunque según me contaron años después habían sido traídos de Europa.
-Bueno, de Europa Europa, pues, medio dudoso, ya sabe buen hombre que los rumores eran la distracción de la época, así que bien podrían haber sido del bosque de robles de la calle Ulumina.
-Si si, es cierto, pero bueno, vamos al grano. Entraron las dos botas, un vestido negro, ajustado a la cintura, y sin más solo reparé en la mirada de la visitante. Profunda, desdeñosa; los ojos claros, nariz sutil, labios gruesos pero muy definidos. Si usted la hubiera visto de seguro se habría quedado hecho un hielo, no solo por la rareza de ver una mujer por esos lugares, sino por la belleza indescriptible que emanaba de esa figura femenina. Nadie reaccionó, y quizá menos aun por la presencia tan imponente, la seguridad y la firmeza de aquella dama.
-Yo puedo adivinar de quien me está hablando usted, pero por favor siga adelante.
-Está bien, creo que está claro, pero de todas maneras podrá usted perdonarme que no pronuncie su nombre, ya que juré ante su tumba nunca pronunciarlo.
-¿Estuvo usted en el grupo de los anarcos rojos?
-No lo puedo creer, así que usted también …
-Ahí estábamos los dos …, pero ya sabe que en el grupo nadie sabía nada de nada ni de nadie, era la política más severa … de hecho, la única política. Las historias con “la dama” son muchas, algunas son mitos, otras leyendas, la mayoría simples cuentos y esporádicamente verdades.
-Ella me dijo que solo había amado a dos hombres, y me imaginé que el retrato de su comedor era el otro, luego supe que era un simple adorno barato.
-Debe usted precisar el termino amor, porque ella pudo haber amado a muchos y a ninguno. --Yo le serví por dos años, durante 23 meses y 29 días, apenas me paraba a su lado a verla comer y luego a escuchar como tocaba el piano, solo el último día me permitió compartir una opera con ella, que empezó en el piano y terminó en el ático, nunca más la volví a ver.
-Yo estuve con ella dos veces, la primera se puso a llorar antes de que la besara, y la segunda me empezó a besar cuando terminé de llorar. La primera fue el amor simbólico de dos jóvenes viviendo su más agradable madurez; la segunda fue el amor profundo de dos personas maduras recordando una juventud no vivida. A las dos las añoro, pero a la primera la recuerdo con más nostalgia, porque fue en esa ocasión cuando sentí por vez primera el amor y la ternura por una mujer, y asimismo la sensación de vacío al saber que no la vería nunca más de esa manera.
-Estaba usted tomando las cervezas …
-Ella se acercó a nuestra mesa, no saludó si quiera, simplemente dejó la ceniza de su cigarro en el improvisado cenicero que allí teníamos, lleno de migajas de pipa de la noche anterior. Ni siquiera nos miró, como si fuéramos simple basura. Pero luego supe que nos miró mucho, pero que no quería tomarnos en cuenta porque le parecíamos estúpidos … sé en el fondo que eso era un pretexto, porque en el fondo, a pesar de todo, ella era muy tímida, y ese día no quería perder su firmeza con alguna incómoda mirada. Se acercó al tabernero y le entregó un papel, y este tabernero, luego de revisarlo, se acercó a nosotros y sin decir palabra, nos lo mostró. Mi compañero lo miró por dos segundo, y no quiso verlo más. Yo lo arrebaté de las manos del tabernero y me quedé examinándolo por varios minutos; a decir verdad, al principio, no entendí nada, y ya cuando me daba por vencido recordé algo …
-De la universidad, estoy completamente seguro.
-Si, así es mi amigo, aquel profesor de filosofía tan extraño, que un día apareció muerto debajo de un árbol, con frac y champán en una mano, que contaba historias lúgubres cada viernes y que decía que quienes un día las comprendieran sabrían toda su vida, pues a él recordé, y recordé una de sus clases, una de esas en que no se trata nada sobre la materia, pero que quedan en la mente para siempre. Eso recordé y me levanté de la mesa con el papel en mi mano. Me acerqué a “la dama”, le besé la mano, y la tomé del brazo con firmeza. Ella no se resistió; por el contrario, me siguió, aunque a la salida se soltó bruscamente no sin dejar de seguirme el paso. Caminamos cinco cuadras sin pronunciar palabra; yo con la cabeza gacha y ella, supongo, con la cabeza de frente a la media luna de esa despejada noche. Llegamos al edificio rojo y ahí la dejé en la puerta y me retiraba sin decir nada, pero ella solo dijo: “si se va, dentro de 40 años no tendrá historias que contar”. Entramos.
-Ahí estaba yo.
-Claro, a eso iba. Hoy al entrar aquí pude saber que era usted. Ya me habían dicho que tenía que venir para acá, pero quería verlo primero para estar seguro y ahora si lo estoy.
-Yo era apenas un joven aprendiz, bueno, si es “eso” era digno de aprendizaje.
-De todo se aprende algo.
-Pero no siempre de algo se aprende todo.
-Bueno, creo que aprendimos mucho de “eso”. La cuestión es que yo entré y ella me dejó, se adelantó y llegó hasta donde estaba usted. Ya sabía que no era usted el personaje, que simplemente era un disfraz.
-Si era yo.
-¿Era usted “él”?
-Si, siempre fui yo.
-¿Por qué no viajó con nosotros el año 63?
-Si viajé, pero nadie lo supo.
-Si supo usted lo del incendio …
-Me enteré por la correspondencia de doña Marta.
-Doña Marta murió en el incendio, ¿no lo supo usted?
-Doña Marta provocó ese incendio mi buen amigo, por orden mía.
-No lo puedo creer, pero … si, todo es tan claro, lo entiendo ahora si.
-No lo piense tanto, siempre las cosas tienen una causa insospechada.
-Bueno, solo le diré que ella no murió, nos dejó solo porque no quería comprometerse con nadie.
-Me lo imaginaba, pero ¿por qué está usted tan seguro?
-Ella me dijo que viniera.
-¿Habló usted con ella, dónde está?
-Murió hoy.
-¿Qué? Pero, ¿cómo fue?
-No debería preocuparse de esa manera, total, para nosotros ya estaba muerta hace años. Es como la amistad que desaparece por un viaje, ha muerto para nosotros, quizá viva para otros.
-Ella … ¿murió para nosotros y para los otros?
-Ella murió, y punto, nada más.
-Usted no entiende, no comprende lo que está diciendo, la gravedad de sus palabras.
-Ella murió, eso es todo.
-Solo le diré lo siguiente. Un sábado me desperté tarde, me había acostado tarde el viernes porque salí a caminar por el parque y me quedé escribiendo junto a un poste de luz mirando la neblina entre los árboles, imaginando que se trataba de una fiesta de fantasmas. Me desperté ese sábado, y la ví frente a mi. Parpadeé, y ya no estaba. Volví a cerrar los ojos, y escuché una voz, la de ella, diciéndome: un día te iré a buscar, pero no es el momento.
-Pues, quizá este es el momento entonces.
-Mire, hoy volví del almuerzo y me recibió mi señora con la noticia de que la de las cartas le avisó que moriría en esta semana, y quizá usted no comprenda, pero yo no creo ni pienso que luego de mi fin vaya a haber otro comienzo, simplemente me parece irracional.
-Yo pienso igual, pero solo le puedo decir que ella murió.
-Ella no murió, porque siempre estará viva en nuestros corazones y esa es la inmortalidad, pero estaba seguro que volvería a abrazarla.
-Yo tampoco la abracé cuando murió, porque yo la maté.
-Ya lo sabía, así que no espere más y haga lo que tiene que hacer.

lunes, 1 de septiembre de 2008

cuandodanganasdeescribirhuevadasyunonoparahastaequiensabe


Tomó una hoja blanca de papel bond y se puso a mirarla estática pero profundamente. Al principio solo veía el infinito color blanco de la hoja, imaginándose que esa sería la imagen que ven aquellos que han estado cerca de la muerte, que han observado ese que denominan “túnel”, la luz enceguecedora, el portal, la mano, el toldo, la túnica, los bordados de ángel, los ángeles, San Pedro, Juanito Alimaña, Pedro Navaja, Juan Sinmiedo, Pedro Nadie, Juan Boliche, el negro bembón, entre otros. Pero luego la menté se quedó como esa hoja, en blanco; hasta que notó que la ya famosa hoja, no era completamente blanca, sino que tenía puntos rojos y verdes, y hasta amarillos. Por un momento pensó que se trataba de una de esas servilletas que dan en los puestos de hornados, que parecen papel de fax y que solo sirven para hacer surgir en el estómago el cargo de conciencia por la capacidad transparentadora de la grasa porcina. Enseguida se percató de lo absurdo de su pensamiento, teniendo presente que la hojita blanca provenía de la resma que había comprado hace 10 minutos en el supermercado. Luego, se aburrió, rompió la hoja en cuatro partes, utilizando la saliva de su lengua como eficiente diluyente de papel y sus manos como cortadoras especializadas, para elaborar una cámara de fotos y dedicarse a joderle la vida al primero que pasar por ahí, siendo este un niñito de 5 años que se puso a llorar apenas húbole visto al aprendiz de fotógrafo. Luego se sentó al filo de su cama, miró hacia el techo, lloró sus acostumbrados 15 minutos dominicales, y salió con rumbo al parque, siendo ya las 9pm. Fin.
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