sábado, 6 de septiembre de 2008

No quise conocerte, pero era mentira

-Señor, le voy a contar lo sucedido, pero le ruego que no me interrumpa, por favor, quiero que me escuche con toda la atención posible y, de ser posible, entendiendo los mensajes ocultos entre líneas … sabrá usted que tengo yo una manera muy particular de hablar, de conversar, o en todo caso, de tratar o de referirme a estos temas.
-Lo escucharé, pierda cuidado, no soy periodista o cronista, así que cuénteme su historia, y a final de cuentas, lo que usted me cuente quizá me sirva para construir ese personaje que tanto he anhelado en los últimos siete meses, ocho semanas y … tres días, para mi novela … que parece que nunca acabaré; pero adelante, comience pues con su historia.
-Mi historia, o mi no-historia, porque es tan desventurada o, mejor dicho, algo tan peculiar que quizá no merezca empezar con esa majestuosa H … por eso pienso que el inglés tiene más recursos cuando se puede utilizar una S para referirse a algo no histórico, aunque tampoco creo que lo mío pueda hacerse acreedor inocente a una categoría así. Usted juzgará.
-No soy juez, una vez quise serlo pero soy demasiado sincero y me di cuenta que si dictaba mi tercera sentencia, probablemente mi iban a nombrar cardenal … sin opción a ser Papa por supuesto.
-Esta bien, comienzo con lo mío, pero permítame servirme un café mientras le comentó.
-Claro que si buen hombre, espere le digo a mi señora que le sirva uno …
(…)
-Perfecto, ahora si empiezo:
Recordará usted pues, aquella ocasión en que un grupo de amigos formó un equipo de fútbol profesional, parecía que iba a ser glorioso, tanto que ganó con sobra de méritos su primer campeonato, y eso que eran puros chiquilines esos jugadores, pero el corazón que ponían, usted no se puede imaginar … bueno, si lo puede, porque usted lo vio al igual que yo, aunque tengo perfecto conocimiento que usted hinchaba por los rojos … como todo en su vida … quizá lo poco que tenemos en común usted y yo, aunque obviamente menos en lo futbolístico, porque desde que los bujías descendieron decidí olvidarme del fútbol. Pero bueno, veo que se ha emocionado un poco …
-No, tranquilo buen hombre, quizá la expresión de mi mirada reprodujo algo de la nostalgia que emana de mi corazón, pero no se preocupe, la experiencia a uno no solo le genera las arrugas y las canas, sino también esa prudencia que la juventud no debería tener jamás. Pero siga usted.
-Verá, entre esos jóvenes esta Aristizabal, aquel amigo de años, tanto que parecía de guerras pasadas, de esos que a uno le pasan la alforja y la cantimplora, en los momentos más duros de la batalla. Ese amigo me invitó ese día a tomar unas cervezas. Yo para entonces trabajaba en la imprenta de Don Julio, que como usted recordará solo aparecía de improviso para cerciorarse de que todos trabajáramos … y claro, a vigilar las rentas y a pagarnos los sueldos. Don Julio era una buena persona, de mirada hostil, pero de manos francas. Bueno, la cuestión es que nos sentamos a tomar esas cervezas, un par quizá, porque pronto tendríamos que detenernos. Me conversó que minutos antes había fundado el equipo, al cual siempre acompañó, incluso cuando con lágrimas en los ojos tuvieron que cerrarlo por la crisis del 65’, ya sabe usted que grave fue esa hecatombe, pero no nos pongamos sentimentales, al menos no todavía, o al menos no por esas causas.
-Prosiga, aunque usted vea en mis ojos la lluvia de un ayer que quiere amanecer hoy, no se inquiete y continúe con su relato.
-Pues así lo haré. Hubimos conversado algunas cosas sobre el régimen, el gobierno, la escasez y la marcha del “ferrocarrilero”, como usted recordará eso fue todo un acontecimiento, hasta ahora no podemos imaginarnos como pudo ser …, así es la vida mi amigo. Pero bueno, así estábamos, y vale la pena aquí explicarle … bueno, recordarle que en esas épocas ver a una mujer entrar a una taberna o bar, pues, incluso hoy se ve raro, pero esas son cosas de viejos, hoy todo esta bien y cambalache se queda corto.
-Toda la razón buen hombre … permítame encenderme una pipa, me hace falta en estos momentos que abaten mi alma, pero por favor, no se detenga.
-No se preocupe, siga nomás, le pediría una para mi pero hace cuatro años dejé de fumar porque empecé a llorar mucho por las noches luego de hacerlo, usted comprenderá.
-Si si, le entiendo, pero yo todavía quiero tener mis domingos tristes.
-Bueno, continúo. Así entonces, como le decía, ver una dama entrar al lugar, era algo imposible, era como si Fernández decidiera renunciar al gobierno y nombrar a Peralta su reemplazo, usted ya sabe como eran esos berracos, pero para entender bien la situación.
-Tiene toda la razón buen hombre, y ya le contaré en otra ocasión como mi primera esposa la encontré y la perdí asimismo en una taberna … pero prosiga.
-Pues sentados estábamos, y ya habrá adivinado usted lo que sucedió. Yo estaba con la mirada en el piso y primero escuché dos tacos en el piso, y luego miré dos botas negras en las maderas viejas de ese sitio, que debo decir era de los más tradicionales pero a su vez de los más antiguos, por lo que usted podrá ya imaginarse lo desgastado de los maderos, aunque según me contaron años después habían sido traídos de Europa.
-Bueno, de Europa Europa, pues, medio dudoso, ya sabe buen hombre que los rumores eran la distracción de la época, así que bien podrían haber sido del bosque de robles de la calle Ulumina.
-Si si, es cierto, pero bueno, vamos al grano. Entraron las dos botas, un vestido negro, ajustado a la cintura, y sin más solo reparé en la mirada de la visitante. Profunda, desdeñosa; los ojos claros, nariz sutil, labios gruesos pero muy definidos. Si usted la hubiera visto de seguro se habría quedado hecho un hielo, no solo por la rareza de ver una mujer por esos lugares, sino por la belleza indescriptible que emanaba de esa figura femenina. Nadie reaccionó, y quizá menos aun por la presencia tan imponente, la seguridad y la firmeza de aquella dama.
-Yo puedo adivinar de quien me está hablando usted, pero por favor siga adelante.
-Está bien, creo que está claro, pero de todas maneras podrá usted perdonarme que no pronuncie su nombre, ya que juré ante su tumba nunca pronunciarlo.
-¿Estuvo usted en el grupo de los anarcos rojos?
-No lo puedo creer, así que usted también …
-Ahí estábamos los dos …, pero ya sabe que en el grupo nadie sabía nada de nada ni de nadie, era la política más severa … de hecho, la única política. Las historias con “la dama” son muchas, algunas son mitos, otras leyendas, la mayoría simples cuentos y esporádicamente verdades.
-Ella me dijo que solo había amado a dos hombres, y me imaginé que el retrato de su comedor era el otro, luego supe que era un simple adorno barato.
-Debe usted precisar el termino amor, porque ella pudo haber amado a muchos y a ninguno. --Yo le serví por dos años, durante 23 meses y 29 días, apenas me paraba a su lado a verla comer y luego a escuchar como tocaba el piano, solo el último día me permitió compartir una opera con ella, que empezó en el piano y terminó en el ático, nunca más la volví a ver.
-Yo estuve con ella dos veces, la primera se puso a llorar antes de que la besara, y la segunda me empezó a besar cuando terminé de llorar. La primera fue el amor simbólico de dos jóvenes viviendo su más agradable madurez; la segunda fue el amor profundo de dos personas maduras recordando una juventud no vivida. A las dos las añoro, pero a la primera la recuerdo con más nostalgia, porque fue en esa ocasión cuando sentí por vez primera el amor y la ternura por una mujer, y asimismo la sensación de vacío al saber que no la vería nunca más de esa manera.
-Estaba usted tomando las cervezas …
-Ella se acercó a nuestra mesa, no saludó si quiera, simplemente dejó la ceniza de su cigarro en el improvisado cenicero que allí teníamos, lleno de migajas de pipa de la noche anterior. Ni siquiera nos miró, como si fuéramos simple basura. Pero luego supe que nos miró mucho, pero que no quería tomarnos en cuenta porque le parecíamos estúpidos … sé en el fondo que eso era un pretexto, porque en el fondo, a pesar de todo, ella era muy tímida, y ese día no quería perder su firmeza con alguna incómoda mirada. Se acercó al tabernero y le entregó un papel, y este tabernero, luego de revisarlo, se acercó a nosotros y sin decir palabra, nos lo mostró. Mi compañero lo miró por dos segundo, y no quiso verlo más. Yo lo arrebaté de las manos del tabernero y me quedé examinándolo por varios minutos; a decir verdad, al principio, no entendí nada, y ya cuando me daba por vencido recordé algo …
-De la universidad, estoy completamente seguro.
-Si, así es mi amigo, aquel profesor de filosofía tan extraño, que un día apareció muerto debajo de un árbol, con frac y champán en una mano, que contaba historias lúgubres cada viernes y que decía que quienes un día las comprendieran sabrían toda su vida, pues a él recordé, y recordé una de sus clases, una de esas en que no se trata nada sobre la materia, pero que quedan en la mente para siempre. Eso recordé y me levanté de la mesa con el papel en mi mano. Me acerqué a “la dama”, le besé la mano, y la tomé del brazo con firmeza. Ella no se resistió; por el contrario, me siguió, aunque a la salida se soltó bruscamente no sin dejar de seguirme el paso. Caminamos cinco cuadras sin pronunciar palabra; yo con la cabeza gacha y ella, supongo, con la cabeza de frente a la media luna de esa despejada noche. Llegamos al edificio rojo y ahí la dejé en la puerta y me retiraba sin decir nada, pero ella solo dijo: “si se va, dentro de 40 años no tendrá historias que contar”. Entramos.
-Ahí estaba yo.
-Claro, a eso iba. Hoy al entrar aquí pude saber que era usted. Ya me habían dicho que tenía que venir para acá, pero quería verlo primero para estar seguro y ahora si lo estoy.
-Yo era apenas un joven aprendiz, bueno, si es “eso” era digno de aprendizaje.
-De todo se aprende algo.
-Pero no siempre de algo se aprende todo.
-Bueno, creo que aprendimos mucho de “eso”. La cuestión es que yo entré y ella me dejó, se adelantó y llegó hasta donde estaba usted. Ya sabía que no era usted el personaje, que simplemente era un disfraz.
-Si era yo.
-¿Era usted “él”?
-Si, siempre fui yo.
-¿Por qué no viajó con nosotros el año 63?
-Si viajé, pero nadie lo supo.
-Si supo usted lo del incendio …
-Me enteré por la correspondencia de doña Marta.
-Doña Marta murió en el incendio, ¿no lo supo usted?
-Doña Marta provocó ese incendio mi buen amigo, por orden mía.
-No lo puedo creer, pero … si, todo es tan claro, lo entiendo ahora si.
-No lo piense tanto, siempre las cosas tienen una causa insospechada.
-Bueno, solo le diré que ella no murió, nos dejó solo porque no quería comprometerse con nadie.
-Me lo imaginaba, pero ¿por qué está usted tan seguro?
-Ella me dijo que viniera.
-¿Habló usted con ella, dónde está?
-Murió hoy.
-¿Qué? Pero, ¿cómo fue?
-No debería preocuparse de esa manera, total, para nosotros ya estaba muerta hace años. Es como la amistad que desaparece por un viaje, ha muerto para nosotros, quizá viva para otros.
-Ella … ¿murió para nosotros y para los otros?
-Ella murió, y punto, nada más.
-Usted no entiende, no comprende lo que está diciendo, la gravedad de sus palabras.
-Ella murió, eso es todo.
-Solo le diré lo siguiente. Un sábado me desperté tarde, me había acostado tarde el viernes porque salí a caminar por el parque y me quedé escribiendo junto a un poste de luz mirando la neblina entre los árboles, imaginando que se trataba de una fiesta de fantasmas. Me desperté ese sábado, y la ví frente a mi. Parpadeé, y ya no estaba. Volví a cerrar los ojos, y escuché una voz, la de ella, diciéndome: un día te iré a buscar, pero no es el momento.
-Pues, quizá este es el momento entonces.
-Mire, hoy volví del almuerzo y me recibió mi señora con la noticia de que la de las cartas le avisó que moriría en esta semana, y quizá usted no comprenda, pero yo no creo ni pienso que luego de mi fin vaya a haber otro comienzo, simplemente me parece irracional.
-Yo pienso igual, pero solo le puedo decir que ella murió.
-Ella no murió, porque siempre estará viva en nuestros corazones y esa es la inmortalidad, pero estaba seguro que volvería a abrazarla.
-Yo tampoco la abracé cuando murió, porque yo la maté.
-Ya lo sabía, así que no espere más y haga lo que tiene que hacer.

lunes, 1 de septiembre de 2008

cuandodanganasdeescribirhuevadasyunonoparahastaequiensabe


Tomó una hoja blanca de papel bond y se puso a mirarla estática pero profundamente. Al principio solo veía el infinito color blanco de la hoja, imaginándose que esa sería la imagen que ven aquellos que han estado cerca de la muerte, que han observado ese que denominan “túnel”, la luz enceguecedora, el portal, la mano, el toldo, la túnica, los bordados de ángel, los ángeles, San Pedro, Juanito Alimaña, Pedro Navaja, Juan Sinmiedo, Pedro Nadie, Juan Boliche, el negro bembón, entre otros. Pero luego la menté se quedó como esa hoja, en blanco; hasta que notó que la ya famosa hoja, no era completamente blanca, sino que tenía puntos rojos y verdes, y hasta amarillos. Por un momento pensó que se trataba de una de esas servilletas que dan en los puestos de hornados, que parecen papel de fax y que solo sirven para hacer surgir en el estómago el cargo de conciencia por la capacidad transparentadora de la grasa porcina. Enseguida se percató de lo absurdo de su pensamiento, teniendo presente que la hojita blanca provenía de la resma que había comprado hace 10 minutos en el supermercado. Luego, se aburrió, rompió la hoja en cuatro partes, utilizando la saliva de su lengua como eficiente diluyente de papel y sus manos como cortadoras especializadas, para elaborar una cámara de fotos y dedicarse a joderle la vida al primero que pasar por ahí, siendo este un niñito de 5 años que se puso a llorar apenas húbole visto al aprendiz de fotógrafo. Luego se sentó al filo de su cama, miró hacia el techo, lloró sus acostumbrados 15 minutos dominicales, y salió con rumbo al parque, siendo ya las 9pm. Fin.
Imagen tomada de:

viernes, 22 de agosto de 2008

Soledad

En el espejo infinito de lo impenetrable. En el fondo de la nada, se encuentra el misterio recóndito de lo inexpugnable. Allá adentro, nada se sabe pero de todo se siente. Hoy miles de cosas, de situaciones y millones de partículas de polvo, pero solo se puede palpar y percibir un rotundo, misterioso pero doloroso vacío. Lo piensan mucho quizás, mejor sería... quizás, no pensarlo. Una mirada que parece perdida, no es más que la secuela de un llanto pasado, pasajero pero incrustado con fuego en el alma. No importa el pensamiento, la razón no es bien recibida. Construí con mis propias manos un trayecto tortuoso, y ahora no estoy seguro si quiero transitarlo... o mejor dicho, si lo vivo ahora y sin darme cuenta, lo aprieto con pasión, mientras me hieren sus espinas.

sábado, 2 de agosto de 2008

COSAS QUE ARRRRRRANCAN SONRISAS


Pues a veces uno se halla caminando por áy, ocupado en sus propios asuntos, pues ni modo que estuviera desocupado en sus ajenos asuntos. Y así, caminando por donsea, tocaf a vecesf preguntarf donde queda algún lugar o dónde se pude localizar a alguien. Ya se sabe que los guardias nunca saben nada de nada, pero igual... uno se detiene en algún lugar y pregunta: P: buenas, donde queda el Edificio Garaicoa 678; R: desconozco. P: buenos días, on queda la calle Tucuman y de Los Cruzados; R: .... ehhh...... mm..... P: muy buenas tardes, ¿dónde queda su caseta señor guardia? R: pues eso pregúntele al administrador, yo no estoy autorizado a dar esa información. En fin.


Luego de discernir por un rato, uno se imagina que puede ser en el edificio Nosekomitos No. GG (de seguro en nuestro país hay algún lugar de número a, b, c, d, e...). En fin, la pregunta al guardia y obviamente... pues, no, en esta ocasión si tenía razón para no saber pues no era ese el lugar a llegar.


Entonces, pues, sucede lo que a uno le deja pensando un poco acerca de las probabilidades ciertas de que de repente por el aire cruce volando un cerdo de color verde, o que a un expresidente le boten (no le voten, ojo) por insano mental, en base a un CD en el que se autodenominó "el loco que ama". Repito, en fin.


Entonces, entré a la tienda de comestibles o víveres del lugar. Cuando uno entra a estos sitios, la mente fabrica la típica imagen de la (y recalco, LA, porque el prejuicio es de LA vendedorA, y no de EL [se que debería ser del, pero es para que se cache la idea] vendedoR... corrijo, vendedOr), vendedora, un poco pasada de peso y su saco de lana. Y bueno, así es que uno puede entrar por un yogur, un pan o por último, un chicle para mascar al estilo llama (no conozco otro estilo).


Raro fue que en la tienda dije buenas tardes y en la silla, para recoger mi pedido y cobrar lo comprado, se encontraba un pequeño y peludo sabueso que me miro con cortesía. Me respondió con un "buenas tardes caballero, desea algún producto en especial" (producto=vívere o snack... no lo que se imaginan que producen los perros).


Nada que ver, creo que cuando me iba a ladrar preguntándome algo, decidí salir con una sonrisa en la boca. Curioso suceso, quizá sea mejor ser recibido por un lindo perrito, antes que por una usurera vendedora... o mejor dicho, usurero vendedor (conozco muchas tiendas con tenderOs... y ahora, una con un perro tendero).


Chau.

Imagen tomada de: http://www.lacoctelera.com/myfiles/badmusic/perros3.jpg. Acceso: 2 de agosto de 2008.

lunes, 30 de junio de 2008

Historia Inconclusa

Ya lo escribí hace un buen tiempo (más de 6 meses), ahora lo vuelvo a publicar; ya continuaré con su escritura... cuando me vuelva a inspirar:


I

La aguja del tocadiscos bajó y, sutilmente, rozo el negro disco de acetato; apenas lo tocó y una dulce melodía empezó a percibirse a través del oído. Los poderosos pero todavía tenues rayos de sol entraban por la ventana de junto a la sala. Directo en la cara, en un principio no lograron que sus ojos se abrieran; pero luego de unos minutos, el nuevo e insólito calor de la mañana en la cara, causaron que sus párpados, cual gigante telón, permitieran dar paso a la gran obra teatral de esa jornada.

La música pronto empezó a llenar el ambiente, esa hermosa sinfonía de algún importante músico del renacimiento tardío. A su mente venían esas imágenes de los intrigantes cuadros de Dalí; recordaba aquella vez que en un museo de hace ya algún tiempo, se realizó una imponente exposición de los cuadros del insigne artista y, en aquella ocasión, por los ocultos parlantes del lugar, se propaga el dulce sonido de esas melodías que ahora escuchaba con melancolía.

Sintió los latidos de su corazón con inusual fuerza; no era algo que le causara preocupación o dolor físico, sino que más bien sentía como un estremecimiento que iba más allá de su presencia material en el mundo. Su alma, que había entrado en contacto con la irrealidad palpable de su existencia a través de sus oídos, ahora conquistaba toda su anatomía, llevándola por caminos pocas veces recorridos. Un corazón rojo y triangular, ahora formaba parte no solo de su cuerpo pues ya no estaba únicamente incrustado en medio de sus dos rosados pulmones, sino que en ese instante pasó a formar parte de algo mucho más trascendente; era un corazón desmaterializado.

Por sus pecosas mejillas empezaron a resbalarse unas pequeñas gotas, salidas por las orillas de sus ojos y que inexorablemente, como los ríos luchan contra piedras y montañas para encontrar a su azul amante el mar, se dirigían hasta sus labios. Junto a su delicada nariz, trascurrían ya con cierta fluidez y, luego, pasaban acariciando las comisuras de sus mágicos labios rojizos. No pudo evitar saborear el dulce sabor de esas amargas lágrimas, que le recordaban aquellos tiempos pasados que, en esos precisos momentos, tanto añoraba.

La aguja se trabó y la música se detuvo. El ensimismamiento terminó y el brillante cielo azul de la mañana, por fin le era evidente. Tenía un pequeño pañuelo celeste a su lado, con el que pudo secar sus lágrimas. Su pelo castaño, como dice la canción, estallaba en el cojín del sofá. El día anterior había estado sentada a la luz de la luna creciente, divagando en sus más oscuros y tristes pensamientos y, en ese estado de estupefacción, había caído dormida, temblando no por el frío que entraba a través de la ventana abierta, sino por la abrumadora soledad.

Se incorporó y olvidó por completó el ya medieval sonido del tocadiscos. Regresó a su diminuta habitación donde apenas había espacio para un colchón y decenas de libros regados por todas partes; sin embargo, también se había dado modos para poner una cafetera en un desvencijado velador de madera. No había agua ni café, así que solo pudo cambiarse de ropa y salir a dar un paseo por el parque.

Era domingo, el día más solitario de la semana. El desorden de la pieza, que era siempre aguantable pues no habían mayores cosas que pudieran quedar dispersas, en ese día le daban un toque desolador al lugar. No era la imagen de un sitio en el cual, la noche anterior, había habido alguna animada reunión o conversación entre amigos; era la imagen de un sitio descuidado y triste, conquistado por la gris solemnidad de la melancolía. Pero todo quedaría así, pues ordenar todo eso solo generaría más heridas insanables en el alma.

Salió y bajó por las gradas desde el quinto piso en donde habitaba. Nunca le había gustado utilizar el ascensor por miedo a encontrarse con alguien, lo cual tampoco tenía mayor sentido pues realmente el aparente ascensor que había allí, estaba averiado desde hace ya muchos años; era el lamentable reflejo de lo que alguna vez fue un bien avaluado edificio residencial.

A pesar de que ya los rayos del sol habían explotado en su rostro, cuando salió a la calle sintió que emergía desde un cloaca en la cual había permanecido toda su vida y, por primera vez, era capaz de percibir la luz del astro rey. Sus hermosos ojos celestes apenas si podían soportar aquella luminosa tempestad de fuego. Se mantuvo en su lugar por varios segundos hasta lograr adaptarse al nuevo medio. Frente a ella pasó un taxi de color rojo, completamente inusual; solo hizo sonar levemente su bocina para llamarle la atención, pero ella ni se percató de ello y siguió concentrada en vencer al poderoso cancerbero del sistema solar. De todos modos, eso fue como la primera campanada que le sirvió para, nuevamente, correr el telón del teatro.

Empezó a caminar sin rumbo cierto, pues había olvidado la idea del parque, sin embargo, quizá inconscientemente, sus largas y torneadas piernas le llevaban hacia aquel lugar. En la primera esquina, el vendedor del puesto de revistas la saludó cordialmente, como siempre lo hacía cada vez que la veía. Ella siempre solía responder, pero con inocultable desdén. Quizá porque el vendedor en realidad no tenía un aspecto muy agradable, menos aun por el tipo de revistas que aparecían en el mostrador; empero, él siempre la miraba con cierta extraña alegría, pues le recordaba a su ya “fallecida” hija, que vivía en Paris, y de la cual no había recibido correspondencia jamás, desde hace 20 años. La verdad es que a pesar de su desden, ella estaba segura de que los dos tenían algo en común, que lo evidenciaban cuando apenas se miraban por un par de segundos todos los días.

Ella continúo caminando y junto a ella pasó un mensajero de la más grande empresa de la ciudad. Él sentía un profundo delirio febril por ella y siempre se daba modos para encontrarla, así sea con la complicidad de las fuerzas ocultas que dominan las casualidades de la vida. Cuando ella se acercaba, automáticamente bajaba la vista al piso y, en el momento en que estaba uno al lado de la otra, la alzaba levemente para contemplarla por milésimas de segundo que para él eran lo que justificaba haberse despertado esa mañana. Sin embargo, ella jamás contestaba sus miradas, no porque quisiera ignorarlo, sino porque lo ignoraba naturalmente; en efecto, nunca lo había visto, era alguien que no había entrado ni de pasada por su vida. Para él, no había sol oculto detrás de la montaña cada madrugada, sino un breve luz de vida cada mañana en la calle de camino a su trabajo.

Ya estaba cerca del parque y, junto a la entrada, observó nuevamente el banco en el cual, todos los domingos, se sentaba durante largas horas de la mañana a contemplar a las palomas; a veces les llevaba migas de pan y les repartía, en otras ocasiones solo se quedaba ahí, paralizada, mientras ellas la rodeaban reclamando aquello que creían era su derecho. En ese día no llevaba nada, pero tampoco habían palomas y ella se dio cuenta de ello inmediatamente.

Efectivamente, todas sus transitorias compañeras de los domingos no estaban allí con ella. Lo primero que pensó fue en la muerte, aquella terrible señora que a todos nos espera y que solo nos protege hasta que llegue el momento de partir junto a ella. Descartó esa posibilidad pues en los árboles permanecían algunos nidos y, en uno de ellos, pudo encontrar un pequeño grupo de pollitos recién salidos de sus huevos, que chillaban por su alimento. Entonces pensó que estaban en otro lado y con su mirada recorrió lo más que pudo todo el parque y acertó. Todas las palomas que solían acompañarla, ahora estaban rodeando otra banca, ubicada a su izquierda a unos trescientos metros. Se sintió indignada y una gran furia invadió su corazón, especialmente cuando pudo ver a otra mujer dando de comer migajas de pan a las ingratas aves. En esos momentos estaba dispuesta a levantarse, acercarse a la otra banca, asustar a todas las palomas y darle su merecido a la usurpadora. Pero finalmente no lo hizo y se sintió más triste, más despreciada, más sola.

Antes de empezar a llorar, para evitarlo, tuvo que levantarse y dar una vuelta por el parque. Nunca había hecho eso, al menos no desde que era una niña. Solamente solía llegar a la siempre silente banca de la entrada y quedarse ahí durante horas para luego regresar a su pieza. Pero ahora empezó a dar una vuelta por los caminos del parque. A pesar de tratarse de un sitio de esparcimiento de ya bastantes años, se conservaba bien y siempre estaba lleno los fines de semana. Era un parque familiar, lleno de jardines, algunos de los cuales asemejaban, al menos para ella, los lastimeros paisajes que Van Gogh dibujaba.

Caminó durante un buen tiempo, a paso lento. En determinado momento, dejó de fijarse en lo que le rodeaba y solo se concentró en medir sus pasos, en calcular el tiempo que tomaba entre que la planta de su pie izquierdo dejaba de tocar el suelo, hasta que la punta de su pie derecho invadía por completo el piso; luego, empezó a poner atención en no cruzar con sus pies las líneas incrustadas en el camino y, cuando habían piedras o adoquines cuyas líneas resultaban ser infranqueables, no dudaba en invadir el pasto de los jardines; al final se dio cuenta de que era imposible evitar todas las líneas y volvió a sentir su profunda depresión.

Despertó de su momentáneo letargo al escuchar el embriagante sonido de una harmónica. Enseguida buscó con su mirada el sitio desde el cual provenía esa melodía y, luego de darse casi una vuelta completa de ciento ochenta grados, reparó en un señor vestido muy originalmente, con un frac de color verde militar, un pantalón café sin bastas que le llegaba hasta las canillas y un sombrero negro adornado con tres plumas de colores azul, rojo y blanco y una otoñal hoja anaranjada; el hombrecillo estaba sentado en una de esas sillas que utilizan los lustrabotas y tocaba su harmónica mientras ansioso esperaba que alguien depositara alguna moneda en la torcida taza de metal colocada en el piso y, de la cual, extraía cada moneda que le dejaban para conseguir una impresión más desgraciada de su realidad. Sin embargo, a ella le pareció ser una persona bastante curiosa y le causó interés; por ello, se quedo viéndolo por un buen rato, sin que él reparara en su presencia. En realidad muchas personas depositaban sus monedas, especialmente niños que alegres con ese sonidito solícitos pedían dinero a sus padres y se lo dejaban allí recibiendo del artista una cálida sonrisa.

Pasado unos minutos, ella estaba completamente ensimismada escuchándolo, en cierta medida recordando épocas de felicidad pasada. Tanto se distrajo en esos sonidos, que al final no se dio cuenta que el hombrecillo cambió su harmónica por una zampoña de la cual surgían sonidos más graves y huecos, con ese saborcito andino de lejanía y paz campestre. Empezó a sentirse embobada, somnolienta y tuvo que buscar una banca en donde sentarse, pues además no quería dejar de escuchar esa droga musical. Permaneció sentada, escuchando durante mucho tiempo. El hombrecillo ni siquiera se imaginaba que esa mujercilla estaba ahí sentada por él o, mejor dicho, por su arte; por eso, trataba de ignorarla, pero no le era posible, pues ella tenía una belleza única que nunca antes había visto.

Al final, ella se levantó pues sintió que algo la llamaba y se retiró del parque con cierta rapidez. Estaba regresando a su pieza, pero algo le hacía pensar que no debía volver, que debía hacer algo más y no quedarse postrada en un sofá o en un colchón pensando en la nada, divagando por las rutas de la Vía Láctea recorriendo mundos que jamás visitaría y creando ilusiones que nunca se cumplirían.