lunes, 31 de mayo de 2010

COMPAÑERA INSEPARABLE

Vuelvo a caminar por sobre las sendas de mis pasos perdidos, rumbo al opaco espejo que me aguarda algunos pasos más allá o más acá. Me miro directamente a los ojos, los míos propios, y observo en su profundidad la perennidad de mi abandono. Me atrevo a alzar la vista hacia el costado, apenas un instante, y solo contemplo la oscuridad y el vacío, sin sentido en mi todavía corta vida, aunque quizás también las sombras perpetuas de los siglos que ya he vivido. Pero ahí es justamente cuando admiro a la concertista jamás invitada, a la invitada a quien nadie presentó, nadie concedió una pieza de vals, aquella a quien todos observaron y solo torcieron la mirada y se apartaron al son de la rabia. Presentía su presencia constante, su habitar en mi estar, como si yo no lo supiera, escondida entre sus propias lágrimas que, cada sol que sale y luna que aparece, descubro son las mías. Luego, ya, no te vuelvo a ver, pero siento el helado abrazo de tus cabellos infinitos; soporto con extraña dulzura la sensación invariable del pensamiento arrojado desde el cúmulo de las pasiones esfumadas, de las ilusiones olvidadas. Al fin, cuando te miran o te presienten junto a mí, acompañante perpetua de mis andanzas, me tuercen también, a mí, la mirada, y se espantan arrebatándome mis propias condolencias, dejando tras de sí los silencios de mis penas; y en aquellas superfluas y raras ocasiones cuando logran encontrarse con estos ojos, huyen de un corazón que, todavía, se mece en hamacas arrumadas hacia las viejas columnas derruidas de lo que pudo ser y, solo fue, lo que no pudo ser más, que aquello que terminó siendo. Sigo mi paso abandonado por la callejuela empedrada, mi bastón a la derecha, el sombrero alicaído encubriendo mis canas, mi guitarra a la espalda, y la compañera infatigable tomando mi mano, sin más razones que aquellas que me hicieron encontrarla y jamás abandonarla: desconsolada y convaleciente soledad.

domingo, 16 de mayo de 2010

SOMBRAS MELANCÓLICAS

La noche cobija mis tristes pensamientos, mientras la luna, oculta y escondida detrás de antifaces de artificio, no ilumina más mis ilusiones. Me acuesto sobre un baúl de decepciones y recuerdo las intransigencias de mi espíritu orgulloso, traicionado por sus propios vericuetos. Me compadezco inútilmente y me pongo de acólito a las justificadas razones de otros, a quienes no solo autorizo, sino que patrocino como orgulloso pelele, ocupen mi lugar en el altar de un amor que se ha hecho ya imposible. Me olvidaré de las melancolías anteriores, solo para abrir paso a las que van llegando a raudales. Esperé una respuesta en tu mirada, una sonrisa en tus palabras, una clave sincera en tus inquietantes gestos; pero descubrí que mi juego estaba perdido, bastándome solamente la paradójica complacencia por la felicidad ajena.

lunes, 15 de marzo de 2010

LUNA MENGUANTE

Cuna eterna de silencios infinitos, oscura morada de estrellas olvidadas, y altiva señora de los grises desencuentros; así te observó, hoy, luna menguante, lejana entre los entretelones de una constelación ambigua, repleta de noches y madrugadas a la intemperie, absurda de razones e impertinente de melancolías. Asaltas mi ventana como atrevida intrusa, aunque desengañado siempre me hallas, pues quizá en el fondo de mi alma, deseo intensamente tu presencia en mi posada. Ya no te veo en la temprana amargura, ahora que en mis ilusiones vagamente tu deambulas, sin oprobio ni recato, esperando ansiosa la llegada de la niebla.

En la eterna permanencia de tu luz, apenas diminuta si tus ojos me confiesan las certezas del olvido. No espero encontrar una respuesta; no espero encontrar esa respuesta anhelada en tu mirada. Simplemente me resguardo en el extraño resquicio de la aurora que te espanta. Es posible que jamás te vuelva a ver, pues en este instante planeo mi partida, perpetua despedida de mis labios derrotados. Pero aunque no te vuelva a presentir cercana a mí, ni tú me encuentres buscándote en mis sueños, el olvido hará su parte y en mi juego de escondite, al final de la ventana me asomaré a tu alegoría.


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domingo, 14 de marzo de 2010

IMPLÍCITO


Conversemos:

- A lo que vinimos, no perdamos más el tiempo en banalidades y pregúntame, por fin, lo que tengas que preguntarme, aquel asunto por el que esperamos tanto tiempo para vernos; aquel tema de conversación que jamás quisimos plantearnos, que quizás nunca nos atrevimos a sugerir, ni siquiera a ponerlo entre líneas o en metáforas de pétalos caídos; por fin, te lo exijo, pregúntame lo que debas inquirirme, lo que sea necesario desentrañarme, auscultarme, encontrarme; si prefieres, bajaré la mirada, esconderé mis ojos entre las sombras del candelabro, a media luz bajo la luna oscura y tardía. Anda, de una vez, dime lo que quieras decirme, lo que a ti te corresponda manifestarme, lo que ansíes señalarme; o es que prefieres el silencio inexpresivo de tus ojos secos y distantes, de la sutileza del vestido negro que no quisiste ponerte la vez que abrí tus pensamientos al hablarte a tus oídos y tocar con mis dedos tus cabellos insolentes, tus callares interminables, tus sonrisas ambiguas; aunque acompañe tu acostumbrada tozudez, tu actitud taciturna, avinagrada y lastimera. Silencio ahora será lo que tengas de mí, con mis manos vacías y mis ojos abiertos, mis ideas escondidas, mis prejuicios abandonados como yo mismo en las noches de recuerdos que te pertenecen. Así que te miro, te escucho y te siento, dime lo que debas decirme, sin callar lo que has callado, pues aquí estoy.


Imagen tomada de:
http://ulysshes.files.wordpress.com/2009/11/noche-oscura.jpg. Acceso: hoy.

sábado, 13 de marzo de 2010

LLANTO

Solo un diminuto pájaro rojo volaba por entre las claras nubes de ese desengañado atardecer, recubierto por escarcha y serpentinas color escarlata. Sobre uno de los banquitos de aquel lejano parque, descansaba una reseca hoja café, que había caído lentamente durante eternos segundos desde la casi desnuda copa del mismo árbol abandonado de siempre, aquella imagen lejana de ciprés alto e infinito. No miraba nada más que los colores de su propia ceguera, el arcoíris secreto de las ilusiones de su mismo pensamiento, de sus mismas idealizaciones futuras, de aquellos amores fantásticos que solamente se concibieron en lo profundo de sus cavilaciones, en lo más hondo de sus infernales llantos. El corazón latía casi paralizado; por momentos, recordaba aquellas frases trilladas de las que pretendía vanamente ser autor; esa frase que repitió en su mente, tal cual una declaración de amor jamás pronunciada: los ojos son una representación externa de mi corazón, una manifestación sublime del interior de ese sentimiento incontenible que sale a la luz cuando el brillo de una estrella se opaca ante la incandescencia de una mirada, ante el suave crepitar de la garúa que aguardaba mi llegada. Sostuvo su respiración por un breve instante, empapándose con las primeras lágrimas tardías de su corazón, transformadas pronto en el inconsolable llanto de esos sueños que nunca se cumplieron, que solamente vagaron por las alcobas vacías de esas historias de falsa nostalgia, de hechos que jamás ocurrieron, que solamente rondaron su cabeza cuando los necesitó como refugio ante tormentas más desastrosas e hirientes. Cuando se preguntó las razones de sus desencuentros, simplemente halló la lágrima reseca de su corazón oprimido y apagado. Encontró la respuesta a la desidia de su alma, al cansancio de sus ilusiones, a la noche de sus atardeceres; a su ingenua soledad.