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sábado, 13 de marzo de 2010

LLANTO

Solo un diminuto pájaro rojo volaba por entre las claras nubes de ese desengañado atardecer, recubierto por escarcha y serpentinas color escarlata. Sobre uno de los banquitos de aquel lejano parque, descansaba una reseca hoja café, que había caído lentamente durante eternos segundos desde la casi desnuda copa del mismo árbol abandonado de siempre, aquella imagen lejana de ciprés alto e infinito. No miraba nada más que los colores de su propia ceguera, el arcoíris secreto de las ilusiones de su mismo pensamiento, de sus mismas idealizaciones futuras, de aquellos amores fantásticos que solamente se concibieron en lo profundo de sus cavilaciones, en lo más hondo de sus infernales llantos. El corazón latía casi paralizado; por momentos, recordaba aquellas frases trilladas de las que pretendía vanamente ser autor; esa frase que repitió en su mente, tal cual una declaración de amor jamás pronunciada: los ojos son una representación externa de mi corazón, una manifestación sublime del interior de ese sentimiento incontenible que sale a la luz cuando el brillo de una estrella se opaca ante la incandescencia de una mirada, ante el suave crepitar de la garúa que aguardaba mi llegada. Sostuvo su respiración por un breve instante, empapándose con las primeras lágrimas tardías de su corazón, transformadas pronto en el inconsolable llanto de esos sueños que nunca se cumplieron, que solamente vagaron por las alcobas vacías de esas historias de falsa nostalgia, de hechos que jamás ocurrieron, que solamente rondaron su cabeza cuando los necesitó como refugio ante tormentas más desastrosas e hirientes. Cuando se preguntó las razones de sus desencuentros, simplemente halló la lágrima reseca de su corazón oprimido y apagado. Encontró la respuesta a la desidia de su alma, al cansancio de sus ilusiones, a la noche de sus atardeceres; a su ingenua soledad.

jueves, 14 de enero de 2010

BÚSQUEDA PERPETUA

Mientras pisaba unas hojas secas arremolinadas bajo un zigzag de enormes árboles verduzcos y otoñales, mis pensamientos despertaban de su profundo y aletargado descanso, para reparar un poco en las sutilezas de una naturaleza perpetua y sublime. Empecé a contemplar las altas copas de aquellos viejos eucaliptos, adornados por la suave presencia de los multicolores colibríes que se agitaban animosamente por entre las gruesas ramas de los verdes señores del bosque.


Mis piernas se adelantaron a mis órdenes y, como si solas quisieran saciar su curiosidad, empezaron a moverse una delante de la otra por un estrecho camino. Miraba al cielo, sin concentrarme demasiado en lo que delante de mí aparecía; no quería preocuparme por lo que me hacía entristecer o divagar; solamente deseaba dejarme llevar por el frío viento de ese invierno seco y perpetuo que inundaba las montañas de mi pequeña ciudad.


De repente, ante la sorpresa de mis ojos, me encontré abrumado por un silencio profundo. No era capaz de captar ni los más sonoros ruidos del bosque; todo era quietud y permanente silencio. Giré alrededor mío varias veces, con la pretensión de descubrir alguna explicación, algún sonido delator; pero nada, únicamente sorda parsimonia. Decidí entonces sentarme hasta percibir alguna mínima melodía, algún breve canto que inundara mis oídos.


Afortunadamente, no tardé mucho tiempo en empezar a escuchar la música que luego llenaría mi alma. Una suave voz inconfundible, que viajaba tímidamente atravesando troncos, hojas, ramas, pájaros y vientos; viajaba opacando otros sonidos, otros ruidos, otras canciones. Llenaba por completo todo el horizonte, no dejaba espacio para nada más; no era egoísmo, sin embargo; era plenitud, profundidad, era pureza y fuerza incontenible.


No pasó mucho tiempo hasta encontrarme frente a frente con la música de mis pensamientos. Por instantes, llegué a pensar que era yo mismo quien componía, en lo más profundo de mi ser, aquellas melodías llenas de altivez y pulcritud; plenas de sensaciones apasionantes y puras. Al cerrar y abrir los ojos en un instante de oscuridad y luminosidad encontrados, hallé tu mirada que hasta ahora retengo sin dudarlo. El aliento quizá lo perdí al momento de encontrarte, pero mis latidos continúan vivos gracias tu llegada.


Pero, ¿cuándo llegarás?

Imagen tomada de:
http://www.galeriade.com/pozuelo/data/media/7/bosque.jpg

domingo, 11 de octubre de 2009

SILENCIO PERDIDO

No eran cenizas de esas que, en las calles húmedas, reposan luego de una madrugada de silencios y dudas.

Una banda de perros callejeros andaba con cautela por entre las hojas secas desperdigadas a lo largo del sendero de adoquines, de ese parquecito de barrio viejo. Los árboles despertaban y respiraban de las primeras brisas de olor a pétalo de noche triste. Ahí estaba el paso de las lunas oscuras por entre las nebulosas de esa galaxia de nostalgias escondidas. Ese tenue rosado de las nubes intimidadas por la tempranera alba de las soledades silenciosas. Eran esas hojas de un diario escrito a medias, apesadumbrado por las gotas saladas provenientes de los olvidados ojos responsables de una mirada no correspondida, espectadores de una traición no consumada, de un artificio de fuego azul que devino en una hálito de pólvora marrón contagiada por la fulgurosa llama de un corazón incomprendido, de una noche atrapada por las lágrimas de un planeta oscuro. Pero las cenizas no eran de esas que cualquiera hace con un candelabro y la leña de una melancolía errante.


Al levantarse una mañana de insólito granizo, no encontró razones para recoger los retazos de sus lágrimas perdidas. No era tiempo de distraerse en conversaciones íntimas de su propia autoría; de esas charlas con la absurda conciencia que solo aparecía cuando todo estaba consumado y no había marcha atrás. Eran esos los momentos precisos en que hubiera preferido encontrarse sentado frente al convento de campanarios imponentes y aldabas forradas de pan de oro; ahí, tomando un cafecito que le quemara la lengua y le recordara la vida. Pero no lo era, no era ese el escenario, no era la situación, ni el ideal; no era el momento cumbre, ni la expresión máxima de sus anhelados sueños trastornados pero transformados en gloriosa aunque breve y poco parsimoniosa realidad. Se conformó con permanecer atónico ante el óleo de ese árbol rojizo clavado en mitad del lienzo, con las raíces profundas y dolorosas, luchando incesantemente por llegar al encuentro final, a la ceguera fatal, a la sublimación total.


El paso de las noches no alivió el ardor de las cenizas. Las madrugadas fueron pretextos de lunas llenas, de grises encuentros entre pensamientos inexplicables y utópicos. El canto de las luciérnagas invisibles no llegaba hasta el corazón de los envilecidos, que únicamente se limitaban a buscar la frívola luminosidad. Lo triste fue que, poco a poco, las pocas luciérnagas se mimetizaron a una realidad que las atrapó, escondiendo la dulzura de su canto, para dar primacía al impacto de su luz. Así fue que un caminante de madrugadas solitarias, aguzando el oído cuando el instinto provocaba sus latidos, no pudo descifrar el cántico que provenía de la belleza sublime de lo no evidente, del verdadero encuentro con ese amor desengañado aunque esperanzado. Esas falsas luces le aturdían; pero más que eso, le entristecían y le decepcionaban. Buscó la proyección de esa verdadera belleza oculta, de ese sentimiento que hace temblar las cúspides de la razón. Pero no lo encontró, porque la superficie se interpuso sobre la profundidad; porque su corazón latió, cuando no fue correspondido. Porque su mente soñó, cuando era tiempo de aferrarse a la realidad para caminar. Y lloró.

sábado, 1 de agosto de 2009

SUEÑO UN SUEÑO

Me senté a escuchar a una de aquellas personas que, pasan apenas unos instantes por la vida y que, bueno, que uno no puede expresar ni contemplar mucho tiempo. Solamente cabe escucharlas.

Escuché con atención una breve historia que se permitió contarme:



“Pues bueno mi querido amigo, quizá no nos conocemos mucho pero me parece coherente llamarte mi amigo; cuenta esta historia, este breve… relato, como quieras llamarlo… sobre un hombre, alguien que como puedes ser tú, puedo ser yo…, bueno, quizá yo no, ya mis años superan mis ilusiones… Bueno, entonces, este hombre, paró su automóvil en medio de una carretera desierta, ahí, en medio de los campos amarillentos de los que la lluvia se había olvidado, y empezó a caminar en el sentido que, su primer paso dado, su primera andada tras descender del vehículo, lo llevó. Así pues, en medio de la carretera, quedó ese carro… ni recuerdo bien de qué tipo o marca era, quizá un BMW o quizá un Ford, no lo se a ciencia cierta; con alguna duda razonable, puedo decir que, eso sí, era un automóvil antiguo, de esos llamados “clásicos” por esos que se autodenominan “eruditos” del “vehículismo”… de esos que se autodenominan “sabios” del “conductismo”, y esto, vaya vaya, creyendo con tanta certeza que hasta me llegaron a engañar un par de veces, que con esos términos hablaban de autos, esos t-é-r-m-i-n-o-s… no lo podría decir, pues para ellos podrían ser verbos, sustantivos y adverbios, incluso todo al mismo tiempo… recuerdo amigo mío, los “eruditos y sabios” eran ellos, no yo… En fin, ese carro quedó varado en medio de la carretera, mientras la persona de la que le hablaba, cuyo nombre mi memoria ha ocultado en alguno de esos ataúdes que muchas veces son muy saludables, en esos polvorientos armarios del ayer… Anduvo unos momentos, hasta que, en sentido contrario, pasó un autobús, en el cual se subió, no con desagrado, pues hace ya 14 años que solo se movilizaba en su pequeño carrito y había dejado atrás el transporte público tan añejo; así que subió con cierta nostalgia, pero evidentemente las cosas ya no eran como antes, no, no, no, no eran así mi amigo, al darse cuenta del detalle usted será muy perspicaz aunque ciertamente no tan brillante, pues es… digamos, algo en todo caso evidente… los años pasan y las cosas cambian amigo mío, y esto es tan claro, como el sobrio café que tomaba de joven sentado en la acerca de mi querida Bahía… de esas épocas trascendentales y hoy denigradas. No importa de todas formas, pues lo que interesa es que subió al bus y, luego de soportar con bastante solidez el golpe del espectro helado de los cambios, se sentó junto a una señora de edad avanzada, quien al ver un carro varado en la mitad de la carretera, le comentó de un modo extrañamente impertérrito y, a la vez, perplejo, ‘vea nomás mi señor, como va a ser que dejen el carro así, no puede ser, se da cuenta, yo siempre digo que ya no respetan a los mayores’, a lo que contestó con un sencillo asentimiento de quijada. Decidió bajarse y, como no tenía pasaje, alegó que se equivocó de ruta y que le permitieran hacerlo; el cobrador, en este caso cortés, más bien creo yo distraído en alguna chiquilla coquetona, dejó que se quedara por ahí nomás, nomás pasando por ahí. Estando en la calle, a los pocos minutos, un nuevo autobús volvió a pasar por ahí, en medio de la carretera de hierbas amarillas; y éste, ahora, venía en el sentido contrario del primer bus, así que le tocaría regresar nuevamente de donde partió o, quizá sea más adecuado a estas alturas del viaje, hacia donde se dirigió. La verdad es que a este bus lo tomó con más cariño… no, no es esa la palabra… con más… realidad, con más… indiferencia… y así, nuevamente se sentó, pero ahora junto a una señora de menor edad, quien, al contemplar a dicho automóvil sin conductor, manifestó con cierta sorna, ‘vea nomás, ahora en estas épocas de gobiernos de sapos, hasta los fantasmas pueden conducir automotores, que nos espera, ¡qué nos espera!’ Escuchó eso, le contestó con una leve y tímida sonrisa, y volvió a bajarse del bus, con el argumento de que ‘se me olvidó algo, déjenme bajar por favor’, lo que no le fue negado, ya que poco habían avanzado. Así, de nuevo con las suelas en el asfalto, volvió a esperar y a contemplar, mirando al solitario árbol rojizo en medio de las hierbas amarillas y de las nubes rosas. Un nuevo bus, pasó por ese lugar; un autobús prácticamente vacío, quizá empezando el recorrido, quizá, nadie lo sabrá, ni siquiera yo mi querido amigo –y como ya noto su cansancio, le informo que estoy por acabar- quizá, llegando a su llegada. Subió, y encontró dos ojos claros, una sonrisa afable, y una cálida presencia, que le manifestó, cuando pasaron junto al automóvil abandonado, con mucha soltura pero igualmente con no menos cuidado: ‘me bajo aquí para encontrar lo que he buscado, tuve un sueño la noche de ayer, y al fin he encontrado, lo que no había entendido’. Y así, mi querido amigo, ella bajó del autobús, y, tras de ella, aquel de quien cuyo apellido no tengo ya recuerdo, y, tras alcanzarla a un solo paso, miró en lo profundo de sus ojos, sonrió con la sinceridad propia de las almas permanentes y límpidas, hasta tomar sus manos y decirle, ‘un sueño es un buen comienzo para un transitar infinito’ y ella le respondió, ‘y el mismo sueño es el camino mismo por el que quiero transitar’, y él agregó, ‘si mi camino con el tuyo se ha encontrado…’, concluyendo los dos, ‘los dos caminaremos, juntos para siempre, por esta ruta de quimeras’… y así fue, como sucedió mi querido amigo… no me pregunte la fecha exacta, no me pregunte como es que tengo conocimiento de estos hechos, solo permítame decirle, ahora ya mi viejo amigo, que así como aquella vez, no se fíe de los automóviles varados, en medio de carreteras de hierbas amarillas, y nubes de color rosado”.



Elé el fen.