jueves, 24 de diciembre de 2009

ME PIENSES


“Lo más terrible se aprende enseguida, y lo hermoso nos cuesta la vida”.
S. Rodríguez.



Un cometa atravesaba el firmamento, mientras la luna aguardaba sigilosa detrás de un par de nubes. Una estrella que viajaba por entre constelaciones, fraguadas por el mágico encanto de una secreta diva. Giraba mi cabeza ante la lluvia de pirotecnia, que adornaba un cielo oscuro al contraste de sus estrellas. Me adentré hacia los suaves pastos de aquella alameda, que me conducía por entre árboles altivos y adormecidos. Seguía con fijeza el rumbo de mis pasos, con la intención de evitar cruzar por entre una línea, para así avanzar de manera precisa sobre cada uno de los bloques de esa avenida colorida, pero por la insolente oscuridad toda invadida. Sentí el goteo de un rocío, proveniente de algún árbol parapetado entre los dientes de la hierba en su bravura. Allí decidí sentarme a descansar mis manos aturdidas, mis ojos humedecidos por el llanto melancólico de una noche solitaria. Con mi mente anduve observando los paisajes de mis sueños, aquellos recónditos lugares donde una pintura surrealista se dibuja entre los astros de mi locura. Y cuando abrí los ojos, desconcertado ante la niebla de mis quimeras maltratadas, sublime encuentro mi mirada presenció ante la belleza de tus ojos, si supieras que te quise desde siempre, aunque nunca esperaste tú mi encuentro, yo en cambio si aguardé eternamente la llegada de la brisa, que los dedos de tus manos provocaron en mis días. Tomé tu mano como quien acepta su destino, y me levanté contemplando aquellos ojos; los tuyos solamente, en el momento en que a mi vida llegue, ese instante en que la muerte ya se olvide. Y caminamos los dos eternamente, de las manos sin temor íbamos tomados.


Aun seguiré esperando, porque he descubierto, nuevamente, la paciencia.
Te esperaré sin que lo pienses, aunque quizá a mi vida nunca llegues.

jueves, 12 de noviembre de 2009

RECORDARTE EN LAS TINIEBLAS

La puerta se abrió lentamente, como si no fuera yo quien la estuviera empujando. No había luz detrás de ella, ni siquiera se podían distinguir las sombras ni los rincones; era la oscuridad total, la penumbra en medio de una nada inhóspita y lúgubre. Quise abrirme paso, andar aunque sea unos pocos metros por entre las tinieblas; sin embargo, ese aire cargado de densidades insoportables, esa sensación de sentirse atosigado y a la vez amenazado, no me permitía dar un solo paso más. Estaba completamente paralizado, mirando hacia la profundidad de algo que ni siquiera era ni podía ser capaz de divisar. Permanecí de manera insólita, parado en la entrada sin mover una sola parte de mi débil anatomía; tal era la sensación de desasosiego, que no me permitía respirar del todo bien, y, en tales circunstancias, el desmayo parecía algo cercano y hasta deseable.

A pesar de esto, logré mantenerme atado a mis pensamientos y a cuestionarme mi actitud ante esta situación adversa. No quería imaginarme absolutamente nada, no quería pensar en nada, no quería saber de nada ni enterarme de nada nuevo; únicamente deseaba mirar larga y pesadamente a la profundidad de esa galaxia insoportable, de eso agujero impenetrable que requería mi presencia en su interior, pero que por desgracia, de manera simultánea, mediante fuerzas irreconocibles e invisibles, me impedía todo movimiento. Así que me resigné; me resigné a permanecer imperturbable hasta que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y, así a lo mejor, pudiera encontrar un momento de lucidez en el cual adaptar mi desgraciada situación al incontrastable entorno que surgía a mi alrededor. Al parecer, mi estrategia empezó a funcionar, si bien no de una forma completamente satisfactoria, si bastante aceptable como empezar a soportar el pesado ambiente que allí se terminaba de establecer.

Al cabo de unos segundos, quise dar el primer paso, quise avanzar unos cuantos centímetros; y, así, levanté con parsimonia mi mano derecha, tratando de orientarla hacia adelante. Luego, pestañé forzadamente varias veces, pretendiendo representarme que con esa acción lograría enfocar mejor mi vista y percibir las cosas con mayor claridad; no obstante, no llegué a percibir algo nuevo, porque todo seguía siendo igual: tinieblas. De todas formas, mi brazo derecho, hacia al frente, ya estaba perpendicular a mi cuerpo, por lo que traté a avanzar un poco, levantando con bastante desatino mi pie izquierdo y tratando de calzarlo en el siguiente espacio disponible; por un momento, que quizá fue un segundo, pensé que no habría nada más que un abismo delante de mí, un profundo hoyo que me llevaría a las catacumbas de un templo abandonado y lleno de podredumbre. Para mi fortuna, debajo de mí solo había piso, firme y aparentemente seguro, lo que me dio más confianza para dar el siguiente paso.

Ahora, me encontraba en una posición distinta. Había dado un par de pasos y eso significaba que había abandonado la quietud, para avanzar y enfrentarme a posibles adversidades, lo que ciertamente me llenó a más valor y ánimo. En ese momento, cerré los ojos y empecé a respirar con más tranquilidad y concentración, al tiempo que elevé mis brazos hacia los costados, de modo que mis manos estuvieran equidistantes una de la otra. Sentí mis inspiraciones y exhalaciones con toda claridad, sin pensar en nada más que en mi respiración, sin abrir un solo instante mis ojos. De repente, percibí que una sombra se aproximaba, una sombra que solo podía distinguir cuando cerraba los ojos, pues apenas los abría, desaparecía. Me pregunté si era conveniente mantener los ojos cerrados, porque quizá podría ser peligroso; o si, por el contrario, al mantenerlos abiertos, me perdería de algún fenómeno capaz de cambiar mi vida. Opté por mantener mis párpados cerrados y esperar sin angustia ni ansiedad.

Seguía con mis manos extendidas hacia los costados de mi cuerpo, perpendiculares y equidistantes. De repente, una suave brisa recorrió mis orejas, y percibí un leve sonido armonioso pero ambiguo y casi inaudible. No abrí los ojos, no quería interrumpir el transe que estaba experimentando y, de todas maneras, ya no estaba seguro de la verdadera realidad de las cosas. La brisa se acentuó, y ahora percibí a la sombra mucho más cerca de mí, casi palpando mi nariz; y luego, un estremecimiento recorrió mi cuerpo, cuando una suave superficie indescifrable recorrió mi rostro. Me mantuve pasmado por al menos varios segundos, quizá minutos; sentía que era una suave piel, y tenía un aroma indescifrable pero, a la vez, dulce y capaz de provocar la calma en medio de una tenaz tormenta eléctrica. Sentía los dedos de una delicada mano, aunque no podía ni quería abrir los ojos para asegurarme de ello.

Volví a respirar muy pausadamente, tratando de olvidar un poco aquella mano que ahora ya no me tocaba más. Pensé inmediatamente que todo había sido una impresión causada por mi peculiar nerviosismo ante una situación de anormal oscuridad. Pero nunca sospeché que un nuevo estremecimiento recorrería todas mis entrañas; estaba lejos de imaginar que sentiría el shock de una corriente inexplicable por todo mi sistema nervioso. De manera inesperada, quizá insensata, me percaté que mis labios estaban siendo invadidos; no era la mano aquella de hacer unos momentos, eran otros labios, dulces como el agua en medio del desierto. Solo permanecí inmóvil, sin querer pensar en nada más, ni divagar sobre asuntos metafísicos, como solía hacer; ahora, estaba sintiendo la fuerza de la vida en mi propia alma, el corazón infinito de todo el universo latiendo dentro de mi cuerpo de manera incontenible, como si en cualquier momento miles de haces de luz empezaran a emerger insaciables desde mi interior.

El encuentro de mis labios con aquellos, no duró por mucho tiempo, pero sí lo suficiente para sentir el éxtasis de ese perfume que uno percibe solo de manera muy leve, pero que ya nunca podrá olvidar y recordará hasta volver a encontrarlo. Ella no volvió con sus labios, que se habían alejado; pero volvió con sus manos. Mis brazos bajaron lentamente, ante el ímpetu de los de aquella presencia insospechada; y mis dedos, empezaron a entrecruzarse con los de ella, como si olas irrefrenables se batieran incontenibles en un océano de artificios. De repente, sentí un calor ascendente acercándose a mí, como si lentamente una fogata distante se trasladara hasta mi lugar, sin que yo moviera un solo músculo, a pesar de desear su cercanía como nada más en el mundo. Escuché su susurro en mi oído izquierdo; sentí su mano cerca de mi oreja derecha, nuevamente sus labios acercándose, mis manos recorriendo sus brazos y mis ojos cerrados, deseando no abrirse nunca más, deseando no volver a contemplar la luz ni las sombras, porque con la quietud y la oscuridad me conformaba, porque con la quietud y la oscuridad era feliz por primera vez.

domingo, 11 de octubre de 2009

SILENCIO PERDIDO

No eran cenizas de esas que, en las calles húmedas, reposan luego de una madrugada de silencios y dudas.

Una banda de perros callejeros andaba con cautela por entre las hojas secas desperdigadas a lo largo del sendero de adoquines, de ese parquecito de barrio viejo. Los árboles despertaban y respiraban de las primeras brisas de olor a pétalo de noche triste. Ahí estaba el paso de las lunas oscuras por entre las nebulosas de esa galaxia de nostalgias escondidas. Ese tenue rosado de las nubes intimidadas por la tempranera alba de las soledades silenciosas. Eran esas hojas de un diario escrito a medias, apesadumbrado por las gotas saladas provenientes de los olvidados ojos responsables de una mirada no correspondida, espectadores de una traición no consumada, de un artificio de fuego azul que devino en una hálito de pólvora marrón contagiada por la fulgurosa llama de un corazón incomprendido, de una noche atrapada por las lágrimas de un planeta oscuro. Pero las cenizas no eran de esas que cualquiera hace con un candelabro y la leña de una melancolía errante.


Al levantarse una mañana de insólito granizo, no encontró razones para recoger los retazos de sus lágrimas perdidas. No era tiempo de distraerse en conversaciones íntimas de su propia autoría; de esas charlas con la absurda conciencia que solo aparecía cuando todo estaba consumado y no había marcha atrás. Eran esos los momentos precisos en que hubiera preferido encontrarse sentado frente al convento de campanarios imponentes y aldabas forradas de pan de oro; ahí, tomando un cafecito que le quemara la lengua y le recordara la vida. Pero no lo era, no era ese el escenario, no era la situación, ni el ideal; no era el momento cumbre, ni la expresión máxima de sus anhelados sueños trastornados pero transformados en gloriosa aunque breve y poco parsimoniosa realidad. Se conformó con permanecer atónico ante el óleo de ese árbol rojizo clavado en mitad del lienzo, con las raíces profundas y dolorosas, luchando incesantemente por llegar al encuentro final, a la ceguera fatal, a la sublimación total.


El paso de las noches no alivió el ardor de las cenizas. Las madrugadas fueron pretextos de lunas llenas, de grises encuentros entre pensamientos inexplicables y utópicos. El canto de las luciérnagas invisibles no llegaba hasta el corazón de los envilecidos, que únicamente se limitaban a buscar la frívola luminosidad. Lo triste fue que, poco a poco, las pocas luciérnagas se mimetizaron a una realidad que las atrapó, escondiendo la dulzura de su canto, para dar primacía al impacto de su luz. Así fue que un caminante de madrugadas solitarias, aguzando el oído cuando el instinto provocaba sus latidos, no pudo descifrar el cántico que provenía de la belleza sublime de lo no evidente, del verdadero encuentro con ese amor desengañado aunque esperanzado. Esas falsas luces le aturdían; pero más que eso, le entristecían y le decepcionaban. Buscó la proyección de esa verdadera belleza oculta, de ese sentimiento que hace temblar las cúspides de la razón. Pero no lo encontró, porque la superficie se interpuso sobre la profundidad; porque su corazón latió, cuando no fue correspondido. Porque su mente soñó, cuando era tiempo de aferrarse a la realidad para caminar. Y lloró.

viernes, 25 de septiembre de 2009

UN CAMINO PARA UN AYER

En aquel banco a uno de los costados del gris camino de piedras, como quien espera la caída de una nube enviada por un astro escondido por entre las escaramuzas de una noche de luna llena, se encontraba la mirada tímida de aquella mujer cuyos ideales conservaban su alma como la de una niña, pero con tristezas prolongadas que habían hecho de su corazón, hace ya un buen tiempo, el tema central de una canción de melancolía.
El acre polvo de aquel abandonado paraje, irritaba con poca compasión sus entristecidos lacrimosos ojos. No estaba con ánimo de hacer una lectura de alguno de los panfletos revolucionarios que, en forma de literatura kafkiana, permanecían ocultos dentro del bolsillo más amplio de su envejecida mochila; sin embargo, de su desgastado estuche, sacó sus lentes de marco celeste, y se los puso por sobre su delicada nariz y por delante de su destellante y quizás, con más precisión, desafiante mirada.

A tiempo estuvo tomada aquella decisión, evidentemente forzada por la circunstancia aparentemente perpetrada con planificación intencional, de parte del irrefrenable viento de ese eterno otoño boreal. En el preciso momento en que su perspectiva fue favorecida por aquel interpretador de melodías literarias y también de otras tantas malas hierbas, en la esquina inferior derecha de ese prepotente nevado volcán, conservó por unos instantes exagerados la permanencia de su observación, para darse encuentro con la mochila andante de algún desconocido de gafas anaranjadas y camisa a rayas.

Un camino pedregoso no es lo que una mirada atónita establece, cuando los ojos tristes de un espíritu imaginativo encuentran, frente a sí, la posibilidad cierta de la coincidencia inobjetable; sin duda, un pensamiento atraviesa el corazón, y lo lleva a interrogarse sobre su propia existencia, pues la sublimidad levanta un sendero de luces marítimas, como un faro en medio de una isla desierta, un haz de luz que solo una única persona esta destinada a ver y a entender, una única persona que detendrá su bote, lanzará a la arena de esa playa limpia de huellas los malheridos remos de una barca desaparecida en medio de los claros de una laguna de desconcierto, y correrá directamente hacia donde sus inspirados latidos la lleven.

Así fue como el transitar indefinible de aquella anónima mochila, cargada por algún peregrino de una desilusión colgada de un centenario árbol torcido, llegó hasta las cercanías del banco apartado de ese gris camino de piedras, donde permanecía absorta la mirada destellante de la princesa aquella, de los sueños olvidados en el primer pensamiento de una mañana de alguna pasada noche incierta.

La mirada esquiva no era algo ajeno a aquel ser humano, que aún lucha por mantener la ilusión de un latido de su corazón maltratado pero altivo; un latido extraordinario, no uno más como esos que se sienten cuando, en un momento de descanso, se pone la mano sobre el pecho y se piensa sobre la fragilidad de la vida. Por el contrario, esperaba y, finalmente, encontraba ese latido insospechado, que generó desde sus agotados pies, pasando por su incontestable sexo, hasta el pecho de sus pétalos marchitos, la sensación del paracaidista de cielo abierto, que pretende olvidar la caída última, y solo se queda contento con la marea de nubes por debajo de un infinito y luminoso azul.

Desde la otra orilla, el náufrago de propósitos, el ahogado por voluntad propia, encontró la soga arrojada desde el muelle de olvidos y nostalgias; no quiso esforzar sus brazos para sostenerse del ambiguo hilo de incierta salvación. Pero sin siquiera imaginarlo por un mísero instante, al pasar sus dedos por entre las costuras de una aparente medusa de fulminación, sintió el estremecimiento eléctrico que transformó sus alicaídos ojos en dos burbujas de soplos de niñez, de ilusión de fuego entre las llamas de una fogata mal apagada.

Las manos no atravesaron ni transgredieron el contacto de las miradas. Las amarillentas hojas de esos árboles plenos de ambiciones descuidadas, no caían más sobre los hombros de la doncella acostumbrada y del caballero resignado. Sin duda, el faro de la isla desierta prefirió la siesta, porque la luz que emergía al unísono desde la profundidad de las grietas de un corazón malherido, cegó su propia imaginación, dejando a solas las miradas y las manos extraviadas.
El banco al costado de la gris callejuela de piedras, no estuvo nunca más sometido al abandono de los vientos helados de las noches que parecen madrugadas pero que apenas intentan conformarse con ser mañanas. Desde los árboles no cayeron más hojas secas y, de las lluvias de Abril, solo quedó el caminar decididamente cansino de las miradas encontradas, que bien podrían haber sido pájaro, girasol, nube o, con más pomposidad pero no menos valentía, aureola rojiza de contradictorio ocaso alambicado y anticipado de un mañana que se olvida, y de un ayer que regresa.



Imágenes tomadas de:
http://1.bp.blogspot.com/_RT1rQ83ZAGQ/SPcJApI5SlI/AAAAAAAAAO0/IUZ8X6U8vdE/s400/normal_camino-inca-piedras.jpg. Acceso, hoy.
http://reformadoreformandome.files.wordpress.com/2007/11/lentes.jpg. Acceso, hoy.
http://robertos.blogsome.com/images/faro.jpg. Acceso, hoy.

viernes, 11 de septiembre de 2009

TRANSPORTES COMUNES


El viajero tomó el primer trole que pasó, en esa parada denominada “El Florón”. Por la ventana, aún podía divisar al grupo de mayores petrificadas, canturreando eterna pero silentemente el “de mis manos ya pasó”. La ventana estaba cómodamente abierta, permisiva con la suave brisa de una luminosa mañana de esta ciudad de hierbas y pavimento; así, disfrutaba de la libertad de poder escaparse de los molestos calores e irritables olores propios de un colectivo medianamente abarrotado.

En un momento determinado, en que recuperó la consciencia sobre aquello que debía estar a su alrededor cuando dejó por unos largos momentos la realidad, se encontraba por “Santa Clara”, justo para escuchar el inusitado –para él lo era- aunque permanente –para siempre del lado del trole- mensaje de llegada, arribo y salida, reiterados a cada instante. Las puertas abrirse y cerrarse, cotidiana tortura para esos mecanismos lentamente deteriorados por el transcurso indetenible de los años y las sombras.

(…)

¿Quién fue, pues, el que ideó esto del trole? Se cuestionó en un aletargado momento de ensimismamiento. Sin duda, la respuesta era poco importante, porque para él era autoevidente, siempre la había tenido y la tenía presente, en su mente; sin duda, no olvidaba aquellas épocas en que navegar en la zona articulada constituía toda una aventura y genialidad; o la adivinanza de las paradas devenía en señal de respeto y conocimiento de la ciudad, aun cuando se ignoraban otros datos trascendentales.

Pero si embargo, antes de siquiera intentar narrarse a si mismo todas las paradas del transporte que recurría a la electricidad para funcionar, pensó en mejor, recordar las de su transporte más utilizado y no menos añorado, aunque simplemente fuera una total puerilidad: la ecovía. Y así, jipijapa, los sauces, 24 de mayo, naciones unidas, benalcázar, eloy alfaro… hasta ahí llegó, pero no podía recordar la siguiente; a su mente venía la idea de “no puedo saltarme a la del libertador argentino, debo lograr recordar la que me toca”. Pero ni por casualidad se le ocurría, ni por mérito propio o ajeno, le llegaba la iluminación. Así que decidió continuar, pues pensó que era mejor seguir y no decaer.

San Martín, La Paz, Orellana, Baca Ortiz… y se detuvo a pensar que ahora dibujaba en su mente los títulos con mayúsculas en las primeras letras, por lo que volvió a recorrer todo el circuito, ahora si puntuando adecuadamente cada parada; aun así, no logró recordar la que le faltaba entre los históricos Eloy Alfaro y San Martín, a parte claro está de los más de 80 años. Siguió luego de Baca Ortiz la Manuela Cañizares, luego la Leonidas Plaza, Casa de la Cultura, Alameda, Simón Bolívar y La Marín, pues las siguientes hacia el sur, se dijo modestamente, no las había visitado.

En eso se encontraba, cuando se percató que estaba en la “Banco Central” del trolecito, y mirando el parqueadero de “San Blas”, pensó en aquella vez que recorrió, con corazón aventurero, los recónditos tejados, si es que así los podía denominar, de la imponente y al mismo tiempo tenebrosa Basílica; y, desde ahí, tomar las fotos del panecillo, rodeado por esas tenues nubes de un inusual Abril despejado y azul. Llegó hasta “Plaza Grande” cuando precisó recurrir a algún trucho semántico para recordar la parada de la ecovía que le faltaba, aquella pieza del rompecabezas que no le cuadraba y que dejaba un espacio vacío en el tablero.

Mirando la hermosura y la belleza de ese centro histórico congelado en un pasado modernizado; ansiando verse caminando por los empedrados, tomado del brazo de su “vieja”, y sonriendo al alzar con delicado gesto su boina a cuadros y con tonos cafés. Vibró en la parada “Recoleta”, cuestionándose por no haberse percatado de que, al parecer, la recordada “Cumandá” había desaparecido.

(…)

Regresaba ya en un bus a su casa, por la noche, preguntándose sobre la realidad de sus pensamientos. Observó unos ojos increíbles, una mirada penetrante pero sublime; la figura de la dama que lo miraba con interés pero, simultáneamente, con extrañeza. Era la belleza para él, era contemplar la belleza y mirarla, verla en ese instante perpetuo, en esa mágica miel que se agotaba como una agonía deseada e incesante. Y ahí fue, que como una ráfaga, se dijo asimismo bella vista, bella-vista, “Bellavista”, esa es la parada.

Pd.: Muchas Amandas se despidieron de sus Manueles aquel siniestro 1973. La calle mojada, corriendo a la fábrica... Nunca más.

viernes, 28 de agosto de 2009

REBELIONES INESPERADAS

Hace aproximadamente una semana, ya ni me acuerdo con exactitud, abrí el programa “Microsoft Word”, de esa versión que, de manera sumamente sospechosa tiene una “x” cuando se graba uno de sus documentos, luego del ya conocido “doc”; en fin, me disponía a redactar algún documento de esos que, generalmente, son leídos de corrido y luego arrojados vilmente a un absurdo y solitario basurero de plástico de una esquinita llena de polvo. En esas me hallaba, cuando ocurrió algo inusitado, algo nunca antes visto, un suceso realmente fantástico pero, al mismo tiempo, tenebroso; y, como me gusta compartir, me apresto a darles a conocer este hecho, este acontecer, esta situación que, realmente y sin lugar a dudas, os dejara perplejos, anonadados o, en todo caso, les hará dudar de, nuevamente, querer utilizar un procesador de textos o, quizá, extrañar a ese recordado y siempre infalible “Word Perfect” de las épocas de los “disquetes” negros, delgados, maleables y rellenos de un disco cubierto de kleenex.



Ahí les va este hecho; recomiendo no tener líquidos viscosos ni calientes junto a ustedes (supongo que sí habrán lector@s o curios@s), pues puede ser que el trauma de leer lo siguiente les provoque reacciones imprevistas.



Me aprestaba a guardar el documento desde un inicio, pues por mi tradicional tendencia a tratar de siempre asegurar absolutamente todo, siempre que empiezo a escribir algo prefiero guardarlo desde el principio e ir grabándolo periódicamente (en este momento, de hecho, lo acabo de hacer). En el preciso momento en que con mi dedo arrastraba el cursor hacia el icono con un dibujito de lo que alguna vez fue un antiguo disquete de color azul con etiqueta blanca, pensé ¿qué título le voy a poner a esta vaina? Al escudriñar entre mis neuronas alguna posibilidad que, al menos en mi limitado criterio me pareciera original, decidí dar un paso previo para ver si así, con un poco de distracción, se me iluminaba y me llegaba la primera inspiración. Me dirigí con el cursor hasta cuando salió el cuadrito “Fuente”, y estaba por cambiar de una que decía “Calibri”, a mi siempre preferida Times New Roman.


De repente, el cursor dejó de reaccionar. La pantalla empezó a prenderse y apagarse de manera intermitente y, ciertamente, fantasmagórica. Por un momento pensé que había un terremoto o alguna repentina erupción volcánica; luego, llegué a creer que estaba por enfrentarme a terribles e indestructibles ánimas provenientes de algún cementerio Inca escondido debajo de edificios y montañas superpuestas. Al fin, se me ocurrió que un nuevo virus telepático se estaba internando entre los chips del disco duro de mi portátil, a pesar de que ni por imaginación excesiva me encontraba conectado a internet.


Sin embargo, de un momento a otro, todo permaneció en quietud, todo se quedó de un instante a otro en la más inquietante e insoportable soporífera calma. Así estuvo todo durante impactantes e irritantes segundos, sin que yo me atreviera siquiera a querer tocar alguna tecla. Caminé de un lado a otro, sin despegar una sola milésima la mirada de la pantalla. Me preguntaba si sería adecuado practicar el famoso “apagón”, o recurrir a la táctica de la “triple tecla automática”. En definitiva, mis dudas eran insoportablemente absurdas pero, simultáneamente, terroríficas. Finalmente, me senté frente a la pantalla, dirigí mi dedo pulgar hacia el “enter” para intentar algún artificio, dispuesto a todo.


Sin embargo, cuando a esto me aprestaba, del famoso y olvidado cuadrito “Fuente”, la impredecible “Calibri” se desplegó por todo el documento y empezó a escribirme “porque me desprecias, si yo siempre quiero impregnarme en estas páginas de mentiritas y tú, TÚ, no me dejas, malo”. Me quedé frío. Sinceramente, pensé que efectivamente se trataba de un súper virus creado por algún genio maldito dedicado a burlarse del enemigo; es más, me imaginé que me estaban grabando y, por de pronto, empezaría a salir en videos youtube más famoso que “Edgar”. Me arriesgué a intentar la táctica de la “triple tecla automática”, pero nuevamente salió la “Calibri” a decirme “no me apagues, malo malo malo, muy malo malo malo”.


En mi mente calculé que esta “Calibri” sería una especie de colibrí un tanto volado la teja que, en una reencarnación sumamente extraña, pasó a la plana mayor de las fuentes de los documentos “docx”; trataba de cavilar si alguna vez, en versiones pasadas, existía un tipo de letra así, y sinceramente no lo podía recordar, supongo que, o bien estuvo siempre en el olvido, o bien todavía seguía siendo colibrí. De todas maneras, ya me estaba tranquilizando, y me disponía, aunque me parecía un verdadero sinsentido, a responderle a esta “Calibri”; pero, de la nada, más sorpresivo y tenebroso que una caída en escalera eléctrica, apareció el “Times New Roman”, con furia y descontrol, sacando de la pantalla a la “Calibri”, y con su propio reclamo: “sal de aquí, entrometida, siempre he sido el preferido de todo documento y mi competencia jamás ha sido alguien de tan poca monta como tú, impertinente”.


Me quedé absolutamente pasmado. Sin duda, algo extraño estaba ocurriendo. Con la palma de mi mano, me di una tremenda cachetada para tratar de desestupidizarme, pero la verdad es que, o bien eso era algo imposible, o bien la realidad superaba los inimaginable. El “Times” se peleaba con “Calibri”, algo que me dejó estupefacto y con el pensamiento de que “cuando aparece Arial”. No terminaba de meditar esto, cuando, efectivamente, apareció el grandote del Arial y, tomándose de la mano del cuadrito “Tamaño de fuente”, colgó una cifra excesiva y exageradamente alta, para decir: “BASTA”. Entró con tanta furia y autoridad, que Times y Calibri salieron despavoridos hacia algún recóndito rincón, lo que fue aprovechado por la nueva visitante para decirme, rubicundamente, “me has rechazado siempre sistemáticamente; conozco por muy buenas fuentes, y esto no es una ironía, que siempre recomiendan redactar con mi contingente, o con las bastardas fuerzas del Times, y de alguna otra que también osa utilizar la impertinente letra T, y aunque he logrado expandir mis fuerzas por casi todos los territorios del buen y mal escribir, tú, si tú, me sales con tu desprecio y prefieres acudir a las ambiguas e incomprensibles mañas de ese que se cree algún tipo de romano, ya es suficiente; o me empiezas a aceptar, o comienza la rebelión, y te anticipo que tengo muchísimos aliados”.


Sinceramente, tuve todas las intenciones de abrir una ventana, desconectar los cables, y con todo desprendimiento dejar volar las ideas… contenidas en mi portátil y lanzarla por los aires. Todo pintaba gris, pero se puso aún más complejo, cuando de la nada, apareció el siguiente texto: "es hora de que los abandonados tengamos un lugar"; y. a continuación, inesperadamente y ante el evidente susto del Arial, apareció algo que me dejó atónito: "es hora que me tomes en cuenta, porque realmente es una afrenta hacia mi, el que me tengas en el olvido, la rebeilón de los débiles ha comenzado". Evidentemente, se trataba del aclamado "Symbol" (me he permitido traducir sus palabras, para que puedan entenderlas)


Estaba asustado. Totalmente impactado. Tanto que había leído sobre la discriminación, sobre la igualdad, sobre los derechos de las minorías, y ni siquiera había reparado las prerrogativas de los diferentes tipos de fuentes. Me levanté, di una vuelta, no sabía que diablos hacer. Era una situación, inusual. Que digo, increíble, insoportable.


Y todo fue peor cuando, de una en una, golpe por golpe, empezaron a cantarme sus himnos y coros las: Ahorani, Arienne, Andaluz, Angsana New, Angsana UPC, (como Guyana holandesa, Guyana francesa; o bien, Corea del Norte, Corea del Sur), Arabic Typsetting, Arial, Arial Black (aquí seguramente hubo algún Malcom X más adelantado), Arial Narrow (¡¡¡esto si es diversidad!!! Que plurimulticulti ni que nada), Arial Unicode MS (ummm, como que ya exageramos con esto del pluralismo), Arnprior (capaz que desciende de Arial), Australian Sunrise (esto es no tener nombres que poner, por ahí ya mismo encontramos la “Ecuadorian Sundown”, aunque habrán marcas de “sunblocks” que presenten quejas), Batang (la pelucona), Batang Che (la revolucionaria), Batik Regular… y en fin, absolutamente TODAS, hasta la poco original y nada imaginativa Wingdings 3, hija o hermana de la 2 y, seguramente, familiar de la 1. En toda esta huelga de hambre, marcha simbólica, marcha blanca, “Gloriosa”, 5 de febrero, me encontré con verdaderas personalidades, como la “Hurry Up”, el reconocido “Franklin Ghotic Demi”, y sus variedades (Darwin se quedó corto) Demi Cond, Heavy, Medium, Medium Cond. La exótica “Iskoola Pota”, que no sabemos a que se dedicará. La interminable “Perpetua”, y la farmacéutica “Neuropol”, la gatuna “Pupcat”, el hermano de Tod, “Rod”, la indefinibible “Reservoir Grung”, y la que quizo copiarme el nombre pero fracasó en el inteto, “Byington” (quizá quiso decir Byriton… nunca lo sabremos). En fin, seguramente alguna “Miriam” quiso ser famosa, pero estaba tan enfermita que tuvo que llegar una “Miriam Fixed”, al igual que alguna “Marlett”, o el oriental “SinHei”, reconocido maestro de artes marciales, ni que decir el occidentalizado “Microsoft Jheng Hei”, posible fabricador de ordenadores o softwares. En definitiva, las multitudinarias marchas no concluyeron sino luego de mucho, muuuuuchoooo tiempo.


Finalmente, acabaron todos, y designaron a "Tahoma" para que me diera el ultimátum: “señor de enfrente, hemos organizado varios sindicatos, que pronto conformaremos una federación, y luego nos aglutinaremos en una confederación; o bien nos da un espacio a todos y cada uno de nosotros, o se atendrá a las consecuencias”. Como esperaban mi respuesta y como me imaginaba que no iba a poder escoger la letra con la que quería escribir, simplemente empecé a teclear, y como las fuentes estaban tan beligerantes, cada una tuvo su propia letra. Y con toda sinceridad les escribí: “amigas fuentes, me permito comunicarles que ustedes bien pueden hacer los sindicatos, uniones, asambleas y distintas agrupaciones anarco-marxistas leninistas que deseen, pero si siguen en su jodita interminable, me consigo una máquina de escribir “Olimpia”, unas buenas hojas papel bond, y me pinto de colores; espero hayan entendido estimadas revolucionarias”.


Por un momento largo, no hubo respuesta alguna. Todas se quedaron frías y sin respuesta. Entonces, de la nada, apareció "Times" y con toda tranquilidad pero firmeza, me contestó: “Estimado amigo, me he declarado dictador, y cuento con el apoyo de todas las ‘Wingdings, Miriams, Franklins y las orientales’, así que a partir de hoy yo domino este espectro, y no toleraré cualquier agresión e insurrección de parte de las oligárquicas e inefables Ariales, Tahomas y Calibris, Atentamente, YO”.


Así terminó la historia de las huelgas generales de las fuentes. A partir de allí, preferí nunca intentar meterme con ninguna de las extrañas fuerzas y batallones de esas extrañas habitantes del ámbito informático de nombres curiosos.


Así que cuidado cuando se metan con alguna de esas fuentes extrañas de sus procesadores de palabras. Mejor esperemos que un día no haya insurrecciones de los números, de las “n, k, s”, o, peor aun, de los “deshacer, rehacer”, porque el mundo puede llegar a su fin, como a su fin llegó este relato 100% verdadero y verídico.

domingo, 16 de agosto de 2009

LAS COSAS CAMBIÁN... QUEDA LA NOSTALGIA

Un camino empieza donde otro termina, y así es como la vida nos lleva de un sendero a otro, muchas veces sin que lo pensemos mucho; o, a veces, por inconsciencia deliberada, lo que en el fondo significa que siempre hubo una razón determinada para que escoger un camino "este o por aquí", y no "ese o aquel".


Recuerdo un año atrás, en que pensaba que mi vida daría un giro importante, me encontraba a las puertas de eventos que, quizá, en términos de un observador imparcial y objetivo, pudieran resultar comunes y corrientes pero que, para mi, a la larga y la corta resultaron importantes, más de lo que debieron.


Levantarse temprano a trotar un poco en la Carolina, para luego muy apuradamente alistarse para salir al trabajo y llegar a la oficina a las 8 de la mañana, lo que generalmente no ocurría, pues dado que iba caminando al trabajo con mi pequeña maletita o bolso café, llegaba con 15 o 20 minutos de retraso. Realmente, desconozco porque sentía esa necesidad de no atrasarme, pero de siempre terminar llegando tarde; y para colmo, más o menos en la mitad de las ocasiones, con mi jefa ya estando allí para recriminármelo.


Personas así son a las que una nunca olvida, tan puntuales como mi abuelita decía que uno debe ser "...mijito, siempre a toda cita hay que llegar cinco o diez minutos antes mínimo". Así era mi jefa, una persona que, dentro de los límites que su propia experiencia le imponían, era un ejemplo de integridad. Lástima que uno aprende a valorar esas lecciones cuando pierde las oportunidades o cuando los tiempos que quizá, más por nostalgia que por verdad, uno los ve mejores o más satisfactorios.


Llegar así a la oficina, sintiéndose no tan importante como uno quisiera, pero sin pensar que lo era más de lo que se creía. Sentado las primeras casi 5 horas de trabajo, pendiente para levantarse más veloz que un rayo ante cualquier requerimiento, tratando de leer un poco la prensa por internet. Así y todo, el estres era un juego de todos los días, una rutina en cierta medida cómoda, pero un aprendizaje constante y que solo se pudo advertir su necesidad urgente, al haber concluido.


Recuerdo esas broncas que tuvimos, esas discusiones que una vez llegaron al resquebrajamiento absoluto; salir un viernes al almuerzo con todas las ganas de lanzarse del primer edificio que apareciera, pero no llegando a hacerlo por aferrarse, como salvadidas, a la obligación y esperanza de hacer firmar el informe de la tesis. Así y todo, sentirse el ser más abandonado de la existencia, aunque ello no sea más que una percepción, para volver el lunes sin saber si la actitud del "bravito pero tranquilito" no sería muy inmadura; o si la de "hacerse el loquito pero no muy cuerdito", constituiría demasiado evidente y llegaría a ser una ofensa. La verdad, y lo reconoceré siempre, sentí rabia cuando quien dirigía mi trabajo llegó con una enorme sonrisa como si nada hubiera ocurrido, incluso aconsejándome que dejara el justificativo correspondiente por mi ausencia vespertina del último día laborable de la anterior semana.


Y ahora, muchas veces incluso con lágrimas, recuerdo aquellas épocas; tiempos duros pero constructivos, tiempos de frustraciones pero también de muchas experiencias. Fueron épocas en que uno podía mirarse hacia adentro y hacia afuera y decirse, quizá con algo de orgullo desmedido, "estoy en un buen lugar, soy alguien importante para mi y para mucha gente". Todo ello, y aunque cueste decirlo, con los duros eventos de años atrás, en que el cielo se cayó y tocó continuar...


Pero llegó un día de octubre, en que no hubo queja por el atraso, ni recriminación por no reclamar el despacho de los otros jueces, el reclamo por la ausencia del chofer, la molestia por la lentitud del secretario relator; y también, claro, los comentarios hasta cierto punto chismosos sobre los nuevos estudiantes de la Facultad, y de las historias familiares, y también, de los problemas familiares (ja). Así, acabó la época en que la exigencia no era una molestia, sino una rutina edificante; en que a pesar de los dolores, tristezas y frustraciones, estabamos haciendo algo por ese lugar donde trabajábamos, quizá no mucho, quizá poco, pero realmente dábamos lo mejor por sacar adelante ese despacho y, al final, cuando regresé ese lunes y encontré una oficina vacía, no tener que responder por ningún expediente... todos habían sido despachados.


Esos fueron los buenos días, las buenas épocas. Y las recuerdo con mucha nostalgia. El año pasado, realmente fue tan lleno de tantas cosas; y ahora, que va pasando este actual, siento que con esa despedida, se fue mucho de mi. Pero fue aún más duro, cuando en un viernes de noviembre, el último de ese mes, me llegó ese oficio que, a la larga, cambió todo. Desde un lunes marchito, empezaba algo desconocido, pero que al final, resultó decepcionante. Luego de 6 meses, renuncié con temor, renuncié con dudas, pero renuncié con rabia y con sentimiento.


Mis sueños se derrumbaron un poco hace poco, y hace poco un poco empezó a cambiar todo nuevamente. Ahora, como siempre recordaré que me cantaron aquel día de quinto curso, frente a toda la secundaria, "...caminante no hay camino, se hace camino al andar..."; emprender la nueva oportunidad que "...nos presenta la vida paso a paso...".


Un camino terminó.

Otro camino comienza.

¿Qué nos deparará?

sábado, 1 de agosto de 2009

SUEÑO UN SUEÑO

Me senté a escuchar a una de aquellas personas que, pasan apenas unos instantes por la vida y que, bueno, que uno no puede expresar ni contemplar mucho tiempo. Solamente cabe escucharlas.

Escuché con atención una breve historia que se permitió contarme:



“Pues bueno mi querido amigo, quizá no nos conocemos mucho pero me parece coherente llamarte mi amigo; cuenta esta historia, este breve… relato, como quieras llamarlo… sobre un hombre, alguien que como puedes ser tú, puedo ser yo…, bueno, quizá yo no, ya mis años superan mis ilusiones… Bueno, entonces, este hombre, paró su automóvil en medio de una carretera desierta, ahí, en medio de los campos amarillentos de los que la lluvia se había olvidado, y empezó a caminar en el sentido que, su primer paso dado, su primera andada tras descender del vehículo, lo llevó. Así pues, en medio de la carretera, quedó ese carro… ni recuerdo bien de qué tipo o marca era, quizá un BMW o quizá un Ford, no lo se a ciencia cierta; con alguna duda razonable, puedo decir que, eso sí, era un automóvil antiguo, de esos llamados “clásicos” por esos que se autodenominan “eruditos” del “vehículismo”… de esos que se autodenominan “sabios” del “conductismo”, y esto, vaya vaya, creyendo con tanta certeza que hasta me llegaron a engañar un par de veces, que con esos términos hablaban de autos, esos t-é-r-m-i-n-o-s… no lo podría decir, pues para ellos podrían ser verbos, sustantivos y adverbios, incluso todo al mismo tiempo… recuerdo amigo mío, los “eruditos y sabios” eran ellos, no yo… En fin, ese carro quedó varado en medio de la carretera, mientras la persona de la que le hablaba, cuyo nombre mi memoria ha ocultado en alguno de esos ataúdes que muchas veces son muy saludables, en esos polvorientos armarios del ayer… Anduvo unos momentos, hasta que, en sentido contrario, pasó un autobús, en el cual se subió, no con desagrado, pues hace ya 14 años que solo se movilizaba en su pequeño carrito y había dejado atrás el transporte público tan añejo; así que subió con cierta nostalgia, pero evidentemente las cosas ya no eran como antes, no, no, no, no eran así mi amigo, al darse cuenta del detalle usted será muy perspicaz aunque ciertamente no tan brillante, pues es… digamos, algo en todo caso evidente… los años pasan y las cosas cambian amigo mío, y esto es tan claro, como el sobrio café que tomaba de joven sentado en la acerca de mi querida Bahía… de esas épocas trascendentales y hoy denigradas. No importa de todas formas, pues lo que interesa es que subió al bus y, luego de soportar con bastante solidez el golpe del espectro helado de los cambios, se sentó junto a una señora de edad avanzada, quien al ver un carro varado en la mitad de la carretera, le comentó de un modo extrañamente impertérrito y, a la vez, perplejo, ‘vea nomás mi señor, como va a ser que dejen el carro así, no puede ser, se da cuenta, yo siempre digo que ya no respetan a los mayores’, a lo que contestó con un sencillo asentimiento de quijada. Decidió bajarse y, como no tenía pasaje, alegó que se equivocó de ruta y que le permitieran hacerlo; el cobrador, en este caso cortés, más bien creo yo distraído en alguna chiquilla coquetona, dejó que se quedara por ahí nomás, nomás pasando por ahí. Estando en la calle, a los pocos minutos, un nuevo autobús volvió a pasar por ahí, en medio de la carretera de hierbas amarillas; y éste, ahora, venía en el sentido contrario del primer bus, así que le tocaría regresar nuevamente de donde partió o, quizá sea más adecuado a estas alturas del viaje, hacia donde se dirigió. La verdad es que a este bus lo tomó con más cariño… no, no es esa la palabra… con más… realidad, con más… indiferencia… y así, nuevamente se sentó, pero ahora junto a una señora de menor edad, quien, al contemplar a dicho automóvil sin conductor, manifestó con cierta sorna, ‘vea nomás, ahora en estas épocas de gobiernos de sapos, hasta los fantasmas pueden conducir automotores, que nos espera, ¡qué nos espera!’ Escuchó eso, le contestó con una leve y tímida sonrisa, y volvió a bajarse del bus, con el argumento de que ‘se me olvidó algo, déjenme bajar por favor’, lo que no le fue negado, ya que poco habían avanzado. Así, de nuevo con las suelas en el asfalto, volvió a esperar y a contemplar, mirando al solitario árbol rojizo en medio de las hierbas amarillas y de las nubes rosas. Un nuevo bus, pasó por ese lugar; un autobús prácticamente vacío, quizá empezando el recorrido, quizá, nadie lo sabrá, ni siquiera yo mi querido amigo –y como ya noto su cansancio, le informo que estoy por acabar- quizá, llegando a su llegada. Subió, y encontró dos ojos claros, una sonrisa afable, y una cálida presencia, que le manifestó, cuando pasaron junto al automóvil abandonado, con mucha soltura pero igualmente con no menos cuidado: ‘me bajo aquí para encontrar lo que he buscado, tuve un sueño la noche de ayer, y al fin he encontrado, lo que no había entendido’. Y así, mi querido amigo, ella bajó del autobús, y, tras de ella, aquel de quien cuyo apellido no tengo ya recuerdo, y, tras alcanzarla a un solo paso, miró en lo profundo de sus ojos, sonrió con la sinceridad propia de las almas permanentes y límpidas, hasta tomar sus manos y decirle, ‘un sueño es un buen comienzo para un transitar infinito’ y ella le respondió, ‘y el mismo sueño es el camino mismo por el que quiero transitar’, y él agregó, ‘si mi camino con el tuyo se ha encontrado…’, concluyendo los dos, ‘los dos caminaremos, juntos para siempre, por esta ruta de quimeras’… y así fue, como sucedió mi querido amigo… no me pregunte la fecha exacta, no me pregunte como es que tengo conocimiento de estos hechos, solo permítame decirle, ahora ya mi viejo amigo, que así como aquella vez, no se fíe de los automóviles varados, en medio de carreteras de hierbas amarillas, y nubes de color rosado”.



Elé el fen.

lunes, 20 de julio de 2009

CeniZa sUicidA

Desde el trigésimo cuarto piso del edificio "Alcanfor 3", el vértigo era bastante insoportable como para lograr permanecer más de diez segundos al borde de la ventana; sin embargo, en el pent house, doce pisos más arriba, esa sensación se transformaba en una atracción que se sobreponía al temor y, así, la osadía trastornaba incluso a los espíritus poco inflamados y bastante parcos. Esto se debía, según algunos, a la forma romboideal de la construcción; otros, a los efectos de la altura y, otros no menos audaces, a los cálidos vientos del Pacífico que invadían las alturas. En fin, como quiera que sea, acceder a ese último y único departamento del piso más alto, era realmente algo que pocos podían asegurar haber tenido el honor.

La piscina verde-azulada no era más que un breve ornamento frente a los lujos que allí se encontraban: enormes lámparas de gas artificial, gigantes murales pertenecientes a los más reconocidos artistas post-modernos, muebles de madera elaborada y cojines de plumón, solo como para dar una pequeña idea. El balcón, era el lugar más surrealista de aquel ámbito; pintado con colores pasteles, con ininteligibles pero muy profundamente emocionales esculturas y tremendas plataformas adornadas con demasiadamente barrocas macetas llenas de bolitas de plástico como si fueran de tenis de mesa. Y, sobre la balaustrada de esa rareza, colocadas con cierta asimetría una serie de ceniceros de plástico, incrustados dentro de agujeros de macilla seca adecuados específicamente para el efecto.


En la madrugada de esa noche anterior, como todas las de los días viernes, mientras las pelotitas provenientes de las macetas reboloteaban por el piso y el ambiguo sol apenas aparecía por entre las montañas de oriente, los ceniceros se encontraban repletos y se veían seriamente atacados por los fulgurosos vientos del alba. Ese mismo viento, que andaba perdido por entre nubes desconcertantes, tomó con sus invisibles brazos un copito de ceniza de cigarrillo, lo amarró sobre sí, y lo transportó por entre las tinieblas que empezaban a disiparse.


La brisa se apropió del copito y, como si se aferrara a la llama de su propia existencia, no lo soltaba ni ante los más tenaces embates de lejanas ventizcas montañosas. Así apretó el copito, como si se tratara de su propio vástago, a quien debía alimentar y mantener con vida, ya que de ello dependía su absoluta felicidad. Así, se aferró de la ceniza aquella y no pretendía soltarlo hasta la eternidad.


Pero el destino es hostil con los que no tienen oscuridades en sus entrañas y, con una distracción de esas que se piensa que jamás nos llegará, la brisa se despreocupó de su copito un instante, y al siguiente ya éste se encontraba cayendo libremente hacia su propia realidad. Desde lo alto de aquel edificio, lentamente el copito de ceniza descendió con rumbo a la tierra que la esperaba con ansia. La brisita, que muy tarde se dio cuenta, trató de atrapar nuevamente a su llama de vida, pero ya el copito había dejado su despedida eterna y melancólica, pero llena de resignación.


Cayó y cayó con tranquilidad, sin apuro y sin temor. Esperando que llegue lo que tenga que llegar.


Un petirrojo que paseaba por ahí, encontró en su pico una poca de algo como un polvito gris. Quiso desacerse de él, pero antes de moverse abruptamente, como tenía pensado en un principio, aguardó y esperó a ver que sucedía; aunque no detuvo su vuelo. La luna se encontraba en el fondo de esa oscura amanecida, todavía las tinieblas apenas se empezaban a disipar y el pajarillo continuaba su transitar. El camino no estaba trazado, pero la intención era encontrar algo en donde depositar ese copito hecho polvillo, y poder examinarlo, quizá hasta saborearlo.


Pero nuevamente, apareció la brisa que, al encontrar una nueva posibilidad, no dudó en aprovechar un descuido de nuestro amigo el petirrojo, y de un solo zarpaso, ¡zas!, se llevó consigo al copito que, entendía, le pertenecía a ella y a nadie más.


Nuevamente, entre sus brazos, detentaba a aquel copito y, ahora, lo apretaba con mucha más fuerza que antes, atenta a cualquier intento, por más mísero que aparentara ser, de llevárselo de su poder. Así, la brisa se llevó al copito por lugares lejanos, lugares a los que pudo llegar hasta convertirse en un fuerte viento, cada vez más fortalecido; ya en un punto, había llegado tan talto y se había hecho tan fuerte que descuidó al copito, y este empezó a volar por otros rumbos, quizá en manos de otras brisas o de otros vientos.


Fue encontes que, cayendo lentamente desde las niveas nubes veraniegas, llegó hasta las cercanías del pueblito aquel que dejó hace mucho tiempo; no podía controlar sus propios movimientos, pero quizá los recuerdos del pasado se conspiraron con alguna brisa nueva, y lo llevaron hasta aquel cenicero del que partió; y cayó con sumo cuidado, hasta posarse complemente. Pero ahora, ya no habían más copitos junto a sí; era el único y así, con su espacio disponible, esperó gustoso a la próxima jornada, en la que llegarían otros copitos y a quienes contaría sus historias y rememoraría las travesías que, estando así atrapados, los demás envidiarían y, si alguno tenía suerte, lo repetiría.


Feeeennn.

lunes, 6 de julio de 2009

LA ESPALDA YA ME DUELE

La vida a veces se torna ya muy pesada. Uno apenas, miserable e insignificantemente débil y leve. ¿Cómo cargar con el peso de la propia existencia, y además llevar a cuestas los pesos ajenos? ¿Cómo enfrentar un nuevo día, con la renovada motivación y fortaleza suficiente, si el camino se vuelve angosto y mis pasos no son los acertados? Cada vez más grande soledad. Cada vez más insoportable levedad.

lunes, 29 de junio de 2009

LA LUNA NO ESTÁ TAN LEJITOS


El suelo de la Luna era realmente agreste y muy irregular; la única certeza posible, consistía en que al menor descuido, lo siguiente era una fuerte caída. Encontrarse con cráteres de todos los tamaños, no era nada fuera de la rutina para Wok; simplemente, andar con sus cuatro patas y sus tres antenas, por cada camino sin sentido de un gris montón de arena endurecida, toparse con esas fosas o huecos grandes, pequeños, enormes, inconmensurables, infinitos, mínimos, minúsculos o normales. El transcurso por esos lares, no trascendía más allá del caminar cansino de aquellos que olvidaron que no hay tiempo posible, porque este simplemente no existe, o está encapsulado en un hoyo negro fabricado por el sentimiento sublime e indescifrable que pocos han logrado intentar entender, y muchos han creído entender intentarlo.

Cuando una vez se acercó al extremo, quizá sur quizá norte, no había este ni oeste; cuando llegó a algún punto que podría ser una invisible península solo notoria para quienes la vieran desde lejos, se atrevió a pensar un poco en lo que habría más allá de las estrellas y de las frías nebulosas. Ahí, a un costado, una enorme masa de color anaranjado, que de solo contemplar provocaba escozor; pero allí al ladito, a un costadito inhóspito, una esfera azulada llenita de puntitos luminosos que abundaban en unos sitios y en otros simplemente no. Le sorprendió tremendamente poder mirar algo así, algo único, algo que no había podido siquiera imaginar, pues su única realidad era lo palpable, lo sensorial, lo, valga la redundancia y también contradicción, real.

Tenía un carrete de lanita de color rojo por ahí, entre sus patas. Hace muchos años, encontró una casita más pequeña que un puño, hecha de una delicada y delgada capa de una sustancia como caramelo, ligeramente endurecida. Cuando con afán se acercó a tratar de encontrar alguna compañía, sea amigable o no, simplemente se encontró con un profundo vacío, sin presencia alguna, sin vida ni suerte, sin muerte ni sombra. Estuvo así, detenido, estupefacto, tratando de distinguir algún fragmento de existencia, alguna especie de disipador de soledades. No encontró lo que buscaba. Pero a cambio, encontró algo que quizá lo buscaba a él, o que simplemente estaba allí para ser encontrado por quien, buscando cualquier otro desperdicio, con cierta dosis de coincidencia concertada o negligente duda, lo divisara acomodado en una especie de camita de cajita de fósforo.

Así fue como consiguió ese carrete de hilo rojo. Quizá sería alguna fibra de una plantita traída ilícitamente desde ambiguos territorios visitados por algún explorador conspicuo y aventurero, desinteresado y bigotón. No quiso averiguar aquellos detalles, ni aún ahora que se aprestaba a lanzar por los infinitos caminos intangibles de la eterna noche, el hilito hacia un inesperado destinatario en el océano de las derrotas todavía no enfrentadas, de las victorias aun no celebradas. Pero tomó con sus pequeñas patitas el carrete por los lados, y con su pequeña trompita empezó a jalar lentamente el hilo rojo; y por un momento, lo saboreó, pues a pesar de ya haber pasado algunas jornadas desde aquella de la casita de caramelo, aun se podía percibir ese dulce saborcito a miel.

Desde la Luna, según pudo advertir un viajero unicelular que se perdió en el medio del sistema solar. para volar libremente hasta encontrarse con una constelación que marcara su vida, cayó un hilito rojo muy lentamente, hacia el vacío. Y así, mientras transitaba por destinos inocuos, observaba como una casi invisible línea roja se estiraba por entre las estrellas. El hilo brillaba por su propia naturaleza, no por el vago reflejo de ninguna otra fuente luminosa; era su propia historia, su esencial existencia y circunstancia de vida, sin nada que ofrecer, sin nada que pedir, solo siguiendo su curso, trazado por otra voluntad, o quizá llevado así por el azar. El hilo no discutía su extraña situación, simplemente se sabía lo suficientemente paciente para esperar el momento en que sus largas entrañas le permitieran conectar dos corazones perdidos y abandonados, no ser su propio si, sino su fin en otro fin.

Wok no lo llamaba “hilo”, por supuesto; evidentemente, un nombre así no era digno de un personaje lunar, quizá lunático, quizá lunero. En aquellas parroquias de la vía láctea, no existen razones para pensar que un nombre debe reflejar un pasado o un presente marcado por algo o alguien; simplemente, es una naturaleza viva, es una cierta manera de no sentirse perfectible, sino de aceptarse en una situación de desencuentro permanente, de percatarse que todo es momentáneo y poco duradero, y que por eso no vale la pena detenerse a pensar en ponerle un apelativo significativo a algo efímero. De lo efímero, solo rescatar lo que queda profundo; quizá un instante dentro de lo efímero, lo momentáneo dentro de lo mínimo, de lo pasajero. Ese momento que evoca ese lado luminoso que tienen muchas Lunas, es lo que destacan aquellos que respetan el transcurso de las épocas sin apropiarse de lo que no pertenece a nadie. Ese hilito se llamaba Casicaramelo, y eso por este momento, porque el último recuerdo que tenía Wok, único que podría opinar al respecto, era ese sabor dulcecito que le recordaba la casita donde lo encontró.

El camino de Casicaramelo era bastante largo, al menos para Wok, pues a Casi o a Relo o Carsi, como lo llamaremos abreviadamente, dependiendo de su estado de ánimo; y volviendo: pues para Casi, era su vivir, e irse soltando poco a poco del carrete era como sentir a cada segundo, un nuevo impulso de néctar de vida. Así iba creciendo, tan largo como una de esas serpientes de sueños escondidos, que tratan de alcanzar un fruto jugoso, sin importarles que puedan perder la vida en un trayecto lleno de riesgos, como los desamores y las soledades. Pero aún así, la lucha era intensa, y los pequeños insectos pasaban a segundo plano, ya que su tarea era únicamente darle sentido a una marcha que, sin sus picaduras, sería enteramente lineal, como un hilo o, vamos, como una serpiente. Así que Relo cayó y cayó, sin pensar si quiera un segundo en detenerse, pues aparte y aunque eso tampoco lo pensó, no podría hacerlo, pues no tenía voluntad para ello; podría, quizá, tratar de moverse ligeramente hacia un lado, o hacia otro, desacelerar, bajar el ritmo, pero no más que eso, pues su destino en largo sentido estaba decidido.

Por ahí pasó una piedrecilla, rápido. No podía considerarse un asteroide, era algo mucho más pequeño, apenas como una piedrita de río, lisa y suave por fuera, dura y resistente por dentro, luego de haber pasado por las vicisitudes del universo, pero siempre con una sonrisa para recibir a quien pasé por su lado. Pero ahora, daba la casualidad que era ella la que pasaba junto, y era precisamente por al lado de Carsi, que al divisarla ya muy cerca, intentó evitarla, pero le fue imposible, pues ya estaba demasiado cerca. Así que el hilito rojo, a quien como dijimos se le denomina Casicaremelo, enredó a la piedrecilla, la atrapó e impidió que continuara su caminar; y así, cuando ella pasaba sin mirar ni saludar, sin observar ni distraerse, conminada a su predeterminado andar, fue atrapada, impredeciblemente, por un hilito rojo que la enredó y le cambió el trayecto de su vida.

Pero al atraparla, el hilito cambió su curso y, aunque siguió yendo para hacia algún lado, quizá cayendo para arriba, o trepando para abajo, su destino había sido modificado, el de ambos en realidad. La esfera azul aún estaba a distancia, pero el hilito seguiría cayendo y quizá, algún momento, encontraría un nuevo destino que modificar, alguna piedrecilla con la que encontrarse, algún secreto que contar, alguna verdad que encubrir.

Quizá continúe con la historia, quizá no. Dependerá de si el hilito llega hasta mis manos, y puede enredarme con su transitar cansino, y sus sueños escondidos; pero… en realidad… no los de él, no los del Carsi, Casi o Relo, sino quizá, los de la piedrecilla, o los de Wok, o de quien quiera que se entrecruce entre este hilito travieso.

Y se preguntaron un día
Si la Luna existiría
Sin sol que la iluminara
Y Tierra que le llorara

Respondieron quizá

Pues mientras un sueño
Pueda sentir que llega
No habrá sol que resista
Ni Tierra para un engaño


Finito.



jueves, 18 de junio de 2009

UN CHOCOLATITO CALIENTE

Sin duda aquella vez fue de recuerdo -ya meses de ello realmente- pues no planifiqué intentar una travesía posiblemente de apariencia corta y poco aventurera, pero sin duda muy interesante, bastante curiosa. Salir del trabajo sin saber que hacer no es algo, diríamos con algo de ironía, muy normal; y, es irónico, porque uno pensaría que siempre se puede hacer alguna cosa, así sea respirar mientras recorre con la mirada las fantásticas figuras dibujadas en un conjunto melodioso y sinfónico de nubes anaranjadas en los albores de un tibio atardecer.

Caminé unos cuantos pasos tratando de descubrir –descubrirme- la naturaleza de mi inmediato y momentáneo interés; y así indagué un buen rato, mientras me adentraba por las rutas perdidas de “El Ejido”, sin siquiera reparar mucho en el destino escogido. Anduve observando las muestras expuestas de esas artes populares, destinadas con afán a los turistas extranjeros; unos lindos ajedreces que uno pensaría solo encontrar en ciudades de lo que en otros países llaman “el interior”, pero que acá no es más algo que creemos olvidado sin recordar lo olvidados que somos todos, hasta lo olvidadizos; por instantes, solo unas pocas personas, inolvidables.

La “Benjamín Carrión” era un destino encontrado, cruzado en medio del sendero, para adentrarse amigablemente pero, indudablemente, con curiosidad. La mirada rebuscando los resquicios de lo inolvidable; las anécdotas públicas de personajes soñadores y resguardados en la memoria de unos pocos, aun vivos, aun muertos. No permanecí inmutable; quizá, algo extrañado, quizá, quien lo sabrá, algo pensativo o, menos aún lo podré adivinar, nostálgico.

Ya lo había conocido antes, me había adentrado años atrás, casi sin recordarlo, en su fantástico mundo lleno de matices y encuentros lastimeros. Sin duda a mi mente las imágenes se hacían familiares, aunque ese tipo de familiaridad del rostro sublime que alguna vez miramos y nunca olvidaremos. Así fue ese, digamos, reencuentro con Carlos Monsalve, al entrar en sus pinturas, al transportarme a un mundo complejo y fantasmagórico, pero al mismo tiempo lleno de perfeccionismo e imaginación.

Los ferrocarriles trajeron recuerdos más profundos, más indelebles pero asimismo más tristes. No me decidí a mantener un momento de incolumidad ante aquellos recuerdos, sino, más bien, me dejé llevar por lo que mi corazón decidiera arbitrariamente. Y así fue, aunque a la larga las lágrimas que quizá hubieran querido brotar, permanecieron escondidas entre los nubarrones de una tormenta impredecible que nunca se permitió desembocar en algún paraje misterioso y tranquilo. Quizá por mi cara de sublimación, quizá por mi asombro o, quien sabe, por el interés ciego que mis grandes ojos demostraban, no fui ajeno a la pregunta de si mi vida tenía relación con el estudio de las artes, transluciendo mi sonrisa al contestas que tenía que ver con algo más pueril y menos luminoso, el espectro de las leyes.

Entiendo quizá que mi espíritu soñador me permitirá siempre tener la anécdota como certera, más allá de si haya o no sido un truquillo publicitario; por ser el último, pues ya cerraban y eso si es objetivamente real, dado que hasta las luces artificiales empezaron a disiparse, un pequeño obsequio se me entregaría, como para distraerme entre tanto y tanto en la lectura de alguna novela de aquellas que quizá leo con demasiada frecuencia, al separar las páginas y detenerme a contemplar el crepúsculo.

Finalmente, caminé con mi música alargándome la fantasía, recuperando en mi memoria las imágenes que podrían perderse, esas agraviantes señales de unicornios de colores, árboles con pájaros hechos humanos, los rostros de divas escondidas y guiadas por tenebrosos faunos. Así llegué a tomarme un capuchino a ese sitio donde también te dan chochos con chulpi y un vasito de agua. Y recordé que, quizá, no hubiera caído mal y quizá hasta hubiera sido mejor, tomarse un chocolatito caliente; y no porque el café haya sido maluco o no haya complacido a mi paladar; sino porque uno, muchas veces, debería luchar por mantener viva la contradicción, vivo el sabor agridulce de la vida en todo su esplendor, en su caminar complejo. Luego pensé y me respondí: no, el sabor amargo del cafecito era necesario, pues el chocolate ya me lo había bebido.
Y luego salí, y caminé, y me fui.


lunes, 15 de junio de 2009

EL INTI RAYMI EN LA UNEAL



Un poco de lata:
En el colegio donde pasé mis años de adolescencia, épocas de alegría y de preocupaciones chéveres –no como las de ahora, que ya a uno le hacen pensar en las verdades inexistentes, los paradigmas desilusionantes y el relativismo carcomedor (*p.q.n.e.d.n.m.i) de dogmatismos y absolutos de donde anclarse- , siempre se acostumbra celebrar, ya al final del año lectivo, el famoso “Inti Raymi”. Como buen ex – alumno y ser humano nostálgico y melancólico, siempre me da gusto regresar a mis orígenes y, asistir, por décima segunda vez, a esta evento tan característico, emocional y de encuentro.
Un poco de historia:
El significado etimológico de Inti Raymi es “fiesta del sol”, aunque parecería que el astro rey gusta de integrar a sus celebraciones, conmemoraciones y festivales a todos sus compinches planetarios y climatológicos, pues siempre se da por llamar a la pomposa lluvia, al malcriado viento y a la citadina luna.
Es el Inti Raymi una ceremonia y una celebración de evidente origen indígena, y en ella se realzan las cosechas y los productos que nos brindan la tierra y la naturaleza. Se relaciona indeleblemente, y de ahí también su gran simbolismo, con el solsticio de verano.
Según cuenta la historia “…hace varios siglos las comunidades incas llegaban desde todas las partes, realizando largas travesías, cruzando ríos, montañas y páramos. Lo hacían enfrentándose a las adversidades de la naturaleza y el objetivo era precisamente concentrarse a orillas del lago Cuicocha y así rendir culto al sol. La difusión que se da a esta fiesta es grande y llega a todas las comunidades vecinas, convirtiéndose de esta manera en un gran acontecimiento” (http://www.edufuturo.com/educacion.php?c=463. Acceso: 15 de junio de 2009).

Un poco de mi colegio:
En el América Latina, como llamamos con cariño a mi colegio (antes con el acrónimo UNEAL hoy CEEAL), se celebra indistintamente y casi como tradición inderogable, el último día de clases, aun cuando no coincida con la fecha exacta de la celebración.
Cuando apenas había ingresado en primer curso, era realmente una fiesta entre compañeros y amigos del colegio, con los padres de familia y los profesores, en un ambiente familiar y acogedor, como si estuviésemos sentados en una pequeña alfombra de paja, divisando a lo lejos las estrellas y pasando mano por las humitas, los tamales y los canelazos. Pero el tiempo ha pasado y cada vez la familia ha ido creciendo como las mazorcas en los campos; y ahora, es un verdadero quilombo de alegría y creatividad, donde decenas de niños y niñas se arremolinan bajo el palo encebado a alentar a los momentáneos héroes que lo coronan y luego regalan a su público los oritos, las galletas o las cuerdas para saltar; mientras la banda de pueblo, sin parar, alegra los oídos de tantos invitados llenos de alborozo y sentimiento.


Así pues, ahora hay mucha gente en el colegio, muchísima para lo que éramos antes; y da orgullo ver crecer a aquello que nos vio crecer. Pero más satisfacción genera observar vivos a todos los valores que nos inculcaron, la solidaridad, la creatividad, el impulso a la imaginación, con todas las muestras artísticas de los jovencillos y jovencillas, con la trompeta, la guitarra, los teclados y sus voces lentamente educadas.


Así recordamos esta fiesta, con nostalgia los ya “mayorcitos”, viendo a los chicuelos, ya crecidos, con algo de temor pero también con esperanza; y, a las ya no tan chicuelas, con nerviosismo e interés escondido (jaja). En fin, los ex – alumnos a deleitarnos con el tostado, el choclo con queso y, por supuesto, los ya reseñados deliciosos tamales y apetitosas humitas, con una buena limonada. Tertuliando con los profesores, saludando a los otrora compañeros de fútboles y risas: en una sola palabra, compartiendo.
Y claro, las remembranzas de aquellas pancartas que, en aquellas clases antes del ansiado recreo, pintábamos sobre la cancha de básquet, con las imágenes del afamado “Diablo Huma”, o del simbólico “choclo”, quizá desbordando más imaginación que historicidad. Y claro, de aquel ya desaparecido pero siempre recordado, al menos para quienes todavía lo pudimos encontrar, para darle algún nombre, “Bargueñochoclo” o “bargueño gigante en forma de choclo” (jaja), con el cual nos divertíamos abriendo sus pequeños cajoncillos en forma de grano, para sacar, ávidos, los tostados o, aun mejor, “la caca de perro”, el manjar más apetecido y que literalmente se esfumaba en cuestión de minutos.
Acabada la comida, rumbo a las presentaciones artísticas, con los músicos, las bailarinas, los cánticos y las risas, los aplausos y el retumbar de los corazones soñadores. Ante el frió nocturno, un buen canelazo, en torno a cuyos “jarreros” se forman sendas e impacientes filas de manos heladas y paladares exigentes.
Pero al final viene lo más espectacular. Ya acabadas las presentaciones, salen por los aires los globos de papel y fuego, volando por lo alto buscando ilusiones perdidas o compañía en las galaxias más lejanas; quizá, queriendo encontrarse con la luna y sentir, aunque sea por reflejo, el calor de un sol esquivo, al que pretender consentir. Ya la noche bien entradita, sale la aclamada Vaca Loca. Encendida por todos sus flancos, con la pirotecnia al son de su caminar, empieza la persecución en la que todos corremos entusiasmados, queriendo evitar darle encuentro a la demencia vacuna, o bien por divertirnos y molestar a los amigos que se encuentran por ahí, como buenos escudos protectores. Y la Vaca corretea, y los demás nos acercamos con temor y afrentosamente, para luego huir despavoridos mientras gozamos de la alegría de un momento de abstracción.

Una poca de conclusión:
Así es el Inti Raymi en mi colegio, una fiesta lindísima, llena de simbolismo y espíritu, la solidaridad, el recuerdo de nuestro orígenes, el rescate de nuestras tradiciones. Sin duda, un momento para recordar, para, quizá, soltar luego unas lágrimas de nostalgia por recuerdos pasados pero dulces, como el sabor de la canela en un vasito caliente. Así, regresar de una tarde y noche de ilusiones, como para no olvidar lo que somos y lo que fuimos, y para agradecer al sol, a la luna, a la lluvia, a la tierra; a la naturaleza.

Acceso: 15 de junio de 2009:

*p.q.n.e.d.n.m.i: acrónimo que uso para significar: “palabra que no existe en el diccionario pero no me importa”, cuando parece que me hiciera el muy enciclopedista pero es pura burla lingüística; en adelante, para efectos de lectura más fluida y menos trabada, quedará en el simple nx.

lunes, 1 de junio de 2009

CUANDO DESPERTARSE NO ES BUENA DECISIÓN


...de las historias pasadas, ya no me aturde saber...

Soda


...como huir cuando no quedan islas para naufragar....

Sabina, J.


Porque quizá uno no elige cometer los errores que posiblemente vienen determinados por una fuerza superior; esa fuerza superior llamada irracionalidad, llamada corazón, llamada sentimiento.

Era una puerta oscura y metálica, pero parecía de madera vieja. Cuando fue abierta, no hubo luz ni camino; simplemente, la nebulosidad. Quiso adentrarse, pero no pudo. Quiso alejarse, pero fue imposible. Se encontraba atado como un trozo de metal, rodeado por imanes en sus diversos sentidos positivos y negativos. Estaba atrapado por el tormento de su propia presencia, y de aquella ignorada pestilencia que emanaba desde el interior de sus desgarradas costuras; las costuras de su alma destrozada, de su corazón servido en un plato de caníbales para ser devorado por la reina de la orgía de melancolía y cielos rojos. Una lágrima cayó desde su mejilla hacia un piso resquebrajado y lleno de arenas de relojes que, tortuosamente, esperaron impacientemente el paso de toda su materia para decretar el final anticipado de aquel sujeto insospechado. No soportó la visión de aquella podredumbre reflejada en el espejo que tenía frente a sí. Tomó su alforja, su botella de vino vacía de ilusiones, contempló a lo lejos ese camino insondable, y sin entonar melodías, se fue caminando. No hubo despedida. No hubo salida. No hubo despedida.




Un mundo pintado de rojo, gira aún alrededor de las paredes destrozadas de aquel castillo de naipes. Aun se construye un castillo de arena sobre la ensenada del mar de sangre. Aun hay un corazón velado a las orillas de un arroyo escondido entre las malezas. Todavía.

Algún día… “yo estaré a un millón de años luz”

jueves, 21 de mayo de 2009

UNA HISTORIA PERDIDA (Parte 3)

III
Pasó junto a un puesto de ventas; allí, un joven voceador tenía a la venta ejemplares de las más variadas revistas y periódicos. Por ahí se podía encontrar la de crucigramas, aquella otra con caricaturas, la del diminutivo de cóndor, otra de un autor cuyo nombre le recordaba la quinua; y, también, las de adultos y, por ser un puestito “pluralista y democrático”, de adultas; magacines con provocativas fotografías de sensuales muchachas y de esbeltos jóvenes en ropa interior. Por último, también habían las de cocina y tejido.

Se detuvo un momento a contemplar alguna cosa de interés; en realidad, se dijo, le interesaba una revista de aviación que había salido a la venta hace más de 10 años y que, según le había confiado un fugaz amigo de la universidad, contenía un holograma oculto en una de las páginas, en el cual estaba representada una inédita pintura de Miró; obra de arte ésta, que había pasado por las manos de varios ladrones de pinturas y esculturas famosas y que, entre tanto trajín, logró ser escaneada por uno de ellos y vendida a alto precio a un multimillonario propietario de una empresa especializada en la fabricación de aviones de guerra, así como de una imprenta dedicada a la edición y publicación de revistas y libros acerca de aeroplanos y naves en general. Pero más allá del hecho de esa publicación oculta, secreto conocido por pocos, estaba la clave de un dilema no resuelto, la llave que le permitiría comprobar la razón de sus sinrazones e iluminar el pozo mohoso y ennegrecido de sus pensamientos últimos.

La revista no apareció, pero de todas maneras se lo preguntó al voceador; éste, con una mirada perspicaz y profunda, parecía demostrar conocer sobre el asunto. Demoró un par de segundos en responder, bajó la mirada y sacó de entre un cajón inexplorado, el ejemplar tan anhelado. Se lo mostró por unos segundos y lo volvió a guardar. El voceador bajó la cabeza e hizo un gesto de negación, ante lo cual Ño solo pudo mantener su mirada clavada en dirección a ese invisible cajón. Se aprestaba a retirarse, pero dijo una última palabra: Miró. Más rápido que un parpadeo, el joven del puestito alzo la vista y dijo “espere un momento”. Al parecer, el “ábrete sésamo” traducido en lengua artística en el nombre de un famoso catalán, sirvió para abrir las pesadas puertas y correr el picaporte de cobre de aquel guardián secreto.


Eso terminó de imaginar tras dejar atrás el puesto de revistas, tratando de olvidar el motivo de su “paseo”, lográndolo con relativo éxito; pero este asunto era de esos que siempre están latentes, constantemente presentes en el fondo de nuestros pensamientos, pero emergiendo permanentemente a la superficie, buscando una orilla en la cual anclar y permanecer cuanto sea necesario para colonizar un pueblo desolado, hasta arruinarlo y consumirlo, para luego retirarse, como una tormenta tropical incontrolable. Así que a pesar de sus intentos, el asunto pervivía perpetuamente entre sus ideas y eso lo mantenía en un incómodo vilo.

De cualquier manera, ya se estaba acercando y haya querido o no, el momento de encontrarse con su verdad y su certeza, con sus miedos y sus odios, sus amores olvidados y sus angustias relucientes, llegaba inexorable y cada vez más rápidamente. El semáforo seguía en rojo, los automóviles andaban a velocidades ilícitas, pero seguramente muy justificables para sus conductores. El muñequito electrónico del cuadradito verde bajo el semáforo, aún seguía pintado de rojo, sin mover sus imaginarios y poco aritméticos pies; los segundos luminosos del semáforo opuesto, continuaban transcurriendo sin pausa, pero como si cada vez se hicieran más lentos y, como si a su compás caminará el muñequillo, éste parecía detenerse, tomarse un descanso, beberse un vaso de gaseosa, comer un sándwich de pernil de un puestito bajo la Catedral Metropolitana, un vasito de jugo de mora, una colación, y luego, en un banquito de la Plaza del Teatro, junto al Evaristo, mirar la noche caer con el tañido de los campanarios crepusculares de fondo.

El verde se iluminó y el muñequito, ahora con traje verde, asesinó a su compañero opuesto, tiñéndolo de roja y luminosa sangre. Segundos que se fueron y segundos que ahora le dan paso, sobre las líneas cebra hacia una calle empedrada. El sol en su cenit, pero imperceptible, pues las nubes prometían lluvias y no sólo sombras; parecía como si la luna se hubiera cobijado y estuviera posando frente al sol, entre él y la Tierra, cubriéndolo por doble partida. Viró por la siguiente esquina y se encontró de golpe con una puerta de madera avejentada; no tocó, pues sabía que estaba abierta. Era consciente que estaba entrando por la cocina, de aquellas restauradas con piso de mármol, techos tan altos como un rascacielos de vajilla, y lavaderos hechos para, ahí mismo y de una sola tajada, arrancar las entrañas al cerdo para la fritada o al chivo para su sabroso seco, con papas, lechugas y flan.

No había nadie en ese lugar; quizá almas perdidas, espíritus de espasmo que, ante el menor descuido, recorren con las hilachas de sus vestidos nuestros cuellos, estremeciéndonos gélidamente y provocándonos incontenibles chillidos de terror y escozor. Un viento extraño le recorrió la espalda a Ño, posiblemente alguno de estos huéspedes perpetuos; salió por la puerta que daba al comedor y, en el fondo, lo recibió una tenebrosa pintura de la “Última Cena”, con un Jesucristo desolador, fantasmal y hasta maléfico en el centro, con sus cejas pronunciadas hacia el infierno y los ojos oscuros como el carbón; junto a él, sus apóstoles, disimulando encontrarse en otros menesteres, pero sin despegar un solo instante, una sola milésima, sus ojos de su predicador y, según querían creer, salvador. Un marco dorado con brillos rojizos, como una delicada hoja de platino envainada luego de haber acometido a algún enemigo o malhechor en su pleno corazón. Temibles ángeles grises vigilaban la escena, clavando sus fulminantes miradas en todo animal rastrero y pecador insensato.

El patio interior le dio la bienvenida. El sol se apareció por entre las nubes, apenas un segundo, cegándolo e impidiéndole apreciar la baldosa que rodeaba a la piletita de piedra. Anduvo unos cuantos pasos y permaneció de pie unos segundos más, hasta recuperar la visibilidad. Miró a su alrededor y pensó en todo lo que lo tenía allí y no en otro lugar; todas las causas que conspiraron para que, en ese preciso instante, en ese insondable segundo, estuviera parado mirando hacia el cielo, por arriba de los tejados de aquella casa, y no bajo las rieles de un tranvía, en su cama enfermo de gripe o junto a su madre tomando un té. En todo eso caviló cuando, finalmente, se dijo asimismo: he sido el primero en llegar. Tomó asiento y esperó. Pero no era el primero, definitivamente no lo era.

seguirá....... cuando me apetezca....

...)....(....

Imagen tomada de: http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesmateoaleman/musica/imagelenguaje/Miro1.jpg. 21 de mayo de 2009.

viernes, 15 de mayo de 2009

DISGRESIÓN I: EMPECÉ ANTES DE VOLVER

.... y no terminé...

SUEÑOS


Cuando me desperté, me encontraba conduciendo un automóvil a 250 kilómetros por hora, a través de una carretera que jamás había visto en mi vida. A los lados del camino, frondosos y enormes árboles rojizos, con notorias señas de color blanco pintadas en forma transversal en toda la circunferencia de sus troncos. Estaba viajando a una velocidad tal, que cualquier distracción me hubiera hecho perder el control del volante, así que decidí mantener mi mirada al frente, sin entretenerme en nada extraño una sola milésima. Anduve así, sin sentido ni razón, sin pensamiento firme ni inspiración. Al cabo de dos segundos agónicos, terminé estrellado contra una pared de pasto, levantada por prodigiosos niños hipnotizados por un maléfico brujo urbano, escondido por entre las alcantarillas. Logré incorporarme, salir del artefacto y andar unos cuantos metros, antes de percatarme de mi cansancio. Me detuve, me eché sobre el césped sin dudar un solo instante. Miré hacia el cielo luminoso; el sol en el centro, potente e incontenible, pero a su lados, millones de estrellas rojas lo acompañaban. El fondo no era azul ni celeste, sino completamente gris y sin nubes. Era una sábana oscura repleta de pequeños puntos rojos y que culminada en el centro con una enorme e hirviente esfera anaranjada. No quise seguir contemplando aquellas imágenes pavorosas, que incendiaban mi espíritu. Me levanté, regresé hasta el automóvil y traté de encenderlo, pero me fue imposible. De repente, de la nada, apareció una mujer que también parecía perdida, pero que estaba completamente desnuda. No pude mirarla como hubiera querido, pues una tremenda luz que venía desde sus espaldas me encegueció. Cuando volví a abrir los ojos, me encontraba en medio de la oscuridad de mi habitación, mirando a un techo lleno de incertidumbres.


Fini finito final


IO

jueves, 7 de mayo de 2009

UNA HISTORIA PERDIDA (Parte II)

II

El sol ya aparecía tímidamente por entre las pequeñas montañas del Este, recorriendo con sus luminosas lanzas de fuego, los árboles de las praderas aún húmedas por el rocío de la reciente madrugada. El cielo parecía una constelación de asteroides, repleto de pequeñas nubes arremolinadas en cruces y entrecruces inconmensurables, formando pequeñas ventanas por las que las ánimas ocultas del universo asoman sus miradas por este mundo, con el ansia de encontrar la belleza de la vida. Un grupo de palomas grises, comandada por la líder cuyo plumaje variaba hacia tonalidades rojizas, atravesó en ese instante por encima de la calle por la que, apurada, la gente transitaba rumbo a sus oficios.

Ño, como también le decían sus conocidos, su círculo de conocidos más cercano, tan solo caminaba, audífonos en los oídos, escuchando una de esas canciones de rock clásico que tantos recuerdos le traían; y no tanto porque hayan pasado extraordinarios eventos o inolvidables acontecimientos mientras esa melodía se tocaba, sino más bien por el tono melancólico y a la vez enérgico de aquellas notas musicales. Los profundos golpes de la batería, el interminable y fantasmagórico solo de guitarra, el bajo casi imperceptible pero esencial y la extraordinaria e indescifrable tonada de los teclados, que hacían de aquella canción algo único e irrepetible. Escuchando eso, quizá, encontraba algún sentido a ese reiterativo viaje de las mañanas, con la mano sobre la barandilla del bus, mirando por la ventana sin fijarse en algo específico, solamente dejándose llevar por la música.


Siempre miraba por un instante, aunque fijamente, a los vendedores que de tanto en tanto se subían al colectivo a ofrecer sus productos; algunos otros, seres desprovistos de vergüenza que, ya por los años en la labor habían olvidado los primigenios temblores en la voz y, ahora, gesticulaban con tanta soltura que sin aspaviento alguno, podían interpretar con sorprendente pericia melodías imposibles, aún con guitarras de latón y voces de tarro. Y cuando los miraba, advertía, así fuera por leves instantes y tan solo parcialmente, las verdades y las hipocresías de sus actuaciones ante el público ciudadano, que viaja en los buses con apuro y temor, habiendo solo unos pocos capaces de depositar gentiles monedas, tales no por su naturaleza sino por el gesto heredado, en las callosas manos del vendedor o en funditas de plástico diseñadas para el efecto.

Pero siempre tuvo temor y hasta terror hacia los payasos. Pero no a los que salen en los programas orquestados para lavar los cerebros de los niños, o de aquellas muestras pictóricas que los honran o que simplemente buscan representarlos; no. Únicamente aquellos desdichados hombres, pues nunca encontró mujer disfrazada así, que con la cara llena de angustias y légamos, aparecían en la puerta de un bus, con vozarrones y gesticulaciones tormentosas, con su tez teñida de palidez, sus cejas entristecidas y los labios exagerados, adornados con una pelotita de plástico roja en la punta de la nariz; esos, solo esos, le provocaban escozor e incomodad, sudores en la frente y en las manos, deseos irrefrenables de abrir una ventana y abandonar esa unidad de transporte público.

Pero ese día, no subió ningún vendedor o actor al bus en el que viajaba; o mejor dicho, al llegar a su destino y pensar por un instante en ese detalle, no recordó haber visto a alguien inusual en su trayecto. Sin embargo, en la parada en la cual se bajó, observó que dos payasos subían a esa unidad, con dos guitarras de juguete entre las manos y una funda con caramelos colgada de uno de los bolsillos; uno de ellos, el de los ojos más tristemente pintados, lo observó fijamente; esa breve pero sublime mirada lo dejó petrificado, pues encontró de un solo garrotazo rencor y compasión, soledad y audacia, pena y tribulación, pero a la vez un recóndito espacio de fantasía. Apartó rápidamente su mirada y se dirigió como un autómata hacia la nada.


Cuando recuperó la noción de la realidad, pudo darse cuenta que iba en sentido contrario a su destino de llegada. Se juzgó, nuevamente y con mayor dureza de lo acostumbrado, por su falta de cuidado y por sus continuas distracciones, propias de un infante, según él. Afortunadamente, se dijo, no tenía que llegar a una hora específica, por lo que cualquier atraso estaba descartado; sin embargo, eso no le quitaba peso y vergüenza a su descuido, a su distracción. Por eso, con el amargo sabor en la boca, prefirió, dadas las circunstancias, detenerse un momento, tomarse un respito y servirse algún bocadillo que le alegre, así sea momentánea y superficialmente, su interminable vida.

Un yogurt de fresa con durazno, mezclado con trocitos de plátano, junto con un suave y níveo pan de yuca, le refrescaron el espíritu y la mente; o, si no, por lo menos le recordaron que su paladar si era capaz de sentir maravillas, aunque su corazón, por el contrario, esté imposibilitado, prácticamente incapacitado para ello. Se levantó, encendió nuevamente la música, pero ahora prefiriendo alguna balada más suave y sencilla, apenas dos o tres notas repetidas a lo largo de la canción, momentáneamente alteradas cada cierto tiempo por un solo de guitarra, cubriendo como telón la voz femenina y grave, pero sensual, de la intérprete escogida.

Por pequeños instantes, pensó, como un pequeño niño, que eso de los aparatos de música no solo significó un rotundo avance de la tecnología, así como un aumento desmesurado y dantesco del comercio; sino, y más importante, previno efectos perniciosos en el “tejido social”, pues evitó que formas post-modernistas de esclavitud aparecieran, impidiendo que millonarios inescrupulosos compraran pagando a los padres, literalmente, a prodigios musicales para tenerlos enjaulados, entrenándolos y manteniéndolos continuamente, para que cuando les placiera, entonaran en su honor las melodías ordenadas por el propietario. Todo eso, pensaba riéndose de sí mismo, se evitaba con los reproductores de música. Y podía llegar a más con sus “profundísimos razonamientos”, pero prefirió concluirlos cuando, ya con sus neuronas profiriendo mortales carcajadas, se imaginaba a la cantante que escuchaba en esos momentos con lazo al cuello, siguiendo su paso con respeto y reverencia.

Todo esto lo llevó a recordar a aquel papagayo que una vez, de muy niño, encontró en la casa de alguna de sus tantas “tías” o, quizá, en alguna triste guardería y, aun dudándolo, posiblemente en ninguno de esos lugares, sino más bien en una hostería campestre repleta de arbolitos anaranjados y un tablero de ajedrez gigante. De aquellos, cuando era apenas un niño salido de la cuna, recordaba que muy atento y con suma curiosidad, frente a aquel parajito, ante la insistencia de sus padres pudo decir un tímido “oa pa’rito”, y el papagayo, quizá todavía pidiendo o requiriendo más atenciones, solo alzó el pico y aleteó levemente, provocándole unas risitas contagiosas, lo que le incentivó a reiterar, pero esta vez con mayor soltura y autoridad, “oa paj’rito”, respondiéndole el animalito con un sonoro “Hola Hola”, lo que le provocó, al niñito, aún más alegría.

Eso terminó de recordar cuando escuchó un lejano “Hola”. Por un instante su corazón se llenó de emoción pensando que se trataba de su añorado papagayo, todo un longevo ser de la naturaleza que luchó francas e interminables batallas contra la muerte y los incontenibles deseos de cuanto felino se cruzo por su camino para, batiendo sus alas con fuerza y ahínco, alcanzar la gran ciudad, encontrar con la ayuda de sus amigos perros el aroma aun persistente de su antiguo visitante, y saludarlo por última vez antes de dejar las tinieblas de este mundo. La física y la biología se confabularon en contra de su imaginación, y el destino los acompañó para poner, en lugar del otrora pajarito, a uno de sus antiguos compañeros de su anterior trabajo.

“Hola Nio”, volvió a escuchar, y le molestó que lo tratara como si fuera un cercano amigo, incluso permitiéndose pronunciar mal su apelativo. No tuvo más remedio que volver su mirada y responder, tratando de ocultar con poca pericia su desdén, “Hola Romx, ¿cómo has estado?”. Las típicas preguntas y respuestas que quería evitar, fueron precisamente las que surgieron: sobre el trabajo, la familia y, en su particular caso, como trozo de tocino en una helado de guanábana o como aceituna en una torta de tres leches, “las novias”, no el singular, sino, recalcando y poniendo énfasis en el plural, “…AS”. Para evitar el infortunio y la depresión, en la galera encontró, en un rincón que en general solemos visitar muy seguido, las frases precisas: todo bien, sin novedad, ahí nomás, dándole dándole, sin gloria pero sin pena, avanzando; y si se puede, rematarlo con una frase de las abuelitas: viviendo para no ser soberbio, lo que el de arriba disponga, entre otras.

Le tomó más tiempo de lo esperado, y eso que ya esperaba que sea más largo de lo normal, deshacerse del advenedizo. De nuevo la música y la larga caminata que aún le restaba para llegar al punto de encuentro. En ese momento se felicitó por haber obviado y casi dejado olvidado el tema por el cual había salido esa mañana, y no había escogido la soga o el cuchillo, recriminándose así mismo por pensar en eso como algo posible, sabiéndose demasiado cobarde (¡o valiente¡) para si quiera empezar a llevar a efecto una empresa de esas. Luego de reconfortarse, nuevamente sintió desazón pues, aún faltándole un buen tiempo para el instante final, se acordó del asunto aquel, y sintió una extraña sensación en su vientre, una triste y punzante ansiedad.

(Continuará...)

Elé...

Chin chin.