viernes, 3 de diciembre de 2010

PLANEADOR

Quiero viajar dentro de mí y encontrarme a mí mismo, siempre, de manera permanente. No quiero dejar de estar seguro de mi propia esencia. Nunca quiero dejar de sostenerme de aquello que con certeza sé que me diferencia. No quiero dejar de pensar que hay algo por lo que tengo que luchar y seguir y seguir y seguir. Y si tengo que salir corriendo de algún lugar solo porque mi corazón me lo pide; y si tengo que enfrentarme a la gente cuando mis acciones son desconcertantes pero orientadas por mi propia esencia, no me importa. Eso es lo que me mandó hacer lo más íntimo de mi ser. Y no me arrepiento, ni me arrepentiré.

lunes, 29 de noviembre de 2010

AGUA TIBIA

Luego de mezclar un poco de agua caliente, y un poco de agua fría, el "Único" se presentó ante la multitud y afirmó paladinamente:

"Cada ley que dicte será suficiente para transformar la realidad".

Al instante siguiente, toda la humanidad se desvaneció. Al disolverse la libertad, que permitía elegir entre el "si" y el "no", la dignidad se suprimió y el ser humano desapareció...

Pero como aquello no era posible, el "Único" inventó la dictadura.

Milenios después, la ley siguió sin transformar la realidad, y las dictaduras continuaron destruyendo la libertad.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

YO APRENDÍ A AYUNAR

Conversaba Siddharta con el comerciante Kamaswami, y aquel le decía en un determinado momento:

"-Yo sé pensar. Yo sé esperar. Yo sé ayunar.
- ¿Eso es todo?
- ¡Creo que eso es todo!
- ¿Y para qué sirve? Por ejemplo, ¿para qué sirve el ayunar?
- Para mucho señor. Cuando un hombre no tiene nada de comer, ayunar es lo más razonable que puede hacer. Por ejemplo, si Siddharta no hubiera aprendido a ayunar, hoy tendría que aceptar cualquier trabajo en tu casa o en cualquier otra parte, pues el hambre le hubiera obligado a ello. Pero, de esta forma, Siddharta puede esperar tranquilamente, no conoce la impaciencia, no conoce la necesidad, puede dejarse sitiar largo tiempo por el hambre y puede reírse de todo. Por esto es bueno ayunar, señor.
- Tienes razón, samana. Espera un momento".

Muy sabias palabras. En efecto, cuando se ha aprendido a ayunar, la impaciencia y la necesidad se diluyen. Cuando la ausencia de lo deseado se hace insoportable, solo resta aprender a ayunar. Si lo aprendí durante tantos años, no tendré impaciencia ni dolor en seguir así si es necesario, y podré reírme de todo si llega a hacerme falta.

He dicho.

lunes, 30 de agosto de 2010

ESTARÉ A UN MILLÓN DE AÑOS LUZ

...De las historias pasadas, ya no me aturde saber...

No vuelvas sin razón... yo estaré a un millón de años luz de casa.

Me voy... jajajajaa.

domingo, 25 de julio de 2010

MADRUGA LA NOCHE

El sol salió y la noche no terminó. La madrugada había sido olvidada, cuando Juana salió de su dormitorio y se echó casi desnuda sobre la alfombra de su sala; los brazos extendidos y sus piernas alargadas, con la ligera manta que apenas cobijaba sus inquietantes formas. El frío abrumó sus pensamientos dejándola sin respiración por unos breves instantes, mientras el tímido calor de la mañana apenas se colaba por entre los dedos de sus manos. El olor del chocolate caliente proveniente desde algún rincón del viejo edificio donde residía, le hizo incorporarse y salir apenas vestida hacia las afueras de la suite en la que habitaba, la que le había cedido temporalmente un olvidadizo amigo suyo. Con los pies descalzos sintió lo áspero del mal limpiado piso del corredor, y caminó dejándose llevar por el tentador aroma que percibía su olfato. Llegó hasta el departamento 4-A, frente a cuya puerta se detuvo y permaneció unos cuantos instantes sin reaccionar; cerró los ojos y en lo que fue más un acto de apariencia que una verdadera manera de afinar sus sentidos, elevó levemente su quijada y expandió sus fosas nasales, solo con el objeto de intentar que el olor de aquel chocolate dulzón y penetrante llegara hasta el interior de su espíritu, llevándola a sentir la ausencia de la soledad que la tenía sepultada entre las sábanas dominicales de su mal arreglada y poco a poco apolillada cama. La puerta se abrió, de repente, pero nadie apareció inmediatamente; pensó que se trataba de uno más de aquellos fantasmas que la solían merodear en los nocturnos viernes abandonados de las más largas semanas de un abril insoportable. Abrió sus párpados y se encontró frente a la presencia de un inesperado, pero de apariencia insolente, desarreglado y no muy interesante vecino-transeúnte. Las palabras que debían haberse pronunciado, los versos que pudieron haber sido cantados, y las sensaciones que tuvieron que haber sido experimentadas, quedaron guardadas y añejadas en el cajón de los olvidos y las melancolías. La puerta se cerró y ella, caminando ya de regreso a su morada, sintió dos lágrimas brotar desde sus ojos, bajar por sus mejillas sonrojadas y descansar en las cercanías de las comisuras de sus labios, momentos cuando se sentó en el maltrecho sofá de su pieza, y cerró los ojos confirmando que la noche se prolongaba, pero acompañada del inclemente frío de la madrugada infinita.

domingo, 20 de junio de 2010

MEMORIAS DESMEMORIAS

Caminaba bajo la lluvia y experimentaba el tremendo frío que llegaba hasta mi rostro por la súbita ventisca de inicio de la noche. Mis pasos calculados a cada centímetro acompañaban mis pensamientos, y me encantaba pisar y escuchar el rugoso sonido de las hojas secas que se desintegran debajo de mis zapatos. Alcé mi mirada hacia las excesivas gotas derramadas como lágrimas insoportables de nubes demasiado lejanas de mis manos. Introduje mis dedos al interior de los bolsillos de mi pantalón, justo cuando sobre mi nariz se deslizaba lentamente una partícula de agua suave y helada. Mis pulmones reclamaban respirar un aire seco y apacible, no esta noche gélida abundante de truenos y acelerados automóviles. Me recordé lo inadecuado de esperar mucho tiempo bajo un alto árbol en el teatro de rayos impactantes, y por ello mi caminar se hizo casi un trote. No me sorprendió que la recordada en aquellos precisos instantes, porque la verdad siempre la recuerdo y la tengo frente a mí cuando cierro mis párpados, y mis ojos se ensimisman en pensamientos de imposibles. Abrí la puerta de mi casa cuando olvidaba los lóbulos de sus orejas adornadas por esos que parecían ser sus aretes favoritos y cuya forma simplemente no quiero atreverme a recordar. Aunque muchas lunas atraviesen las madrugadas solitarias al costado inservible de mi insípida ventana, y aunque siempre regrese sobre mis pasos, cada vez con más dureza y lejanía, estarán ahí los recuerdos imborrables de aquello que nunca ocurrió y solamente se escribió en el olvidado y viejo pliego de los recuerdos de mi alma.

JUGARRETA

Empecé a dudar de aquella primera jugada cuando, estando rodeado por un alfil y dos peones, me encontraba a pocos pasos de perder a mi reina; haber sacado al caballo de rey hacia una aventura prometedora pero riesgosa, no parecía haber sido la mejor estrategia. Sin embargo, el juego estaba a medias y debía continuar, esperando encontrar alguna posibilidad de retomar el control.

La luna, mientras tanto, aguardaba observando a través de la ventana el tocadiscos apagado y abandonado entre el polvo y la desidia. Su tenue luz se encaramaba por entre las sombras que formaban los sillones y el antiguo bargueño de madera apolillada. Sigilosamente, una mariposa negra aguardaba colgada en las cercanías de una lámpara que apenas permanecía levemente encendida.

Moví mi caballo de rey, el que inicialmente saqué y que ahora podía, si mi rival caí en la celada, darme una vía expedita para acercarme a un jaque que salvara la jornada. Pero sería cuestión de paciencia y algo de fortuna o, en todo caso, de desprevención por parte de quien frente a mí se encontraba, al otro lado del tablero. Alcé por un instante mi mirada y observé a los ojos de mi contrincante, quien esquivó cualquier resquicio de duda y prefirió resguardarse en la oscuridad de sus cavilaciones.

La lluvia comenzaba a manifestarse sobre las hojas secas del patio de la casa. Sonidos crepitantes y apacibles, que adornaban el solemne silencio establecido en la habitación. Las telarañas continuaban inmóviles ante el siguiente pensamiento de esta noche diáfana y fantástica; una noche de remembranzas pero, quizá paradójicamente, quizá coincidentemente, de nostálgica melancolía.

Uno de mis peones cayó, abatido por el alfil que lo amenazaba. Presentí que mi celada podría dar resultado, aunque no tal y como lo había esperado. Me emocioné al constatar que mi jugada había sido más eficaz y peligrosa de lo esperado, pues con un paso más me enfilaría hasta las cercanías de una torre indefensa y de un rey abandonado. Pero de todas maneras, preferí esperar unos segundos, con la intención de generar esa sensación de ansiedad y preocupación inentendible.

Moví levemente mi cabeza hacia un costado, solamente como un gesto de intencional distracción. Mis ojos no buscaban nada en especial, solamente fijarse en la pared blanca y rígida, alzada allí sin ornamentos ni fisuras. Mis ojos se llenaron repentinamente de humedad, y por mis entrañas atravesó la descarga de memorias que renacían desde sarcófagos empotrados al interior de embrujadas pirámides de olvido. Un viejo girasol de hojas tristes y tallo débil emergía desde el interior de un solitario florero de cristal.

Un recuerdo como el hielo que se diluye ante las llamaradas de un sentimiento escondido pero vivo, acompañaron el paso del ingenuo caballo enamorado, que avanzó abriendo su corazón a un ansioso cielo rosado y luminoso. La jugarreta no fue mía, pues desprotegí la sabiduría de mi razón y dejé en soletas la libertad de mis ilusiones. Jaque y mate en dos jugadas que no esperé, cayendo en el abismo de la soledad y confirmando que casi todo seguía intacto, al fijar mi incomprensible mirada en los ojos de la dueña del tablero, de las piezas y de mi eterna derrota

lunes, 31 de mayo de 2010

COMPAÑERA INSEPARABLE

Vuelvo a caminar por sobre las sendas de mis pasos perdidos, rumbo al opaco espejo que me aguarda algunos pasos más allá o más acá. Me miro directamente a los ojos, los míos propios, y observo en su profundidad la perennidad de mi abandono. Me atrevo a alzar la vista hacia el costado, apenas un instante, y solo contemplo la oscuridad y el vacío, sin sentido en mi todavía corta vida, aunque quizás también las sombras perpetuas de los siglos que ya he vivido. Pero ahí es justamente cuando admiro a la concertista jamás invitada, a la invitada a quien nadie presentó, nadie concedió una pieza de vals, aquella a quien todos observaron y solo torcieron la mirada y se apartaron al son de la rabia. Presentía su presencia constante, su habitar en mi estar, como si yo no lo supiera, escondida entre sus propias lágrimas que, cada sol que sale y luna que aparece, descubro son las mías. Luego, ya, no te vuelvo a ver, pero siento el helado abrazo de tus cabellos infinitos; soporto con extraña dulzura la sensación invariable del pensamiento arrojado desde el cúmulo de las pasiones esfumadas, de las ilusiones olvidadas. Al fin, cuando te miran o te presienten junto a mí, acompañante perpetua de mis andanzas, me tuercen también, a mí, la mirada, y se espantan arrebatándome mis propias condolencias, dejando tras de sí los silencios de mis penas; y en aquellas superfluas y raras ocasiones cuando logran encontrarse con estos ojos, huyen de un corazón que, todavía, se mece en hamacas arrumadas hacia las viejas columnas derruidas de lo que pudo ser y, solo fue, lo que no pudo ser más, que aquello que terminó siendo. Sigo mi paso abandonado por la callejuela empedrada, mi bastón a la derecha, el sombrero alicaído encubriendo mis canas, mi guitarra a la espalda, y la compañera infatigable tomando mi mano, sin más razones que aquellas que me hicieron encontrarla y jamás abandonarla: desconsolada y convaleciente soledad.

domingo, 16 de mayo de 2010

SOMBRAS MELANCÓLICAS

La noche cobija mis tristes pensamientos, mientras la luna, oculta y escondida detrás de antifaces de artificio, no ilumina más mis ilusiones. Me acuesto sobre un baúl de decepciones y recuerdo las intransigencias de mi espíritu orgulloso, traicionado por sus propios vericuetos. Me compadezco inútilmente y me pongo de acólito a las justificadas razones de otros, a quienes no solo autorizo, sino que patrocino como orgulloso pelele, ocupen mi lugar en el altar de un amor que se ha hecho ya imposible. Me olvidaré de las melancolías anteriores, solo para abrir paso a las que van llegando a raudales. Esperé una respuesta en tu mirada, una sonrisa en tus palabras, una clave sincera en tus inquietantes gestos; pero descubrí que mi juego estaba perdido, bastándome solamente la paradójica complacencia por la felicidad ajena.

lunes, 15 de marzo de 2010

LUNA MENGUANTE

Cuna eterna de silencios infinitos, oscura morada de estrellas olvidadas, y altiva señora de los grises desencuentros; así te observó, hoy, luna menguante, lejana entre los entretelones de una constelación ambigua, repleta de noches y madrugadas a la intemperie, absurda de razones e impertinente de melancolías. Asaltas mi ventana como atrevida intrusa, aunque desengañado siempre me hallas, pues quizá en el fondo de mi alma, deseo intensamente tu presencia en mi posada. Ya no te veo en la temprana amargura, ahora que en mis ilusiones vagamente tu deambulas, sin oprobio ni recato, esperando ansiosa la llegada de la niebla.

En la eterna permanencia de tu luz, apenas diminuta si tus ojos me confiesan las certezas del olvido. No espero encontrar una respuesta; no espero encontrar esa respuesta anhelada en tu mirada. Simplemente me resguardo en el extraño resquicio de la aurora que te espanta. Es posible que jamás te vuelva a ver, pues en este instante planeo mi partida, perpetua despedida de mis labios derrotados. Pero aunque no te vuelva a presentir cercana a mí, ni tú me encuentres buscándote en mis sueños, el olvido hará su parte y en mi juego de escondite, al final de la ventana me asomaré a tu alegoría.


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domingo, 14 de marzo de 2010

IMPLÍCITO


Conversemos:

- A lo que vinimos, no perdamos más el tiempo en banalidades y pregúntame, por fin, lo que tengas que preguntarme, aquel asunto por el que esperamos tanto tiempo para vernos; aquel tema de conversación que jamás quisimos plantearnos, que quizás nunca nos atrevimos a sugerir, ni siquiera a ponerlo entre líneas o en metáforas de pétalos caídos; por fin, te lo exijo, pregúntame lo que debas inquirirme, lo que sea necesario desentrañarme, auscultarme, encontrarme; si prefieres, bajaré la mirada, esconderé mis ojos entre las sombras del candelabro, a media luz bajo la luna oscura y tardía. Anda, de una vez, dime lo que quieras decirme, lo que a ti te corresponda manifestarme, lo que ansíes señalarme; o es que prefieres el silencio inexpresivo de tus ojos secos y distantes, de la sutileza del vestido negro que no quisiste ponerte la vez que abrí tus pensamientos al hablarte a tus oídos y tocar con mis dedos tus cabellos insolentes, tus callares interminables, tus sonrisas ambiguas; aunque acompañe tu acostumbrada tozudez, tu actitud taciturna, avinagrada y lastimera. Silencio ahora será lo que tengas de mí, con mis manos vacías y mis ojos abiertos, mis ideas escondidas, mis prejuicios abandonados como yo mismo en las noches de recuerdos que te pertenecen. Así que te miro, te escucho y te siento, dime lo que debas decirme, sin callar lo que has callado, pues aquí estoy.


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sábado, 13 de marzo de 2010

LLANTO

Solo un diminuto pájaro rojo volaba por entre las claras nubes de ese desengañado atardecer, recubierto por escarcha y serpentinas color escarlata. Sobre uno de los banquitos de aquel lejano parque, descansaba una reseca hoja café, que había caído lentamente durante eternos segundos desde la casi desnuda copa del mismo árbol abandonado de siempre, aquella imagen lejana de ciprés alto e infinito. No miraba nada más que los colores de su propia ceguera, el arcoíris secreto de las ilusiones de su mismo pensamiento, de sus mismas idealizaciones futuras, de aquellos amores fantásticos que solamente se concibieron en lo profundo de sus cavilaciones, en lo más hondo de sus infernales llantos. El corazón latía casi paralizado; por momentos, recordaba aquellas frases trilladas de las que pretendía vanamente ser autor; esa frase que repitió en su mente, tal cual una declaración de amor jamás pronunciada: los ojos son una representación externa de mi corazón, una manifestación sublime del interior de ese sentimiento incontenible que sale a la luz cuando el brillo de una estrella se opaca ante la incandescencia de una mirada, ante el suave crepitar de la garúa que aguardaba mi llegada. Sostuvo su respiración por un breve instante, empapándose con las primeras lágrimas tardías de su corazón, transformadas pronto en el inconsolable llanto de esos sueños que nunca se cumplieron, que solamente vagaron por las alcobas vacías de esas historias de falsa nostalgia, de hechos que jamás ocurrieron, que solamente rondaron su cabeza cuando los necesitó como refugio ante tormentas más desastrosas e hirientes. Cuando se preguntó las razones de sus desencuentros, simplemente halló la lágrima reseca de su corazón oprimido y apagado. Encontró la respuesta a la desidia de su alma, al cansancio de sus ilusiones, a la noche de sus atardeceres; a su ingenua soledad.

sábado, 6 de marzo de 2010

UNA PALABRA PERDIDA

Las lejanas constelaciones siempre habían sido compañeras inseparables y agradables, presentes permanentemente en aquellos momentos solitarios en que solo tenía en mi mente los profundos recuerdos de aquellas tardes de abril en que miraba a tus ojos y mi corazón se sublimaba. Pero este día había neblina, había mucha neblina; y las estrellas, si todavía estaban ahí, se encontraban escondidas y tapadas, como tímidas doncellas aladas que prefieren guarecerse por entre las esquinas de una habitación sombría y olvidada.

Ahora observaba hacia el techo gris de mis párpados adormecidos, guardianes insufribles de las irrefrenables lágrimas que se desvanecían al llegar a mis pómulos y perderse en su llegada a las comisuras de mis secos labios. Pensaba en la amplitud de mi memoria, consciente testigo de la pesadumbre de mis olvidos y de la tristeza de mis remembranzas; era la escolta fantasma de las alegorías de aquellos pensamientos de lejanía entre las multitudes arrebatadas al griterío del aleteo de los colibríes. Era tu imagen la que a mi mente venía, como heladas gotas de témpanos colgados entre los hilos de la partitura de ese piano que solamente un dichoso violinista pudo alguna vez interpretar, apartándose un instante de los suaves murmullos de la música predestinada, al anclarse en el contrasentido de encontrarse obligado a tocar un instrumento equivocado.



Por eso te empecé a escribir una pequeña carta, en la que no quería expresarte mis verdaderos sentimientos, porque aparte de mi absurda y contradictoria hipócrita timidez, tenía la certeza de que siempre y toda la vida sabrías que mi corazón se deshacía ante tu insoportable presencia, al tiempo que mis ojos derramaban ilusiones a través del canto de la luciérnaga escondida en el interior de mis ideas. En esa carta, que decidí hacerla manuscrita con ese tonto tono escolástico que únicamente pudo haber nacido de mi insensata intuición, solamente quería enseñarte los caminos que seguí para encontrarte, y la manera en que me enfrenté al profundo abismo que abrieron las palabras que nunca dijiste y esperé absurdamente que pronunciaras, mirándome a los ojos y con tus manos en las mías.



Cuando hube terminado de escribirte aquella carta, decidí encender un candelabro y salir hacia la calle, como si en estado de sonámbulo estuviera; con sutileza y sin bullicio entreabrí la puerta de mi casa, y salí caminando hacia el pasillo que permanecía oscuro y en tinieblas. La carta aún entre mis dedos, y la cera caliente que por un instante dolorida a mi piel ponía; me dirigí hacia las gradas que todavía más oscuras se notaban y allí me senté por un momento. Cerré los ojos con mis lágrimas ardientes y solamente te miré en lo profundo de ese vacio que la noche me ocultaba; tomé entre mis manos esa carta, la puse por sobre el candelabro, y mientras las cenizas caían en remolinos de añoranza, regresaba de mis sueños a esa realidad agónica y vacía, ansiosa de encuentros y necesitaba de ilusiones.






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lunes, 1 de marzo de 2010

ONE DAY THE SUN WILL COME OUT

Quise escribir, pero no tuve inspiración suficiente; estos días han sido bastante indescifrables y no he podido hallar motivos y argumentos para escribir algo que salga verdaderamente del fondo de mi corazón o del a veces llamativo ingenio de mi mente. Así que me he limitado a transcribir el texto de una canción que estaba escuchando a propósito de… y que bueno, me agrada para ciertos momentos, como este justamente.

Lovers in Japan
Coldplay

Lovers, keep on the road you are,
runners, until the race is run,
soldiers, you’ve got to sold your own
sometimes even the right is wrong

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day, we’re gonna get out

Tonight maybe we’re gonna run
dreaming of the Osaka sun
Oh, oh
Dreaming of when the morning comes

They are turning my head out
to see what I’m all about
keeping my head down
to see what it feels like now
but I have no doubt
one day the sun will come out

I truly believe: one day, the sun will come out. For sure.

jueves, 11 de febrero de 2010

PERDIDO

Un día despertó cerciorándose que los minutos habían perdido su valor, y que las horas no eran más que absurdas maneras de darse cuenta que la vida era demasiado corta y excesivamente fútil. Los días empezaban a pasarle como los perros que cruzan una calle transitada; intentan largo tiempo, amagando y con la cabeza gacha, enfrentando el temor y el riesgo a cada instante; pero de un momento a otro, o bien han cruzado, o bien se han ido de este mundo. Al final de cuentas, las dos opciones son instantáneas.

Al mirar de frente al Sol aquella tarde, murmuró en sus propios oídos, adentro de su pensamiento, aquella verdad que le cercenaba las ideas. Estuvo paralizado sin brújula que le guíe ni invenciones mágicas que le pudieran trasladar a algún lugar recóndito, alejado de sus cavilaciones absurdas y sombrías. Se cuestionó la permanencia de sus ojos en la profundidad de una mirada esquiva. Susurró a su sonrisa, la tentó por breves momentos, hasta que la negativa fue un azote. El agobio dejó de ser un pretexto, al transformarse en una serenata de sombras y lunas pasadas, de frases cortas y oscuras, llenas de tristeza y amargura. Los días le pasaban demasiado rápido, y llegaba a las noches pensando en la siguiente, sin reparar si quiera en la idea de soportar una mañana junto al atrayente y visceral cuerpo de alguna olvidadiza compañera de ocasión.



Se levantó aquella tarde sin descanso ni fortuna, rumbo al palacio de sus propias locuras y de aquellos sueños insoportables, escondidos y prófugos, perfumados y corrientes, ufanos y alambicados; esos que precisamente más despreciaba, esos que quería sepultar dentro de sarcófagos impenetrables, cerrados a fuerza de dolor y lágrimas de desconsuelo. No disfrutó ni un solo segundo de esos días posteriores, de esas tardes anaranjadas y lilas, que formaban paisajes falsos y maledicentes, que sólo le hacían recordarse a sí mismo que mañana no habría otra posibilidad y que aún si apretara el puño y jurará cumplir con su cometido, simplemente la vería y su corazón desvanecería su inexistente valentía; caería como un gota que al tocar el piso se desintegra y desaparece.



Por eso se dijo a sí mismo que no iba a continuar con esa batalla que ni siquiera la había podido empezar; y en aquellos momentos en los que pensó que llegaba altivo sobre un corcel imparable e imponentemente blanco, solo pudo esconderse detrás de la realidad de sus propios temores y de sus más repugnantes tristezas. Por eso no quiso volverla a ver ni presentirla posible. Solamente se dio el tiempo necesario para tomarse un vaso de vino y caminar por las heladas calles de su soledad, alumbrando con un candelabro, de vez en cuando, las huellas de su pasado, marcadas en sus manos y dolientes en su corazón.

Imagen tomada de: http://www.freewebs.com/daniel-aceromontoya/noche.jpg. Acceso: hoy.

domingo, 7 de febrero de 2010

AÑICOS

A la larga, en lo profundo de sus pensamientos, en lo recóndito e inexpugnable de su alma, sabía que la culpa había sido suya; fue él quien, quizá ingenuamente, quizá inocentemente, expuso su corazón a las llamas incontenibles de un sentimiento abrazador, que incendió por completo todo aquello que podía haber quedado.


Abrió su pecho con dulzura y con pasión; no midió los alcances de su acción, ni midió las consecuencias de aquella decisión. Una mañana despertó, cuando aún la Luna no se escondía entre los rayos del Sol. Abrió la ventana con ánimo extraño, poco característico de su personalidad, y sintió la brisa helada de la mañana golpear con fuerza en sus pómulos, ingresar lenta pero decididamente por sus fosas nasales, y hacerle sentir el delicioso helor de un luminoso despertar. Ese fue el día en que abrió su corazón a los abismos, no sin cobardía, pero si con mucha ilusión.



Grave tropezón fue aquel que tuvo que afrontar a poco de iniciar la que creía, en esos instantes, su gran hazaña. La encontró sentada en una mesa de un cafetín a la luz de sus oscuridades, al clamor de sus encendidos sueños celestes; y sin embargo, cuando en sus manos entregó su corazón, con la cabeza gacha y los ojos llorosos de emoción, ella apenas si lo tomó y se lo devolvió.
De nuevo en sus manos, como si fuera un débil y húmedo rompecabezas de cartón, sintió y observó como se descomponía, pedazo a pedazo, en añicos de papel; y caía a sus pies, mientras sus ojos se nublaban y sus piernas tambaleaban. Percibió sus ojos convertirse en dos pequeñas fuentes de tristeza cayendo tal cual una cascada tormentosa y peregrina. Advirtió su corazón en un piso de cristal, junto a un resto de sentimientos desechos y maltrechos. Con un corazón nulo, maltratado y destrozado, empezó a andar por entre las tinieblas, sintiéndose capaz de mirar nuevamente la Luna, pero solo en las ciegas imágenes de sus pensamientos, alejados de una realidad demasiado real para vivirla más.



Y cuando al caminar, a su paso se encontró con una sonrisa gentil y fresca, que podría haber invadido sus entrañas de calor y alegría; solo continuó casi sin alzar la vista, haciendo que sus ennegrecidas ojeras permanecieran intactas y sin rubores ni insinuaciones. Perdió y fue irreversible. Es irreversible.


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jueves, 14 de enero de 2010

BÚSQUEDA PERPETUA

Mientras pisaba unas hojas secas arremolinadas bajo un zigzag de enormes árboles verduzcos y otoñales, mis pensamientos despertaban de su profundo y aletargado descanso, para reparar un poco en las sutilezas de una naturaleza perpetua y sublime. Empecé a contemplar las altas copas de aquellos viejos eucaliptos, adornados por la suave presencia de los multicolores colibríes que se agitaban animosamente por entre las gruesas ramas de los verdes señores del bosque.


Mis piernas se adelantaron a mis órdenes y, como si solas quisieran saciar su curiosidad, empezaron a moverse una delante de la otra por un estrecho camino. Miraba al cielo, sin concentrarme demasiado en lo que delante de mí aparecía; no quería preocuparme por lo que me hacía entristecer o divagar; solamente deseaba dejarme llevar por el frío viento de ese invierno seco y perpetuo que inundaba las montañas de mi pequeña ciudad.


De repente, ante la sorpresa de mis ojos, me encontré abrumado por un silencio profundo. No era capaz de captar ni los más sonoros ruidos del bosque; todo era quietud y permanente silencio. Giré alrededor mío varias veces, con la pretensión de descubrir alguna explicación, algún sonido delator; pero nada, únicamente sorda parsimonia. Decidí entonces sentarme hasta percibir alguna mínima melodía, algún breve canto que inundara mis oídos.


Afortunadamente, no tardé mucho tiempo en empezar a escuchar la música que luego llenaría mi alma. Una suave voz inconfundible, que viajaba tímidamente atravesando troncos, hojas, ramas, pájaros y vientos; viajaba opacando otros sonidos, otros ruidos, otras canciones. Llenaba por completo todo el horizonte, no dejaba espacio para nada más; no era egoísmo, sin embargo; era plenitud, profundidad, era pureza y fuerza incontenible.


No pasó mucho tiempo hasta encontrarme frente a frente con la música de mis pensamientos. Por instantes, llegué a pensar que era yo mismo quien componía, en lo más profundo de mi ser, aquellas melodías llenas de altivez y pulcritud; plenas de sensaciones apasionantes y puras. Al cerrar y abrir los ojos en un instante de oscuridad y luminosidad encontrados, hallé tu mirada que hasta ahora retengo sin dudarlo. El aliento quizá lo perdí al momento de encontrarte, pero mis latidos continúan vivos gracias tu llegada.


Pero, ¿cuándo llegarás?

Imagen tomada de:
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